Valentina Montenegro tenía una vida perfecta en París, hasta que una noche se dejó llevar por un desconocido que le robó el corazón… y desapareció a la mañana siguiente.
Meses después, tras sobrevivir a un atentado, su padre la obliga a regresar al país y le asigna un escolta.
Gael Santoro.
El hombre que Valentina reconoce como aquel desconocido de París.
Solo hay un problema:
Gael nunca estuvo en París.
Ahora, escondida en una finca que guarda más secretos de los que imagina, Valentina tendrá que convivir con el hombre que asegura no conocerla.
Pero mientras intenta descubrir quién le mintió aquella noche, podría terminar enamorándose del hombre equivocado… otra vez.
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Capitulo 21
Valentina
Ya no sabía qué relación tenía con Gael.
Y, sinceramente, empezaba a pensar que él tampoco lo sabía.
Intentábamos mantener nuestras formalidades. Él seguía llamándome Valentina con ese tono serio que utilizaba cuando quería recordarme que era mi protector. Yo seguía fingiendo que podía comportarme como una mujer completamente razonable cuando estaba cerca de él.
El problema era que nuestras buenas intenciones duraban muy poco.
Nos habíamos besado tantas veces que ya había perdido la cuenta.
Algunos eran pequeños, apenas un roce de labios que ninguno de los dos comentaba después.
Otros duraban un poco más.
Mucho más.
Y cada vez que sucedía, yo terminaba preguntándome qué demonios estábamos haciendo.
Porque no éramos novios.
Tampoco éramos simplemente jefe y empleada.
Y definitivamente no éramos amigos.
Éramos algo extraño.
Algo que ninguno se atrevía a nombrar.
Además, había algo que todavía me pesaba.
No sabía si debía contarle a Gael lo que había sucedido con Thiago.
Él merecía saberlo.
Pero le había prometido a Thiago que guardaría el secreto.
Y, aunque todavía me molestaba recordar que había usado el nombre de su hermano aquella noche en París, también entendía que había sido una estupidez nacida de sus propios problemas.
Aun así, cada vez que veía a Gael, sentía una pequeña punzada de culpa.
Porque él no tenía idea.
Y yo sabía exactamente por qué.
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Durante los días siguientes no aparecieron más fotografías.
Tampoco volvimos a ver vehículos sospechosos cerca de la finca.
Los hombres que nos vigilaban se habían alejado.
Eso me dio tranquilidad.
Por primera vez en mucho tiempo pude respirar sin sentir que alguien podía estar observándome desde algún lugar.
La finca seguía siendo nuestro refugio.
Gael se encargaba de recordármelo cada vez que me veía demasiado preocupada.
Y yo empezaba a creerle.
Ese día salimos temprano.
Nos cambiaríamos en la finca de mi padre porque allí sería el evento benéfico.
Thiago se quedaría en la finca de Gael para vigilar que nada extraño ocurriera.
El trayecto fue corto.
Y silencioso.
Demasiado silencioso.
Miré a Gael varias veces mientras conducía.
Él mantenía los ojos en la carretera y una mano firme sobre el volante.
—¿Vas a decir algo? —pregunté finalmente.
—¿Sobre qué?
—Lo que sea.
—Estoy conduciendo.
—Eso no impide hablar.
—A ti no te impide hacer nada.
Lo miré con indignación.
—¿Eso fue un insulto?
—Una observación.
—Qué romántico.
La comisura de sus labios se levantó ligeramente.
—No sabía que buscabas romance.
Sentí calor en las mejillas.
—No dije eso.
—Entonces no te preocupes.
Lo miré de reojo.
—Eres insoportable.
—Ya me lo habías dicho.
Sonreí.
Pero después volvió el silencio.
Gael no era como Thiago.
Thiago siempre encontraba algo de qué hablar.
Gael podía pasar una hora completa en silencio y parecer perfectamente cómodo.
Yo no.
Así que hice algo que normalmente no hacía.
Tomé su mano.
Él bajó la mirada durante un segundo.
Nuestros dedos se entrelazaron.
No dijo nada.
Yo tampoco.
Pero ninguno soltó la mano del otro.
