Selene tiene veintidós años y un matrimonio que es su propia jaula de oro. Para su esposo, el implacable magnate Maximiliano Valente, ella no es más que una niña interesada que se vendió por un apellido de peso y una cuenta bancaria sin límites. Convencido de que Selene solo busca su dinero, Maximiliano se dedica a humillarla, refugiándose en los brazos de una amante manipuladora que alimenta su desprecio con mentiras.
Pero Maximiliano ha cometido un error fatal: confundir el silencio de Selene con sumisión absoluta. Tras una noche de crueldad insoportable, Selene decide que ya no le importa su fortuna ni su perdón. Mientras él cree tener todo bajo control, ella empieza a preparar su desaparición silenciosa, dispuesta a empezar de cero, lejos de su opresión.
Maximiliano Valente está a punto de descubrir que el desprecio tiene un precio... y que cuando Selene se marche, el vacío que deje será algo que ni todos sus millones podrán llenar.
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Regreso a la ciudad
El trayecto de regreso a la ciudad se sentía como un viaje a través de un túnel del tiempo. El paisaje costero, con sus verdes brillantes y su aire purificado, iba quedando atrás, devorado por el asfalto gris y el humo de las zonas industriales que anunciaban la cercanía de la metrópolis. Gabriel conducía con una mano firme en el volante y la otra entrelazada con la de Selene, quien mantenía la vista fija en la ventana, aunque sus ojos no veían el paisaje presente, sino las sombras de un pasado que se negaba a morir.
A medida que los edificios altos empezaban a recortarse en el horizonte, Selene sintió un frío familiar trepando por su columna. El zumbido de los neumáticos sobre el pavimento se transformó, en su mente, en el silencio sepulcral de la mansión Valente en los días que siguieron a "la tarde de las flores".
El recuerdo (catorce meses atrás):
Después de aquella paliza, Selene había pasado tres días encerrada en su habitación. No era un encierro físico —Maximiliano no había echado la llave—, sino un encierro de vergüenza y dolor. Tenía el rostro inflamado y una marca lívida en el brazo que recordaba la fuerza con la que él la había sacudido. Se alimentaba de poco más que agua, esperando el momento en que él volviera para terminar lo que había empezado.
Sin embargo, en la mañana del cuarto día, la puerta se abrió con una suavidad inusual. No hubo portazos, ni gritos, ni el sonido metálico de sus pasos autoritarios.
Maximiliano entró llevando una bandeja de plata con el desayuno que a ella más le gustaba: frutas frescas, pan horneado y un té de jazmín cuyo aroma inundó la estancia. Él no vestía su traje de negocios; llevaba ropa informal, de telas suaves, y su rostro... su rostro era el de un hombre devastado por la culpa.
—Selene... —susurró él, sentándose en el borde de la cama con una humildad que ella nunca le había visto—. No he podido dormir. No he podido ni respirar pensando en lo que hice.
Ella se encogió contra el cabezal de la cama, cubriéndose instintivamente. Pero él no levantó la mano. En cambio, dejó la bandeja a un lado y se cubrió la cara con las manos, dejando escapar un sollozo ahogado que pareció desgarrarle el pecho.
—Soy un monstruo —dijo él entre lágrimas—. No sé qué me pasó. Ver el mensaje de tu padre, sentir que me estaban usando de nuevo... perdí la razón. Pero eso no justifica que te pusiera una mano encima. Te juro por la memoria de mi madre que nunca volverá a suceder. Por favor, perdóname.
Ese fue el inicio de la "fase del príncipe". Durante los dos meses siguientes, Maximiliano Valente se transformó en el hombre de los sueños de cualquier mujer. Se convirtió en un esposo atento, casi devoto. Canceló reuniones importantes para quedarse a almorzar con ella, le leía pasajes de libros mientras ella descansaba y le regalaba joyas no como un trofeo, sino con notas escritas a mano pidiendo perdón por su temperamento.
—Eres lo más valioso que tengo, Selene —le decía mientras le aplicaba ungüentos en los moretones con una delicadeza infinita, como si estuviera tratando con el cristal más frágil del mundo—. Sin ti, no soy nada. Solo soy un hombre solo rodeado de dinero. Ayúdame a ser mejor. Ayúdame a cambiar.
