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Los Sellos Que Cruzan Universos

Los Sellos Que Cruzan Universos

Status: Terminada
Genre:Fantasía LGBT / Aventura / Superpoder / Completas
Popularitas:328
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Seis meses después de renunciar al poder de los Sellos para recuperar su vida, Min‑jun y Seo‑jun por fin viven en paz: son dos chicos normales, van al instituto, comparten meriendas de leche de plátano y disfrutan de un amor que sobrevivió a mentiras, olvidos y batallas contra la oscuridad. Los Sellos brillan ahora solo como una cicatriz tenue en sus muñecas, un recuerdo bonito, no un arma.

Pero la paz se rompe cuando la mitad rota del Ónix Negro —la que quedó perdida en las ruinas del Santuario Viejo— empieza a vibrar con una energía antigua, abriendo grietas entre universos. Gente ve dobles de sí mismos en las calles, recuerdos que no les pertenecen invaden sus mentes, y una figura enmascarada aparece de la nada: **el Guardián Olvidado**, un antiguo compañero de Dae‑ho y Yeo‑wol que fue traicionado hace veinte años y atrapado entre realidades. Su objetivo: demostrar que el sistema de los Sellos es injusto en cualquier mundo, y destruirlo en todas las realidades existentes… aunque es

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CAPÍTULO 17: Los que van a bajar

La casa abandonada de las afueras olía a polvo y a madera vieja, igual que siempre. Pero esta vez no había tensión de sospechas ni reproches entre ellos. Tae‑ho estaba de pie apoyado en la pared, jugando con una pelota de goma que llevaba en el bolsillo. Ji‑eun revisaba una mochila grande con linternas y cuerdas, murmurando una lista de cosas que no quería olvidar. Ha‑neul estaba sentado en una ventana rota, mirando hacia las montañas donde brillaba aún esa luz roja tenue. Y la abuela de Min, con una bolsa de tela en las manos, esperaba de pie cerca de la puerta, con la expresión seria pero tranquila de quien ya ha vivido demasiados peligros para asustarse ahora.

Cuando Min y Seo entraron, todos levantaron la vista.

—Habéis tardado —dijo Tae‑ho, dejando de golpear la pelota contra la pared—. Empezábamos a pensar que habíais decidido ir solos.

—Nunca —respondió Min, y su voz sonó más firme de lo que se esperaba.

Se pusieron todos en círculo en el centro de la sala. Min les contó todo: los viajes entre mundos, las versiones de ellos mismos que habían conocido, lo que les había dicho Rin, la Sombra Original que dormía bajo el Santuario Viejo y que ahora quería salir. No se lo guardó nada. No suavizó los peligros. Les dijo que podía ser la última batalla. Les dijo que nadie estaba obligado a ir.

Cuando terminó, hubo un silencio corto.

Ha‑neul fue el primero en hablar, con la voz un poco baja, pero clara:

—La última vez que estuvimos en el Santuario, casi me muero. Y una parte de mí tiene miedo de volver. Pero… —miró a Min y a Seo, luego a los demás—. Vosotros estuvisteis ahí cuando lo necesité. No voy a dejaros ir solos ahora.

Tae‑ho soltó una risa corta, de esas que salen cuando intentas ocultar los nervios.

—¿De verdad me lo tenéis que preguntar? —dijo, golpeándose el pecho con un puño—. Alguien tiene que cuidaros las espaldas. Vosotros dos os ponéis a hacer magia y yo me encargo de que nadie os dé por detrás. Especialmente si aparecen clones de Min otra vez.

Min soltó una risa pequeña, a pesar de los nervios.

—No creo que haya clones esta vez.

—Ojalá —respondió Tae‑ho, pero ya sonreía.

Ji‑eun cerró la mochila con un clic seco y asintió.

—He preparado linternas de repuesto, cuerdas resistentes, curitas, agua y unos caramelos de miel para cuando tengamos la boca seca del polvo —dijo, y por un segundo sonó como la misma chica organizada del instituto, antes de todo esto—. También he anotado el mapa que nos enseñó Rin. No nos perderemos. Ni siquiera si Min se distrae mirando las piedras bonitas.

Esta vez sí que todos rieron, incluso la abuela de Min. Ella se acercó entonces y abrió su bolsa de tela. Sacó unos amuletos pequeños, hechos con hierbas secas atadas con hilo verde, y le dio uno a cada uno.

—Esto no os protegerá de golpes —dijo, colocando el de Min en el cuello de su camisa, con una ternura que solo una abuela sabe dar—. Pero os ayudará a mantener la mente clara cuando la oscuridad intente confundiros. No lo perdáis.

—¿Vas a venir con nosotros? —le preguntó Min.

Ella negó con la cabeza, acariciándole la mejilla.

—Yo esperaré en la entrada. Conozco los rituales para cerrar la puerta detrás de vosotros si algo sale mal, y para abrirla si necesitáis salir corriendo. Allí seré más útil que bajando con vosotros. Y además… —sonrió un poco—, ya soy mayor para correr por túneles oscuros. Os toca a vosotros ahora.

Se pasaron el resto de la tarde preparándose. Seo revisó una y otra vez el pequeño escudo de energía que podía formar con su brazalete, practicando hacerlo más resistente. Min probó a formar pequeñas luces guía, para no gastar demasiada energía antes de tiempo. Tae‑ho probó la resistencia de una cuerda nueva atándola a una viga y tirando de ella con todas sus fuerzas. Ji‑eun repartió los caramelos de miel a todos, como si fuera un día de excursión y no una misión peligrosa.

Cuando el sol empezó a caer, se quedaron en silencio un momento. Nadie tenía que decir lo que todos pensaban: mañana podía ser el último día. Mañana podía no volver todos.

—Oye —dijo Tae‑ho de repente, rompiendo el silencio—. Si salimos vivos de esta… os invito a todos a comer bulgogi en el restaurante nuevo del centro. El que tiene la carne que se deshace en la boca. Yo pago.

Ji‑eun levantó una ceja.

—¿Prometes? No te echarás atrás cuando veas la cuenta.

—Lo prometo —respondió Tae‑ho, poniendo una mano en el pecho, con una sonrisa que intentaba ser valiente—. Pero solo si volvemos todos. Ni uno menos.

Min miró a todos ellos: a Tae‑ho con su bravuconería que escondía un corazón enorme, a Ji‑eun con su organización que los mantenía a todos en pie, a Ha‑neul que se atrevía a volver al lugar que casi lo mata, a su abuela que confiaba en ellos sin dudar. Y luego miró a Seo, que le devolvió la mirada con una seguridad que le calmó todos los nervios de golpe.

No iba solo. Nunca más volvería a ir solo.

—Trato hecho —dijo Min, sonriendo—. Volvemos todos. Y comemos bulgogi.

Se despidieron en la puerta de la casa, cada uno yendo a su casa para pasar la última noche antes de la batalla, para despedirse de sus familias, para descansar lo que pudieran.

Min caminó de regreso a casa de la mano de Seo, mirando la luz roja en la montaña que ya no le daba tanto miedo como antes. No sabía qué pasaría mañana. No sabía si volverían todos. Pero sabía que iban a luchar juntos. Y eso era lo único que importaba.

Mañana bajarían al Santuario Viejo. Mañana terminarían esto. O morirían intentándolo.

Pero mientras caminaban de la mano, Min no pensaba en el final. Pensaba en el bulgogi que Tae‑ho les había prometido. Y en todas las cosas que vendrían después, si lograban volver.

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