Años después, Chiara y Markus han construido algo más que un imperio: tienen una hija que se convierte en lo único que realmente los une.
Pero los enemigos del pasado no han desaparecido.
Las guerras que comenzaron años atrás vuelven con más fuerza, y esta vez el precio es mucho más alto. Traiciones, venganzas y viejos secretos provocan una caída devastadora.
Muchos aliados mueren, las familias se destruyen y el imperio que tanto costó mantener empieza a desmoronarse.
Chiara tendrá que enfrentarse a la decisión más difícil de su vida: seguir luchando por el poder o salvar a lo único que queda de su mundo: su familia.
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Capitolo 23
...Moscú, Rusia, 2.731 kilómetros de Lombardía. ...
La noche había cubierto Moscú con una oscuridad casi absoluta.
En las afueras de la ciudad, lejos de las avenidas principales y de las zonas donde todavía brillaban las luces de los edificios, se levantaba una antigua propiedad rodeada de árboles cubiertos de nieve.
A simple vista parecía abandonada.
Pero nada en aquel lugar era lo que parecía.
Había cámaras ocultas entre la vegetación, sensores alrededor de los muros y hombres vigilando cada uno de los accesos.
Dentro, el ambiente era todavía más inquietante.
Los hombres hablaban en voz baja.
No porque alguien se lo hubiera ordenado.
Sino porque sabían que no debían hacer ruido.
Un auto negro atravesó las puertas.
Los guardaespaldas se apartaron inmediatamente.
El auto se detuvo frente a la entrada.
La puerta trasera se abrió.
Y él bajó.
El hombre de los ojos verdes.
Vestía completamente de negro. Un abrigo largo cubría su cuerpo y su expresión permanecía fría, casi inexpresiva.
No necesitaba levantar la voz.
No necesitaba dar órdenes.
Los hombres que lo rodeaban sabían quién tenía el control.
Uno de ellos se acercó.
—Él te está esperando.
—Espero que esta vez esté de humor o terminaré con otra cicatriz por culpa de sus malditas emociones.
Y continuó caminando.
La habitación estaba apenas iluminada.
Una mesa ocupaba el centro y sobre ella había documentos, fotografías, informes y un ordenador portátil.
Tres hombres esperaban de pie.
Cuando él entró, ninguno permaneció sentado.
Uno de ellos deslizó una carpeta sobre la mesa.
—Aquí está todo lo que hemos conseguido.
El hombre abrió la carpeta.
Los primeros documentos hablaban de la emboscada.
Movimientos.
Vehículos.
Nombres.
Empresas.
Rutas.
Pero entonces apareció una fotografía.
Una mujer.
Cabello oscuro.
Rostro sereno.
Una mirada que parecía desafiar incluso a quien estuviera observándola desde una fotografía.
El hombre se quedó inmóvil.
La reconoció inmediatamente.
Era ella.
La mujer de la explosión.
La mujer que le había apuntado con un arma.
La mujer que, incluso con el peligro
rodeándola, había mantenido la mirada firme.
—Ella —dijo.
—Sí.
Levantó la fotografía.
—¿Quién es?
El hombre frente a él respondió:
—Valeria Becker Vindicta.
Sus ojos recorrieron el informe.
Valeria Becker Vindicta.
Siguió leyendo.
Y entonces encontró el dato que cambió por completo su percepción.
Hija de Markus Becker y Chiara Vindicta.
Sus dedos se detuvieron sobre el documento.
—¿La hija de Markus?
—Sí.
Volvió a mirar la fotografía.
Ahora comprendía.
No había sido una casualidad.
Aquella emboscada no había buscado únicamente destruir una mercancía.
Había buscado atraer a alguien.
Y esa alguien era ella.
La mujer que él había sacado de aquella explosión.
La mujer a la que había tenido delante de su arma.
La hija de uno de los hombres más poderosos en la mafia en los últimos tiempos, y quien más detestaba con su propia vida.
Soltó lentamente la fotografía.
—¿Qué posición ocupa?
—Todavía estamos recopilando información.
El hombre levantó la mirada.
—¿Todavía?