Selene, joven y desesperada por encontrar una pizca de amor en ese desierto, empezó a creerle. Esa era la trampa más cruel de Maximiliano: su capacidad para actuar como el hombre que ella necesitaba. Él la hacía sentir responsable de su "redención". Si ella lo perdonaba, si ella era lo suficientemente cariñosa y comprensiva, él dejaría de ser violento. El ciclo del abuso se cerraba con una capa de miel que ocultaba el veneno.
—¿Te acuerdas de ese viaje que querías hacer a Italia? —le preguntó una noche, abrazándola por la espalda mientras miraban las luces de la ciudad desde el balcón—. Mañana mismo reservo todo. Solo nosotros dos. Lejos de tu padre, lejos de los negocios. Un nuevo comienzo.
Ella se giró en sus brazos y lo besó, creyendo que finalmente el monstruo había muerto y que el príncipe se quedaría para siempre. No sabía que esa amabilidad era solo el tiempo que él se tomaba para recargar su arsenal. El arrepentimiento de Maximiliano no era un cambio de corazón, era una estrategia de retención. Él no pedía perdón porque se sintiera mal por ella, sino porque temía perder el control sobre su posesión más preciada.
El presente:
Un bache en la carretera sacudió el coche, devolviendo a Selene a la realidad. Gabriel apretó su mano, notando que ella estaba conteniendo el aliento.
—¿Estás conmigo, Selene? —preguntó Gabriel con suavidad, sin apartar la vista del tráfico que empezaba a rodearlos.
—Estaba recordando... —logró decir ella, con la voz pastosa—. Recordaba cuando él pedía perdón. Gabriel, él era tan convincente. Lloraba en mis rodillas. Me hacía sentir que yo era la única que podía salvarlo de su propia oscuridad. Me da miedo que, al verlo, esa parte de mí que todavía quiere creer en la bondad de la gente se deje engañar otra vez.
Gabriel detuvo el coche en un semáforo en rojo y se giró hacia ella. Sus ojos, a diferencia de los de Maximiliano, no tenían esa chispa de inestabilidad. Eran profundos, serenos y, sobre todo, honestos.
—Esa es la técnica de los depredadores, Selene. Te hacen creer que la jaula está abierta para que no intentes romper los barrotes. Pero ahora tienes algo que no tenías entonces: tienes perspectiva. Has pasado un año fuera de su radio de influencia. Sabes que la paz no se negocia con lágrimas después de un golpe. La paz es un derecho, no un premio que él te otorga cuando se siente culpable.
—Lo sé —asintió Selene, enderezando la espalda—. Pero volver a esa ciudad... se siente como caminar voluntariamente hacia la boca del lobo.
—El lobo ya no tiene dientes, Selene —sentenció Gabriel, volviendo a poner el coche en marcha—. Entre los documentos que mis abogados han preparado y la denuncia que vamos a ratificar apenas lleguemos, Maximiliano Valente se va a dar cuenta de que su máscara de príncipe ya no engaña a nadie. Y si intenta llorar en tus rodillas, se encontrará con la ley de frente.
Entraron en la ciudad justo cuando las luces de neón empezaban a encenderse. Selene vio el rascacielos que albergaba las oficinas centrales de su esposo, una torre de cristal y acero que se alzaba como un monumento al ego de un solo hombre. Pero esta vez, no sintió el deseo de esconderse en el suelo del coche.
Miró a Gabriel, el hombre que la amaba sin pedirle que lo salvara de nada, y sintió una fuerza nueva. El viaje de regreso no era una rendición; era el acto final de una fuga que había durado demasiado.
—Mañana —dijo Selene, más para sí misma que para Gabriel—. Mañana se acaba el contrato. Mañana dejo de ser una sombra.
Gabriel sonrió, una sonrisa de orgullo puro. Sabía que el camino sería difícil, que Maximiliano usaría cada truco de su manual de manipulación para intentar recuperarla, pero también sabía que Selene ya no era la niña que se conformaba con migajas de ternura entre tormentas de violencia. La catedral que él había ayudado a restaurar estaba lista para resistir el último asalto, y él, el arquitecto de su libertad, no pensaba dar ni un solo paso atrás.
Llegaron a un hotel discreto, lejos de las zonas que Maximiliano solía frecuentar. Selene bajó del coche y miró hacia el cielo de la ciudad, un cielo que ya no le pertenecía al hombre que la golpeó con calas blancas. El aire era pesado y ruidoso, pero por primera vez en su ciudad, Selene Arismendi respiró hondo y no sintió que se asfixiaba.