Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.
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Tu fiesta de egresados.
Llevábamos apenas unos meses de conocernos. Para ese entonces tenías diecinueve años y todavía no habías terminado la secundaria. Tus padres, claramente, no aceptaban nuestra relación. Según ellos, antes de conocerme eras normal y conmigo habías empezado a hacer cosas raras. Cuando te conocí habías dejado el colegio, y eso lo usaban en tu contra cada vez que intentabas explicar o defender nuestra relación. Con el tiempo, casi que te obligué a que retomaras los estudios. El día de mañana te iba a ser muy útil, aunque todavía fueras demasiado joven para darle importancia a eso.
Te ofrecí mi ayuda para que terminaras la secundaria y lo puse como condición para seguir viéndonos: sí o sí ibas a terminarla. Siempre me decías que el colegio no había sido una buena experiencia para vos, que no habías tenido compañeros tolerantes ni amables. Yo pensaba que quizás por eso no te gustaba ir, que por eso faltabas tanto, que por eso estudiar no te interesaba. Aun así, tenías que continuar, aunque fuera desde tu casa.
Cuando compartíamos historias, solías decirme que a mí me había ido muy bien en el secundario, que yo tenía una personalidad distinta, que era más combativo y que, por sobre todas las cosas, sabía defenderme. Era cierto pero eso era mi presente. Mi pasado había sido muy distinto.
Pocas veces pude llevar la conversación hacia el maltrato que habías sufrido en el colegio. No quería preguntar de más; era evidente que todavía no lo habías superado. Pero en algún momento ibas a tener que sanar, y para sanar hay que enfrentar las cosas, por más dolorosas que hayan sido. Eso llegó muchos años después.
Teo. Eras mi persona favorita en el mundo. No podía creer que alguien hubiera sido capaz de hacerte daño. Eras tan cariñoso, tan amable. Me enojaba y me dolía pensar en cuánto te habían lastimado durante tu adolescencia, y en lo mal que todo eso seguía haciéndote en tu vida actual.
Durante todo ese año te ayudé a rendir las materias que te habían quedado del año anterior y también las del último. Estudiabas en mi casa, sin necesidad de ir al colegio, y encima te aprovechabas de mi hospitalidad quedándote a dormir casi todos los días. A mí me encantaba tenerte ahí.
Se acercaba fin de año. Volvía el calor, las fiestas, Navidad, Año Nuevo. Nunca la habías pasado bien en esas fechas, así que ese año insististe mucho con pasarlas conmigo. Yo todavía no estaba del todo seguro.
Una noche en la que te quedaste a dormir, mientras estábamos desnudos en la cama, te sentaste de golpe y prendiste el velador. Estabas sonrojado y, casi susurrando, me pediste que te acompañara a tu fiesta de egresados. Me quedé mudo. Durante meses habías esquivado el tema cada vez que te preguntaba por esa fiesta. Aunque decías que no querías ir, yo sabía que en el fondo sí, como cualquier adolescente.
Ahí estabas, con los ojos más celestes que nunca y las mejillas rojas, esperando mi respuesta. Te tiré del brazo hacia mí y te susurré al oído:
—No hacía falta preguntarlo.
Y te besé, feliz.
Después me pediste que te acompañara, pero como tu pareja. Eso me sorprendió aún más. Sabíamos que no iba a ser fácil: tus padres, tus compañeros, el colegio poco tolerante del que egresabas. Aun así, decidimos hacerlo. No había nada que temer. Ibas a ir a la cena con tus padres, aunque no te gustara demasiado. Yo siempre te decía que eran tus padres, que a veces llevaba tiempo comprender y respetar las decisiones de los hijos. Hoy, después de tantos años, reconozco que estaba equivocado.
Yo llegaría más tarde, a la medianoche, para el brindis. Justamente para no generar un malestar en tu familia. No quería que nada ni nadie arruinara tu noche.
El taxi se retrasó y, en el apuro, dejé el celular sobre la mesa del comedor. Llegué diez minutos tarde. Cuando entraba, vos estabas por irte. Nos cruzamos en el ingreso principal del salón. Corriste y me abrazaste; pensaste que me había arrepentido.
—Como en las mejores películas románticas —te dije.
Te besé las manos y, tomados del brazo, entramos al salón.
Sonaba "Sign of the Times" de Harry Styles. Había empezado a amar esa canción después de que la pusieras una noche de borrachera, una y otra y otra vez. Caminé hacia la pista, pero te frenaste al notar algunas miradas. Me paré frente a vos, te levanté el mentón con una mano —porque siempre hay que caminar con la frente en alto— y te besé. Nos reímos y, por un momento, dejamos de notar al resto. O al menos eso creímos.
Bailamos esa canción y algunas más, hasta que me pediste ir a un bar al que hacía mucho tiempo querías ir. Tu familia ya se había ido, así que saludaste a algunos compañeros y tomamos un taxi.
Te acompañé sin preguntar demasiado. Ese día era tuyo; la celebración era por tu egreso. El famoso bar resultó ser, nada más y nada menos, que un bar gay. Era la primera vez que entrábamos a uno. De la mano, miramos para todos lados, nos miramos y nos besamos. Por primera vez sentí que, al entrar a un lugar con vos, no nos miraban raro.
Bailamos como nunca. Conocimos gente en la barra, en el baño, afuera fumando un cigarrillo. Fue una noche hermosa.