Esta es una intensa novela psicológica y dramática para adultos que explora la compleja y prohibida transición emocional entre dos hermanastros que, tras años de convivencia, deben enfrentarse a sus crecientes deseos en medio de una tensión familiar ineludible
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La grieta en la inocencia
El tiempo pareció detenerse en el umbral de la puerta de Ji-hoon.
La penumbra de la habitación, apenas rota por la luz tenue que se filtraba desde el pasillo, reveló una estampa que Hana jamás habría podido borrar de su mente. Ji-hoon estaba allí, semireclinado sobre sus sábanas, con la respiración entrecortada y un ritmo frenético que, aunque Hana fuera joven, entendió en ese instante con una claridad aterradora. La revista que había visto el día anterior estaba abierta sobre su regazo, y sus manos, debajo de la colcha, realizaban un movimiento rítmico, mecánico y desesperado.
La vergüenza le subió a Hana por el cuello como una llamarada. Un grito ahogado escapó de su garganta, agudo y cargado de un pánico que no podía controlar. Al escucharla, Ji-hoon se tensó como un resorte, su rostro, usualmente gélido, se transformó en una máscara de pura furia y humillación.
—¡Sal de aquí, ahora mismo! —rugió él, con una voz que vibraba de impotencia.
Hana cerró la puerta de un golpe seco, con el corazón martilleando contra sus costillas como un pájaro enjaulado. Sus piernas apenas la sostuvieron mientras corría hacia su habitación, donde se encerró con llave, deslizándose por la madera hasta quedar hecha un ovillo en el suelo. Aunque no vio el acto explícito, la comprensión de lo que Ji-hoon estaba haciendo bajo las sábanas la dejó marcada; la imagen se repetía en su mente una y otra vez, transformando la figura de su hermanastro en algo que ella no sabía cómo clasificar.
La noche fue una tortura de insomnio. Cada crujido de la casa, cada sonido proveniente de la habitación contigua, le erizaba la piel. Se sentía expuesta, como si el secreto que acababa de descubrir hubiera rasgado el velo que protegía su infancia.
Al día siguiente, el alivio de no tener clases se convirtió en una pesada condena. Se quedó en su cama, con las sábanas cubriéndola hasta la barbilla, deseando que las paredes fueran más gruesas. La mera idea de encontrarse con él en la cocina le provocaba náuseas de pura vergüenza. Estaba sumida en sus pensamientos cuando un golpe seco en su puerta la hizo sobresaltarse.
—Hana... necesito que hablemos. Por favor —la voz de Ji-hoon era distinta: carecía de la arrogancia de siempre, sonando cansada y extrañamente vulnerable.
Con los dedos temblorosos, Hana abrió la puerta apenas unos centímetros. Su rostro ardía, sus mejillas estaban teñidas de un carmesí profundo y no era capaz de sostenerle la mirada. Ji-hoon estaba allí, apoyado contra el marco, con el cabello desordenado y una expresión de derrota que ella nunca le había visto.
—Lo que viste... —comenzó él, buscando las palabras, intentando sonar como el adulto que pretendía ser, explicando con un lenguaje distante lo que eran necesidades biológicas, buscando justificar su comportamiento como algo natural de su edad.
Hana lo escuchaba en silencio, observando la curva de sus labios y la tensión en sus hombros. Ji-hoon seguía tratándola como a una niña, como si su explicación fuera suficiente para restaurar el orden anterior. Él no tenía idea de que, al observarlo, algo había cambiado irreversiblemente dentro de ella. Su mirada ya no era la de la hermanastra curiosa; era la mirada de alguien que, de pronto, se sentía mujer frente al hombre que la atraía con una fuerza prohibida y aterradora.
Ese secreto, que ahora compartían en el aire cargado entre los dos, había despertado en Hana un amor oscuro, una curiosidad intensa por lo que Ji-hoon sentía, y un deseo oculto de que esa mirada, que ahora él evitaba, se posara alguna vez sobre ella con la misma intensidad. Ji-hoon terminó su discurso, esperando que ella asintiera y cerrara la puerta, pero Hana se quedó allí, atrapada en su propio laberinto de sentimientos, consciente de que a partir de ese momento, su vida junto a él nunca volvería a ser igual.