Durante tres años, Cloe Conti y Mattheo Farina tuvieron una sola regla: nada de besos, nada de sentimientos.
Hasta que una noche la rompieron... Y después, Cloe desapareció.
Cuando finalmente regresa, ya no es la mujer desafiante y despreocupada que Mattheo conocía. Lleva consigo heridas que nadie puede ver y recuerdos que amenazan con destruirla.
Mattheo sabe que no puede borrar lo que le hicieron.
Pero puede quedarse.
Puede protegerla.
Puede recordarle quién era antes de que intentaran arrebatárselo todo.
Lo que ninguno de los dos espera es descubrir que aquello que durante años llamaron deseo quizá siempre fue algo mucho más peligroso.
Porque Mattheo Farina estaría dispuesto a enfrentarse al mundo entero por Cloe.
Y esta vez, su princesa no tendrá que luchar sola.
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Todo el puto tiempo
Mattheo
Cloe no suelta mi manga mientras subimos las escaleras.
Dos dedos.
Solo dos.
Eso es todo el contacto que existe entre nosotros.
Y aun así camino como si estuviera sosteniendo algo demasiado frágil para sobrevivir a un movimiento brusco.
No debería pensar en ella de esa forma.
Cloe no es frágil. Nunca lo ha sido.
Pero hace unos minutos se escondió detrás de mí temblando porque vio a Alessia.
No a Lucio.
A Alessia.
Mierda.
Aprieto la mandíbula.
No es culpa de ella.
Lo sé.
Sé que Alessia no tiene ninguna responsabilidad sobre las cosas que hizo su hermano.
Sé que también sufrió por culpa de ese hijo de puta.
Sé que Fabiano la ama.
Sé todas esas cosas.
Y en este momento me importan una mierda.
Porque Cloe está agarrada a mi camisa como si fuera lo único que evita que se caiga.
Y Fabiano metió a la hermana del hombre que la destruyó dentro de la misma casa donde se supone que tiene que sentirse segura.
No debería haberle dicho sobre la boda.
Si hubiera sabido que esta decisión afectaría de esta forma a Cloe, no hubiese dicho una puta palabra.
Quiero golpearlo.
Después quiero matar a Lucio.
Después probablemente quiera volver a golpear a Fabiano.
Respiro profundamente. Debo calmarme.
No quiero que mi Cloe sienta mi ira.
Llegamos frente a su habitación.
Ella se detiene y yo espero.
No abro la puerta. No hago nada.
Solo espero.
Finalmente, su mano abandona mi manga.
El frío ocupa inmediatamente el lugar donde estaban sus dedos.
Cloe abre la puerta y entra.
Yo permanezco afuera.
Da tres pasos antes de darse cuenta.
Voltea a verme.
—¿No vas a entrar?
—Si quieres que entre lo haré.
Frunce ligeramente el ceño. Como si la respuesta le resultara extraña.
—Sí quiero.
Entro y no cierro la puerta.
Cloe mira hacia ella. Después hacia mí.
—¿Quieres que la cierre?
Sus ojos vuelven inmediatamente hacia la puerta.
—No.
—Bien.
La dejo completamente abierta. No entreabierta. Abierta.
Cloe camina hacia la cama y se detiene a un metro de ella.
No se sienta. Solo la mira.
Sus hombros se tensan debajo del chal.
Aparto la vista.
No necesito preguntarle. No necesito saber por qué actuó así delante de Alessia.
Lo sé.
Tomo la silla que está junto al escritorio y la llevo hacia ella.
La dejo a un par de metros.
—Puedes sentarte aquí —digo.
Me mira. Después mira la silla. Finalmente se sienta.
Me quedo de pie. Demasiado lejos para tocarla. Lo suficientemente cerca para llegar hasta ella si me necesita.
No sé cómo encontrar el punto exacto.
Antes nunca tenía que pensar en estas cosas. Antes Cloe simplemente me tocaba.
Me abrazaba.
Se lanzaba sobre mi espalda cuando quería molestarme.
Se sentaba sobre mis piernas sin pedir permiso.
Entraba a mi habitación sin golpear.
Robaba mi comida.
Mi ropa.
Mi paciencia.
Y yo hacía exactamente lo mismo con ella.
Ahora tengo que pensar dónde pongo las putas manos.
Lucio.
Una oleada de odio me atraviesa.
Voy a matarlo.
No sé cuándo.
No sé cómo. Pero voy a matarlo.
Cloe se estremece.
Mi rabia desaparece de mi rostro inmediatamente.
—¿Tienes frío? —Niega—. ¿Quieres agua?
Duda antes de contestar.
—Sí.
Camino hacia la botella que hay sobre una mesa. Cuando regreso doy un paso hacia ella.
Cloe se tensa.
Me detengo.
El movimiento es mínimo. Probablemente cualquier otra persona no lo habría visto.
Yo sí. Siempre la veo.
Retrocedo un paso.
—La voy a dejar aquí. —Pongo el vaso sobre la mesa más cercana—. Perdón —digo.
Sus ojos se levantan rápidamente.
—No hiciste nada.
No. Pero la asusté.
Hace dos semanas podía acercarme por detrás, tomarla de la cintura y levantarla del suelo mientras ella se reía.
Ahora un paso es demasiado.
Cloe toma el vaso. Sus manos tiemblan.
Miro hacia otro lado. No quiero que piense que estoy estudiando cada movimiento. Aunque lo estoy. No consigo dejar de hacerlo.
Necesito verla respirar.
Necesito comprobar que está aquí. Que realmente está aquí.
Pasé casi dos semanas imaginando dónde podía estar. Qué podían estar haciéndole.
Si estaba viva o no.
Empuño mis manos. No voy a pensar en eso frente a ella.
