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BAJO UN CIELO ROTO

BAJO UN CIELO ROTO

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

La historia sigue a Lucía, una mujer cuya vida aparentemente feliz se derrumba al descubrir los secretos, mentiras y traiciones de Mateo. Entre conspiraciones, pérdidas familiares, persecuciones y dolor, deberá enfrentar su pasado, recuperar su identidad y aprender que sobrevivir no significa olvidar, sino elegir nuevamente vivir con libertad y esperanza.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 18 EL HOMBRE DEL AUTOMÓVIL GRIS

Lucía no conectó la memoria aquella madrugada.

La dejó sobre el escritorio y se quedó mirándola.

Parecía insignificante.

Un pequeño dispositivo negro, apenas más grande que una moneda.

Durante semanas había buscado aquello.

Había imaginado que, al encontrarlo, sentiría alivio.

No lo sintió.

Sintió miedo.

Porque ahora tenía entre sus manos algo que varias personas estaban dispuestas a matar por recuperar.

Mateo había muerto por esconderlo.

Valentina había huido por miedo a él.

Irene le había advertido que no confiara en nadie.

Esteban lo quería.

Darío la estaba siguiendo.

Y, aun así, Lucía no sabía qué contenía.

Podía ser dinero.

Podían ser documentos.

Nombres.

Fotografías.

Grabaciones.

O algo todavía peor.

Se acercó a la computadora.

Encendió la pantalla.

Esperó.

Pero antes de conectar la memoria, se detuvo.

Recordó algo que Irene le había dicho:

“Nunca abras algo importante en un lugar donde alguien puede estar observándote.”

Lucía retiró la mano.

Apagó la computadora.

Era una decisión pequeña.

Pero probablemente fue una de las más importantes de su vida.

Porque por primera vez no actuó por desesperación.

Pensó antes de hacerlo.

Guardó la memoria en un pequeño bolsillo interior de su bolso.

Después dejó el bolso dentro de un armario.

No quería llevarlo encima.

Se acostó.

Pero no durmió.

A las seis y quince de la mañana, alguien llamó a la puerta.

Lucía se incorporó inmediatamente.

El corazón comenzó a latirle con fuerza.

Escuchó nuevamente.

Tres golpes.

Pausa.

Dos golpes.

Era una señal.

Recordó que su padre estaba despierto.

Salió de la habitación.

Roberto ya estaba en el pasillo.

—¿Esperabas a alguien? —preguntó Lucía.

—No.

—¿Mamá?

—Está descansando.

Lucía miró hacia la puerta.

No se escuchaba nada más.

Roberto se acercó lentamente.

Miró por la mirilla.

Retrocedió.

—Es un vecino.

Lucía respiró.

—¿Quién?

—El señor Ramírez.

Roberto abrió.

El hombre era un vecino de varios años.

Estaba pálido.

—Perdón por venir tan temprano.

—¿Qué pasó? —preguntó Roberto.

El hombre miró hacia ambos lados antes de hablar.

—Vi un automóvil.

Lucía sintió un escalofrío.

—¿Qué automóvil?

—Uno gris.

Roberto frunció el ceño.

—¿Y?

—Lleva varias horas estacionado cerca de mi casa.

Lucía sintió el pecho apretarse.

—¿Lo conoce?

—No.

—¿Lo ha visto antes?

—Sí.

—¿Dónde?

El hombre tragó saliva.

—Ayer.

Lucía intercambió una mirada con su padre.

—¿Dónde?

—Cerca del mercado.

Lucía quedó inmóvil.

El lugar donde había sido engañada la noche anterior.

El hombre continuó:

—Pensé que era casualidad. Pero esta madrugada lo vi nuevamente.

Roberto preguntó:

—¿Viste al conductor?

—Sí.

—¿Cómo era?

—Un hombre.

—¿Edad?

—Treinta y tantos. Tal vez cuarenta.

Lucía sintió frío.

—¿Alguna característica?

El vecino pensó.

—Siempre lleva una gorra oscura.

Lucía no conocía al hombre.

Pero algo dentro de ella le dijo que debía recordar esa información.

—¿El automóvil sigue allí?

—No.

—¿Cuándo se fue?

—Hace unos minutos.

Lucía esperó hasta que el vecino se marchó.

Luego fue hacia la ventana.

Miró la calle.

Había varios automóviles.

Uno blanco.

