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El Chico Del Departamento 512

El Chico Del Departamento 512

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Romance / Malentendidos
Popularitas:6.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Yulexi De Fernández

Descripción

La historia comienza con una joven de 20 años que decide independizarse y vivir sola en un apartamento. Lo que no imagina es que allí conocerá a un hombre que carga con un dolor profundo. Su esposa y su pequeño bebé murieron, dejándolo completamente destrozado. Desde aquella tragedia, él cambió por completo: comenzó a beber demasiado, salir de fiesta constantemente y vivir como si nada le importara. La joven pronto descubrirá que detrás de ese hombre fiestero, borracho y aparentemente despreocupado existe alguien que todavía sufre por su pasado. Sin quererlo, ella terminará entrando en su vida y descubriendo su historia.

NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3 — Una madrugada inesperada

Eran como las cinco de la mañana y yo ya estaba despierta, alistándome para ir a clases. Mi primera clase empezaba a las seis y media, así que tenía que apurarme si no quería salir corriendo del apartamento.

Mientras me arreglaba frente al espejo, escuché unos pasos en el pasillo.

Me quedé quieta.

No sé por qué, pero sentí un mal presentimiento.

Miré hacia la puerta y escuché que alguien intentaba abrir la puerta del departamento 512. Reconocí inmediatamente aquel sonido.

Era él.

El vecino que siempre llegaba de madrugada.

Pero esta vez había algo diferente.

Se escuchó un golpe contra la pared.

Abrí la puerta con cuidado y salí al pasillo.

—¿Está bien? —pregunté.

Él levantó la mirada.

Me quedé completamente sorprendida.

Venía sangrando.

Tenía una herida cerca de la ceja y el labio partido. Su camisa estaba un poco rota y llevaba los nudillos lastimados.

—¡Dios mío! ¿Qué le pasó?

Él intentó seguir caminando como si nada.

—No es asunto suyo.

—¿Cómo que no? Está sangrando.

—Estoy bien.

—No, no está bien.

Él me miró con fastidio.

—Le dije que estoy bien.

Yo respiré profundo.

—Venga, yo le ayudo a curarse.

—No necesito que usted me cure.

Su tono fue tan grosero que por un momento me quedé callada.

—¿Qué dijo?

Él bajó la mirada hacia mí.

—Que no necesito su ayuda.

Yo sentí que me estaba molestando.

Pero también sabía que si lo dejaba ir así, probablemente terminaría peor.

No le respondí.

Solo bajé la mirada, caminé hasta donde estaba y, sin pedirle permiso, lo agarré del brazo.

—Venga.

—Suélteme.

—No.

—Maidy, suélteme.

Me sorprendí al escuchar mi nombre.

—¿Usted sabe cómo me llamo?

—La casera me dijo.

—Pues entonces también debería saber que no me gusta que me ayuden.

—Pues qué pena, pero esta vez no le voy a hacer caso.

Lo jalé con fuerza y lo hice pasar a mi apartamento.

Él intentó protestar, pero estaba demasiado cansado.

—Siéntese ahí.

—No me dé órdenes.

—Entonces váyase sangrando por todo el edificio.

Me miró con mala cara.

—Usted sí habla mucho.

—Y usted sí es muy grosero.

Por unos segundos nos quedamos mirándonos.

Finalmente se sentó.

Fui por el botiquín que tenía guardado en uno de los cajones de la cocina. Saqué gasas, alcohol y algunos implementos para limpiar las heridas.

Cuando regresé, él estaba mirando hacia la ventana.

—Esto le va a arder.

—Haga lo que tenga que hacer.

Me acerqué y comencé a limpiar la herida de su ceja.

Él apretó la mandíbula.

—¿Le duele?

—No.

—No se haga el fuerte.

—No me estoy haciendo el fuerte.

—Claro.

Limpié cuidadosamente la sangre de su rostro.

Luego miré sus manos.

—También tiene los nudillos lastimados.

—No es nada.

—¿Se peleó?

No respondió.

—Dígame qué le pasó.

Él permaneció en silencio.

—¿Se peleó con alguien?

Después de unos segundos, finalmente contestó.

—Sí.

—¿Por qué?

—No importa.

—Si terminó así, sí importa.

Él soltó una respiración pesada y miró al piso.

—Unos tipos estaban hablando de más.

—¿Y usted se metió?

—Ellos se metieron conmigo primero.

—¿Y por eso terminaron a golpes?

—Sí.

—¿Estaba tomando?

No respondió.

Eso fue suficiente para saber la respuesta.

—Usted venía borracho.

—Había tomado.

—Eso es estar borracho.

—Como quiera llamarlo.

Seguí curándole las manos.

—¿Y siempre resuelve todo así?

Él levantó la mirada.

—¿Así cómo?

—A golpes.

Su expresión cambió.

—Usted no sabe nada de mí.

—Precisamente por eso le estoy preguntando.

Él guardó silencio.

Yo terminé de limpiar sus heridas y puse una pequeña gasa sobre la ceja.

—Listo.

Él miró su mano vendada.

—Gracias.

Aquella palabra me sorprendió.

Era la primera vez que me hablaba sin ser grosero.

—De nada.

Se levantó lentamente.

—No tenía que hacer esto.

—Ya lo hice.

Caminó hacia la puerta.

Antes de salir, se detuvo.

—Y no le cuente a nadie.

—¿Qué cosa?

—Lo de esta madrugada.

Lo miré fijamente.

—No soy chismosa.

Asintió y salió.

Me quedé parada en medio de la sala.

No sabía qué pensar.

Ese hombre seguía siendo un misterio para mí.

Solo sabía que bebía, salía de fiesta, llegaba de madrugada y ahora sabía que también se metía en peleas.

Pero había algo en su mirada que no podía dejar de pensar.

No parecía estar enojado con el mundo.

Parecía estar huyendo de algo.

Miré el reloj.

Eran las cinco y cuarenta.

—¡Ave María! —exclamé—. ¡Voy a llegar tarde a clase!

Corrí a terminar de arreglarme.

Pero mientras salía del apartamento, no pude evitar mirar hacia el 512.

Por primera vez sentí curiosidad por conocer la historia del hombre que vivía detrás de aquella puerta.

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