Valérie era una bibliotecaria tranquila que encontró un final trágico a manos de un hombre obsesionado con ella. Sin embargo, la muerte no fue el final, sino el comienzo de una pesadilla aún más compleja. Ha reencarnado en el cuerpo de Maeve Cipriano, la recién nacida hija del Primer Ministro del poderoso Reino de las Rosas.
Su nueva vida es un paraíso de opulencia: rodeada de cunas de oro, sirvientas guerreras entrenadas de élite y una catadora de alimentos personal, Maeve vive en el pináculo del poder. Pero su padre, Santiago Cipriano, un hombre marcado por un pasado de pobreza, guerra y una terrible traición familiar que lo llevó a encarcelar a su propio padre, la adora con una intensidad que roza lo asfixiante.
El verdadero horror llega cuando los recuerdos de su vida pasada se aclaran y Valérie comprende dónde está: ha renacido dentro de la trama del segundo libro de una trilogía de fantasía oscura que leyó anteriormente. Y el papel que le corresponde no es el de una heroína salva
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Capítulo 10: Pasillos de hielo, miradas hostiles y el encuentro con la "santa"
Mientras caminábamos por los pasillos rumbo al patio, el príncipe Sebastián comenzó a guiarme con una aparente amabilidad, rompiendo el silencio.
—Y dime, Maeve, ¿qué te gusta hacer? ¿A qué te dedicas en tus tiempos libres en la mansión de tu padre? —me preguntó Sebastián con una sonrisa educada, mirándome de reojo mientras avanzábamos.
—Me gusta leer, estudiar un poco de medicina y pasar tiempo en los jardines, Alteza —respondí con toda la calma y cortesía que pude reunir, cuidando cada una de mis palabras.
A su lado, el príncipe Abraham caminaba con los brazos cruzados y una expresión de pocos amigos, mirándome con un desprecio apenas disimulado que me hacía sentir como si estuviera pisando cristales rotos. Al observar de cerca a los dos gemelos reales, una certeza fría se instaló en mi pecho: de los dos gemelos, ya sé exactamente quién se llevó toda la crueldad en la historia.
Aunque Sebastián sonreía y hacía preguntas educadas, mi mente recordó de golpe los pasajes más oscuros del libro: en el guion original, Sebastián había sido precisamente el que más se había ensañado con ella durante su cautiverio, el que con una sonrisa fría ordenaba y supervisaba las peores torturas antes de la horca. Recordar eso me recorrió la columna con un escalofrío tan violento que por poco detengo mis pasos. Tengo que mantener las distancias con él a como dé lugar.
Finalmente, tras lo que pareció una eternidad cruzando corredores de piedra y cortinajes de terciopelo, las grandes puertas de roble se abrieron y llegamos al jardín del patio real.
Allí, bajo la sombra de un gran gazebo rodeado de rosales blancos, vi a tres jovencitas conversando tranquilamente. En el centro estaba ella: la princesa Cataella.
Tal como la describían las páginas de la novela, parecía sacada de un cuento de hadas, luciendo como una auténtica santa. Tenía el cabello de un tono marrón suave y cálido, y vestía un elegante vestido blanco muy abombado lleno de finos encajes. A su alrededor se encontraban dos muchachas más que, por su postura sumisa y sus atuendos más sencillos, claramente eran sus doncellas de compañía.
El encuentro inevitable había llegado. Contendré la respiración, crucé los dedos mentalmente y me preparé para enfrentar a la heroína del cuento que, en otra línea de tiempo, había sido la tumba de mi perdición.
Capítulo 10 (Continuación): El verdadero rostro de la "santa" y el arte de hacerse la ciega
Al llegar frente al gazebo, contuve el aliento y realicé una reverencia impecable, perfectamente medida en cada ángulo, tal como exigían las estrictas normas de la alta alcurnia que había practicado durante años.
Cataella me miró de arriba abajo. Su expresión angelical se torció por un segundo en una mueca sutil, y soltó una pregunta con un tono claramente despectivo:
—Y esta... ¿quién es?
En ese preciso instante, al escuchar el tono despectivo de su voz y ver la mirada altanera que me dirigió, me di cuenta de algo que los libros jamás se molestaron en reflejar: su personalidad no era la de una santa humilde y bondadosa como indicaba el guion original; era malcriada, snob y detestaba a cualquiera que sintiera que podía hacerle sombra.
Tragando saliva rápidamente para disimular mi sorpresa, decidí presentarme con total formalidad, diciendo mi nombre y apellido completo, sin sospechar siquiera en el nido de víboras en el que me había metido:
—Soy Maeve Cipriano, Princesa Cataella. Es un honor conocerla —respondí con voz clara y serena.
Antes de que Cataella pudiera responder, el príncipe Sebastián se movió con una familiaridad pasmosa y, de manera muy cercana, abrazó a Cataella por detrás, apoyando su barbilla cerca de su hombro con una sonrisa cómplice. Al ver la escena, entendí el grado de complicidad y tensión que se respiraba en ese círculo.
En ese momento exacto, tomé la decisión más inteligente de mi vida: hacerme la ciega.
Decidí ignorar por completo las pullas, el desprecio en sus ojos y la cercanía de Sebastián. No iba a morder el anzuelo, no iba a mostrar celos y, sobre todo, no le daría motivos para empezar ninguna pelea.
Fingiendo una sonrisa educada y completamente ajena a la tensión, me mantuve firme. Sin embargo, Cataella, incómoda con mi pasividad y queriendo demostrar superioridad frente a sus acompañantes, decidió invitarme a dar un paseo por el jardín.
—Ya que estás aquí, compadecemos tu aburrimiento. Ven, acompáñanos a caminar por los senderos de rosas —dijo ella con una falsa amabilidad que goteaba veneno.
Acepté con una sonrisa plácida. El paseo fue absolutamente insoportable y tenso; cada paso se sentía como caminar sobre brasas encendidas. Las doncellas cuchicheaban a mis espaldas, Cataella y Sebastián se intercambiaban susurros, y yo solo fingía estar maravillada mirando las flores y los arbustos, rezando en silencio para que el tiempo volara.
Por fortuna, la tortura mental terminó antes de que pudiera desquiciarme. A lo lejos, cruzando el umbral de piedra del patio, vi la silueta inconfundible de mi padre.
Santiago venía directo hacia nosotros con una sonrisa aliviada, buscando con la mirada a su hija. En cuanto me vio, se acercó rápidamente, disculpándose con los miembros de la realeza y anunciando que debíamos retirarnos. Jamás en mi vida me había alegrado tanto ver a mi padre. Me despedí con una reverencia fugaz, agradeciendo al cielo por haber sobrevivido a mi primer encuentro con la "santa" del reino sin haberme ganado una condena a la horca.