El imperio más codiciado de Italia que no le pertenece a nadie… excepto a él.
Ella heredó algo que no le pertenecía y él está dispuesto a quitárselo.
Entre pasiones calculadas y verdades que amenazan con destruirlos a ambos, la pregunta no es quién ganará… sino quién caerá primero en su propia trampa.
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Capítulo 13
La niebla del río Po descendía gruesa y helada sobre la zona portuaria de Turín al filo de la medianoche. El estruendo de los motores diésel de las grúas de carga tapaba el murmullo del agua chocando contra los pilotes de madera podrida.
En el muelle tres, lejos de las luces principales del recinto aduanero, Koala supervisaba el movimiento de un contenedor metálico sin rotular. Cuatro hombres armados con linternas de baja intensidad movían varias cajas de madera reforzada hacia un camión sin placas aparcado en el callejón trasero.
Dominic permanecía a unos metros, al abrigo de la penumbra, consultando una tableta encriptada. Su rostro, iluminado apenas por la luz azul del dispositivo, lucía impenetrable.
—Tres cajas de microchips de guía táctica y dos de aleación aeronáutica fuera del registro principal —murmuró Koala, acercándose a Dominic mientras se limpiaba el sudor de la frente a pesar del frío nocturno—. En el mercado negro de Praga esto se traduce en cuatro millones de euros limpios. Sin rastro, sin preguntas.
—Asegúrate de que la documentación del embarque original refleje una merva por rotura en el trayecto desde Livorno —ordenó Dominic con voz firme y monótona—. La contabilidad de Alejandro maneja un margen de pérdida del dos por ciento en envíos marítimos. Nadie va a sospechar.
—El jefe antes revisaba los manifiestos línea por línea, Dominic —comentó Koala con una mueca de ironía—. Esta noche ni siquiera llamó para confirmar la llegada del barco. Estaba en una cena de caridad del sector automotriz con la señorita Galván.
Dominic apretó la mandíbula. El nombre de Fabiola actuó como un latigazo en su orgullo. Él había dedicado diez años de su vida a construir la red operativa de los Santamaría, asegurando que cada movimiento fuera limpio, quirúrgico e indetectable. Ver a Alejandro descuidar el timón de su imperio por una obsesión peligrosa no solo le parecía una imprudencia: era un insulto a su propia lealtad.
—Deja de hablar y acelera el embarque —sentenció Dominic, guardando la tableta en el interior de su abrigo—. Alejandro puede estar distraído, pero no es idiota. Si el camión no sale del puerto antes del cambio de turno de las dos de la mañana, la culpa recaerá sobre ti.
A esa misma hora, en el vestíbulo de la sede central de Galván Motores, las luces de los ventanales iluminaban la silueta solitaria de Fabiola.
Vestía aún el traje sastre blanco de la mañana, aunque se había quitado la chaqueta y llevaba las mangas de la blusa de seda recogidas hasta los codos. Sostenía un vaso con dos dedos de whisky y miraba la maqueta a escala del *Galván-V12* expuesta en el centro del recibidor.
El chasquido de la puerta principal al abrirse la hizo girar la cabeza sin mostrar sorpresa.
Alejandro entró a la estancia. No llevaba abrigo ni corbata; la camisa azul estaba desabotonada en el cuello y sus ojos reflejaban el cansancio de un día vertiginoso. Al verla allí sola, se detuvo a medio camino.
—¿Aún aquí, Fabiola? —preguntó él, avanzando despacio sobre el mármol pulido—. Pensé que la reina del imperio ya estaría descansando para la prueba de resistencia de mañana.
Fabiola dio un sorbo al licor, observándolo con una mezcla de provocación y escrutinio.
—Los imperios no se dirigen desde la cama, Santamaría —respondió ella, apoyando la cadera contra la base de la maqueta—. Me gusta verificar que todo esté en su sitio antes de que el mundo se despierte. ¿Y tú? Pensé que estarías ocupado en *Santamaría Holdings* revisando tus inversiones.
Alejandro entornó los ojos, recortando la distancia entre ambos hasta quedar a menos de un metro.
—Tengo ejecutivos capacitados para el trabajo de oficina —dijo él, bajando la voz—. Dominic se encarga de los números y la logística diaria. Yo prefiero enfocarme en los activos que requieren... una atención más personalizada.
Fabiola ladeó la cabeza, dibujando una sonrisa helada.
—¿Hablas de mí?
—Hablo de esta compañía —corrigió Alejandro, aunque su mirada bajó por un segundo hacia los labios de ella antes de volver a sostenerle los ojos—. Y de ti, por supuesto. Sigo intentando descubrir qué hay detrás de esa coraza de acero, Fabiola. En el consejo de hoy le dijiste a Moretti que tu padre no tenía que competir en el mercado actual... No hay nostalgia en ti, no hay dudas. Es casi sobrenatural la frialdad con la que te mueves.
Fabiola dejó el vaso sobre la mesa de cristal con un sonido seco. Se erguíó, quedando frente a él con la cabeza en alto.
—¿Quieres saber la verdad, Alejandro? —dijo ella en un susurro afilado—. Mi padre me enseñó una sola lección que valió la pena: en este mundo solo existen los que aplastan y los que son aplastados. Tu padre eligió ser la víctima en aquel viejo negocio, o al menos eso es lo que tú afirmas. El mío eligió ganar. Y yo no pienso pedir disculpas por haber nacido del lado de los ganadores.
Alejandro la miró en absoluto silencio. La arrogancia y la frialdad de sus palabras eran tan puras, tan carentes de cualquier remordimiento, que por un instante la fascinación volvió a sobrepasarlo por completo.
—Eres un peligro, Fabiola —murmuró Alejandro, dando un paso más hacia ella, rozando con el hombro el de ella.
—Y tú estás jugando con fuego, Alejandro —desafió ella, mirándolo desde abajo sin pestañear—. Asegúrate de no quemarte las manos antes de la gran presentación.
Se dio la vuelta y caminó hacia la salida privada del edificio, dejando a Alejandro solo en medio del vestíbulo en penumbra, atrapado entre la venganza que juró cumplir y la mujer que lo arrastraba al abismo.