—¡Esto no es un cliché de reencarnación!
exclamó la protagonista reencarnada con todo los elementos que le hace un cliché.
Sin embargo, todo cambia cuando lo conoce a él. Su misterioso y falso “esposo"
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Capítulo 17: La calidez del corazón y una promesa dulce
El paseo a lo largo del canal transcurrió en un silencio placentero, marcado únicamente por el murmullo de la brisa entre las hojas de los sauces y el suave rumor del agua. La conversación fluía con una facilidad natural, despojando a Leonardo de la constante rigidez con la que solía desenvolverse en el Palacio Imperial.
Al llegar a una pequeña plaza ajardinada con bancos de piedra frente al río, ambos decidieron tomar un descanso. Claudia contemplaba las barcas que cruzaban el canal mientras daba el último bocado al trozo de pan dulce que había conservado desde el mercado.
—Sabes, Leonardo —comenzó Claudia, rompiendo el silencio con una sonrisa tranquila—, jamás imaginé que encontraría esta paz tan lejos de mi hogar.
Leonardo la miró de reojo, prestando atención a cada uno de sus gestos.
—¿Te resulta tan diferente a tu vida anterior?
—Es completamente distinta —admitió ella, bajando la mirada hacia sus manos—. En mi provincia, cada día era una batalla constante contra la presión de las deudas, las expectativas ajenas y los intentos de control de personas que solo me veían como una pieza en sus juegos de poder. Y más con esos líderes. Pero aquí... a tu lado, todo se siente sereno. Siento que finalmente puedo respirar sin tener que estar a la defensiva.
El joven monarca sintió un leve apretón en el pecho. Las palabras de Claudia reforzaban la enorme distancia entre la percepción que ella tenía de su vida actual y la dura realidad política que él manejaba desde las sombras. El deseo de confesarle quién era realmente volvió a asaltarlo, pero la profunda paz en los ojos de la joven le hizo contenerse. No era el momento adecuado; no quería empañar esa serenidad tan pronto.
—Me alegra profundamente ser quien te brinde esa tranquilidad —respondió Leonardo con voz suave—. Y te aseguro que haré todo lo que esté en mi poder para que nada ni nadie la perturbe.
Claudia lo miró con calidez antes de recordar algo que dibujó un destello de entusiasmo en su rostro.
—Por cierto, hablando de mi nueva vida... hoy no solo salí a caminar para ver el chisme de la plaza —admitió con una risita traviesa—. Encontré algo importante.
—¿Ah, sí? ¿De qué se trata?
—Encontré trabajo —anunció con orgullo—. En una pequeña panadería a unas pocas calles del centro. El dueño es un hombre mayor muy amable que buscaba a alguien para ayudarle con la repostería por las mañanas. Le mostré un par de técnicas que aprendí por Marth y aceptó contratarme de inmediato.
Leonardo se congeló por un segundo. La idea de que Claudia trabajara para un desconocido en un comercio público activó de inmediato un instinto territorial que intentó disimular sin éxito.
—¿Un trabajo en una panadería? —preguntó, alzando una ceja con tono ligeramente estricto—. Claudia, te he dicho que no tienes ninguna necesidad de trabajar. En la villa tienes todo lo que requieres, y yo puedo proveerte de cualquier recurso que necesites.
—Lo sé, y estoy profundamente agradecida por tu generosidad —respondió ella con firmeza pero sin perder la dulzura—. Pero esto no es por dinero, Leonardo. Necesito sentirme útil, construir algo con mis propias manos y tener mi propia independencia. Además... me está gustando la repostería.
Leonardo cruzó los brazos, mirando hacia el canal mientras fruncía levemente el ceño. Una chispa de posesividad, insólita en él, emergió con claridad.
—Eso significa que otras personas probarán tus postres... —murmuró en un tono bajo, casi recriminatorio—. Los dulces que tú preparas deberían ser solo para mí.
Claudia se quedó en silencio un instante, sorprendida por la reacción. Sin embargo, en lugar de sentirse agobiada o temerosa, una sonrisa divertida se dibujó en sus labios.
En su pasado, las actitudes posesivas de los hombres de la alta sociedad —como el Príncipe Alistair o el Duque Kaelen e incluso el maestro mago— eran sofocantes, dominantes y amenazantes; buscaban encerrarla y privarla de su libertad. Pero en Leonardo, esa pequeña protesta sonaba casi infantil, nacida de un afecto sincero y transparente que buscaba proteger lo que consideraba especial.
—¿Estás celoso de una panadería? —preguntó Claudia, soltando una risa melodiosa.
—No son celos —se defendió él con altivez, aunque un leve rubor traicionó sus mejillas—. Es solo que el pastelillo de saúco que me diste la otra noche era excepcional. No me agrada la idea de que cualquiera pueda tener acceso a algo hecho por ti.
Claudia se inclinó un poco hacia él, mirándolo directamente a los ojos con una expresión infinitamente cálida.
—Leonardo, la repostería de la tienda será solo pan básico y dulces comerciales —explicó suavemente, disfrutando de ver al imponente noble tan fuera de su elemento—. Pero te haré una promesa.
—¿Qué promesa? —inquirió él, fijando su mirada en ella.
—El dulce de saúco y las recetas especiales que aprendí... jamás las prepararé para nadie más —declaró Claudia con voz clara y sincera—. Esas son solo para ti. Prometo que ese sabor nunca será compartido con ninguna otra persona en este imperio.
El rostro de Leonardo se suavizó al instante. La promesa de Claudia cimentó en su interior una certeza absoluta: ella no lo veía como una figura de poder a la que debía temer, sino como alguien único en su vida.
—Acepto esa promesa —dijo él, permitiéndose sonreír de nuevo.
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El atardecer comenzaba a teñir el cielo de tonos dorados y violetas cuando ambos regresaron a los portones de la villa de verano. El camino de vuelta había transcurrido entre risas ligeras y planes sobre los días futuros.
Al detenerse frente a la entrada principal, Leonardo se giró hacia ella.
—Gracias por acompañarme hoy, Claudia. Ha sido una mañana inolvidable.
—Gracias a ti por la caminata y por escucharme —respondió ella, mirando la calidez en los ojos del joven.
Leonardo dio un paso más cerca. Con infinita delicadeza, tomó la mano de Claudia y la atrajo suavemente hacia sí. Inclinándose con lentitud, depositó un beso tierno y prolongado en su mejilla.
El contacto de sus labios contra la piel de Claudia hizo que el corazón de la joven diera un vuelco violento. Un rubor intenso cubrió de inmediato sus mejillas hasta las orejas.
Antes de que él pudiera decir algo más o reaccionar a su estado, Claudia soltó su mano torpemente, le dedicó una reverencia apresurada y dio media vuelta.
—¡Hasta pronto, Leonardo! —exclamó con la voz levemente agitada.
Sin esperar respuesta, caminó a paso veloz por el sendero del jardín y se adentró en la casa, cerrando la puerta tras de sí para ocultar el profundo sonrojo que quemaba su rostro.
En el exterior, Leonardo permaneció de pie junto al portón durante un par de minutos, observando la puerta cerrada con una sonrisa de absoluta satisfacción que no pudo borrar en todo el camino de regreso al palacio.