El futuro regresa al pasado para evitar la destrucción completa, pero ¿como haces para pelear contra algo que es inevitable? ¿como fue posible que ellos terminaran juntos y encima tuviesen descendencia? quizás del odio al amor hay un solo paso o quizás, solo quizás, nunca fue odio ni rechazo.
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preguntas sin respuestas
Kael regresó al instituto con los puños apretados.
Había intentado controlar la rabia durante todo el camino, pero las palabras que había escuchado en el patio continuaban repitiéndose en su cabeza.
Debería haberme quedado.
Fue mi culpa.
No podía dejar de pensar en Avelina.
La conocía desde hacía años.
Habían compartido clases.
Discusiones.
Competencias.
Más de una provocación.
Kael sabía perfectamente que Avelina Parker era una de las brujas más talentosas de su generación. Sabía que tenía un carácter insoportable cuando alguien la desafiaba y que podía pasar horas encerrada estudiando sin darse cuenta del tiempo.
Pero no sabía aquello.
No sabía que había perdido a su madre.
Recordaba haber leído algo en algún periódico.
Quizás lo había escuchado durante alguna reunión entre los clanes.
La muerte de Lirio Parker no había pasado desapercibida.
Pero nunca había prestado verdadera atención.
Y ahora se sentía como un idiota.
La joven bruja había cargado durante dos años con una culpa que probablemente nunca le correspondió.
Y alguien había tenido la crueldad suficiente para utilizarla en su contra.
Savvana.
Kael apretó todavía más los puños.
—Hermanito, ¿qué te tiene de tan mal humor?
La voz de Kiam lo sacó de sus pensamientos.
Kael entró al aula y encontró a su hermano menor sentado sobre uno de los pupitres, observándolo con una sonrisa burlona.
—No estoy de humor para escuchar tus idioteces, Kiam.
—Eso significa que definitivamente estás de mal humor.
Kael lo ignoró.
—Dime algo.
Kiam levantó una ceja.
—¿Qué?
—¿Qué ocurrió con la madre de Avelina Parker?
La sonrisa desapareció lentamente del rostro de Kiam.
—Vaya.
—¿Qué?
—Nada. Solo que no esperaba esa pregunta.
—Respóndeme.
Kiam se acomodó en el asiento.
—Tengo entendido que fue asesinada en su mansión.
Kael permaneció en silencio.
—La familia Parker posee protecciones de sangre ancestrales. Se supone que son prácticamente imposibles de romper desde afuera.
—¿Y cómo entraron?
—Ese es el problema.
Kiam miró hacia la ventana.
—Hay rumores de que fue la propia hermana de Lirio quien rompió las protecciones.
Kael frunció el ceño.
—¿Su propia hermana?
—Al parecer se había metido con el lado oscuro varios meses antes de la guerra. Lirio intentó ayudarla a salir de aquello.
Kiam bajó la voz.
—Pero ella la atacó.
El rostro de Kael se endureció.
—¿La mató?
—Dicen que primero la torturaron.
Hubo un silencio incómodo.
—Después la asesinaron.
Kael desvió la mirada.
—¿Avelina estaba allí?
—Ella y Luna fueron quienes la encontraron.
Kiam suspiró.
—Después de eso, Avelina comenzó a vivir en automático.
Kael lo miró.
—¿Qué quieres decir?
—Que dejó de ser la misma.
Kiam apoyó los brazos sobre el escritorio.
—Seguía estudiando. Seguía ayudando. Seguía sonriendo. Pero era como si una parte de ella hubiera muerto aquella noche.
Kael tragó saliva.
Nunca había visto a Avelina de esa manera.
—Si yo hubiera estado en su lugar...
Kiam negó con la cabeza.
—No podría imaginar perder a nuestra madre.
Kael tampoco.
La idea le produjo un vacío extraño en el pecho.
—Con todo el poder de nuestra familia —continuó Kiam—, probablemente habría destruido medio mundo.
Kael soltó una respiración corta.
—Eso sí te lo creo.
Kiam sonrió.
—¿Por qué preguntas todo esto?
Kael no respondió inmediatamente.
Recordó las palabras de Luna.
Tu hija no merece verte así.
—¿Sabías que Avelina tiene una hija?
Kiam parpadeó.
—¿Qué?
—Una hija.
—¿Es una broma?
—No.
Kiam comenzó a reír.
—Kael, la chica es un cerebrito andando. Jamás la he visto con ningún hombre que no sea el novio de esa chica loca.
—¿Cony?
—Sí, esa. No sé de dónde sacaste eso, pero es imposible.
Kael frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque nunca estuvo embarazada.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
Kiam se encogió de hombros.
—Además, Avelina jamás permitiría que alguien le quitara tiempo de estudio.
Kael permaneció en silencio.
Demasiados detalles comenzaban a rondar su cabeza.
La conocía desde hacía años.
Pero jamás se había tomado el tiempo de conocerla realmente.
Siempre le había molestado que fuera mejor que él en algunas materias.
Y sabía que a los veintiún años había conseguido una maestría en alquimia.
Ahora, a los veintitrés, estaba a punto de conseguir otra en pociones.
