Una historia de amor, odio y venganza
NovelToon tiene autorización de Eliany Justo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Cenizas bajo la piel
Cap 20
Dos años después del incendio del ático, el pan de Dante Montenegro ya no sabía a cárcel. Sabía a levadura, a paciencia, a madrugones en la cocina de la casita de piedra que compartía con Valentinaa desde hacía catorce meses. No siempre fue fácil. Hubo días de tormenta, de reproches, de miradas que pesaban más que las palabras. Hubo una noche, en concreto, en la que Valentia le pidió que se fuera. Él preparó la maleta y la dejó en la puerta, pero no cruzó el umbral. Se quedó sentado en el escalón de piedra, con la lluvia cayendole encima, hasta que ella salió con una manta y lo cubrió en silencio.
—No sé perdonar —dijo ella, sentándose a su lado.
—Yo tampoco —respondió él—. Pero puedo aprender.
Esa noche no durmieron. Hablaron hasta que el sol salió sobre las montañas. Hablaron de la culpa, del miedo, de esa cosa rara que sentían cuando se miraban y que a veces se parecía al amor y a veces a la desesperación. Y por primera vez, Dante no planeó sus respuestas. Por primera vez, Valentina no midió sus palabras. Fue un desastre de honestidad, incómodo y torpe, y al final, cuando ya no pudieron hablar más, se rieron. Una risa rota, agotada, pero real.
—¿Ves? —dijo Dante—. Podemos hacerlo mal juntos.
—Eso es lo que me da miedo —respondió ella—. Que lo malo nos sepa mejor que lo bueno.
—Entonces haremos que lo bueno sepa mejor a base de insistir.
Esa fue la noche en que las cenizas bajo la piel dejaron de quemar y empezaron a tibiar.
El regreso al mundo
A los dos años de vivir en San Martín de los Llanos, Valentina recibió una carta de Lucas. Ya no era un adolescente asustado; tenía veintidós años, había terminado la carrera de Derecho y trabajaba en una oenegé que luchaba contra la trata de personas. La carta decía, entre otras cosas:
"He logrado que el juez acepte la petición de indulto para Héctor. Salió la semana pasada. Vive en una residencia en el sur, con vigilancia electrónica. Dice que le gustaría veros. No quiero presionarte, pero creo que cerrar ese círculo os ayudará. También Gabriel pregunta por ti. No todos los días, pero te echa de menos. Vuelve cuando puedas. El pueblo no se va a mover."
Valentina leyó la carta tres veces. Dante la leyó una vez y la dejó sobre la mesa de la cocina.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó.
—No lo sé.
—Piénsalo. Yo te acompaño a donde vayas.
Esa tarde, Valentina cogió la bicicleta y recorrió el camino que bordeaba el río. Pedaleó sin rumbo, con el viento en la cara y las dos llaves —la de plata y la de oro— golpeándole el pecho al ritmo del corazón. Llegó al puente de madera que separaba San Martín del resto del mundo y se detuvo. Miró el agua. Pensó en su madre, que nunca vería aquel río. Pensó en su padre, que sí podía verlo si ella quería. Pensó en Héctor, el asesino de su madre, envejecido y solo. Pensó en el perdón.
No era una palabra que hubiera usado nunca con comodidad. El perdón olía a ingenuidad, a debilidad, a olvido. Pero tal vez, pensó mientras las truchas saltaban en el agua clara, tal vez el perdón no era olvidar. Tal vez era recordar sin que doliera.
Volvió a casa cuando ya anochecía. Dante había preparado la cena: pan de masa madre recién horneado, una sopa de verduras del huerto y una botella de vino que había comprado en la tienda del pueblo.
—He decidido —dijo Valentina, sentándose a la mesa—. Vamos a Madrid. Pero no a ver a Héctor. A ver a mi padre y a Lucas. A Héctor que venga él si quiere. No voy a mover un dedo por quien mató a mi madre.
—De acuerdo —dijo Dante, sirviendo la sopa—. ¿Cuándo?
—Mañana.
—¿Y el pan? El pan necesita reposar.
—Que se quede aquí. Volveremos.
