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Mónica, obligada a casarse con Valentín Marín para saldar la deuda de su padre, descubre que su nuevo esposo la ve como propiedad. En su noche de bodas, conoce a Lucas, el hermano de Valentín, quien le advierte sobre el destino de la esposa anterior y le ofrece su ayuda. Atrapada entre el miedo y el deseo, ella comienza a acercarse al único hombre que podría ayudarla a escapar de aquel matrimonio, sin imaginar que Lucas también guarda secretos y que sus intenciones están lejos de ser desinteresadas.
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13. Tienes que decidir
Valentín redujo la marcha al tomar un desvío señalizado con una placa oxidada. Los neumáticos chirriaron sobre la gravilla. La casa apareció entre los olivos. Aparcó junto a una verja de hierro negro entre pilares de piedra caliza. El motor se apagó.
- “Baja”, dijo Valentín sin mirarla.
Mónica no se movió enseguida. Su mano derecha se cerró sobre la correa del bolso.
- “¿No vienes conmigo?”, preguntó Mónica.
Valentín giró la cabeza. Clavó la mirada en el traje azul marino, en la marca del cuello.
- “Yo tengo que ir a resolver un asunto. La criada te espera dentro. No salgas de la casa”, ordenó Valentín.
Mónica abrió la puerta. Bajó del coche con los tacones tocando la gravilla y cruzó hacia la verja. Detrás de Mónica, el sedán arrancó de nuevo. No miró atrás.
La criada la esperaba en el zaguán, de pie junto al sócalo de piedra, con las manos cruzadas sobre el delantal. No dijo nada. Le señaló la escalera con un gesto de la barbilla. Mónica subió.
La alcoba estaba como la había dejado, las sábanas arrugadas con olor a lejía, el sillón de terciopelo en la esquina. Se sentó en el borde de la cama. Se quitó los tacones. Los dejó caer uno tras uno. El bolso quedó a su lado.
No supo cuánto tiempo pasó. Tal vez una hora. Tal vez menos. Un sonido la sobresaltó. No vino de la puerta. Vino del pasillo, de más allá de la pared de azulejos. Después, un golpe sordo, como de nudillos contra madera.
Se levantó. El corazón le latía en la garganta. Cogió el bolso por instinto, con el cuaderno dentro, y caminó hacia la puerta de la alcoba. La abrió. El pasillo de azulejos sevillanos estaba vacío, pero al fondo, junto a la escalera, una sombra se movió.
- “Mónica”, la voz de Lucas vino de la penumbra.
- “¿Qué haces aquí?”, susurró Mónica.
- “No hay tiempo. Ven”, dijo él.
Lucas la cogió del codo y la guió escalera abajo, atravesando el zaguán en penumbra. La criada no estaba. Quizás había salido al patio. No importaba. Lucas la empujó hacia la sala de estar.
- “He esperado a que se fuera”, dijo Lucas. Su voz era baja, apresurada, Se metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó algo. Un blíster pequeño, de cartón y plástico. Lo puso sobre la mesa de madera.
Mónica miró el blíster. Una pastilla blanca dentro de su hueco de plástico transparente.
- “Tómala” dijo Lucas.
- “¿Qué es?”, preguntó ella.
- “Anticoncepción de emergencia. Si la tomas antes de setenta y dos horas, evita la implantación. Anoche. Lo que hizo. Si te deja embarazada…”, expresó Lucas.
- “Lo sé”, dijo Mónica.
- “Tienes que decidir”, dijo Lucas. Se acercó a la mesa y puso la yema del dedo sobre el blíster. “Si le das un hijo, se acaba. Se acaba para ti”.
- “¿Qué quieres decir?”, preguntó Mónica.
- “Que en cuanto estés embarazada, la traerá a casa. La mujer que ama. La que no puede tener hijos. La traerá aquí, a esta casa, y tú serás... Serás un recipiente. Nada más”, expresó Lucas.
Mónica se sentó en la silla de madera. El bolso con el cuaderno quedó en su regazo. El blíster estaba a treinta centímetros de su mano.
- “Si tomas esto, tienes una oportunidad. Pero no basta con una pastilla. Necesitas un método. Algo constante. Algo que él no vea”, dijo Lucas.
- “¿Cómo? No puedo ir a un médico. No puedo salir de…”, comentó Mónica.
- “Hay formas. (Lucas sacó otro objeto del bolsillo. Un papel doblado. Lo abrió sobre la mesa. Era una lista escrita a mano, con la letra apresurada de alguien que había escrito de prisa) Inyecciones mensuales. Puedo conseguírtelas. Un farmacéutico en la calle Feria, uno que le debe favores a un amigo mío. No te pedirá receta. Pero tienes que ir tú, y no puede saberlo él”, explicó Lucas.
Mónica cogió el papel. Había una dirección, un nombre: Felipe. Farmacia Feria 14. Di que vienes de parte de L.
- “¿L?”, Mónica levantó la vista.
- “Es el nombre que uso cuando no quiero usar el mío. Tienes que decidir ahora. Si tomas la pastilla, ganas tiempo. Si no la tomas, dependes de la suerte. Y Valentín no te va a dejar nada a la suerte”, aseguró Lucas.
Mónica miró la pastilla. Blanca, pequeña, redonda, dentro de su hueco de plástico. Una pastilla que cabía en la punta del dedo. Una pastilla que podía salvarla o condenarla, según de qué lado se mirara.
Su mano se movió sola. Cogió el blíster. Lo abrió con un chasquido de plástico y cartón. La pastilla rodó sobre la mesa. La cogió entre el índice y el pulgar. Se la metió en la boca. Tragó.
Lucas soltó un aire. No se había dado cuenta de que estaba conteniendo la respiración.
- “La inyección dura un mes”, dijo Lucas. “Cuando la tengas, no dejes que te coja la caja. Y no le digas a la criada. La criada es de él”, expresó Lucas.
- “Lo sé”, expresó Mónica. “¿Y si no funciona?”
- “Funciona. Pero tienes que conseguir la inyección antes de que te vuelva a tocar. Mañana por la noche, dijo, ¿no?”, respondió Lucas.
- “Mañana por la noche”, repitió Mónica.
- “Entonces tienes menos de veinticuatro horas. Ve a la farmacia mañana por la mañana, cuando él salga. La criada no te vigila cuando él no está aquí. Solo cuando él está”, aseguró Lucas.
Lucas recogió el blíster vacío y el papel doblado. Se los metió en el bolsillo. Después se pegó a la pared y caminó hacia la puerta de la sala desapareció por el pasillo de azulejos. Sus pasos fueron silenciosos sobre la cerámica sevillana. Un minuto después, la puerta del zaguán se cerró con un chasquido suave.
Mónica se quedó sola en la sala de estar. Se levantó, subió la escalera, se sentó en el borde de la cama, en la alcoba y esperó.