En la noche de su compromiso, Aeryn descubre la peor de las traiciones: su prometido y su propia hermana esperan un hijo juntos. Destrozada por el dolor, huye de la corte hacia los jardines olvidados del palacio, donde se entrega a una noche de pasión prohibida con un imponente Alfa desconocido para calmar su tormento. Al amanecer, abrumada por la realidad, recoge sus pocas pertenencias y escapa sin dejar rastro, ignorando por completo que el misterioso hombre al que abandonó en la penumbra es el temido y supremo Emperador Lycan
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Capitulo 12.
Avanzaron a través de una galería privada que conectaba directamente con las estancias personales del Emperador, lejos de la mirada de la corte. Las pisadas de Magnus resonaban firmes sobre el mármol, mientras que Aeryn caminaba con paso ligero, evaluando cada rincón con su habitual agudeza táctica.
Llegaron finalmente a una suite imponente. Las puertas dobles de madera pesada se abrieron de par en par, revelando una estancia espaciosa, decorada con tapices pesados en tonos oscuros y oro, una enorme cama de roble y una chimenea de piedra en la que crujía un fuego ya encendido.
—Esta es tu habitación —dijo Magnus. Su voz resonó baja, profunda y rasposa en el silencio de la estancia.
Se dirigió hacia una puerta lateral que conectaba directamente con la habitación contigua.
—La de Ian está justo al cruzar esta puerta. Estará cerca. Podrás escucharlo si despierta, y las rondas de la guardia no pasarán por su corredor.
Aeryn no dijo nada de inmediato. Se acercó a la cama del niño cuando Magnus lo depositó sobre las sábanas de seda. Con cuidado maternal, le quitó las botas a Ian y lo acomodó bajo las mantas. Ian soltó un pequeño suspiro, dio media vuelta y volvió a quedar profundamente dormido, ajeno al vuelco que su vida acababa de dar.
Al darse la vuelta para regresar al centro de la suite, Aeryn se topó de frente con la imponente figura del Emperador. Magnus no se había movido. Bloqueaba la salida con su gran corpulencia, manteniendo los ojos carmesí fijos en ella. La luz de la chimenea proyectaba sombras alargadas sobre su rostro esculpido y duro.
Aeryn sintió una punzada de angustia en el pecho. Estaba de vuelta en la capital. Estaba atrapada en la jaula de oro del palacio, despojada de la tranquilidad del sur y sin el control que solía ejercer sobre su propio entorno. Su libertad, esa vida pacífica que había construido durante seis largos años a base de esfuerzo y anonimato, se había disuelto en pocas horas.
Sin embargo, no bajó la mirada. Aeryn enderezó la espalda y clavó sus ojos oscuros en los ojos rojos del Alfa. Si algo la caracterizaba como la Consejera de Hierro, era que no permitía que la pena o el miedo la paralizaran.
—Necesito a Mara aquí —pidió con firmeza. Aunque su voz sonó calmada y segura.
Magnus inclinó ligeramente la cabeza, evaluándola.
—Mara no pertenece a la servidumbre imperial, Aeryn —comentó él, con tono neutral.
—No me importa el protocolo de este palacio —interrumpió ella, sin titubear—. Mara cuidó de mí en el sur. Crió a Ian cuando yo estaba agotada por las finanzas de la casa. Es mi familia. No me quedaré en este lugar ni cooperaré contigo si ella no está a mi lado. La quiero aquí, a salvo.
Magnus no respondió de inmediato. En lugar de molestarse por la insolencia de la Omega, dio un paso corto hacia ella.
Debajo del tupido velo químico de los inhibidores que Aeryn ingería para ocultar su condición, un fino rastro de su auténtica esencia atravesó el aire. El aroma a flores silvestres, puro y fresco, llegó a los sentidos del Emperador. No había manipulaciones en su petición, no había juegos de poder de la corte ni cálculos políticos. Era un deseo genuino, transparente y protector.
Una sonrisa inusual, suave y casi imperceptible, curvó los labios del Alfa. Los ojos carmesí de Magnus perdieron la frialdad militar con la que solía dirigir el imperio.