—La información sobre ella está bastante protegida.
Aquello llamó su atención.
—Continúa.
—Sabemos que un tiempo estuvo en la industria tecnológica; había creado empresas legales; incluso pudo formar un imperio lejos de la mafia, pero de la nada entró a la mafia y allí se ha posicionado muy bien porque participa activamente en reuniones, y, de acuerdo a la información, Markus Becker ha comenzado a confiarle determinadas responsabilidades luego de meses de entrenamiento.
El hombre permaneció en silencio.
—¿Eso es todo?
—No.
Le entregaron otro documento.
—Hay algo más.
Lo abrió.
Varios informes recientes.
Nombres.
Operaciones.
Movimientos.
Y una palabra aparecía repetida en varios documentos.
Doña.
Sus ojos se detuvieron sobre ella.
—¿Doña?
—Es el título con el que los miembros de la organización se refieren a ella; dicen que fue una orden directa de Markus.
Por primera vez aquella noche, algo parecido al interés apareció en su rostro.
—Entonces no es simplemente la hija.
—No parece.
El hombre volvió a mirar la fotografía.
La mujer que había tenido delante durante la emboscada parecía diferente ahora.
Ya no era solamente aquella desconocida que se había cruzado en su camino.
Era alguien que estaba empezando a ocupar un lugar dentro de una organización enorme.
Y eso cambiaba las reglas.
—Quiero más información.
—¿Sobre los becker?
—Sobre ella.
Los hombres se miraron.
—¿Qué exactamente?
Él dejó la fotografía sobre la mesa.
—Todo.
Horas más tarde, permanecía solo en aquella habitación.
La mayoría de los hombres ya se habían marchado.
Sobre la mesa había nuevos informes.
Habían conseguido descubrir más cosas.
Valeria no permanecía al margen.
Había comenzado a participar activamente.
Tomaba decisiones.
Asistía a reuniones.
Analizaba operaciones.
Y, según varios informes, algunos miembros habían empezado a respetar sus decisiones.
El hombre pasó una página.
Cada nuevo dato hacía que la mujer de la fotografía resultara más interesante.
No porque fuera hija de Markus.
Sino porque parecía estar construyendo su propio lugar.
Recordó la forma en que ella había reaccionado durante la emboscada.
No había llorado.
No había suplicado.
No había esperado que alguien la protegiera.
Había levantado un arma.
Había apuntado.
Y había exigido respuestas.
Una sonrisa casi imperceptible apareció en sus labios.
—Así que eres esa clase de mujer…
Dejó el informe.
Durante unos segundos volvió a pensar en aquella noche.
En el momento en que la había sujetado para apartarla de la explosión.
En la expresión de sus ojos.
En la desconfianza.
En aquella forma de hablarle como si no tuviera miedo de nada.
Y recordó la palabra que había utilizado con ella.
malen'kiy
Sacudió ligeramente la cabeza.
No entendía por qué había intervenido.
Podría haberla dejado allí.
Podría haber permitido que la explosión terminara con todo.
Pero no lo había hecho.
Y eso era algo que todavía no conseguía explicarse.
—Deberías haber disparado —murmuró para sí.
Entonces escuchó unos golpes en la puerta.
La puerta se abrió.
Uno de los hombres apareció.
—Te está esperando.
Él levantó la mirada.
—¿Quién?
—Leonid.
Silencio.
El hombre cerró la carpeta que tenía delante.
—Ahora voy.
Tomó una última vez la fotografía de Valeria.
La observó durante unos segundos.
Después la dejó sobre la mesa.
—Quiero saber quién eres realmente.
Salió de la habitación.
La puerta se cerró.
Y la fotografía de Valeria quedó sola bajo la tenue luz.
Ella todavía no sabía quién era el hombre que la había salvado.
No sabía su nombre.
No sabía de dónde venía.
No sabía para quién trabajaba.
Y, sobre todo, no sabía que aquel desconocido ya conocía uno de sus mayores secretos.
Su verdadera identidad.
La guerra entre ambos todavía no había comenzado.
Pero el juego ya estaba en marcha.
...CONTINUARÁ......