Una noche de pasión desenfrenada. Un amanecer en completa soledad. Y un secreto que cambiará las reglas del juego.
Para Irina Duarte, una joven diseñadora gráfica de 24 años, lo que pasó en aquel hotel de Roma debía quedarse en el olvido. El hombre misterioso con el que compartió una química sexual devastadora se había marchado sin dejar rastro, dejando solo el recuerdo de su imponente mirada y un aroma que la perseguía.
La sorpresa llega esa misma mañana, cuando Irina se presenta a su primer día como pasante en la prestigiosa Textilera Galo. El hombre de la noche anterior no es un desconocido: es Damian Galo, el Alfa supremo del imperio textil, su nuevo jefe... un hombre frío, serio y completamente inalcanzable.
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Capítulo 14
El beso en el sótano de la textilera fue feroz, un reclamo silencioso y cargado de una posesividad que hizo que a Irina se le doblaran las piernas. La espalda de la joven impactó suavemente contra los rollos de tela almacenados en el estante de metal, amortiguando el movimiento mientras las manos grandes de Damian le acunaban el rostro con una urgencia que amenazaba con devorarla. El aroma a sándalo y tormenta inundó sus sentidos, borrando el frío industrial del lugar.
Cuando Damian finalmente se separó, su respiración era agitada y sus ojos oscuros brillaban con un fuego salvaje. Apoyó la frente contra la de ella durante un segundo, intentando recuperar el control que la humana lograba desarmar con una sola mirada.
—No vuelvas a aceptar una tarjeta de ese imbécil, ¿entendido? —murmuró con un barítono rasposo, sus labios rozando los de ella con cada palabra—. Antonio no busca tu talento, Irina. Busca cualquier debilidad para golpear mi imperio. Y tú... tú ya no eres una simple pasante para mí.
Irina sonrió de lado, con esa audacia que volvía loco al Alfa. Le acomodó el cuello de la camisa blanca, que se había desalineado por la fuerza del agarre.
—Sé cuidarme sola, señor Galo —replicó ella en un susurro coqueto—. Debería preocuparse más por que los operarios no nos descubran aquí abajo. Su reputación de hombre intocable correría peligro.
Damian soltó una risa baja, un sonido oscuro y cargado de magnetismo. Se alejó un paso, recuperando esa postura imponente de jefe ejecutivo, aunque su mirada seguía fija en los labios encendidos de la joven.
—Vuelve al maniquí —ordenó con voz firme, aunque el brillo en sus ojos decía algo completamente diferente—. Terminemos de revisar el prototipo antes de que alguien note nuestra ausencia.
Irina se alisó la ropa y caminó de regreso al centro del taller con paso seguro, fingiendo una total normalidad cuando los operarios regresaron minutos después para recibir las últimas indicaciones técnicas. Durante el resto de la sesión, mantuvieron una distancia profesional impecable, pero la tensión latente entre ambos era casi palpable en el aire del sótano.
Al terminar, Irina subió de nuevo al piso de diseño. Su mente estaba dividida entre la enorme responsabilidad de la campaña de otoño y el peligroso juego que jugaba con Damian, sumado ahora a la sombra de Antonio acechando desde la competencia.
La tarde avanzó de manera sumamente productiva, pero justo cuando el reloj marcaba las seis y la mayoría de los empleados comenzaban a recoger sus cosas para marcharse, el supervisor de área apareció en el cubículo de Irina con una palidez que borraba toda la alegría de la mañana.
—Irina... —susurró el hombre, con la voz temblorosa y los ojos desorbitados—. Tienes que subir a la oficina presidencial ahora mismo. Pero esta vez no es el señor Galo quien te llama.
El corazón de Irina dio un vuelco violento.
—¿Quién es entonces? —preguntó, sintiendo un presentimiento amargo en el estómago.
—La señora Vittoria... —respondió el supervisor, tragando saliva con dificultad—. Subió hace diez minutos con dos auditores externos de la familia Rivera. Están revisando los contratos de todos los nuevos empleados y exigieron tu presencia inmediata. Irina, creo que descubrieron algo.
