Lidia Ashcroft es una mujer hermosa e inteligente, el tipo de mujer que despierta miradas donde vaya. Está comprometida con Adrián Calloway, dueño de una pequeña agencia de viajes que lucha por abrirse camino en el mercado. A pocos meses de la boda, Lidia cree que por fin está construyendo el futuro que siempre soñó.
Sin embargo, su mundo se derrumba cuando descubre que Adrián le ha sido infiel. Traicionada y con el corazón hecho pedazos, comienza a cuestionarse si el amor que defendió durante años fue solo una mentira.
En medio de su dolor aparece Damián Blackwood, un poderoso y enigmático CEO de tecnología, fundador de NovaCore Technologies, una de las empresas más innovadoras del país.
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Capitulo 23
Era tarde cuando el teléfono de Damián vibró sobre la mesa, iluminándose con un número desconocido. Lo tomó con calma, pero al leer el mensaje, su expresión cambió de golpe. Lidia, que estaba sentada junto a él, notó cómo se tensaba todo su cuerpo, y la sonrisa se le borró del rostro.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, inclinándose hacia él con inquietud—. ¿Algo malo?
Damián le tendió el teléfono sin decir una palabra, y ella lo tomó con manos que empezaron a temblar. El mensaje era corto, directo y helado: «Si siguen juntos, las consecuencias serán terribles. Aléjate de ella o lo perderás todo».
Lidia sintió que el aire se le escapaba. Levantó la vista hacia él, con el corazón golpeándole con fuerza.
—¿Crees que es de alguien de la empresa? —preguntó con voz temblorosa—. ¿De esos enemigos de los que me hablaste?
—Seguro que sí —respondió él, tomando el teléfono y poniéndolo sobre la mesa con un golpe seco de rabia contenida—. Saben que eres mi punto débil. Y quieren usar eso para doblegarme. Intentan asustarme, hacerme ceder. Pero no saben que no me rindo tan fácil.
—Me asusta —confesó ella, abrazándose a sí misma—. No por mí, sino por ti. No quiero que te pase nada por mi culpa. No quiero ser la causa de que pierdas lo que has construido.
Damián se acercó de inmediato, le tomó el rostro entre las manos y la miró con firmeza y ternura a la vez.
—No digas eso. No eres la causa de nada malo. Eres lo mejor que tengo. Y si alguien cree que voy a alejarme de ti por una amenaza cobarde, no me conoce. No te voy a dejar ir. No voy a renunciar a nosotros por miedo.
—Pero si te hacen daño… —empezó ella con los ojos llenos de lágrimas.
—No lo harán —la interrumpió con seguridad—. Y si lo intentan, tendrán que lidiar conmigo. Pero hay algo que quiero pedirte, y necesito que lo pienses con el corazón, no con el miedo. Se acabó que vivas sola, en tu apartamento, lejos de donde pueda cuidarte. Ven a vivir conmigo. Aquí, conmigo. Donde las puertas están vigiladas, donde nadie se acerca sin que yo lo sepa. Donde estarás a salvo.
Lidia lo miró, sorprendida por la propuesta pero sintiendo lo profunda y sincera que era.
—¿Quieres que me mude aquí? —repitió despacio—. A vivir contigo, todos los días?
—Sí —respondió él sin dudar—. No solo por protección, aunque eso sea importante. Porque quiero despertar contigo cada mañana. Quiero saber que estás aquí, a mi lado, que compartimos la vida. No te pido que te escondas. Te pido que estés conmigo, donde yo pueda cuidarte como mereces. No te alejo. Te acerco. Porque lo que tengo que proteger más que nada eres tú.
—¿Y si vienen por mí? —preguntó ella, buscando la verdad en sus ojos—. ¿Si usan mi presencia aquí para lastimarte?
Damián la atrajo hacia sí y la abrazó con fuerza, como sellando su promesa con el cuerpo.
—Si estás aquí, te protejo. Si estás lejos, te pierdo de vista y no puedo cuidarte. No hay lugar más seguro para ti que a mi lado. Y no voy a dejar que nadie nos obligue a vivir separados. No les daremos el gusto de ganar. Nos mantendremos unidos, más fuertes que nunca.
Lidia respiró hondo y sintió cómo el miedo se mezclaba con una confianza que era más grande que cualquier amenaza. Sabía que aceptar era también comprometerse, estar completamente a su lado, sin vuelta atrás. Y lo quiso.