Uno negro.

Una camioneta.

Y, al final de la cuadra, un vehículo gris.

Lucía se quedó inmóvil.

No podía distinguir al conductor.

—Papá.

Roberto se acercó.

—¿Ese?

—Sí.

El vehículo estaba estacionado.

No había ninguna razón evidente para que permaneciera allí.

Lucía tomó el teléfono.

Fotografió el automóvil.

Después miró la placa.

La anotó.

No se acercó.

No abrió la puerta.

No hizo nada que pudiera llamar la atención.

Simplemente observó.

El automóvil arrancó.

Pasó lentamente frente a la casa.

El conductor giró ligeramente el rostro.

Lucía alcanzó a verlo.

Gorra oscura.

Rostro delgado.

Barba corta.

Y una cicatriz pequeña cerca de la ceja.

El automóvil desapareció.

Lucía guardó el teléfono.

—Ese hombre estaba ayer en el mercado.

Roberto la miró.

—¿Cómo estás segura?

—Lo vi.

—¿Crees que nos está siguiendo?

Lucía respondió:

—Sí.

A las ocho de la mañana, llamó a Irene.

—Hay un hombre siguiéndonos.

—Descríbelo.

Lucía lo hizo.

Irene permaneció en silencio.

—¿Automóvil gris?

—Sí.

—¿Placa?

Lucía se la dio.

Irene respiró profundamente.

—No me suena.

—¿Quién puede ser?

—No lo sé.

—¿Trabaja para Esteban?

—Probablemente.

—¿Darío?

—No.

—¿Cómo lo sabes?

—Darío no usa ese automóvil.

Lucía frunció el ceño.

—¿Entonces quién?

—No tengo la respuesta.

—Necesito saber.

—Lucía, escucha.

Irene cambió de tono.

—No intentes averiguar quién es acercándote.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

—Solo quiero observar.

—Observar sí. Seguirlo, no.

Lucía guardó silencio.

—Y hay otra cosa.

—¿Qué?

—No conectes todavía la memoria.

Lucía sintió un escalofrío.

—¿Cómo sabes que la tengo?

Irene tardó unos segundos.

—Porque todos están hablando de ella.

—¿Todos?

—Los que conocen el asunto.

—Entonces ya saben que la encontré.

—Sí.

Lucía miró el bolso.

—¿Crees que saben dónde está?

—Eso es lo que tienes que averiguar.

La llamada terminó.

A las diez de la mañana, Lucía tomó una decisión.

Necesitaba salir de casa.

No podía quedarse allí esperando.

Pero tampoco podía hacerlo de cualquier manera.

Preparó una pequeña bolsa.

Ropa.

Documentos.

Medicinas de Teresa.

Un cargador.

Algo de efectivo.

La libreta.

No llevó la memoria.

La dejó escondida.

Tampoco llevó su teléfono principal.

Utilizó uno antiguo que había encontrado entre las cosas de Diego.

No estaba conectado a sus cuentas.

No tenía fotografías.

No contenía sus contactos.

Era un teléfono viejo.

Apenas funcionaba.

Pero podía llamar.

Lucía sintió una extraña sensación al utilizarlo.

Era como ponerse una máscara.

Una muy pobre.

Pero una máscara al fin.

—¿A dónde vamos? —preguntó Roberto.

—A comprar medicamentos.

—¿Es necesario?

—Sí.

Roberto entendió que no era solamente por los medicamentos.

—¿Crees que nos seguirán?

—Quiero comprobarlo.

Salieron juntos.

Cerraron la puerta.

Lucía no miró hacia atrás.

Caminaron hasta una tienda.

Entraron.

Compraron algunas cosas.

Después caminaron hacia una farmacia.

Lucía cambió de dirección dos veces.

No quería hacer algo demasiado evidente.

Solo quería ver.

A mitad de camino, notó algo.

Un vehículo gris.

No era el mismo.

O quizá sí.

No podía saberlo.

—Papá.

—¿Qué?

—No mires directamente.

Roberto asintió.

—Hay un automóvil.

—¿Dónde?

—Detrás de nosotros.

—¿Estás seguro?

—No.

—Entonces no hagamos nada.

Continuaron caminando.

Giraron hacia una calle comercial.

El automóvil también giró.

Lucía sintió una presión en el pecho.

Los seguían.

No era una coincidencia.

No podía serlo.