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Cuando llegamos a la finca de mi padre, todo estaba preparado.
Personal entrando y saliendo.
Meseros.
Seguridad.
Vehículos de lujo.
Flores.
Música.
Todo perfectamente organizado.
Gael saludó a algunos hombres de seguridad y después se volvió hacia mí.
—Voy a revisar los alrededores.
—Está bien.
—No te alejes de tus padres.
—Sí, señor.
Me miró.
—No bromees.
—No estoy bromeando.
—Eso es peor.
Sonreí.
Él se alejó.
Mis padres nos recibieron inmediatamente.
Mi madre me abrazó.
—Mi amor, te ves preciosa.
—Gracias, mami.
Mi padre besó mi frente.
—Mi princesa.
Sonreí.
Durante unos minutos todo parecía normal.
Hasta que mamá me tomó del brazo.
—Te tenemos una sorpresa.
—¿Una sorpresa?
—Ve a tu habitación.
Fui a la habitación ubicada al fondo de la casa
Entré.
No vi nada extraño.
—Mamá, ¿dónde está la sorpresa?
Escuché el agua de la ducha.
Fruncí el ceño.
La puerta del baño se abrió.
—¡Sorpresa!
—¡ALEJANDRA!
Grité tan fuerte que ella empezó a reír.
Nos abrazamos.
Yo casi la aplasté.
—¡¿Qué haces aquí?!
—Tu madre me pidió que viniera.
—¡No puedo creerlo!
—Yo tampoco.
Nos sentamos en la cama y comenzamos a hablar como si no hubieran pasado semanas desde la última vez que nos vimos.
Me contó cosas de París.
Yo le conté algunas de las mías.
Por supuesto, omití ciertas partes.
Especialmente la que tenía nombre y apellido.
Gael.
Después nos arreglamos juntas.
Y durante un rato olvidé todo.
El miedo.
Las amenazas.
Las armas.
Los mensajes.
Todo.
Solo éramos dos amigas riendo frente a un espejo.
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Cuando comenzó el evento, bajamos juntas.
Llevaba un vestido negro con detalles blancos, completamente ajustado en la parte superior y con una caída de sirena que abrazaba mi figura hasta las rodillas antes de abrirse suavemente hacia el suelo. El contraste entre ambos colores hacía que el vestido pareciera todavía más elegante. La espalda tenía un escote delicado y la tela se ajustaba perfectamente a mi cintura.
Me sentía como si estuviera caminando por una pasarela.
Entonces vi a Gael.
Y olvidé por completo cómo respirar.
Llevaba un traje negro impecable.
Camisa blanca.
Corbata oscura.
El cabello perfectamente acomodado.
Lo peor era que él odiaba usar trajes.
Y aun así...
Se veía demasiado atractivo.
Alejandra siguió mi mirada.
Después me tomó del brazo.
—No, no, no.
—¿Qué?
—Valentina.
—¿Qué?
—¿Te gusta el escolta?
Casi me atraganté.
—¡No!
—¿Segura?
—Completamente.
—Entonces puedo estar con él.
La miré.
—Si quieres.
Ella sonrió.
—Aunque es bastante profesional.
—Ya veremos.
—Valentina, ya veremos.
No dije nada más.
Pero, por alguna razón, me molestó.
Mucho.
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Mi madre se acercó.
—Te ves hermosa, mi amor.
—Gracias, mami.
Tomamos una copa de vino.
Ella miró discretamente hacia Gael.
—No te enamores.
—No estoy enamorada.
—No he dicho que lo estés.
La miré.
—Mamá...
—Solo te estoy advirtiendo.
—Ya lo sé.
—Bien.
Suspiró.
—Voy al baño.
—Ten cuidado.
—Siempre.
Mentira.
Nunca tenía cuidado.
Salí del baño unos minutos después.
Gael estaba cerca.
Pero no demasiado.
Como siempre, atento sin hacerme sentir vigilada.
Entonces vi a Alejandra.
Estaba hablando con él.
Y Gael la escuchaba.
Sentí algo desagradable en el estómago.
Celos.
Perfecto.
Eso era justo lo que necesitaba.
Gael levantó la mirada y me encontró observándolo.