El reencuentro
Madrid olía a escape de coches y a primavera adelantada. Valentina caminó por las calles de su infancia con una mezcla de extrañeza y reconocimiento. Todo seguía igual, pero ella era otra. Dante iba a su lado, con la mano en el bolsillo para no tentarse a coger la suya. Habían acordado que los gestos de cariño se los ganarían día a día, que ninguno de los dos daría nada por sentado.
Gabriel Vargas los esperaba en un piso pequeño del barrio de Lavapiés, no lejos de donde Valentina había vivido después de la muerte de su madre. Al verla, el hombre de barba canosa rompió a llorar.
—No sabes cuánto lo siento —dijo, abrazándola con una fuerza que desmentía sus sesenta y tantos años—. Todo. Por no estar, por no protegerte, por dejarte sola.
—Ya no estoy sola —respondió Valentina, devolviéndole el abrazo—. Y no necesito que lo sientas. Necesito que estés.
Gabriel asintió, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Luego miró a Dante y le tendió la mano.
—¿Usted es el chico Montenegro?
—Soy Dante, señor. Solo Dante.
—Pues siéntese, solo Dante. Vamos a comer.
La comida fue larga y llena de silencios incómodos que poco a poco se fueron llenando de anécdotas. Lucas llegó pasadas las dos, con una sonrisa que ya no tenía aquella tristeza de adolescente. Abrazó a Valentina como si fuera su hermana mayor, y a Dante con un cariño que bordeaba la admiración.
—Te he echado de menos, hermano —dijo Lucas—. La universidad sin ti era aburrida.
—Tenías que estudiar, no aburrirte.
—¿Ves? Hasta dando la lata eres igual.
Después de comer, cuando Gabriel y Lucas fregaban los platos en la cocina, Valentina se asomó al balcón. Dante salió detrás.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
—Rara. Como si hubiera estado dormida dos años y ahora despertara.
—Yo me siento así cada mañana a tu lado.
Ella giró la cabeza. Lo miró largamente. El sol de Madrid le iluminaba medio rostro, dejando el otro en sombra. Medio ángel, medio demonio. Como siempre.
—Dante —dijo—. ¿Crees que podemos ser felices?
—No lo sé. Pero quiero intentarlo.
—Pues entonces intentémoslo.
El encuentro inesperado
Al día siguiente, cuando se disponían a volver a San Martín, una llamada del centro de vigilancia electrónica alteró los planes. Héctor Montenegro había pedido permiso para salir de la residencia y reunirse con ellos en un lugar neutral. Llevaba semanas insistiendo. Los jueces, cansados de sus peticiones, habían accedido por una hora.
—No tienes que ir —dijo Dante—. Yo puedo decirle que no te encontró.
—No —respondió Valentina, cogiendo su chaqueta—. Voy. Pero no por él. Por mí. Por mi madre.
El lugar neutral era un parque público en el barrio de Usera, lleno de abuelas con nietos y niños jugando al fútbol. Héctor Montenegro llegó en un coche oficial, con un educador social que se sentó en un banco a distancia prudencial. Ya no era el tiburón de traje a medida; era un anciano de pelo ralo, gafas de pasta y una chaqueta de pana que le quedaba grande.
Dante y Valentina se sentaron frente a él en un banco de madera. El silencio duró un minuto entero.
—Gracias por venir —dijo Héctor, con voz cascada—. No esperaba que lo hicieras.
—Yo tampoco —respondió Valentina.
—Quiero que sepas algo. No cambiará lo que hice, pero quizá te ayude a entender. Tu madre... tu madre me pidió en su lecho de muerte que te protegiera. Que no dejara que acabaras como ella. No supe cómo hacerlo. Todo lo que toco se convierte en cenizas.
—Mi madre está muerta —dijo Valentina, con una frialdad que dolía—. No puede pedir nada.
—Pero yo puedo dar. —Héctor metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un sobre amarillento—. Esto es para ti. Lo escribió Sofía la semana antes de morir. Me lo dio por si algo le pasaba. Se lo he guardado diez años. Ahora es tuyo.
