Ella aprendió que el poder no evita las traiciones ni el dolor. Con el corazón roto y el alma marcada por un pasado que juró olvidar, se convirtió en una CEO temida e inalcanzable. Él, un hombre humilde de corazón noble, apareció cuando ella había dejado de creer en el amor.
Entre secretos, heridas y un destino imposible de evitar, ambos descubrirán que solo el amor más sincero puede curar un corazón.
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INDIFERENCIA POLICIAL
Mientras Luca atesoraba la mochila de Rodrigo y lo contemplaba trabajar con ojos llenos de una devoción infantil y desinteresada, al otro lado del centro comercial, Lesly Acuña se encontraba al borde de un colapso nervioso.
La opulencia del complejo de tiendas parecía asfixiarla. Había llegado como un torbellino junto a su padre, Renato, con el alma en un hilo y la desesperación pintada en el rostro.
La seguridad privada del lugar no daba abasto y las cámaras de seguridad mostraban puntos ciegos alarmantes.
Sin embargo, los Acuña no eran una familia cualquiera. Haciendo uso inmediato de sus influencias, Renato contactó al tío de Lesly, un respetado general de la policía, quien no tardó en movilizar un contingente de búsqueda sin precedentes.
Se ordenó un despliegue inmediato, dando prioridad absoluta al caso del pequeño heredero. A pesar de los esfuerzos, del rastreo minucioso y de la tensión que flotaba en el aire, la tarde se fue extinguiendo en tonos grises sin que surgiera una sola pista sobre el paradero de Luca. El vacío en el pecho de Lesly se ensanchaba con cada minuto que pasaba.
Ajeno al despliegue policial, en los muelles de carga subterráneos, un exhausto Rodrigo recibía su pago al terminar la jornada.
El sobre de papel manila contenía una cifra que para la alta sociedad era insignificante, pero que para él representaba una gran cifra.
Con el sobre asegurado en el bolsillo, caminó hacia el rincón de descanso. Encontró a Luca profundamente dormido sobre su mochila, con las pestañas húmedas y la respiración acompasada.
Rodrigo se acuclilló y, con una delicadeza infinita, lo tomó en brazos. El cuerpo del niño se amoldó de inmediato a su pecho.
De la mochila extrajo su gastada casaca de mezclilla y lo cubrió con esmero para protegerlo de la fría brisa que comenzaba a levantarse al caer la tarde.
Salió del centro comercial a paso rápido. Su primera parada obligatoria era la notaría para saldar la deuda que lo había encadenado durante años.
Al llegar, debido a la importancia del último pago, lo hicieron pasar sin demoras. Los trámites fueron rápidos, al estampar su firma en los documentos definitivos de propiedad, una sonrisa limpia se dibujó en su rostro.
La casa finalmente era suya; nadie podría desalojar a su abuela ni a su hermana.
Sin embargo, el deber moral lo llamaba. A toda prisa, con el niño aún dormido sobre su hombro, se dirigió a la comisaría del sector.
El peso de Luca se hacía sentir, pero Rodrigo no aminoró el paso hasta cruzar las puertas de la estación policial.
“Hola, buenas tardes. Necesito su ayuda” dijo Rodrigo, acercándose al mostrador de atención.
Detrás del escritorio, una oficial de policía levantó la vista, su mirada barrió a Rodrigo de arriba abajo con un desprecio mal disimulado.
Con sus jeans sucios de tierra por el trabajo de estiba y sus botas gastadas, la mujer asumió de inmediato que se trataba de uno de los tantos indigentes de la zona que acudían a mendigar o a causar problemas.
“Tenemos un caso de suma importancia en curso, joven. Regrese mañana” ordenó la oficial con un tono déspota y cortante, sin siquiera mirarlo a los ojos.
“Señorita, por favor, escúcheme. Este niño…” intentó explicar Rodrigo, acomodando el cuerpo de Luca para que ella pudiera verlo.
“No me ha entendido” lo interrumpió la mujer, golpeando con el dedo índice el teclado de su computadora “Toda la estación está bajo alerta por una emergencia mayor. No tengo tiempo para perder. Vuelva mañana”
Rodrigo apretó los dientes, sintiendo una mezcla de frustración e impotencia ante la burocracia y el prejuicio.
Miró el rostro pacífico de Luca y comprendió que no lograría nada allí esa noche “Está bien… regresaré mañana” susurró angustiado.
Salió de la comisaría con el corazón oprimido. De camino a su hogar, se detuvo en una pequeña bodega de barrio para comprar algo de pan, leche y un par de víveres para la cena.
Al llegar a su modesta casa, tocó la puerta con el codo. Fue su abuela quien le abrió, con una sonrisa cansada pero cálida que iluminaba su rostro surcado de arrugas.
“Mijito, pasa. ¿Qué traes ahí?” preguntó la anciana, bajando la vista hacia el bulto cubierto por la casaca.
“Abuela, si te contara…” respondió Rodrigo mientras ingresaba, colocó las bolsas de la compra sobre la mesa de madera de la cocina “Este niño está perdido. Lo encontré en el trabajo. Fui a la comisaría para entregarlo, pero no quisieron atenderme la denuncia por un caso importante que tienen”
“¡Ay, Dios mío!… ¿Y qué vas a hacer, hijo?” exclamó la abuela, llevándose las manos al pecho, angustiada por la delicada situación.
“Me dijeron que volviera mañana sin falta. No me quedó otra opción” explicó, frotándose el cuello por el cansancio “Iré a mi recámara a bañarme y a dejar que el pequeño descanse un rato” Antes de enfilar hacia las escaleras, se detuvo y volteó “Por cierto, abuela, ¿cómo sigue Briana?”
“Está mucho mejor, hijo. La fiebre ya bajó y está descansando en su habitación. Ve a quitarte esa tierra de encima y bajas a cenar, que ya casi está listo” dijo la anciana, regresando con paso tierno hacia las ollas humeantes.
cárcel sus atacantes también. sus compañeros son cómplices no hicieron nada por Yuli Rodrigo la salvó
Renato se va a arrepentir cuando vea lo que paso
😡😡😡😡