Entraron en una tienda de ropa.

No compraron nada.

Simplemente atravesaron el local y salieron por una puerta lateral que daba a otra calle.

Lucía miró hacia atrás.

El automóvil no apareció.

—Funcionó —dijo Roberto.

Lucía negó.

—No.

—¿Por qué?

—Porque si nos siguieron hasta aquí, ya saben nuestra ruta.

—Entonces ¿qué hacemos?

Lucía miró alrededor.

—Cambiarla.

Tomaron un autobús.

Bajaron varias paradas después.

Caminaron.

Tomaron otro.

Lucía no hizo todo perfecto.

A veces se equivocaba.

En una ocasión miró demasiado rápido hacia atrás.

En otra tomó una ruta que podía resultar predecible.

Pero estaba aprendiendo.

Y cada error le enseñaba algo.

A mediodía regresaron a casa.

El automóvil gris no estaba.

Lucía sintió alivio.

Pero cuando abrió la puerta, se detuvo.

Algo no estaba bien.

La casa parecía igual.

No faltaba nada.

No había ventanas rotas.

No había puertas abiertas.

Pero una de las sillas estaba ligeramente movida.

La silla del escritorio.

Lucía se acercó.

La observó.

Había sido ella quien la había dejado junto a la pared.

Ahora estaba frente a la mesa.

—Papá.

Roberto se acercó.

—¿Qué pasa?

—Alguien entró.

Él miró alrededor.

—¿Cómo lo sabes?

—Yo no la dejé así.

Roberto revisó la puerta.

No había señales de fuerza.

—¿Podrían haber entrado con una llave?

Lucía sintió un escalofrío.

Recordó las copias de documentos.

Las cosas de Mateo.

Las amenazas.

—Tal vez.

Corrió hacia su habitación.

Abrió el armario.

El bolso seguía allí.

Lo tomó.

Lo revisó.

La memoria seguía escondida en el lugar donde la había dejado.

Respiró aliviada.

Pero entonces notó otra cosa.

El cuaderno azul estaba abierto.

Ella lo había dejado cerrado.

Lucía comenzó a pasar las páginas.

Nada parecía faltar.

Hasta que encontró una hoja arrancada.

La página donde había escrito información sobre Darío.

Había desaparecido.

Lucía sintió frío.

—Se llevaron una página.

Roberto se acercó.

—¿Qué había ahí?

—El nombre de Darío.

—Entonces saben que lo estás investigando.

Lucía cerró la libreta.

—Sí.

A las tres de la tarde llegó un mensaje.

El teléfono antiguo vibró.

Lucía miró la pantalla.

No reconocía el número.

“Bonito intento con el autobús.”

Lucía sintió que el estómago se le cerraba.

Habían visto todo.

Habían seguido sus movimientos.

Habían observado sus cambios.

Llegó otro:

“No necesitas esconderte.”

Y después:

“Sabemos dónde estás.”

Lucía no respondió.

Pero un cuarto mensaje apareció.

“También sabemos lo que escondiste.”

Ella levantó la mirada.

La memoria.

Habían entrado en su habitación.

Habían buscado.

Quizá habían visto el bolso.

Quizá sabían que la tenía.

Lucía sintió miedo.

Pero junto al miedo apareció una idea.

Si sabían que tenía la memoria, entonces probablemente no sabían dónde estaba exactamente.

Eso significaba que todavía tenía ventaja.

Pequeña.

Pero ventaja.

Esa noche, Irene llegó a la casa.

No avisó por teléfono.

Apareció directamente.

Roberto abrió la puerta.

—¿Qué haces aquí?

—Necesito hablar con Lucía.

Entraron.

Irene dejó un bolso.

—Tenemos poco tiempo.

Lucía la miró.

—¿Qué pasa?

Irene sacó varios documentos.

—El hombre del automóvil gris tiene nombre.

Lucía sintió que el corazón se aceleraba.

—¿Quién?

—Sergio Valdés.

Lucía la miró sorprendida.

—Es el nombre que apareció en el banco.

Irene asintió.

—El mismo.

—¿Quién es?

—Un intermediario.

—¿Para Esteban?

—Sí.

Lucía sintió un escalofrío.

—Entonces fue él quien presentó los documentos.

—Probablemente.

—¿Y me está siguiendo?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque necesita saber dónde está la memoria.

Lucía apretó los labios.