—¿Por qué estás enojado?
Su voz me sorprende.
—¿Qué?
—Estás enojado.
—No contigo.
Cloe baja la mirada hacia el agua.
—Ya sé.
Eso me rompe un poco. Que necesite aclararlo.
—Nunca contigo —digo.
Sus dedos se aprietan alrededor del vaso.
—Estabas gritándole a Fabi.
—Tu hermano es un imbécil.
Por primera vez algo parecido a una expresión cruza su rostro.
No llega a sonrisa, pero casi.
—Es tu mejor amigo.
—Eso no impide que sea un imbécil.
—¿Por Alessia?
Respiro.
—No estoy enojado con Alessia.
—Le gritaste.
—Lo sé.
—Ella no hizo nada.
—También lo sé.
Cloe levanta la mirada.
—Entonces, ¿por qué?
Porque cuando te vi esconderte detrás de mí quise arrancar esta casa piedra por piedra.
Porque te temblaban tanto las manos que apenas podías agarrarte a mi camisa.
Porque por un segundo miraste a Alessia como si Lucio hubiese entrado por esa puerta.
Porque no puedo soportarlo.
—Porque estoy enojado con todo —admito. Cloe no dice nada. Me paso una mano por el cabello—. Y porque Fabiano debería haber pensado en cómo podía afectarte tenerla aquí.
—Él la ama.
—Lo sé.
—Ella también necesita estar segura.
Cierro los ojos un segundo.
Por supuesto.
Incluso ahora, y después de todo, Cloe sigue preocupándose por los demás.
—Lo sé.
—Entonces no te enojes con ella.
—No estoy enojado con ella.
—¿Con Fabi?
—Un poco.
—Mattheo.
—Mucho.
Una pequeña exhalación escapa de su nariz.
Casi una sonrisa. Casi.
Daría cualquier cosa por escucharla reír de verdad.
—Pero se me va a pasar —añado.
—¿Cuándo?
—Después de golpearlo.
El silencio se prolonga por largos segundos.
—¿Me estabas buscando?
La pregunta me toma desprevenido.
—¿Qué?
—Cuando estaba...
Se calla.
No termina. No necesita hacerlo.
—Sí.
—¿Todo el tiempo?
La miro.
—Todo el puto tiempo.
Sus ojos se llenan de lágrimas.
—Fabi también.
—Tu hermano convirtió media Italia en un campo de guerra.
Traga.
—¿Y tú?
Podría mentir. Podría decirle que simplemente ayudé. Que hice lo que cualquiera habría hecho.
No puedo.
—Yo estaba volviéndome loco.
Cloe cierra los ojos.
Una lágrima baja por su mejilla.
Tengo que meter las manos en los bolsillos para no limpiarla.
Antes lo habría hecho sin pensar. Ahora no puedo. No mientras ella no me lo pida.
—Pensé que...
Espero.
—¿Qué?
Niega.
—Nada.
—Puedes decírmelo.
—Pensé que quizá no te importaba tanto.
Algo se me parte dentro del pecho.
—Cloe.
—No hablábamos todos los días.
—Porque somos dos idiotas.
Me mira.
—Nuestra última conversación fue...
Se detiene.
Los dos sabemos cuál.
La habitación del hotel.
Su cuerpo junto al mío.
Su boca.
La primera vez que la besé.
La primera vez que comprendí que llevábamos tres años mintiéndonos.
Y después una puerta cerrándose.
Si me hubieras pedido que me quedara, probablemente habría dicho que sí.
Desvío la mirada.
Mierda.
—Yo...
No puedo decirlo.
No ahora.
No puedo poner todo eso encima de ella cuando apenas puede respirar sin mirar hacia la puerta.
Cloe observa mis manos.
—¿Qué?
—Nada.
—Mattheo.
—No importa.
—Entonces deja de poner esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—Eso es muy descriptivo.
Antes me habría mandado a la mierda. Ahora solo baja la mirada.
Odio a Lucio.
Lo odio con una intensidad que me asusta incluso a mí.
No por haber cambiado a Cloe. No voy a pensar así. Cloe no es algo que él haya roto y yo tenga que reparar. Lo odio porque consiguió que tenga miedo dentro de su propia casa. Porque consiguió que dude antes de hablar. Porque consiguió que mida la distancia entre ella y las personas que conoce desde niña.
Porque consiguió que crea que puede dejar de importarme.
—No quiero que vuelvas a pensar eso —digo.
—¿Qué cosa?
—Que no me importabas. —Sus ojos encuentran los míos—. No voy a preguntarte qué pasó. —Su respiración se detiene—. Nunca —continúo—. Si quieres contármelo algún día, voy a escucharte. Si no quieres hacerlo, moriré sin saberlo. —Cloe aprieta los labios—. Pero no tienes que explicarme nada para que yo me quede.
Una lágrima cae seguida de otra.
Mierda.
—No llores.
La frase sale automáticamente.
Me arrepiento inmediatamente.
—Perdón. Llora. Puedes llorar. No sé qué mierda estoy diciendo.
Algo ocurre con su boca.
Puede ser una mueca o el inicio de una sonrisa… pero sea lo que sea es más de lo me atrevo a esperar.
—Eres terrible en esto.
—Soy bastante consciente.
—Pensé que eras bueno con las mujeres.
—Normalmente no hablo demasiado con ellas. Tres hermanos, ¿recuerdas?
Cloe me mira. Y por un instante vuelvo a verla.
A mi Cloe.
La del hotel.
La que me provocaba hasta volverme loco.
Después sus ojos bajan hacia sus manos.
—Creo que quiero dormir.
tu eres un poco hombre y ahora sí sabemos que no es tu hijo
cloe tiene un hijo y es de Mateo 🎉🎉🎉🎉