Rosaly es una loba Alfa de pura sangre, primogénita de la manada Tierra de Fuego. Sin embargo, para huir de las guerras y de la presión por encontrar a su pareja ideal, se exilia en la ciudad y abre el Spa Serenidad Azul junto a su mejor amiga Thais. Su pacífica vida de oficina cambia por completo cuando dos hombres imponentes vestidos de traje entran exigiendo un masaje VIP.
Al cruzar miradas, su loba ruge una palabra: «¡MATE!». El cliente de ojos carmesí es Asmodeo Vane, el mismísimo Rey del Inframundo. Él busca a unos demonios traidores compinchados con brujas oscuras y con el tío rebelde de Rosaly para destruir a su familia.
Rosaly no es una sumisa damisela en apuros y Asmodeo no acepta un «no» por respuesta. En medio de un sensual tira y afloja entre la CEO de la ciudad y el Soberano del Abismo, se sellará la alianza más peligrosa de sus vidas. ¿Podrá el fuego del infierno domar el orgullo de la manada?
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 8. EL REGRESO DE LAS HIJAS PRODIGAS
Dejar Ciudad Azul a las cuatro de la mañana no entraba en mis planes semanales, pero cuando tu mate resulta ser el Rey del Inframundo y tu tío traidor está compinchado con un aquelarre de brujas para borrar a tu familia del mapa, la agenda empresarial pasa a un segundo plano. Thais y yo metimos un par de maletas en el maletero de mi coche y devoramos los cuarenta kilómetros de carretera que nos separaban del territorio de la manada Tierra de Fuego.
A medida que el asfalto de la autopista dejaba paso a los caminos forestales de tierra y baches, el olor a contaminación y hormigón de la ciudad fue sustituido por el aroma familiar a pino, tierra mojada y ese sutil rastro a fuego ceniza que caracteriza las fronteras de nuestro hogar. Kala dio un vuelco en mi interior, pegando las orejas y olfateando el aire a través de mis propios sentidos. Volver a casa siempre generaba esa extraña mezcla de nostalgia y calidez, pero esta vez la tensión nos acompañaba como un pasajero invisible.
—¿Cómo crees que se lo tome tu padre, Ros? —preguntó Thais, rompiendo el silencio mientras se aferraba al asa de la puerta del copiloto mientras yo esquivaba una raíz prominente en el camino—. Lo de que estemos de vuelta es una alegría, pero lo de los mates…
—Mi padre va a sufrir un cortocircuito, Thais —admití, apretando el volante con fuerza—. Un Alfa tradicional está preparado para que su hija regrese con un lobo fuerte, un delta o un alfa de otra manada. No está preparado para que le diga: «Hola, papá, he encontrado a mi pareja destinada, es un tipo encantador, viste de Armani y da la casualidad de que gobierna los siete círculos del infierno».
Thais soltó una carcajada nerviosa.
—Bueno, al menos mi padre, como Beta, solo tendrá que lidiar con un general demonio que parece no haber sonreído desde la Edad de Piedra. Consuélate con eso.
Cruzamos la barrera mística de la manada sin previo aviso. De inmediato, tres lobos de la patrulla fronteriza saltaron de entre los arbustos, bloqueando el camino en su forma cuadrúpeda, con los pelajes erizados y enseñando los colmillos. Bajé la ventanilla y saqué la cabeza, liberando un deje sutil de mi aroma Alfa para que me reconocieran.
—¡Arriba las garras, chicos, que soy yo! —les grité.
Los tres lobos parpadearon, desconcertados. En un santiamén, retrocedieron hacia la espesura y emergieron un minuto después en su forma humana, cubiertos a toda prisa con los pantalones de emergencia que guardaban en los troncos de los árboles. El líder de la patrulla, un lobo veterano llamado Héctor que me conocía desde que usaba pañales, se acercó al coche con los ojos abiertos como platos.
