Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?
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Capítulo 5
Capítulo 5
—Fuera de la oficina, usted y yo no tenemos nada que hablar.
Me salió más seco de lo que pensaba. Damián me sostuvo la mirada y después se apartó.
Pasé antes de que cambiara de idea. En el taxi, Fabiola respetó mis ganas de no hablar hasta que llegamos a la primera esquina.
—La próxima nos vamos tú y yo a otro lado —dijo.
Eso sí pude prometérselo.
La segunda semana en Vértice me mantuvo ocupada. Había meses de correspondencia pendiente en el buzón que me asignaron, proveedores esperando respuesta y dos clientes de fuera a los que tuve que atender en inglés. A veces levantaba la vista de la pantalla y descubría que Cecy me estaba mirando; otras, era yo la que esperaba verla salir para preguntarle algo a Karla sin que pareciera que no sabía trabajar.
El viernes Damián llegó enfermo.
Lo oí toser antes de verlo. Rechazó el desayuno que le habían dejado y pidió adelantar una junta, seguro de que podría terminar todo antes del mediodía. Una hora después discutía con un directivo porque no conseguía encontrar un documento que tenía abierto delante.
Karla y Cecy empezaron a turnarse los recados.
—Lleva dos días sin comer bien —me dijo Karla cuando fui a la cocineta—. Julián le dejó una charola ayer. Ahí se quedó.
—¿No le han dicho que se vaya a su casa?
Me miró por encima de su tupper.
—Inténtalo.
Desde mi escritorio lo vi frotarse los ojos con el talón de la mano. No estaba trabajando. Llevaba varios minutos en la misma página.
Yo conocía a ese Damián. En la prepa, enfermo, se volvía un muchacho fastidioso que se recargaba en mi hombro y no me dejaba tomar apuntes. Me pedía el termo, protestaba porque el té de canela con piloncillo estaba demasiado dulce y se lo acababa de todos modos.
Mi mamá me lo preparaba cuando yo me sentía mal. A él le gustaba decir que se lo tomaba para que no me lo tomara yo.
Me levanté.
Había piloncillo y canela en la cocineta, donde hacían café de olla para quien no quisiera usar la máquina. Mientras calentaba el agua pensé en dejar la taza con los demás recados. No necesitaba entrar a recordarle nada. Podía beberla o no.
Cecy me encontró sirviendo.
—¿Eso para quién es?
—Para el señor Carvajal.
—Ya dijo que no quiere nada.
Llevaba horas entrando a una oficina de la que los demás salían de mal humor. Entendí que no quisiera añadir una taza a la lista de cosas que él iba a rechazar. Lo que no entendí fue que se pusiera entre la bandeja y yo.
—Se la dejo yo —dije.
—¿Y si se pone peor? Luego dice que quién autorizó que le lleváramos cosas.
Ya irritada, le acerqué un poco la taza.
—Pruébala, si quieres. Es canela. No le eché nada raro.
Su expresión cambió.
—A mí no me pongas de responsable.
Apartó la bandeja con la mano. La taza chocó contra el borde y el té me cayó sobre la muñeca. Solté un grito y me volví al fregadero.
Karla abrió la llave del agua fría.
—Cecy, por favor.
—No quise tirarla —dijo ella.
Yo mantuve el brazo bajo el agua. La manga blanca se iba poniendo marrón y tenía que arremangármela para que no siguiera pegada a la piel.
—Recoge eso —le dije.
Por una vez, no se me ocurrió ninguna respuesta mejor. Me dolía la muñeca y estaba harta de tener que demostrar, hasta para preparar una bebida, que no iba a quitarles algo.
Cuando pude retirar el brazo, lo sequé sin frotar. Quedaba té en la olla. Serví otra taza.
—Si pregunta quién se lo llevó, dile que fui yo.
Cecy empezó a secar la bandeja. No contestó.
Damián estaba hundido en su silla, con la corbata floja. Me miró en cuanto abrí la puerta.
—Le dejé pendientes tres correos —dije, poniendo la taza a un lado—. Pueden esperar a la tarde.
—No pueden.
No tenía voz ni para discutirlo.
Me acerqué a la planta de la ventana y tomé la regadera. Necesitaba hacer algo allí sin quedarme encima de él esperando que aceptara el té.
—Sobró de la cocineta —añadí—. Si no lo quiere, lo retiro al salir.
Volteó hacia la taza. Después vio mi manga.
—¿Qué le pasó?
—Se me cayó la otra.
Miró mi muñeca. Yo bajé la manga con la mano que tenía libre y eché un poco de agua en la maceta.
Él tomó la taza.
—Sabe a rayos.
No pude evitar sonreír hacia la planta.
—La puede dejar.
Le dio otro trago.
Me quedé lo justo para comprobar que lo retenía bien y salí. No se lo había preparado para ganar una discusión con Cecy. Me lo repetí al sentarme, porque descubrir que aún sabía cómo acercarme a él me había alegrado más de lo que quería admitir.
Al rato lo oí toser otra vez.
La fiebre le estaba ganando. Julián andaba fuera por un encargo que el propio Damián le había dado, y nadie conseguía que cancelara la junta siguiente.
Entré con el teléfono de la recepción abierto.
—Voy a pedir que le avisen al hospital que va para allá.
—No hace falta.
—No está pudiendo trabajar.
—Eso lo decido yo.
Apoyó una mano en el escritorio para levantarse. Tuvo que volver a sentarse.
Guardé el teléfono un momento.
—Puedo llevarlo. O puedo hablarle a su mamá para que venga.
Alzó la vista. No le gustó que le ofreciera esas dos opciones y menos que yo supiera cuál iba a escoger.
Sacó las llaves del coche.
—Con cuidado.
Lo saqué del estacionamiento más despacio de lo necesario. No conocía los controles y tardé en encontrar cómo ajustar el asiento. Damián quiso explicarme dos cosas a la vez; le pedí que me dejara hacerlo y, para mi sorpresa, se calló.
El tráfico del viernes no nos ayudó. Yo revisaba los espejos, avanzaba unos metros y lo miraba de reojo cuando nos detenían los semáforos. Llevaba el cinturón puesto y la cabeza recargada en la ventana. A cada rato cerraba los ojos.
—Ya falta menos —le dije.
Giró hacia mí.
—¿Te quedas?
Creí que preguntaba por el hospital.
—Sí. Hasta que lo atiendan.
No pareció bastarle.
—No te vayas, Rena.
Me quedé mirando la luz roja del semáforo. Había querido oír mi nombre en su boca toda la semana y ahora que lo decía no podía saber si me hablaba a mí o a la muchacha de hacía seis años.
—Me quedo —le dije—. Pero apóyese de ese lado. Necesito manejar.
Asintió apenas. Al inclinarse hacia mí, rozó con la cara mi manga manchada.
—Hueles a…
No acabó. Su cabeza cedió contra mi hombro.
Sostuve el volante y puse las intermitentes. El coche de atrás tocó el claxon; lo dejé pasar por un lado y me orillé en cuanto pude.
—Damián.
Le toqué la mejilla. Estaba ardiendo.
—Abra los ojos. Ya llegamos.