Al menos antes de que Savvana se encargara de arruinarlo todo.
Pero había una pregunta que no podía sacar de su cabeza.
Si Kiam tenía razón...
¿Cómo demonios tenía Avelina una hija?
Quizás había escuchado mal a Luna.
No.
Imposible.
Su audición vampírica era demasiado precisa.
Kael se levantó.
—Hablaré con padre.
—¿Sobre Avelina?
—Sobre los Parker.
Kiam sonrió.
—Claro.
Pero Kael pudo notar perfectamente que su hermano no le creyó ni por un segundo.
Mientras tanto, Avelina había decidido no regresar directamente a casa.
Necesitaba comprar algunas cosas para Lyra.
Ropa.
Zapatos.
Algunos objetos personales.
Y, aunque no estaba segura de qué le gustaba a una niña de cuatro años en aquella época, intentaría encontrar cosas que pudieran hacerla feliz.
Después de pasar por varios locales, logró reducir todos los paquetes mágicamente hasta convertirlos en pequeños envoltorios que pudiera guardar dentro de su mochila.
—Mucho mejor.
Sonrió satisfecha.
Fue entonces cuando vio a alguien conocido.
—Profesor Graus.
El hombre se giró.
—¿Señorita Parker?
—Disculpe que lo moleste.
—¿No debería estar entregando el trabajo para el examen final?
Avelina hizo una mueca.
—Sí.
—¿Y?
—Sucedieron cosas.
Graus levantó una ceja.
—Eso no responde mi pregunta.
Avelina señaló una pequeña cafetería ubicada a mitad de la calle.
—¿Tomaría un café conmigo?
El profesor miró hacia el local.
—¿Por qué?
—Sé que tienen bocadillos de amapola.
Graus sonrió.
—Eso cambia completamente las cosas.
Una hora después, ambos estaban sentados en una mesa de la vereda.
Avelina esperó hasta que llegaron los cafés.
—Profesor...
—Dime.
—¿Qué es el virus de la polilla azul?
Graus dejó lentamente la taza sobre el plato.
—¿Virus?
—Sí.
—Tengo entendido que es una flor, no un virus.
Avelina frunció el ceño.
—¿Una flor?
—Una flor estilo campanilla.
Graus tomó un bocadillo de amapola.
—Es azul. Cuando se cierra, sus pétalos forman una figura parecida a una polilla. De ahí viene el nombre.
Avelina permaneció completamente atenta.
—¿Dónde crece?
—Principalmente en el bosque de Lumbre.
—Territorio vampiro.
—Exactamente.
Graus dio otro mordisco.
—Es bastante tóxica si se mezcla con agua pura de manantial.
Avelina sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
—La reacción altera las propiedades mágicas de la planta.
—¿Podría utilizarse contra seres mágicos?
Graus dejó de comer.
—¿Por qué preguntas eso?
Avelina bajó la mirada.
—Leí que era un virus que atacaba a las hadas.
El profesor negó lentamente con la cabeza.
—No conozco ningún virus con ese nombre.
—¿Entonces es imposible?
—No necesariamente.
Avelina levantó la mirada.
—Las hadas tienen un metabolismo completamente diferente al nuestro. Son mucho más pequeñas y procesan la magia de una forma que todavía no comprendemos del todo.
Graus bebió un poco de café.
—Una sustancia que para nosotros sería inofensiva podría ser letal para ellas.
Avelina sintió que el corazón le latía más rápido.
—¿Podría utilizarse contra ellas?
—Tal vez.
El profesor la observó detenidamente.
—Pero si quieres investigar plantas vampíricas, deberías hablar con alguien que conozca ese territorio mejor que yo.
—¿Quién?
—Serafine.
Avelina casi se atragantó.
—¿La reina de los vampiros?
Graus sonrió.
—La misma.
—No creo que me reciba.
—Hasta donde sé, Serafine adora enseñar a quienes realmente quieren aprender.
—Pero soy una bruja.
—Y ella es una reina.
Graus levantó un hombro.
—Eso no impide que sea curiosa.
Avelina permaneció pensativa.
—Además —añadió Graus—, siempre se caracterizó por apreciar a quienes buscan conocimiento.
Avelina finalmente sonrió.
—Lo intentaré.
—Bien.
Graus tomó otro bocadillo.
—Ahora explícame qué ocurrió para que no entregaras tu trabajo.
La sonrisa desapareció del rostro de Avelina.
Durante la siguiente hora hablaron.
Graus escuchó.
No la juzgó.
Y cuando Avelina finalmente terminó de contarle lo ocurrido con Savvana, el profesor guardó silencio durante varios segundos.
Él también conocía el dolor.
Había perdido a su hijo durante la guerra.
Sabía perfectamente lo que significaba preguntarse todos los días si uno podría haber hecho algo diferente.
—No puedes cambiar el pasado —le dijo suavemente—. Pero sí puedes decidir cuánto poder tendrá sobre tu futuro.
Avelina bajó la mirada.
—Lo intentaré.
—Eso es suficiente.
Antes de despedirse, Graus sonrió.
—Ven a verme el próximo mes a mi laboratorio.
—¿Para qué?