—No la tiene.

—Todavía.

Irene la miró fijamente.

—Necesitamos hacer algo.

—¿Qué?

—Desaparecer.

Lucía negó.

—No todavía.

—Lucía...

—Si desaparezco ahora, Sergio sabrá que tengo la memoria.

—Ya lo sospecha.

—Sospechar no es saber.

Irene guardó silencio.

Lucía continuó:

—Quiero que piense que la memoria no está conmigo.

—¿Cómo?

Lucía miró hacia la mesa.

—Le daremos algo.

Roberto levantó la mirada.

—¿Una copia falsa?

Lucía asintió.

—Algo que parezca real.

Irene sonrió ligeramente.

—Ahora estás pensando.

—No quiero lastimarlo.

—No hace falta.

—Solo quiero ganar tiempo.

—Eso es exactamente lo que necesitas.

Pasaron varias horas preparando una estrategia.

No podían fabricar una prueba criminal ni crear información para perjudicar a alguien.

Pero podían controlar qué información entregaban y cuándo.

Lucía encontró una antigua copia de documentos irrelevantes que ya estaban en poder de la investigación.

No contenían datos suficientes para dañar a nadie.

Pero podían hacer creer que ella había recuperado algo importante.

Irene ayudó a organizarlo.

La idea era sencilla.

Hacer circular, de manera controlada, una información que llevara a Sergio a pensar que la memoria había sido entregada a otra persona.

Lucía observó el plan.

—¿Y si funciona?

—Entonces tendrás tiempo.

—¿Y si no?

Irene la miró.

—Entonces tendremos que irnos.

A las diez de la noche, Lucía salió con Irene.

Roberto permaneció en casa.

El plan era que pareciera una entrega.

Lucía llevaba un pequeño sobre.

No contenía la memoria.

Solo documentos sin valor operativo.

Llegaron a una calle concurrida.

Lucía caminó lentamente.

Un automóvil gris apareció a una distancia prudente.

Era Sergio.

Ella lo reconoció.

No lo miró directamente.

Continuó.

Entró en una cafetería.

Dejó el sobre en una mesa.

Se levantó.

Salió por otra puerta.

Un hombre entró segundos después.

Tomó el sobre.

Lucía observó desde lejos.

Sergio abrió el contenido.

Lo revisó.

Su expresión cambió.

No parecía satisfecho.

Pero tampoco parecía completamente decepcionado.

Lucía comprendió que estaba dudando.

Habían ganado algo de tiempo.

Cuando regresó a casa, recibió un mensaje.

“Eso no es lo que buscamos.”

Lucía no respondió.

Otro:

“Pero ahora sabemos que todavía no confías en nadie.”

Después:

“Eso te hará difícil pedir ayuda.”

Lucía sintió un escalofrío.

Irene leyó el mensaje.

—Está jugando contigo.

—Sí.

—No respondas.

Lucía guardó el teléfono.

A la mañana siguiente, ocurrió algo inesperado.

El trabajo de Lucía llamó.

—¿Señorita Andrade?

—Sí.

—La suspensión temporal ha terminado.

Lucía se quedó quieta.

—¿Qué?

—Su reincorporación está aprobada.

—¿Por qué?

—La empresa recibió documentación que demuestra que usted no participó directamente en determinadas operaciones.

Lucía sintió alivio.

—¿Puedo regresar mañana?

—Sí.

La llamada terminó.

Lucía miró a Roberto.

—Me devolvieron el trabajo.

Roberto sonrió.

—Te dije que encontraríamos una salida.

Pero Lucía no celebró demasiado.

Había aprendido a desconfiar de las buenas noticias.

Y tenía razón.

Dos horas después, recibió otra llamada.

—Lucía.

Era Irene.

—¿Sí?

—No regreses todavía.

—¿Por qué?

—La persona que envió esa documentación no fue la fiscalía.

—¿Quién?

—No lo sé.

Lucía frunció el ceño.

—¿Entonces quién consiguió que me reincorporaran?

Irene respiró.

—Alguien quiere que vuelvas al trabajo.

Lucía sintió un escalofrío.

—¿Para qué?

—No lo sé.

—Eso es imposible.

—No.

Irene bajó la voz.

—Alguien podría estar intentando colocarte nuevamente en un lugar donde pueda observar tus movimientos.

Lucía comprendió.

El trabajo podía ser una trampa.