—Ya viene en camino —respondió él, rompiendo la distancia entre ambos.
Antes de que Aeryn pudiera reaccionar o dar un paso atrás, Magnus extendió una de sus manos pesadas y acunó con sorprendente suavidad la mejilla de ella. El calor de su piel y la intensidad del gesto hicieron que el corazón de Aeryn diese un vuelco. Fue un toque profundamente cariñoso, carente de la posesividad agresiva que esperaba de un Alfa Supremo.
—No tengo intención de aislarte, Aeryn —murmuró él, rozando con el pulgar la línea de su mandíbula—. Tampoco quiero a una Omega temerosa o sumisa escondida tras filtros y venenos químicos. Traeré a tu ama de llaves.
Aeryn se quedó paralizada, incapaz de articular palabra mientras el aroma a menta del Emperador la envolvía por completo.
Magnus retiró la mano despacio. Se giró hacia la cama conectada donde descansaba Ian, caminó con pasos silenciosos y se inclinó sobre el niño. Con los mismos dedos con los que firmaba decretos imperiales o manejaba la espada, ajustó con infinita delicadeza la manta alrededor del cuello de su hijo, asegurándose de que el aire frío de la noche no lo alcanzase.
—Descansa —dijo Magnus, volviendo la vista hacia Aeryn con una calidez inusual en sus rasgos—. Nadie os molestará esta noche.
Dio media vuelta y abandonó la suite privada, cerrando las pesadas puertas tras de sí.
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Pasó una hora entera.
El silencio dentro de la suite era casi absoluto, solo interrumpido por el leve chasquido de la leña consumiéndose en la chimenea. Aeryn se había quitado la bata de viaje y caminaba en círculos por la estancia. Cada rincón del lugar rezumaba lujo, pero para ella no era más que un recordatorio de lo vulnerables que volvían a ser.
Se acercó a la puerta conectada varias veces para comprobar que Ian seguía durmiendo profundamente. La calidez repentina de Magnus la había dejado descolocada. El tipo no actuaba como el tirano despiadado que las crónicas imperiales describían; la forma en que miraba al niño y la delicadeza con la que la había tocado contradecían la imagen dura que se había formado de él.
Un par de golpes secos e imperiosos en la puerta principal rompieron la tranquilidad del lugar.
Aeryn se puso en guardia de inmediato. Las puertas dobles se abrieron y dos guardias imperiales vestidos con armaduras de gala se hicieron a un lado. Entre ellos avanzó una mujer mayor de vestimenta sencilla, con un delantal de lino algo arrugado por el viaje relámpago, pero con la barbilla en alto y la mirada fija en el interior de la habitación.
Era Mara.
—¡Aeryn! —exclamó la mujer en cuanto las puertas se cerraron tras ella, rompiendo toda etiqueta imperial.
Aeryn soltó un largo suspiro de alivio y corrió hacia ella, envolviendo a la anciana en un abrazo apretado. Por primera vez desde que abandonaron el sur, la postura de Aeryn se relajó por completo.
—Por los dioses, Mara... estás bien —murmuró Aeryn, hundiendo el rostro en el hombro de su leal compañera.
—Por supuesto que estoy bien, muchacha, aparte de los dolores de espalda por viajar a toda prisa en ese maldito carruaje militar —rezongó Mara, dándole unas palmaditas cariñosas en la espalda a Aeryn antes de separarse para examinarla de pies a cabeza—. ¿Te han hecho algo? ¿El niño está bien?
—Ian está durmiendo en la habitación contigua. No se ha enterado de nada —respondió Aeryn, llevándola hacia los sillones frente a la chimenea—. Lamento tanto habernos metido en esto, Mara.
Mara soltó un resoplido sonoro y se acomodó la cofia, recuperando de inmediato el sentido práctico y mordaz que la caracterizaba.
—Al menos estamos juntas —dijo Mara, mirando a Aeryn con absoluta sinceridad—. De un modo u otro, nos adaptaremos a este mundo por Ian.