—Para enseñarte algo.
—¿Sobre la polilla azul?
—Quizás.
Avelina sonrió.
—Trato hecho.
Cuando llegó a casa, el sol ya había desaparecido.
Apenas abrió la puerta, una pequeña figura salió disparada hacia ella.
—¡Mami!
Avelina soltó una carcajada.
—¡Lyra!
La niña se lanzó sobre sus piernas.
—¡Mami, mami! ¡El abuelito me hizo luces mágicas para el cielo de mi habitación!
Avelina levantó la mirada.
Evans apareció detrás de la pequeña con un libro entre las manos.
Observó inmediatamente el rostro de su hija.
Había tristeza.
A pesar de la sonrisa.
Pero no dijo nada.
No quería arruinar aquel momento.
Avelina se arrodilló frente a Lyra.
—¿Quieres ver lo que te traje?
Los ojos de la niña brillaron.
—¡Sí!
Sacó los pequeños paquetes de la mochila.
Uno tras otro.
Vestidos.
Zapatos.
Pequeños accesorios.
Lyra parecía incapaz de decidir cuál mirar primero.
—¿Este es mío?
—Todos son tuyos.
—¿Todos?
—Todos.
La niña comenzó a reír.
Poco después apareció frente a ellos usando uno de los vestidos.
—¡Mírenme!
Dio una vuelta.
Evans aplaudió.
—La princesa más hermosa del mundo.
—¡Otra!
Y volvió a girar.
Avelina rio.
Por unos minutos olvidó todo.
La guerra.
Savvana.
Su madre.
La culpa.
Todo.
Solo existían ellas.
Ella y su hija.
La cena transcurrió tranquilamente.
Cuando Lyra finalmente se quedó dormida, Evans esperó.
No quería presionarla.
Pero sabía que algo estaba mal.
—Lina.
Avelina levantó la mirada.
—¿Sí?
—¿Qué ocurrió?
Ella suspiró.
Le contó todo.
Las palabras de Savvana.
La conversación con Luna.
Y finalmente aquello que había descubierto con Graus.
—Lo que te dijo Graus es cierto.
Evans tomó su taza de té.
—Serafine siempre ha sido una mujer interesada en el conocimiento.
—¿Podrías conseguirme una audiencia?
—Claro.
Avelina dudó.
—Padre...
—¿Qué ocurre?
—Los vampiros tienen habilidades para entrar en la mente de otras personas.
Evans dejó la taza.
—Sí.
—¿Qué ocurrirá si descubre a Lyra?
El silencio llenó la habitación.
—Hija...
—No quiero que nadie sepa de ella todavía.
—En algún momento lo sabrán.
Avelina bajó la mirada.
—Tengo miedo.
Evans suavizó la expresión.
—Lo entiendo.
—No quiero que la utilicen.
—Tampoco yo.
—No voy a permitir que nadie le haga daño.
—Lo sé.
Evans suspiró.
—Pero tener a la reina de los vampiros de tu lado podría darte una protección que ningún hechizo de esta casa podría ofrecer.
Avelina levantó la mirada.
—No voy a usar a la reina.
—Avelina Parker.
Su voz se volvió firme.
—Jamás dije que la uses.
El hombre se inclinó ligeramente hacia ella.
—Te estoy diciendo que si realmente necesitas descubrir qué es esa polilla azul, tarde o temprano tendrás que explicar por qué necesitas saberlo.
Avelina permaneció en silencio.
—¿No crees que será más sencillo que Serafine conozca la verdad por tu boca antes de descubrirla por alguien más?
Avelina suspiró.
—Tienes razón.
Se levantó.
—Consigue esa audiencia.
Evans sonrió.
—Lo haré.
Avelina caminó hacia él.
—Prometo que saldrá bien.
Su padre se levantó al mismo tiempo.
—Lina.
La abrazó.
—Jamás pensaría que deshonrarías a nuestra familia.
Avelina cerró los ojos.
—Te amo, padre.
—Yo también te amo.
Se quedaron abrazados unos segundos.
Pero ninguno de los dos imaginaba que aquella audiencia con la reina de los vampiros podía cambiar completamente el rumbo de sus vidas.
Avelina llegó finalmente a su habitación.
La puerta estaba entreabierta.
Una luz tenue iluminaba el interior.
Entró.
Y sonrió.
Lyra dormía profundamente en su cama.
Sobre el techo flotaban pequeñas luces mágicas que Evans había creado para ella.
Parecían diminutas estrellas.
Avelina se acercó.
Se sentó en el borde de la cama.
Observó a su hija.
Durante unos segundos, simplemente la contempló.
Luego se acostó a su lado.
La abrazó con cuidado para no despertarla.
Lyra se acomodó instintivamente contra su pecho.
Avelina cerró los ojos.
El perfume floral del cabello de la niña llenó sus sentidos.
Y por primera vez aquel día...
La culpa dejó de gritar.
Solo por unas horas.
Sin saber que, en otro lugar del instituto, un príncipe vampiro seguía despierto intentando encontrar la respuesta a una pregunta que no dejaba de perseguirlo.
¿Quién era realmente la hija de Avelina Parker?