—Está bien —dijo levantando la vista hacia él con decisión—. Me mudo aquí. No porque tenga miedo, sino porque quiero estar contigo. Y si nos amenazan, nos enfrentamos juntos. No me escondo. Elijo estar a tu lado.
Damián le sonrió, una sonrisa de alivio y de amor profundo, y la besó en la frente con gratitud.
—Juntos —repitió él—. Y nada nos derribará. Pueden amenazar, pueden intentar asustarnos… pero lo que tenemos es más fuerte que cualquier mensaje anónimo. Viviremos nuestra vida, construiremos nuestro futuro, y nadie nos lo va a quitar.
—Nadie —asintió ella, sintiéndose firme—. Estamos juntos en esto. Y así será siempre.
Damián la estrechó contra su pecho, y se notaba en la forma en que la abrazaba que no era solo cariño: era la promesa de mantenerla a salvo a cualquier precio. Le acarició el cabello con las manos aún un poco tensas, y le habló con voz grave y sincera.
—Quiero que entiendas algo muy bien —le dijo, mirándola a los ojos para que no le quedara ninguna duda—. Esa amenaza no te la envían a ti. Me la envían a mí. Saben que tú eres lo más valioso que tengo, y creen que con asustarte a ti, me van a doblegar a mí. Pero se equivocan de plano. No voy a ceder. No voy a renunciar a ti, ni a nosotros, por mucho que intenten meternos miedo.
Lidia apretó las manos sobre su pecho, sintiendo la firmeza de su corazón bajo sus palmas, y lo miró con los ojos brillantes pero decidida.
—Y yo no voy a dejar que decidan por nosotros —respondió ella con voz clara—. No voy a huir. No voy a darles el gusto de vernos separados. Si quieren la batalla, que venga. Pero la van a encontrar con los dos, no solo contigo. No soy una carga que hay que esconder, Damián. Soy tu compañera. Y estoy aquí para quedarme.
Él le tomó el rostro entre las manos, conmovido por esa valentía que le nacía del cariño, y le acarició las mejillas con los pulgares.
—Eres extraordinaria —le dijo con una sonrisa llena de orgullo y ternura—. Pero eso no significa que voy a descuidar tu seguridad. Te quiero valiente, sí, pero también te quiero a salvo. Por eso quiero que vivamos bajo el mismo techo. No solo para cuidarte, sino porque mi vida no tiene sentido si no te tengo cerca. Quiero despertar viéndote, cenar contigo, saber que al volver a casa estarás ahí. No es solo protección. Es vida juntos. La que nos merecemos.
Lidia sintió que se le llenaba el corazón, y lo abrazó con fuerza, escondiendo el rostro en su cuello.
—Me da un poco de vértigo —confesó en voz baja—. Cambiar todo de golpe, saber que hay gente esperando hacernos daño… pero a la vez me siento más segura que nunca. Porque estoy contigo. Y si estamos juntos, nada me parece imposible.
—Nada lo es —afirmó él, besándole la sien con ternura—. Y te prometo que haré todo lo que esté a mi alcance para que tu vida sea tranquila, a pesar de todo esto. Pondré seguridad, vigilancia, todo lo necesario… pero tú serás mi prioridad. Siempre. Y si en algún momento sientes que esto es demasiado, que la presión te agobia, me lo dices. Lo hablamos. No cargas con nada sola.
—No me voy a ir —le aseguró ella, levantando la vista y sosteniéndole la mirada—. Me quedo. Contigo, en tu casa, en esta vida que empezamos a construir. Y cuando me sienta asustada, te lo diré. Pero no voy a huir. No de ti, no de nosotros.
Damián le besó los labios despacio, con una mezcla de pasión y gratitud profunda, como si con ese beso le estuviera sellando un pacto eterno.
—Entonces viviremos así —dijo él cuando se separaron, entrelazando sus dedos con los de ella—: unidos, fuertes, sin dejar que nadie nos aleje. Que amenacen lo que quieran. Lo que tenemos nosotros está por encima de todo eso. Y nadie, escúchame bien, nadie va a lograr destruirlo.
—Nadie —repitió ella, sintiendo la verdad de esas palabras en cada latido de su corazón—. Porque esto es real. Y lo real no se rompe con un mensaje cobarde.
—Así es —dijo él, atrayéndola de nuevo hacia su pecho—. Y mañana empezamos una nueva etapa. Juntos. Para siempre.