La Diosa del Veneno : Madrastra Fatal.
Una asesina letal del siglo XXV, Expertas en venenos y curaciones, muere perseguida y despierta en la época antigua, en un mundo antiguo lleno de prejuicios y abusos. Decidida a sobrevivir, rehacerse y proteger a los cuatro hijos que la otra vida dejó a su cargo, rompe todas las reglas: castiga la crueldad con su propia medicina, se gana el respeto con hechos y construye su propio destino. Una historia de fuerza, justicia y transformación, donde la "mujer débil" se convierte en la ley que nadie se atreve a desafiar.
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Capitulo 7 LA DIOSA DE LAS AGUJAS
—¿Qué haces aquí, vieja bruja? —le grité al abrir la puerta—. Te advertí que no volvieras a molestarme nunca más.
—¡Eres una arpía! ¡Dame el antídoto, desgraciada! —gritó ella, con la voz rota y los ojos desbordados de rabia—. Sé que fuiste tú quien me hizo esto.
—¿Yo? ¿Qué te habré podido hacer? —respondí con fingida sorpresa.
—¡Nos envenenaste a todos! —lloraba ahora, pálida y temblando de pies a cabeza—. Maldigo el día en que mi hijo se casó con una plaga como tú.
—Señora… ¡Qué hedor tan insoportable! Huele a inmundicia… creo que voy a vomitar —dije, tapándome la nariz con elegancia.
Esteban corrió desde la cocina al escuchar los gritos:
—Madre, ¿qué es ese olor tan espantoso? —preguntó él, también cubriéndose la cara.
—¡Desgracia! Todo esto es culpa tuya —repetía Doña Ana, aferrándose al marco de la puerta—. ¡Dame el antídoto ahora mismo!
—Entra a la casa y te lo daré —le dije con calma. Mi suegra entró sin dudar, y yo cerré la puerta con un clic seco. De un movimiento rápido, la sujeté del cuello con fuerza y la empujé contra la pared—. ¡Vieja desalmada! Ahora ajustaremos todas las cuentas pendientes. Fuiste tú quien golpeó la cabeza a la antigua Isabella… te aliaste con ese noble Héctor Solaris, que intentó abusar de mí. Por eso tuve que lanzarme por el acantilado para escapar.
—¡Estás loca! ¿Qué piensas hacer? Si me matas, irás a parar a la cárcel —gritó ella, debatiéndose inútilmente.
—Suegra, existen mil formas de hacerte desaparecer sin dejar rastro —le respondí con una sonrisa helada—. Pero matarte sería demasiado misericordioso. Haré que tú misma supliques por la muerte. Le clavé una de mis agujas en el brazo antes de que pudiera reaccionar.
—¡Qué me has puesto, víbora! —exclamó ella, desplomándose de golpe en el suelo.
—En unos minutos sentirás un calor insoportable… te aconsejo que corras a tu casa y te encierres —le dije, abriéndole la puerta de nuevo.
Doña Ana salió despavorida, pero el efecto fue más veloz de lo que preveía. Al llegar a la calle, empezó a arrancarse la ropa con desesperación, gritando:
—¡Ardo por dentro, Manuel! ¡No aguanto más! —y se lanzó sobre Don Manuel, el vecino que siempre había humillado a la antigua Isabella.
—¡Suéltame, loca! —gritaba el hombre, intentando apartarla con asco. Los aldeanos se agolparon en la calle, mirando la escena con sorpresa y rechazo:
—¡Qué vergüenza, en plena vía pública!
—Jamás imaginé que Doña Ana fuera tan indecente…
—Esto es una mancha para todo el pueblo.
Sebastián, mi cuñado mayor, llegó corriendo y tuvo que cargar a su madre para llevársela: ella estaba totalmente fuera de sí, y poco después perdió el conocimiento en sus brazos. Observé todo desde la ventana, soltando una risa fría y cortante:
Jajaja… esa vieja malvada y todos los que lastimaron a mi otra vida pagarán su deuda. Ninguno quedará impune.
Había pasado una semana, y mis jabones ya estaban listos: con aromas frescos y propiedades que nadie en este mundo conocía.
—Esteban y Lucía, son las ocho de la mañana —les ordené—. Es el momento ideal para ir a vender al pueblo. Lucas, ve a trabajar la tierra y siembra las semillas que te entregué. Álex, sal a cazar: necesitamos provisiones para hoy.
