A Camila la criaron para ser "una buena esposa". Por eso, cuando su marido le propone un fin de semana romántico en la Riviera Maya, ella cree que por fin van a recuperar lo que perdieron.
Lo que no sabe es que ese vaso de leche tibia está drogado. Y que el "regalo" que su esposo le tiene preparado a su jefe… es ella.
Camila escapa descalza por los pasillos del resort, golpea una puerta al azar y la abre el hombre más peligroso —y más hermoso— que ha visto en su vida: **Damián Tejada**, el dueño de medio país. Esa noche le salva la vida. Lo que ninguno de los dos imagina es que esa puerta lo va a cambiar todo.
Divorciada, traicionada por su propia familia y con un secreto que ni ella conoce, Camila decide que nunca más va a depender de nadie. Pero Damián no piensa soltarla. Él no quiere su obediencia ni su cuerpo: la quiere a ella, entera, con todo y cicatrices.
Y mientras Camila aprende a levantarse sola —y a vengarse de quienes la pisaron—, una verdad enterrada hace veinticinco años empieza a salir a la luz: la muchacha de la colonia popular que todos despreciaron no es quien todos creen. Es la heredera perdida de una de las familias más poderosas de México. Y alguien prendió un incendio, hace mucho, para que ella nunca lo descubriera.
**¿Podrá Camila reclamar su nombre, su sangre y su corazón… antes de que quien intentó matarla de bebé termine el trabajo?**
Una historia de traición, venganza, lujo y un amor que no pide permiso.
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Capítulo 6
Cap 6: El nuevo director
Tres semanas después del IMSS, Camila se puso un saco gris que tenía guardado desde antes del matrimonio. Le quedaba un dedo grande de las mangas. Era el único saco que no olía a Pacheco.
El divorcio incausado estaba en trámite —lo había firmado el viernes, exactamente cuatro días después del hospital, con la mano todavía temblona—. El abogado de la oficina de orientación legal gratuita le había dicho que en seis a ocho semanas estaría resuelto.
Esa mañana no era para abogados. Era para trabajo. Necesitaba un peso que no se le tuviera que pedir a nadie.
* * *
—¡Cami!
La que gritó desde la recepción fue Lupita, la secretaria del piso ocho. Salió de atrás del mostrador con un café en la mano.
—Lupita.
—No manches, mija, tantos años. Te ves... distinta.
—Estoy bien.
—Estás más flaca.
—Estoy comiendo.
—Ay, Cami. ¿Y tu marido?
—Ya no es mi marido.
Lupita abrió los ojos. Bajó el café. Bajó la voz.
—¿Cuándo?
—El miércoles.
—No manches. ¿Y tú?
—Yo, mejor que en mucho tiempo.
—Cami. Eso se festeja. Eso se festeja con birria. Yo te invito el sábado.
—Trato.
—¿A qué viniste?
—Vengo por la constancia.
—Mira, te voy a contar. Aquí cambió todo. Compró la empresa otro grupo. Ahora se llama Grupo Tejada. Tenemos director nuevo.
—¿Director nuevo?
—Mija. El señor es muy guapo. Muy serio. No habla con nadie. Una vez le dije "buenos días, licenciado" y me contestó con la cabeza, así. —Lupita inclinó dos centímetros—. Y se fue.
—¿Cómo se llama?
—El licenciado Tejada.
Camila sintió el nombre antes de procesarlo.
—Voy a recursos humanos. Pasa por aquí cuando salga, te invito un café.
—Trato.
* * *
Recursos humanos la atendió rápido. La constancia se imprimió en cinco minutos. Camila la guardó en el bolso y salió al pasillo.
El pasillo del sexto piso era distinto. Habían tirado paredes para hacer salas de juntas con cristal del piso al techo. Camila se distrajo un momento mirando el rediseño —el verde olivo de los sillones era una decisión arriesgada y a ella le gustaba—.
Caminó hacia los elevadores.
Doblando la esquina, casi se chocó.
Un hombre alto, traje oscuro, corbata azul tinta, salía de la sala de juntas con un fólder. Lo seguía un señor de saco gris. Camila se detuvo dos pasos antes.
Levantó la vista. Lo reconoció.
No por la cara —de la cara había guardado un boceto, no una fotografía—. Por la postura. Por las manos en los bolsillos. Por la calma. Por el olor.
Madera y cuero.
—Señorita —dijo él, sin sorpresa.
Camila se quedó muda.
El hombre del fólder —Damián. El licenciado Tejada. El desconocido de la suite. El que abrió la puerta. El que dijo "Lárguese"— terminó la frase con la voz más neutra del mundo.
—¿Trabaja aquí?
—No. Vine por una constancia. Trabajé aquí antes.
—Ya veo.
—Ortega. Acompaña a la señorita a la salida.
