Ximena firmó el divorcio sin decirle a Gael que estaba embarazada.
Se fue de Ciudad de México, cambió de vida y crió sola a sus gemelos.
Cuatro años después, vuelve. Gael la reconoce de inmediato, pero lo que no espera es ver a dos niños con sus mismos ojos.
Ahora él quiere recuperar a la mujer que dejó ir.
Y también la verdad que ella le ocultó.
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Capítulo 4
Capítulo 4
Cuatro años después, Ximena Salcedo salió del aeropuerto de Ciudad de México con un vestido blanco a la rodilla, gabardina beige y el cabello largo cayéndole sobre la espalda.
A su lado caminaban dos niños.
Sofía, Sofi, llevaba un vestido de princesa, calcetas con encaje y zapatos blancos. Tenía las mejillas redondas y los ojos enormes.
Santiago, Santi, traía playera de rayas, bermudas grises y una cámara pequeña colgada al cuello, como si fuera fotógrafo profesional.
La gente volteaba a verlos.
—Mira esos niños.
—La mamá parece actriz.
—Seguro son gemelos. Están preciosos.
Ximena fingió no escuchar. Tomó una mano de cada niño y buscó con la mirada a Hernán Valle.
Él venía empujando el carrito con las maletas.
—Ya está todo —dijo—. ¿Lista?
—Gracias, Hernán. No sé cómo habría hecho esto sola.
—No es molestia.
Hernán sonrió. Para él nunca lo era.
Habían coincidido en Houston años atrás, el día en que Ximena entró en labor de parto en plena lluvia. Ella no había llamado a nadie, pero la vida puso a Hernán en la misma calle. Desde entonces, él había estado cerca: pañales, citas médicas, juguetes, gestiones, silencios.
Ximena le tenía gratitud. Mucha.
Amor, no.
—Rodrigo dice que ya está afuera —dijo ella.
—Vamos.
Desde lejos parecían una familia: madre, padre, dos hijos y maletas. Ximena lo sabía. Hernán también. Ninguno dijo nada.
Fabián Torres, asistente de Gael, se quedó viendo a Ximena al pasar.
Le resultaba conocida.
—¿Fabián? —Gael le tocó el hombro—. ¿Qué ves?
Fabián reaccionó.
—Nada, señor. El chofer ya llegó.
Solo al subir al coche entendió de dónde la conocía.
La exesposa de Gael.
Pero iba con un hombre y dos niños.
Fabián miró de reojo a su jefe. Gael seguía igual que los últimos años: impecable, serio, metido en el trabajo hasta la madrugada. Dormía mal. Comía a deshoras. A veces se quedaba mirando la pantalla sin leer.
—Suspiras mucho —dijo Gael, sin despegar la vista de su tablet—. ¿Te cansó el viaje?
—Un poco.
—Cerramos un contrato de doscientos millones de dólares. Tómate una semana libre desde mañana.
Fabián se enderezó.
—Gracias, señor.
En la zona de llegadas, Rodrigo Salcedo esperaba junto a su camioneta.
—¡Tío! —gritaron los niños.
Rodrigo se agachó y los cargó a los dos.
—Mis chaparritos hermosos. ¿Me extrañaron?
—¡Sí! —dijo Santi.
—Yo te extrañé ayer y antier —agregó Sofi.
Rodrigo se rio y los llenó de besos.
En el coche, los niños se durmieron casi de inmediato. El cambio de horario les ganó.
—Puedo llevarlos al hotel primero —dijo Rodrigo en voz baja.
—No. Quiero ver al abuelo.
Don Ernesto Del Río estaba internado en el Hospital Santa Elena. Cáncer gástrico. Una palabra que Ximena no lograba acomodar en la cabeza.
Al llegar al hospital, despertó a los niños con cuidado.
—Vamos a ver al bisabuelito. Luego descansamos, ¿sí?
—Sí, mamá.
Frente a la habitación VIP, Ximena se detuvo. El olor del hospital le apretó el estómago.
Rodrigo abrió la puerta.
—Abuelo, mira a quién traje.
—¿Por fin me traes novia? —bromeó Don Ernesto desde la cama.
Rodrigo resopló.
—Ni novia tengo.
Ximena entró con los niños.
Don Ernesto dejó de sonreír un segundo. Luego sus ojos se iluminaron.
—Ximena.
Ella caminó hasta la cama y le tomó la mano.
—Perdóname, abuelo. Debí venir antes.
Las lágrimas le cayeron sin control.
Sofi le jaló la falda.
—Mami, no llores.
Santi también se acercó.
Hernán dejó una caja de pañuelos a su lado y se quedó detrás, en silencio.
