Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.
NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18
Cap 18: Sueños de escenario
El aniversario del Monteverde cayó en mayo, unos días antes de que yo cumpliera trece.
Cada salón debía presentar un número para el festival. El nuestro eligió un coro y Beatriz me pidió que ayudara con los ensayos. Me había escuchado corregir una entrada mientras las demás discutían qué canción cantar.
Acepté antes de pensar cuánto trabajo iba a darme.
En la otra vida había recibido clases durante mi breve paso por un concurso de televisión. Después seguí practicando cuando podía, con la radio baja o repitiendo videos a escondidas. No todo se me había quedado, pero recordaba cómo separar las voces para que no cantaran todas la misma melodía.
Quise hacer un arreglo a tres voces.
Durante los primeros ensayos funcionó por partes. Cuando un grupo entraba bien, otro se adelantaba. Lucero se perdía al escuchar la voz de al lado y terminaba siguiéndola, aunque no fuera la suya.
—Ponme hasta atrás —me pidió una tarde—. Ahí se nota menos.
—Desde atrás te voy a oír igual.
Nos reímos y volvimos a empezar.
Debí simplificar el arreglo entonces. Teníamos poco tiempo y casi nadie había cantado antes en un coro. Pero yo quería escucharlo como lo tenía en la cabeza; cada vez que salía un fragmento, pensaba que al día siguiente saldría todo.
En la preselección perdimos la entrada de la segunda estrofa. Intenté marcarla con la mano, demasiado tarde. Nos eliminaron.
Lucero aguantó hasta salir del auditorio y luego se puso a llorar.
—Los arruiné a todos.
—No fuiste tú sola.
—Me oíste, Dani.
Claro que la había oído. También había visto a otros tres detenerse porque esperaban que yo les indicara cuándo seguir.
—Te puse una parte que no alcanzamos a ensayar bien. Pude cambiarla.
Me limpié con el pulgar una mancha de tinta que tenía en la partitura. Seguía dándome coraje perder; no quería hacerla sentir peor para que se me quitara a mí.
—La próxima escogemos algo que podamos cantar —le dije.
—La próxima yo reparto los programas.
Esa vez su risa salió todavía mojada.
El día del festival nos tocó sentarnos entre el público. Aplaudí al grupo que había quedado en nuestro lugar y guardé la partitura doblada al fondo de la mochila.
Rocío me vio hacerlo.
—Por lo menos a ustedes sí los pusieron a competir. Santiago tiene el cierre apartado.
—¿Ni lo vieron antes?
—Lo ven todos los años. Ya saben que llena el auditorio.
Me molestó un poco. A nosotros nos habían cortado a mitad de canción y él ni siquiera había hecho fila para probarse.
La molestia duró hasta que empezó una coreografía de jazz. La bailarina del centro perdió una horquilla, se apartó el pelo sin salir del paso y volvió a entrar justo con las otras dos. Me puse de pie para aplaudirles al terminar.
—¡Otra! —grité, aunque el maestro ya estaba acercándose al micrófono.
Lucero me jaló de la manga.
—Si te sonríe, te vas con ella, ¿verdad?
—Si me enseña a hacer eso, sí.
Mateo apareció cargando una mochila que hizo sonar al dejarla en el suelo. Sacó una pancarta con el nombre de Santiago y encendió unas luces alrededor de las letras.
—La hice yo.
Una esquina no prendió. Le dio un golpecito y la levantó otra vez, satisfecho.
—A ti también te hago una cuando te toque, Daniela.
—Que prenda completa.
—Ah, encima exigente.
Apagaron las luces del auditorio antes de que pudiera guardarla. Mateo la alzó sobre su cabeza y alguien de las filas de atrás gritó el nombre de Santiago.
Él salió caminando, sin saludar. Esperó el inicio de la música con las manos sueltas y la mirada baja. Cuando entró el ritmo, pareció que llevaba un rato esperando exactamente ese golpe.
Lo había visto recargarse en paredes, dormirse sobre sus apuntes y subir las escaleras como si cada escalón lo ofendiera. Allí movía todo el cuerpo sin vacilar. Bajó al suelo, giró, recuperó el apoyo y se levantó antes de que yo entendiera cómo lo había hecho.
El público gritaba en cada giro. Él no se adelantó ni buscó la siguiente ovación: siguió la música hasta el último movimiento y se quedó quieto, respirando fuerte.
