Evelyn Bellamy ha vivido toda su vida bajo un nombre que quizá nunca le perteneció. Cuando una antigua fotografía, una cinta azul y una serie de muertes inexplicables despiertan recuerdos que creía perdidos, descubre que su pasado esconde una verdad capaz de destruirlo todo. Ahora deberá descubrir quién es realmente antes de que alguien silencie la verdad para siempre.
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Capítulo 1: La fotografía de los ocho años
La primera vez que un hombre murió después de pedir la mano de Evelyn Bellamy, ella tenía dieciséis años.
La segunda ocurrió al año siguiente.
La tercera hizo que su nombre comenzara a circular por los salones de Londres con una crueldad que ningún título nobiliario podía detener.
Después llegaron más.
Un accidente durante una cacería. Una enfermedad que apareció de la noche a la mañana. Un disparo cuya procedencia jamás fue descubierta.
Diecisiete hombres.
Diecisiete funerales.
Y una misma mujer presente en el comienzo de cada historia.
Evelyn.
Por eso, cuando el carruaje se detuvo aquella mañana frente a la mansión Bellamy y un criado desconocido entregó una carta sellada con cera negra, Evelyn supo inmediatamente que algo había cambiado.
No reconocía el escudo.
Pero reconocía el apellido.
Vale.
Abrió el sobre junto a la ventana de su habitación.
Señorita Bellamy:
Le ruego que acepte mi invitación para esta noche. Necesito hablar con usted acerca de un asunto relacionado con mi familia.
Alistair Vale.
Evelyn volvió a leer la última línea.
Alistair Vale.
El hermano menor del fallecido heredero de la casa Vale.
Su hermano había muerto ocho meses atrás.
Evelyn había asistido al funeral.
No porque lo conociera especialmente bien, sino porque en la aristocracia de Londres ciertas ausencias resultaban más escandalosas que ciertas presencias.
Había observado a Alistair desde lejos aquel día.
No había llorado.
Ni una sola vez.
Había permanecido junto al ataúd con una expresión tan tranquila que Evelyn había pensado que aquel hombre debía esconder algo.
Ahora quería hablar con ella.
Evelyn dobló la carta.
—¿Quién te la entregó?
Su madre estaba en la puerta.
Lady Beatrice Bellamy rara vez entraba en la habitación de su hija sin anunciarse. Mucho menos con aquella expresión.
—Un criado de los Vale.
—¿La has leído?
—Sí.
Beatrice se acercó y tomó la carta.
Cuando vio el nombre de Alistair, sus dedos se tensaron alrededor del papel.
—No irás.
Evelyn arqueó una ceja.
—¿Eso es una orden?
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
Evelyn dejó la mirada sobre su madre.
—Entonces dame una razón.
Beatrice guardó silencio.
Aquello era lo que más inquietaba a Evelyn de aquella casa: las cosas que nadie decía.
Durante años había escuchado rumores sobre sí misma. Había aprendido a soportarlos. Sabía lo que pensaban las jóvenes cuando entraba en un salón y cómo los hombres bajaban la voz cuando ella pasaba.
La viuda sin haber estado casada.
La novia maldita.
La señorita que mata a sus pretendientes.
Evelyn nunca había creído en maldiciones.
Creía en personas.
Y las personas podían ser mucho más peligrosas.
—¿Conocías al hermano de Alistair? —preguntó.
Su madre apartó la mirada.
—Lo suficiente.
—Eso no responde mi pregunta.
—Evelyn...
—¿Por qué no quieres que vaya?
Beatrice apretó los labios.
Por un instante, Evelyn pensó que finalmente hablaría.
En cambio, su madre dejó la carta sobre el escritorio.
—Porque la familia Vale no hace nada sin una razón.
Evelyn soltó una pequeña risa.
—Eso podría decirse de cualquier familia aristocrática.
—No de esta.
Su madre salió antes de que pudiera preguntarle qué significaba aquello.
Evelyn permaneció inmóvil.
Luego volvió a mirar la invitación.
Había algo extraño en ella.
No era la tinta.
No era el sello.
Era la manera en que Alistair había escrito su nombre.
Sin título.
Sin cortesía innecesaria.
Como si ya la conociera.
Como si estuviera escribiéndole a alguien con quien había hablado muchas veces.
Aquella noche, Evelyn asistió al baile.
No por obedecer a Alistair.
Tampoco por desafiar a su madre.
Fue porque llevaba cinco años esperando que alguien cometiera el error de acercarse demasiado a la verdad.
La residencia Vale estaba iluminada como si toda la aristocracia de Londres hubiera sido invitada.
Cuando Evelyn descendió del carruaje, las conversaciones disminuyeron durante unos segundos.
No era extraño.
Todos la reconocían.
Algunos la miraban con curiosidad.
Otros con miedo.
Ella caminó por las escaleras sin bajar la cabeza.
Dentro, las lámparas de gas iluminaban los vestidos, las joyas y las máscaras sociales de quienes fingían no conocer los rumores.
Evelyn aceptó una copa de champán.
No bebió.
Buscó a Alistair.
Lo encontró al otro lado del salón.
Alto, vestido completamente de negro, con el cabello oscuro cuidadosamente peinado y una expresión que no correspondía a un hombre que estaba celebrando.
Él también la estaba observando.
Durante varios segundos ninguno se movió.
Entonces Alistair dejó su copa sobre una mesa y caminó hacia ella.
—Señorita Bellamy.
—Señor Vale.
—Gracias por venir.
—Su carta despertó mi curiosidad.
Una sombra de sonrisa apareció en sus labios.
—Eso esperaba.
Evelyn sostuvo su mirada.
—¿Qué quiere de mí?
Alistair no respondió inmediatamente.
Miró alrededor.
Después se inclinó ligeramente hacia ella.
—Quiero saber qué ocurrió la noche en que murió mi hermano.
Evelyn sintió que sus dedos se enfriaban alrededor de la copa.
—Yo no estaba allí.
—Lo sé.
—Entonces ha perdido su tiempo.
—No.
Alistair la miró directamente a los ojos.
—Usted fue la última persona cuyo nombre mencionó.
Evelyn dejó de respirar durante un instante.
Aquello no aparecía en ningún periódico.
Nadie lo sabía.
Ni siquiera ella.
—Eso es imposible.
—Mi hermano escribió una carta antes de morir.
Alistair sacó un pequeño sobre del interior de su chaqueta.
No se lo entregó.
Solo dejó que Evelyn viera el nombre escrito sobre él.
Evelyn Bellamy.
La música continuó detrás de ellos.
Las parejas comenzaron a bailar.
Pero Evelyn ya no escuchaba nada.
—¿Qué dice? —preguntó.
Alistair sostuvo el sobre entre dos dedos.
—Eso depende de usted.
—¿De mí?
—Sí.
Su expresión cambió.
Por primera vez aquella noche parecía realmente serio.
—Porque antes de enseñársela necesito saber una cosa.
Evelyn levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
Alistair se acercó un poco más.
—¿Por qué mi hermano tenía una fotografía suya tomada cuando usted tenía ocho años?
Evelyn sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Porque ella nunca había conocido a su hermano.
Al menos, eso era lo que siempre le habían dicho.
Y, sin embargo, Alistair acababa de demostrarle que alguien llevaba guardando una fotografía suya desde mucho antes de que comenzaran las muertes.
La música siguió sonando.
Nadie alrededor pareció notar nada.
Pero Evelyn comprendió que aquella noche no había ido a conocer al decimoctavo hombre que podía morir por ella.
Había ido a descubrir que quizá los diecisiete hombres anteriores tampoco habían muerto por casualidad.