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Cuando Todo Parecía Perdido

Cuando Todo Parecía Perdido

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Completas
Popularitas:273
Nilai: 5
nombre de autor: Eliany Justo

Sinopsis

Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.

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Gracias por cuidarme Cap 21

El cansancio ya no era parte de mí. El cansancio era yo.

Llegaba de la universidad con los pies hinchados, el cuaderno espiral medio descosido. Había caminado bajo el sol, había tomado dos colectivos, había escuchado a un profesor hablar de literatura mientras mi cabeza daba vueltas con los problemas de casa. Y al abrir la puerta, el verdadero trabajo recién empezaba.

—¡Se fue la luz! —me anunciaba mi madre desde la oscuridad del comedor.

—¿Hace mucho?

—Una hora. Puede volver en cualquier momento.

Pero no volvía. O volvía a las tres de la mañana, cuando ya no servía. Sin luz, no había computadora. Sin computadora, no podía estudiar. Sin estudio, los trabajos se atrasaban. Y con los trabajos atrasados, la beca peligraba. Era una cadena que me aplastaba.

Lo peor no era la oscuridad. Lo peor era mi abuela.

El Alzheimer la había convertido en otra persona. Ya no era la mujer dulce que me enseñó a hacer tortas, la que me contaba cuentos del pueblo, la que se reía con la boca abierta cuando yo decía alguna tontería. Ahora era un cuerpo que pesaba el doble de lo que parecía, que se resistía a ser movido, que a veces gritaba y otras veces gemía sin parar.

—¡Ay, mis piernas! ¡Ay, mis hijos! —gritaba en la madrugada.

Mi madre y yo corríamos a su habitación. La levantábamos entre las dos. Yo sujetaba por los hombros, mi madre por las piernas. Caminábamos hasta el baño a trompicones, chocando con las paredes, rezando para no caernos.

—Pesa mucho, mamá —jadeaba yo, con la espalda ardiendo.

—Son los huesos, hija. Cuando se ponen rígidos, pesan más.

Esa frase se me grabó a fuego. Nunca supe si era verdad, pero la repetí muchas noches como un mantra para no quebrarme.

Cuando la luz volvió, fue un alivio breve. La computadora rugía, la pantalla de pasto verde se encendía, y yo me sentaba frente a ella con los apuntes abiertos. Pero mi abuela no entendía de horarios de estudio. Llamaba cada diez minutos. Quería agua, quería comida, quería que la sentaran, que la acostaran, que la dejaran sola, que no la dejaran sola. Era un péndulo imposible.

—Sofía, ven, tengo frío.

—Ya voy, abuela.

—¡Sofía, quién eres! ¡No te conozco! ¡Sal de mi casa!

Esa era la peor. Cuando no me reconocía. Me miraba con los ojos abiertos como platos, con miedo, como si yo fuera una ladrona. Me partía el alma, pero aprendí a no llorar delante de ella. Lloraba después, en el baño, con la canilla abierta para que no se escuchara.

Mi madre salía a vender tortas. No podía dejar de hacerlo. Las tortas eran el único ingreso. Así que muchas veces me quedaba sola cuidando a mi abuela mientras intentaba estudiar. Prendia la computadora en la mesa del comedor, cerca de su habitación, y corría cada vez que la escuchaba moverse. Era como tener un bebé gigante, con miedo, rabia y recuerdos rotos.

Para ayudar con los gastos —los pañales de mi abuela eran caros, los medicamentos más— conseguí un trabajo de medio tiempo. Era en una cocina enorme, detrás de una casa en el centro. Una señora vendía sopas en la feria y necesitaba a alguien que picara verduras. Muchas verduras. Toneladas de verduras.

—Son veinte kilos de cebolla para hoy —me dijo el primer día, sin mirarme a los ojos—. Cuando termines, hay treinta de papa.

Picar cebolla parece fácil. No lo es. Las lágrimas no se detienen. Los dedos se cortan con el cuchillo. El olor se pega a la ropa, a la piel, al pelo, y no se va ni con tres duchas. Salía de ahí con las manos llenas de cortes chiquitos, que tapaba con cinta adhesiva porque los apósitos eran muy caros.