—Sí, licenciado.
Damián la miró un segundo más. Y en ese segundo no había nada y había todo. No había sorpresa porque él sabía. No había compasión porque él, por algún motivo, había decidido que la compasión no le servía a esa mujer.
Lo único que había era una pregunta sin palabras: "¿Cómo estás?"
Y Camila —porque ya no era la de la suite, porque ya había firmado el divorcio el viernes— levantó la barbilla apenas y le dio una respuesta sin palabras también:
"Estoy entera."
Damián bajó la vista al fólder. Se hizo a un lado.
—Permiso.
—Permiso.
—¿Señora Lazcano?
—¿Sí?
—Si en algún momento decide presentar la denuncia del resort, el despacho de la planta seis trabaja con nosotros. Atienden sin costo a empleadas y exempleadas del grupo. Es información, no una sugerencia.
Camila se quedó dos segundos sin contestar.
—Gracias.
—Buen día.
—Buen día.
Damián siguió por el pasillo. No volteó.
* * *
Mauricio Ortega caminó dos pasos detrás de ella hasta el elevador. Apretó el botón. Antes de que se cerrara la puerta, hizo una inclinación de cabeza casi imperceptible.
—Buen día, señorita.
—Buen día.
Camila bajó con el corazón en la garganta. Cruzó el lobby sin pasar por recepción. Salió a Insurgentes Sur. Se metió a un Oxxo de la esquina, compró agua, se sentó en una banca del camellón.
Le grabó un audio a Fer.
—Fer. No mames. El señor de Riviera. El desconocido de la suite. Es el dueño de la empresa donde yo trabajaba. Es el director general. Me lo encontré en el pasillo. Tres metros de distancia. Me reconoció antes de que yo a él. Me trató de usted, me ofreció el abogado de la empresa para la denuncia y me hizo escoltar al elevador sin decirme su nombre. Yo voy a vomitar. ¿Qué hago?
A los siete minutos, Fer respondió.
—Cami. Cami. Cami. Esto se llama señal del universo. ¿Cuántas veces te lo tengo que decir? No te muevas. No huyas. No le mandes el correo de "ya no quiero volver", que sé que lo estás escribiendo en tu cabeza. ¡Ese hombre te abrió la puerta literalmente!
Camila respondió por escrito.
> "Fer. No es señal. Es la peor coincidencia de mi vida. Punto."
Fer, tres segundos después:
> "Mija, si ese hombre es ese, no te toca a ti decidirlo solita."
Camila guardó el teléfono. Volvió al departamento. Abrió el correo. Redactó:
> Estimados:
> Por este conducto retiro mi solicitud de recontratación presentada el pasado [fecha].
> Atentamente, Camila Lazcano Robles.
Presionó enviar.
Pensó: "Listo. Ya no lo vuelvo a ver."
Se lo creyó durante cuarenta minutos.
* * *
En el piso treinta de la torre de Polanco, Damián Tejada cerró la puerta del despacho tras la junta de la mañana. Mauricio lo siguió hasta el escritorio sin pedir permiso.
—Licenciado.
—Sí.
—¿Sabe quién era esa señorita?
—Sí.
Mauricio no preguntó más. Esperó.
Damián miró por la ventana hacia el horizonte de Polanco. Después, sin voltear:
—Consígueme el expediente de esa empleada. Trabajos anteriores, escolaridad, dirección actualizada. Sin escándalo. Para mañana.
—Sí, señor.
—Y, Ortega.
—¿Señor?
—Si vuelve a poner un pie en este edificio, avísame. Antes de que se vaya.
—Sí, licenciado.
Mauricio salió. Damián siguió mirando por la ventana. La mujer que acababa de cruzarle el pasillo era la misma cuya foto tenía en una carpeta cifrada desde hacía un mes y medio. Lo confirmaba ahora. Lo que no había podido confirmar —hasta esa mañana— era la postura. La forma en la que ella ocupaba un pasillo sin pedir permiso a nadie. La cabeza alta de quien ha pasado por mucho y no se le nota. Esa parte no estaba en el expediente.
Sacó el teléfono. Marcó otro número. Un número que no había usado en cinco semanas.
—Sebastián.
—Damián. Largo tiempo, hermano.
—¿La búsqueda en Carvajal sigue tan en cero como la dejaste el año pasado?
—Sigue en cero. ¿Por qué?
—Por nada. Por curiosidad. Después hablamos. Saludos a tu mamá.
—Saludos.
Damián colgó. No iba a decir nada. Todavía no. Pero las piezas se le estaban acomodando solas en el escritorio, y por primera vez en cinco semanas, las dejó.
No iba a decírselo todavía. Ni a ella, ni a su madre, ni a Sebastián.
Esa mujer no se le volvía a escapar.