Yo tenía las palmas calientes de aplaudir.
Entendí que le reservaran el cierre. También quise que algún día me dejaran intentar ganarme ese lugar.
Lo encontré después en la azotea, cerca del acceso, con una botella de agua y una toalla sobre los hombros. Estaba estirando una pierna contra la pared.
—No sabía que bailabas así.
—Nunca preguntas nada útil.
Me senté en el escalón de la puerta. Él cambió de pierna y soltó el aire cuando el estiramiento le dolió.
—¿Dónde aprendiste?
Me habló de un estudio al otro lado de la ciudad, de un maestro que repetía los pasos hasta que dejaban de pensar en ellos. Iba varias tardes por semana. Algunas veces fingía que había salido con Mateo para que en su casa no empezaran otra discusión.
—¿No les gusta que bailes?
—Les gusta cuando viene gente y puedo hacerles gracia. Si digo que quiero dedicarme a eso, ya se acabó la gracia.
Torció la tapa de la botella.
—Quieren que entre a una carrera seria. Como si ensayar no cansara.
Miré la toalla húmeda, sus tenis gastados de un lado. Yo tampoco había pensado en esas tardes de trabajo cuando lo vi salir al escenario.
—Hoy no parecía que estuvieras perdiendo el tiempo.
Santiago me miró, esperando que añadiera algo. No supe cómo explicarle lo que me había pasado entre el público sin que sonara demasiado grande.
—Yo quería seguir viéndote cuando terminó —dije al fin—. Eso tiene que servir de algo.
Se sentó a mi lado y dejó la botella entre los pies.
—¿Y tú? ¿Ya se te quitó el coraje del coro?
—No.
—Pues el año que entra lo intentas otra vez.
—Quiero algo más que el coro.
Me salió antes de decidir si se lo iba a contar. Bajé la mirada hacia mis rodillas; decirlo en voz alta me daba una vergüenza que no sentía al discutir con Herminia.
—Quiero cantar. Aprender bien. Presentarme donde haya gente que no tenga que aplaudir porque soy de su salón.
—Eso ya lo puedes hacer.
—No digo una vez, Santiago. Quiero dedicarme a eso.
En la otra vida había dejado pasar una oportunidad creyendo que habría otra, o que bastaba con que Rogelio me quisiera. Después me acostumbré a cantar cuando nadie escuchaba. Recordarlo me daba más rabia que la eliminación del festival.
—Quiero que me vean —añadí.
Esperé la risa. Santiago tomó agua.
—Entonces te faltan clases.
—Ya sé.
—Puedo preguntar en el estudio si conocen a alguien. No prometo que sea barato.
—Pregunta primero cuánto.
Se rio, y pude mirarlo de nuevo.
Antes de bajar le pedí que me avisara la próxima vez que bailara. Él me encargó llevar a Mateo, que todavía debía aprender a arreglar sus luces sin golpearlas.
Llegué a casa repitiendo en silencio el nombre del estudio para no olvidarlo.
El regreso con Genaro seguía siendo motivo de llamadas y visitas. Cuca repetía que ella estaba pendiente de mí; Marta insistía en revisar cada cambio. Yo había aprendido a hablar de lo que pasaba sin esperar a que hubiera otra marca que mostrar.
Aquella tarde mi abuela paterna estaba sentada en la sala, pero no me preguntó por la escuela. Genaro me indicó una silla.
—Herminia tuvo que salir al pueblo. Su hermana tuvo un accidente en la carretera.
Dejé la mochila en el suelo.
—¿Herlinda?
Asintió y se frotó la cara.
—Murió. Están arreglando los trámites. Va a venirse el muchacho para acá; no tiene con quién quedarse.
Yo sabía qué nombre iba a decir. Aun así, cuando lo oí, perdí un momento el hilo de lo demás.
—Emiliano. Su hijo.
Recordé a un hombre de traje oscuro frente a mí, la voz contenida cuando ya no quedaba nada que arreglar.
«Daniela. Yo no hice nada».
Genaro seguía hablando del lugar donde dormiría. Yo intenté recordar el rostro de Emiliano antes de volverse aquel hombre y no pude. En la otra vida casi no lo había mirado cuando llegó.
Ahora venía otra vez. Y todavía no sabía lo que yo le había hecho.