—¿Descubrir qué? —protestó Irina, cruzándose de brazos mientras sentía cómo la indignación le reemplazaba el rastro de temor en el pecho—. Hasta donde yo tengo entendido, soy una pasante. Nadie me regaló este puesto.
El supervisor abrió la boca, pero no supo qué responder, limitándose a mirarla con una mezcla de lástima y pánico. Irina ya estaba harta del hostigamiento y de la persecución constante de esa mujer; no iba a permitir que jugaran con su esfuerzo profesional como si fuera una ficha en su tablero de ajedrez matrimonial. Con un movimiento decidido, abrió su gaveta, tomó una carpeta con sus documentos de postulación, su currículum y el contrato firmado por el área de recursos humanos, y se dirigió a paso firme hacia el ascensor.
Al llegar al último piso, la atmósfera de la planta ejecutiva se sentía helada. La secretaria de Damian la miró con los ojos abiertos de par en par, pero no se atrevió a decir una sola palabra. Irina empujó la puerta de la oficina presidencial y entró sin titubear.
El panorama adentro era tenso. Damian estaba sentado detrás de su escritorio de cristal negro, con una rigidez en los hombros que delataba una furia sorda contenida; sus ojos oscuros se clavaron en Irina en cuanto la vio entrar, enviándole una advertencia silenciosa. A un costado de la sala, sentada con una elegancia glacial, Vittoria Galo saboreaba la situación con una sonrisa ladina. Junto a ella, dos hombres maduros de trajes impecables y rostros severos —los auditores de la familia Rivera— revisaban varias carpetas físicas y pantallas digitales.
—Vaya, aquí está la estrella de la temporada —dijo Vittoria, rompiendo el silencio con una voz cargada de una fingida cortesía—. Adelante, señorita Duarte. Tome asiento.
Irina ignoró la silla y permaneció de pie, plantándose con orgullo frente al escritorio, sosteniendo la mirada de la Omega pura.
—Me dijeron que solicitó mi presencia, señora Galo. Aquí estoy, y traigo conmigo los documentos de mi contratación por si hay alguna duda con los filtros de la empresa —declaró Irina, colocando su carpeta sobre el cristal con un golpe seco.
Uno de los auditores, sin inmutarse por la firmeza de la joven, levantó la vista de su pantalla.
—No estamos revisando sus capacidades técnicas, señorita Duarte, las cuales ya quedaron claras en la junta de ayer —explicó el auditor con una voz monótona y burocrática—. Estamos auditando los antecedentes y los conflictos de interés de los nuevos ingresos. Específicamente, una alerta que saltó en el sistema de seguridad perimetral de la empresa anoche.
Irina frunció el ceño, pero mantuvo la compostura. Damian, al escuchar esto, se inclinó hacia el frente, apoyando los puños sobre el escritorio mientras su aroma a tormenta inminente comenzaba a presionar el aire de la habitación.
—Vayan al grano —ordenó Damian con un barítono gélido e inapelable—. No tengo toda la tarde para sus juegos de control.
Vittoria se puso de pie, acomodándose la chaqueta de su exclusivo vestido crema, y caminó con paso lento hasta quedar a un lado de Irina.
—Lo que mis auditores descubrieron, querido, es que tu brillante pasante estuvo manteniendo reuniones clandestinas en la vía pública justo al salir de nuestras instalaciones —soltó Vittoria, clavando sus ojos afilados en Irina—. Las cámaras de seguridad del vestíbulo exterior registraron el número de matrícula del auto que te abordó anoche. Pertenece a la flota corporativa de Antonio, nuestro competidor más directo en Roma.
La revelación cayó como una bomba de tiempo en la oficina. Vittoria se cruzó de brazos, desprendiendo una suficiencia absoluta mientras miraba a su esposo.
—Una pasante que tiene acceso a los servidores centrales de nuestra campaña más importante, hablando con el dueño de la competencia en la oscuridad de la noche... —añadió Vittoria con una frialdad venenosa—. Eso no es una coincidencia, Damian. Eso se llama espionaje industrial y filtración de propiedad intelectual. Gente de su clase vende sus principios al mejor postor por un par de billetes.