Valentina cogió el sobre con dedos temblorosos. Lo abrió. Dentro, una hoja de papel cuadriculado, de esas de libreta escolar, escrita con la letra redonda y clara de su madre.
"Querida Valentina Si estás leyendo esto, es que no pude decírtelo en persona. Te quiero más que a nada en el mundo. Quiero que sepas que morir no me da miedo. Morir es solo dejar de estar. Lo que me da miedo es que te quedes sola. Por eso le pedí a Héctor que te cuidara. Sé que es un hombre imperfecto, que ha hecho cosas terribles. Pero también sé que me quiso de verdad, y que el amor a veces hace milagros. No tienes que perdonarle. Solo tienes que vivir. Vive por mí. Vive por ti. Y cuando encuentres a alguien que te mire como él me miraba a mí —como si fueras la única persona en el mundo—, no lo dejes escapar. El amor no es perfecto. El amor es querer quedarse a pesar del desastre. Te quiero, hija. Siempre. —Mamá."
Valentina leyó la carta dos veces. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas sin que pudiera detenerlas.
—No sé si puedo perdonarte —dijo, mirando a Héctor—. Pero sé que mi madre quería que lo intentara. No por ti. Por ella.
Héctor asintió, con los ojos húmedos.
—Es suficiente.
Se levantó con dificultad, ayudado por el educador. Antes de irse, se volvió hacia Dante.
—Cuídala, hijo. Como yo no supe cuidar a nadie.
—Lo haré —respondió Dante, y esta vez no había estrategia en sus palabras.
El regreso al pueblo
El viaje de vuelta a San Martín fue silencioso, pero no un silencio vacío. Valentina miraba por la ventanilla el paisaje cambiante de la meseta a las montañas, con la carta de su madre en el regazo. Dante conducía con las dos manos en el volante, respetando el mutismo.
—Dante —dijo ella, cuando ya divisaban las primeras casas del pueblo.
—Dime.
—Mi madre decía en la carta que no dejara escapar a alguien que me mirara como si fuera la única persona en el mundo.
—¿Y yo te miro así?
—A veces. Cuando no estás pensando en estrategias.
Dante sonrió. Aparcó el coche frente a la casita de piedra, apagó el motor y se giró hacia ella.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Ahora —dijo Valentina, desabrochándose el cinturón—, vamos a hacer pan.
—¿Siempre el pan?
—El pan no miente. El pan sube o no sube. No hay medias tintas.
—Eres una sabia.
—Soy una mujer que ha aprendido a no esperar finales felices. Los finales no existen. Solo existen los días que vienen después.
Bajaron del coche. El sol se ponía tras las montañas, tiñendo el cielo de naranja y rosa. En la cocina, la masa madre esperaba desde el día anterior, burbujeando suavemente en un cuenco de barro. Valentia la amasó con las manos, sintiendo la textura pegajosa y viva. Dante la ayudó a darle forma, con torpeza pero con ganas.
Mientras el pan reposaba, se sentaron en el escalón de la puerta. El río sonaba al fondo. Las estrellas empezaban a asomar.
—Valentina —dijo Dante, sin mirarla—. Te quiero. No sé si es el amor de las películas, pero es lo más parecido que he sentido nunca.
—Yo tampoco sé qué es el amor —respondió ella, apoyando la cabeza en su hombro—. Pero esto... esto de estar aquí, en silencio, sin querer matarte... supongo que es un principio.
Dante la rodeó con el brazo. No dijo nada más. No hacía falta.
El pan salió bien. Dorado, crujiente por fuera, tierno por dentro. Lo partieron en la mesa de la cocina, untado con aceite del pueblo y un poco de sal. Sabía a levadura, a paciencia, a madrugones. Sabía a todo lo que habían tardado en construir.
—Está bueno —dijo Valentina.
—Está mejor que el de la cárcel —respondió Dante.
Ella se rió. Él también. Y la risa se quedó flotando en la cocina, mezclada con el olor del pan recién hecho.
Afuera, la noche seguía su curso. Las estrellas no parpadeaban; latían. Como dos corazones que habían aprendido, por fin, a latir juntos.
Fin...