Tomé la cesta con los jabones y salí hacia la plaza con Lucía y Esteban. Al llegar, escuché llantos y murmullos de angustia.
—¿Qué ocurre aquí? —pregunté a una mujer que lloraba desconsolada.
Una señora mayor se acercó a mí con lágrimas en las mejillas:
—Mi hija está de parto, pero el bebé se ha quedado atascado… lleva horas sufriendo y nadie sabe qué hacer.
—Lléveme de inmediato —dije, echando a correr hacia la casa—. ¡Todos salgan de la habitación! Conozco una técnica para que ambos salgan sanos y salvos.
—Nunca he oído hablar de nada parecido… tememos que sea demasiado tarde —dijo el padre de la joven, desesperado.
—Señor, si no me deja intervenir ahora mismo, su hija morirá en cuestión de minutos —le advertí con determinación—. Usted decide.
El hombre asintió con la cabeza, y todos salieron cerrando la puerta tras ellos. Allí, sobre una mesa rústica, la joven luchaba por su vida y la de su hijo, con el rostro desencajado por un dolor que ya duraba más de cuatro horas.
—¡No empujes así! —le ordené con voz firme, cortando sus gritos al instante. Me arrodillé a su lado, y mis dedos expertos recorrieron su vientre en segundos—. El bebé viene mal posicionado: su hombro se ha trabado contra el hueso de tu cadera, y además viene de cara, no de cabeza. Cada vez que aprietas, se encaja más y tú te desgarras. Si continuamos así, los dos perderán la vida.
—¡Salgan todos y déjenme sola con ella! Yo respondo por lo que suceda —grité hacia la puerta.
—Respira profundo y suelta —le indiqué, al mismo tiempo que con una mano sostuve el vientre con precisión quirúrgica y con la otra corregí la posición del bebé con un movimiento calculado y seguro—. Ahora, cuando yo te lo diga, empuja suavemente, sin usar fuerza bruta.
Sentí que el pequeño estaba atrapado, el cordón umbilical empezaba a apretarse y los latidos de su corazón bajaban con peligro. Sin dudarlo, apliqué la presión exacta en el punto justo para desencajar el hombro, giré con cuidado la cabecita para liberar el paso, y en el instante preciso:
—¡Ahora! —exclamé.
Con un último esfuerzo controlado, logré guiar su salida: primero la cabeza, luego liberé los hombros uno por uno con la destreza de quien maneja la vida y la muerte con la misma facilidad. Un instante después, lo sostuve en mis manos: pequeño, azulado y sin respirar. Le di un golpe seco pero suave en la espalda, limpié sus vías respiratorias con movimientos rápidos, y al fin el llanto rompió el silencio: fuerte, claro y lleno de vida.
La madre cayó hacia atrás, agotada pero a salvo. Me puse de pie, limpiándome las manos con la misma frialdad con la que un día preparé la toxina más letal del siglo XXV. Abrí la puerta y anuncié:
—Ya ha terminado. Ambos están bien. Ella necesita reposo absoluto. Aquí tiene una receta para que recupere fuerzas pronto.
Dejé al bebé en los brazos de su abuela, que lloraba de felicidad:
—¡Mi nieto! ¡Gracias, señora! Es usted una bendición.
El doctor del pueblo se acercó a mí con gran respeto:
—Señora, le pido disculpas por haber dudado. Su sabiduría médica supera con creces a la mía. ¿Le interesaría colaborar conmigo en mi clínica?
—Me parece una propuesta excelente —respondí con una sonrisa—. Justo buscaba un lugar donde trabajar y ofrecer mis jabones: tengo unos con propiedades antibacteriales para limpiar heridas, y otros con efectos curativos para el cuerpo. Su clínica sería el sitio ideal.
Lucía se me acercó con los ojos muy abiertos, llena de asombro:
—Madre… no imaginaba que tuvieras tantos conocimientos de medicina.
—Yo tampoco… eres increíble —añadió Esteban, sin apartar la mirada de mí.
—Hay muchas cosas de mí que aún no conocen —dije, mirándolos a ambos con ternura—. Doctor Ramírez, muéstreme lleveme a su clínica.