La señora de las sopas no era mala. Pero tampoco era buena. Me pagaba lo justo, me hacía trabajar horas extras sin aviso, y si yo llegaba tarde —por la universidad, por mi abuela— me descontaba el doble.

—No me importan tus problemas —decía—. Las verduras tienen que estar picadas.

Llegaba a casa a la noche, con los dedos envueltos en cinta, el uniforme manchado, el olor a cebolla flotando a mi alrededor. Mi abuela ya estaba acostada, pero se despertaba varias veces. Mi madre también estaba agotada, pero nunca se quejaba. Nos turnábamos para levantarnos. Una noche ella, la siguiente yo.

Esa rutina duró meses. Fue un infierno silencioso. No le contaba a nadie lo que estaba viviendo. Ni a Lucía. Ni al profesor Ricardo. Ni a la psicóloga de la universidad. Me tragaba el dolor como una pastilla amarga, convencida de que algún día terminaría.

Pero mi abuela empeoró. Dejó de hablar casi del todo. Ya no gritaba. Ya no lloraba. Se quedaba en la cama con los ojos abiertos, mirando el techo, respirando apenas. Mi madre y yo la movíamos para que no se llenara de llagas. La bañábamos con una esponja. Le dábamos la comida en cucharitas, como a una bebe.

Una tarde, llegué de la universidad más cansada que nunca. Había tenido un parcial de literatura, había caminado bajo el sol, había picado verduras en la mañana antes de ir a clase. Mi cuerpo no daba más. Mis manos temblaban. Mis ojos se cerraban solos.

Mi madre estaba en la cocina, amasando.

—Mamá, hoy no puedo más —dije, apoyándome en la puerta.

—Ya sé, hija. Haces lo que puedes.

Fui a la habitación de mi abuela. Estaba despierta, como siempre. Me miró. Y por un segundo, por un brevísimo instante, creí que me reconocía.

—Abuela, te voy a bañar —le dije, aunque sabía que probablemente no entendía.

Calenté agua. Agarré la esponja, el jabón, las toallas. Con cuidado, con el mismo cuidado con que mi madre me bañaba cuando era chica, la desvestí y empecé a lavarla.

Le lavé los brazos flacos, llenos de piel colgante. Le lavé las piernas huesudas, las rodillas nudosas. Le lavé la espalda encorvada, donde se veían las vértebras como un collar bajo la piel.

—Ya casi termina, abuela —le dije—. Ya sé que no me escuchás, pero te quiero.

Y entonces pasó.

Mi abuela levantó una mano temblorosa. La puso en mi mejilla. Me acarició. Tenía los dedos fríos, las uñas amarillentas. Pero su caricia era suave, como cuando yo era chica y me dormía en su regazo.

—Gracias por cuidarme —dijo.

Su voz era un hilo. Apenas un susurro. Pero lo escuché claro, nítido, como si el tiempo se hubiera detenido para que esas palabras llegaran enteras.

Después me dio un beso. En la mejilla. Lento, tembloroso, mojado.

Fue el último beso que me dio.

Esa noche, mientras dormía, mi abuela murió. Mi madre la encontró en la madrugada, quieta, con los ojos cerrados, las manos cruzadas sobre el pecho como si alguien las hubiera acomodado.

No grité. No lloré en ese momento. Me quedé mirándola, sentí el peso de su ausencia, el vacío que dejaba su cuerpo pequeño en esa cama que nunca volvería a calentar.

Después lloré. Lloré todo el día. Lloré mientras mi madre llamaba a la tía Elena. Lloré mientras don Rafael traía una vela. Lloré mientras Lucía llegaba a abrazarme. Lloré hasta que no me quedaron lágrimas.

Pero esas palabras —"gracias por cuidarme"— no se fueron. Se quedaron en mi pecho como una brasa encendida. Y cada vez que sentía que no podía más, las recordaba. Y seguía.

 

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