Una oportunidad que parecía buena.

Una puerta abierta.

Pero tal vez alguien estaba esperando al otro lado.

Esa tarde, Lucía caminó hasta la oficina.

No entró.

Se quedó en la acera de enfrente.

Observó.

Empleados entrando.

Personas saliendo.

Vehículos estacionando.

Todo parecía normal.

Entonces vio a Sergio.

Estaba dentro de un automóvil gris.

No estaba mirando la oficina.

Estaba mirando la calle.

Lucía sintió un escalofrío.

El mensaje era claro.

El trabajo no era una coincidencia.

Él sabía que ella volvería.

Lucía dio media vuelta.

No entró.

Cuando regresó a casa, abrió su cuaderno.

Escribió:

“El automóvil gris no desapareció.”

Después:

“Sergio Valdés.”

Luego:

“Presentó documentos con mi identidad.”

Y finalmente:

“Ahora sabe que sigo buscando.”

Se quedó pensando.

Había algo que no entendía.

¿Por qué Sergio no había intentado atacarla directamente?

¿Por qué prefería seguirla?

¿Por qué parecía interesado en observar sus movimientos?

¿Por qué Esteban necesitaba tanto la memoria?

La respuesta podía estar dentro del dispositivo.

Pero todavía no podía abrirlo.

Esa noche, Lucía tomó una decisión.

No abriría la memoria en casa.

Necesitaba encontrar un lugar seguro.

Un lugar sin cámaras conocidas.

Sin conexiones personales.

Sin relación con Mateo.

Un lugar donde pudiera trabajar tranquilamente.

Y entonces recordó a Samuel.

No lo conocía todavía.

Pero sabía que aparecería pronto en su historia.

No como un salvador.

No como un hombre que solucionaría sus problemas.

Sino como alguien que le ofrecería algo que Lucía necesitaba más que romance en ese momento:

un espacio donde pensar.

Antes de dormir, Lucía miró por la ventana.

El automóvil gris no estaba.

La calle estaba vacía.

Pero ahora sabía que el peligro no necesitaba estar visible para existir.

Se acostó.

La memoria permanecía oculta.

Su familia estaba nuevamente bajo vigilancia.

Su trabajo podía ser una trampa.

Su cuenta seguía bloqueada.

Y Sergio Valdés conocía parte de sus movimientos.

Lucía cerró los ojos.

No sabía cuánto tiempo podría continuar así.

Pero había aprendido una cosa fundamental.

No podía correr cada vez que aparecía un automóvil.

No podía esconderse de cada llamada.

No podía vivir esperando el siguiente golpe.

Necesitaba aprender a moverse mientras la perseguían.

Necesitaba tener una vida visible y otra que nadie pudiera ver.

Necesitaba aprender a guardar secretos sin convertirse en una persona consumida por ellos.

Y, sobre todo, necesitaba descubrir qué había dentro de la memoria antes de que alguien más lo hiciera.

A las dos de la madrugada, llegó un último mensaje.

Esta vez no era una amenaza directa.

Solo decía:

“El automóvil gris estará mañana frente a tu trabajo.”

Lucía lo leyó.

Después apareció otro:

“Puedes ir.”

Pausa.

“O puedes seguir huyendo.”

Y finalmente:

“Pero recuerda: nosotros sabemos dónde estás.”

Lucía apagó el teléfono.

Miró hacia la ventana.

No había automóvil.

No había nadie.

Solo la oscuridad.

Pero aquella noche comprendió que la persecución había cambiado.

Antes corría porque tenía miedo.

Ahora comenzaba a preguntarse qué quería realmente su perseguidor.

Y esa pregunta era más peligrosa.

Porque cuanto más conociera sus motivos, más cerca estaría de comprender la estructura completa.

El hombre del automóvil gris ya no era una sombra.

Tenía nombre.

Tenía rostro.

Tenía una función.

Y había cometido un error.

Había permitido que Lucía lo viera.

Lucía todavía no sabía por qué.

Pero estaba empezando a comprender que, en una persecución, saber quién te sigue puede ser tan importante como saber por qué.

Y al amanecer tomaría una decisión que cambiaría nuevamente su destino.

No huiría del automóvil gris.

Lo observaría.

Porque quizá había llegado el momento de aprender una nueva forma de sobrevivir:

hacer que quien te persigue crea que todavía lleva la ventaja.

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