—¿Señorita Rosaly? ¿Thais? ¿Qué hacéis aquí? La frontera está en alerta roja por los ataques de Gustav. No es seguro para vosotras estar fuera de la ciudad.
—Lo sé, Héctor —respondí con mi mejor tono de mando—. Precisamente por eso estamos aquí. Abrid paso. Tenemos que hablar con mi padre y el Beta Thomas de inmediato. Es un asunto de vida o muerte.
Héctor no lo dudó dos veces ante el tono de mi voz. Hizo una señal a sus hombres y nos abrieron el paso hacia la casa grande de la manada, una inmensa mansión de piedra y madera noble situada en el corazón del territorio, rodeada de cabañas y zonas de entrenamiento.
Aparqué el coche frente a la escalinata principal. No alcanzamos a bajarnos cuando la imponente puerta de roble se abrió de par en par. Mi hermano menor, Saúl, salió al porche a paso ligero. Había crecido muchísimo en estos años; sus hombros eran el doble de anchos y el aura de Alfa heredero lo envolvía con fuerza. A su lado, Tobías, el hermano mayor de Thais y futuro Beta, lo acompañaba con la mano apoyada en el pomo de una daga.
—¿Rosaly? —Saúl se detuvo en seco, olfateando el aire, antes de que una sonrisa enorme cruzara su rostro—. ¡Estás aquí!
No le dio tiempo a decir nada más porque me bajé del coche y lo envolví en un abrazo que casi le saca el aire. Thais hizo lo mismo con Tobías, quien la levantó del suelo entre risas. Sin embargo, en cuanto el entusiasmo del reencuentro disminuyó un poco, el instinto de Saúl y Tobías se puso en guardia. Ambos lobos jóvenes arrugaron la nariz al mismo tiempo, dando un paso atrás.
—¿Qué… qué demonios es ese olor? —preguntó Saúl, entornando los ojos y olfateando mi ropa—. Hueles a lobo… pero hay un aroma de fondo que me revuelve el estómago. Huele a ozono, a ceniza antigua, a algo oscuro.
—Y tú hueles igual, Thais —añadió Tobías, poniéndose serio y cruzándose de brazos—. Es un olor magnético, pero no es de ninguna manada conocida. ¿Qué os ha pasado en la ciudad?
—Entremos primero —dije, seria, empujando a mi hermano hacia el interior de la casa—. No quiero discutir esto en el porche. ¿Dónde están nuestros padres?
—En la sala del consejo, revisando los mapas de las patrullas —respondió Saúl, contagiado por mi seriedad de CEO—. Vamos.
Caminamos por los pasillos de la casa grande hasta la imponente sala de mapas. Al abrir la puerta, vi a mi padre, el Alfa Arthur, un hombre de cabello canoso pero con la fuerza de un toro, discutiendo con Thomas, el Beta de la manada. Al vernos entrar, ambos hombres se quedaron petrificados. Mi madre y la madre de Thais, que estaban preparando suministros médicos en una mesa lateral, soltaron un ahogo de sorpresa.
—¿Hijas? —mi padre dio un paso al frente, con los ojos brillando en un azul Alfa idéntico al mío—. ¿Qué significa esto? Os ordené que os quedarais en Ciudad Azul. Las tropas de Gustav están merodeando y…
—Papá, cállate un minuto y escúchame —le interrumpí, ganándome una mirada de absoluto asombro por parte de Saúl y Tobías. Nadie mandaba a callar al Alfa Arthur, excepto yo cuando me ponía en modo jefa—. No venimos de visita. Venimos a salvaros el pellejo porque estáis planeando una guerra a ciegas.
Mi padre parpadeó, asombrado por mi firmeza, y luego arrugó la nariz de la misma forma que lo había hecho Saúl. Su instinto Alfa detectó el rastro místico que Asmodeo había dejado en mi piel tras el masaje y el lazo de mate.
—Ese olor… Rosaly, tú… ¿has encontrado a tu pareja? —preguntó mi padre, con la voz temblando por una mezcla de emoción de padre y confusión de líder—. Pero ese rastro… no es un lobo. Thomas, ¿tú hueles eso?
