Hay lugares que nunca se olvidan. Para Rubi, aquel pequeño pueblo siempre había sido el lugar al que regresaba cada verano. El rancho de sus abuelos, los mismos caminos de tierra, los caballos, las tardes interminables y una familia que prácticamente había crecido junto a la suya. Y luego estaba él. Wyatt Carter. Durante años fue simplemente el hermano mayor de su mejor amigo. El cowboy que siempre parecía estar cubierto de polvo, que sabía montar cualquier caballo y que tenía la extraña costumbre de aparecer justo cuando ella estaba a punto de meterse en problemas. Pero han pasado años desde el último verano. Y algunas cosas cambiaron. Ella no esperaba volver a encontrar el pueblo exactamente como lo había dejado. Mucho menos esperaba que Wyatt tampoco fuera el mismo. Porque quizás regresar al lugar donde comenzó todo no sea tan sencillo como recordar viejos veranos. Y quizás este verano tenga algo que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
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Cuaderno de travesuras
La casa volvió a llenarse de ruido en cuanto Rubí cruzó la puerta.
—¡Mi niña!
Su abuela apareció desde la cocina y, sin darle tiempo siquiera a dejar el bolso, la envolvió en un abrazo.
Rubí cerró los ojos y sonrió.
Ese abrazo sí que lo había extrañado.
—Abuela…
—Déjame mirarte.
Su abuela se apartó y sostuvo su rostro entre las manos.
—¡Estás preciosa!
—Tú sigues exactamente igual.
—Eso es porque tu abuelo se niega a dejarme envejecer.
Desde el comedor se escuchó una voz.
—¡No digas esas cosas delante de la muchacha!
Rubí soltó una carcajada.
—¡Abuelo!
Su abuelo apareció caminando con una sonrisa enorme y los brazos abiertos.
Ella corrió hacia él.
—Pensé que ya no ibas a volver.
—Yo también.
—Pues te vas a quedar este verano aunque tenga que encerrarte aquí.
—Trato hecho.
Su abuela negó con la cabeza.
—No le hagas caso. Pero sí quiero que te quedes todo lo que puedas.
Rubí miró alrededor.
Todo estaba igual.
Las fotografías familiares seguían en las mismas paredes. El viejo reloj seguía marcando cada hora con aquel sonido particular y sobre la mesa todavía estaba el mismo centro de flores que su abuela cambiaba cada pocos días.
Era como si el tiempo se hubiera detenido.
—Tu habitación está tal como la dejaste —dijo su abuela.
Rubí levantó las cejas.
—¿En serio?
—Por supuesto.
—Abuela, han pasado Siete años.
—Y yo sabía que algún día volverías.
Rubí sonrió.
Subió las escaleras acompañada por Logan.
Cuando abrió la puerta de su antigua habitación, se quedó completamente quieta.
Su cama seguía junto a la ventana.
El viejo escritorio continuaba en el mismo rincón.
Había fotografías pegadas en una de las paredes y una pequeña estantería llena de libros que ya ni siquiera recordaba haber tenido.
Incluso seguía allí el pequeño caballo de madera que Logan le había regalado cuando tenía once años.
—No puede ser —susurró.
Logan entró detrás de ella.
—Mi madre dijo que tus abuelos nunca quisieron cambiar nada.
Rubí caminó hasta el escritorio y pasó los dedos por la superficie.
—Parece una cápsula del tiempo.
—Porque prácticamente lo es.
Ella abrió uno de los cajones.
Vacío.
Abrió otro.
Nada.
—Qué decepción.
Logan comenzó a reír.
—Espera.
Se acercó al escritorio.
—¿Te acuerdas de esto?
Sacó una pequeña caja de madera de la parte inferior.
Rubí frunció el ceño.
—No.
Logan abrió la tapa.
Dentro había varias cosas.
Unas pulseras viejas.
Dos canicas.
Una fotografía de ellos cuando eran niños.
Y un pequeño cuaderno de tapa azul.
Rubí lo tomó.
—¿Qué es esto?
Logan sonrió.
—Nuestro cuaderno.
Ella lo miró confundida.
—¿Nuestro qué?
—El cuaderno de travesuras.
Rubí abrió los ojos.
—¡No!
—Sí.
—Pensé que lo habíamos perdido.
—Yo también.
Se sentaron en el suelo.
Rubí abrió la primera página.
La letra infantil de ambos llenaba casi todo el papel.
TRAVESURAS DE RUBÍ Y LOGAN
Debajo había una lista.
Número 1: Robar tres manzanas del huerto de la abuela.
Rubí soltó una carcajada.
—¡Solo fueron tres!
—Porque nos descubrieron.
Pasaron la página.
Número 4: Esconder las botas de Wyatt.
Rubí se tapó la boca.
—¡Dios mío!
—Fue tu idea.
—¡Tú dijiste que era divertido!
—Y lo fue.
En la siguiente página había un dibujo horrible de un hombre con un sombrero.
Debajo habían escrito:
Wyatt está enojado.
Rubí comenzó a reír.
—Mira su cara.
—Nos persiguió por todo el rancho.
—Porque tú escondiste sus botas.
—Tú escondiste el sombrero.
Rubí cerró el cuaderno un momento, intentando contener la risa.
—Éramos unos monstruos.
—Éramos niños.
—Lo mismo.
Logan volvió a abrirlo.
Cada página era un recuerdo.
Una cerca que habían saltado.
Una gallina que habían intentado atrapar.
Una carrera de caballos que había terminado con ambos cubiertos de barro.
Y al final de cada travesura habían escrito quién había tenido la culpa.
Casi siempre aparecían los dos nombres.
Hasta que llegaron a la última página.
Rubí dejó de reír.
La hoja estaba casi vacía.
Solo había una frase escrita con tinta azul.
“Cuando seamos grandes, vamos a volver aquí y terminar el cuaderno.”
Rubí reconoció inmediatamente su letra.
Miró a Logan.
—Lo escribimos el último verano.
Él asintió.
—Sí.
Rubí pasó los dedos por aquellas palabras.
Habían sido unos niños haciendo una promesa que parecía sencilla.
Volver.
Y ahora estaban allí.
Después de Siete años.
Logan tomó el bolígrafo que estaba dentro de la caja y se lo tendió.
—Bueno.
Rubí lo miró.
—¿Qué?
—Tenemos un verano entero.
Ella sonrió.
Tomó el bolígrafo.
—Entonces será mejor que empecemos.
Sin que ninguno de los dos lo supiera, aquella pequeña decisión iba a convertir aquel verano en uno que ninguno de los dos olvidaría.