Se acercó.
Alejandra continuó hablando con él.
Yo decidí ignorarlos.
Fue entonces cuando vi a una mujer mayor.
—Señora Helena.
Ella se volvió.
—Señorita Valentina.
—Me gustaría hablar con usted.
Su expresión cambió.
—Estoy ocupada.
—No será mucho tiempo.
La mujer suspiró.
—Señorita Valentina, no deseo hablar con usted ni con alguien de su familia.
Me quedé fría.
—¿Por qué?
—Sé que mis muchachos deben cuidarla. Pero con su familia prefiero no tener ninguna relación.
No supe qué responder.
Helenita se alejó.
Yo permanecí inmóvil.
—¿Valentina?
La voz de Gael me hizo girar.
—Quiero irme.
—Creo que todavía no puedes.
—¿Por qué?
—Tu padre va a hacer un anuncio importante.
—¿Qué anuncio?
—No lo sé.
Me observó.
—¿Por qué estás molesta?
—Por muchas cosas.
Sonrió apenas.
—Qué celosa eres.
Abrí la boca para responder.
—No estoy celosa.
—Claro.
—No lo estoy.
—Pero ten cuidado con tu amiga.
Lo miré.
—¿Qué quieres decir?
No respondió.
En ese momento, las luces disminuyeron ligeramente.
Mi padre tomó el micrófono.
Comenzó su discurso sobre los hospitales, los enfermos, la importancia del sistema de salud...
Habló durante varios minutos.
Hizo un par de chistes.
Sonrió.
Todos aplaudían.
Era prácticamente una charla TED.
Yo apenas estaba escuchando.
Entonces Gael se acercó.
—Valentina.
—¿Sí?
Se quedó frente a mí.
Hubo un silencio extraño.
Nuestros ojos se encontraron.
Y justo cuando pensé que iba a decir algo...
¡CRASH!
Los vidrios explotaron.
Todo ocurrió en menos de un segundo.
Gael me agarró de la cintura y me tiró al suelo.
Las luces se apagaron.
Alguien gritó.
Otro estruendo sacudió el salón.
Sentí el cuerpo de Gael cubriéndome por completo.
—¡No te muevas!
—¡Gael!
—¡Quédate abajo!
Había humo.
Muchísimo humo.
Tosí.
—¡Mamá!
Intenté levantarme.
Gael me sujetó.
—¡No!
—¡Mis padres!
—Los encontrarán.
—¡Alejandra!
—Valentina, mírame.
Lo miré.
Su rostro estaba cubierto de pequeños cortes.
Había vidrios sobre su traje.
—¿Estás herido?
—No.
—Estás sangrando.
—No te preocupes por mi.
Entonces escuchamos gritos.
Hombres armados entraron al salón.
No parecían escoltas normales.
Su movimiento era demasiado coordinado.
Demasiado preciso.
Parecían fuerzas especiales.
Uno de ellos gritó:
—¡Sáquenla de aquí!
Gael se levantó inmediatamente.
Me tomó de la mano.
—Vamos.
—¿A dónde?
—A un lugar seguro.
—¿Dónde?
—Lejos de aquí.
—¡No pienso irme sin mis padres!
Escuché la voz de mi padre entre el humo.
—¡SÁCALA DE AQUÍ!
Me quedé paralizada.
Gael tiró de mi mano.
—¡Ahora!
Corrimos.
No sabía hacia dónde.
Solo sabía que Gael no soltaba mi mano.
El humo hacía difícil respirar.
Había vidrios por todas partes.
Y mientras avanzábamos pude ver más cortes en su ropa.
—Gael...
—¿Qué?
—Estás herido otra vez.
—No te preocupes por mí.
—¡Siempre dices eso!
Me miró durante un segundo.
—Porque siempre eres tú la que importa.
Sentí un nudo en la garganta.
Pero antes de poder responder, escuché algo detrás de nosotros.
Un estruendo.
Después otro.
Gael apretó mi mano.
—Corre.
Y corrí.
Sin mirar atrás.
Sin saber qué había pasado con mis padres.
Sin saber dónde estaba Alejandra.
Ahora solo tenía a Gael.