Thomas asintió, mirando a su hija Thais con la mandíbula apretada.
—Thais también lo lleva. Un lazo místico de alto rango, pero el aroma es… infernal.
—Porque lo es —soltó Thais, directa al grano—. Papá, Alfa Arthur… hemos encontrado a nuestros mates. En el Spa. Ayer por la tarde.
—¿Quiénes son? —exigió Saúl, dando un paso al frente, sobreprotector—. Si algún mestizo de la ciudad os ha tocado…
—No es ningún mestizo, Saúl —lo corté, mirándolo fijamente—. Mi mate se llama Asmodeo Vane. Y da la casualidad de que es el Rey Demonio. Y el de Thais es Damian Cross, su general supremo.
El silencio que cayó en la sala del consejo fue tan absoluto que se habría podido escuchar el vuelo de una mosca. Mi padre se tambaleó un paso atrás, apoyándose en la mesa de mapas, haciendo crujir la madera. Thomas se quedó con la boca abierta, y Tobías casi se ahoga con su propia saliva.
—¿El… el Rey Demonio? —tartamudeó Saúl, mirando a Tobías como buscando una cámara oculta—. ¿Os habéis vuelto locas en la ciudad con tanto tratamiento de belleza? ¡Los demonios son mitos, monstruos!
—No lo son —dije, plantándome frente a la mesa de mapas—. Y más os vale asimilarlo rápido, porque esos monstruos son los que le están vendiendo el alma a mi tío Gustav. Pero aquí viene la verdadera noticia: el Rey Demonio y su general no apoyan a Gustav. Están en este plano cazando a una facción de renegados de su propio reino que le han robado un artefacto mágico a Asmodeo.
—¿Un artefacto? —preguntó mi padre, recuperando el tono de Alfa aunque la mención de que su yerno era el Rey del Infierno aún lo tenía pálido.
—Sí, papá —continuó Thais, apoyándome—. Capturamos a uno de los espías de Gustav en nuestro Spa y lo interrogamos en el sótano. Gustav no está armando un ejército de lobos común. Se ha aliado con el aquelarre de las brujas de la Sombra de Ébano. Están usando la guerra contra nuestra manada como una cortina de humo. Quieren usar la sangre de la batalla para cargar ese artefacto y abrir un portal masivo para derrocar al Rey Demonio y, de paso, arrasar con todo el territorio licántropo.
Saúl y Tobías se miraron, el pánico empezando a sustituir la incredulidad. Mi padre miró el mapa de la frontera, dándose cuenta de que todas sus estrategias de guerrillas y patrullas forestales no servían de nada contra la magia de ocultación de un aquelarre de brujas.
—Brujas… —murmuró Thomas, pasándose una mano por el rostro—. Eso explica por qué nuestras patrullas desaparecen sin dejar rastro de olor o huellas. Están ocultos bajo hechizos.
—Exacto —asentí—. Por eso Asmodeo y Damian han marchado hacia las montañas del norte. Van a buscar a la Reina Bruja para conseguir la contramagia y romper los velos de ocultación. Nosotras hemos venido a preparar la manada. En tres días, el Rey Demonio estará aquí para luchar a nuestro lado.
Mi padre levantó la vista, mirándome con una mezcla de orgullo infinito y un dolor de cabeza monumental.
—Tengo que digerir que mi hija mayor va a traer al mismísimo diablo a cenar a casa —dijo mi padre, soltando un largo suspiro—. Pero si lo que dices es verdad, Rosaly… acabas de darnos la única oportunidad que tenemos de sobrevivir. Saúl, Tobías, reunid a los capitanes. Cambiamos la estrategia desde hoy.
Sonreí de medio lado, sintiendo el calor de Kala en mi pecho. El primer paso del negocio de la guerra estaba en marcha, y mi familia ya estaba lista para la acción.