—Ya estás aquí, mi niña —dijo Don Ernesto, dándole palmaditas en la mano—. Eso es lo que importa.
Ximena se limpió la cara y acercó a los niños.
—Santi, Sofi, saluden al bisabuelito.
—Hola, bisabuelito —dijeron los dos.
Don Ernesto sonrió con una ternura que le cambió toda la cara.
—Qué niños tan bonitos. Vengan, déjenme verlos.
Sofi se acercó primero.
—Tienes que hacerle caso al doctor, ¿sí? Si te ponen inyección, te curas rápido.
Santi asintió muy serio.
—Y tomas medicina. Aunque sepa feo.
Don Ernesto soltó una risa.
—Prometido. Pero ustedes también le hacen caso a su mamá.
—Sí.
Después de un rato, Hernán recibió una llamada de su familia. Tenía que pasar por la casa Valle.
Antes de irse, se acercó a Ximena.
—Cualquier cosa, me llamas.
—Gracias. De verdad.
Hernán miró a los niños, luego a ella.
—No tienes que agradecerme siempre.
Cuando se fue, Don Ernesto pidió a Rodrigo que llevara a los niños a comprar algo en la cafetería.
—Quiero hablar con tu hermana.
Rodrigo entendió. Tomó a Santi y Sofi de la mano.
—Vamos por gelatina.
Cuando quedaron solos, Ximena se sentó junto a la cama.
—¿Cómo te sientes? ¿Cuándo te operan?
—Duele a ratos, pero aguanto. Van a hacer más estudios. Si todo sale bien, la cirugía será pronto.
Ximena vio lo delgado que estaba. Se le hizo un nudo.
—Me quedo en México —dijo—. Ya no voy a volver a Houston.
Don Ernesto la miró largo.
—Entonces ven a vivir a la casa Del Río. No tienes por qué volver con los Salcedo.
—Eso pensaba. Primero iba a quedarme en hotel mientras buscaba departamento, pero...
—Nada de hotel. Esa también es tu casa.
Ximena asintió.
La casa Del Río siempre había sido más hogar que la casa de su padre. De niña, ella y Rodrigo pasaban ahí fines de semana enteros. Su madre, Victoria, diseñaba joyas en un escritorio junto a la ventana. Don Ernesto les compraba juguetes y ropa de donde viajara.
—Abuelo...
—Dime.
—Gracias por no preguntarme de golpe por Gael.
Don Ernesto suspiró.
—No hace falta. Si volviste sola con dos niños, sé que hay historia.
Ximena bajó la mirada.
—Gael no sabe que existen.
—¿Y Hernán?
Ella levantó la cabeza.
—Hernán no es...
—Ya sé que no es el padre. Pregunto por ti.
Ximena se quedó callada.
Don Ernesto sonrió apenas.
—Ese muchacho te mira como si llevara años esperando que voltees.
—Me ayudó mucho. Cuando nacieron los niños, cuando estaba sola... siempre estuvo.
Al principio, Ximena ni siquiera lo buscó.
Renata le había pasado su número antes de que ella saliera de México, pero Ximena no quería molestar a nadie. En Houston rentó un departamento pequeño, estudió, tomó encargos de diseño y aprendió a moverse con el vientre cada vez más grande.
Hasta dos semanas antes de la fecha probable de parto.
Había salido a comprar comida cuando empezó la lluvia. Primero fue un dolor bajo, luego otro más fuerte. En plena banqueta, sintió cómo se le rompía la fuente y el agua le bajaba por las piernas.
Llamó al 911. Le dijeron que las ambulancias estaban ocupadas y que tardarían más de media hora.
Ximena intentó parar un carro. Nadie se detuvo.
El dolor le dobló las rodillas.
Entonces una camioneta se orilló. Bajó un hombre de rostro familiar, traje empapado por la lluvia y voz firme.
—Soy Hernán Valle. Hermano de Renata. Súbete, te llevo al hospital.
Ella no tuvo fuerza para desconfiar.
Hernán la cargó casi en brazos, manejó hasta urgencias y no se fue hasta que los niños nacieron.
Después volvió con pañales, cobijas, biberones, comida caliente y una calma que Ximena necesitaba más de lo que aceptaba.
—Eso no responde.
Ximena se acomodó el cabello detrás de la oreja.
—No he pensado en eso. Estaba estudiando, trabajando, criando a dos niños. No tenía cabeza para enamorarme.
—Ximena, no debes encerrarte por miedo a fallar otra vez. Una mala historia no cancela todas las demás.
Ella miró por la ventana. Afuera, la tarde caía sobre Santa Fe.
—Lo sé, abuelo.
Pero no estaba segura.
Tenía a Santi y a Sofi. Con eso, durante años, le había bastado.