NovelToon NovelToon
En la cama del esposo de mi hermana

En la cama del esposo de mi hermana

Status: Terminada
Genre:Romance / Venganza / Dominación / Vientre de alquiler / Romance oscuro / Completas
Popularitas:24.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.

NovelToon tiene autorización de Angel_fr_Hell para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Capítulo 12

Lo que no debí decir

En el auto de regreso, Valentina iba con el tobillo apoyado sobre el asiento trasero y una bolsa de hielo que Doña Carmen le había metido en las manos antes de despedirla. Bruno conducía. Alejandro iba adelante, mirando su teléfono.

Nadie habló durante quince minutos.

Valentina miraba el paisaje por la ventana: los cerros verdes, las nubes bajas, el sol metiéndose detrás de los pinos. El tobillo le pulsaba con un dolor sordo que le recordaba que la caída había sido real, aunque la razón no lo fuera.

Alejandro guardó el teléfono. Le dijo algo a Bruno en voz baja. Bruno asintió y se desvió hacia una farmacia en el siguiente pueblo.

—¿Qué necesitas? —preguntó Valentina.

—Pomada. Para tu tobillo.

—Doña Carmen me dio hielo. Estoy bien.

—El hielo se va a derretir.

Alejandro bajó del auto, entró a la farmacia, y volvió cinco minutos después con una bolsa de plástico. Adentro había una pomada antiinflamatoria, una venda elástica, y un paquete de galletas de animalitos que le puso en las manos sin explicación.

Valentina miró las galletas. Eran las mismas que comía de niña, las de la bolsa rosa con el elefante en la portada. No tenía idea de cómo Alejandro sabía eso, y probablemente no lo sabía. Probablemente era lo único que vendían en una farmacia de pueblo.

Pero abrió el paquete y se comió tres sin decir nada.

El auto retomó la carretera. Las luces del atardecer pintaban el interior del auto de naranja. Valentina masticó la cuarta galleta y dijo lo que no debió decir.

—No quiero que cargues a otra mujer.

La frase salió antes de que pudiera tragarla. Sonó más cruda de lo que pretendía, sin el envoltorio diplomático de "Mariana", sin la dulzura calculada que usaba para negociar. Sonó como Valentina. Como ella misma.

Bruno no se movió. Siguió conduciendo con la vista fija en la carretera, como si no hubiera escuchado nada.

Alejandro se giró. La miró por encima del respaldo del asiento, con esa cara que no delataba nada y que al mismo tiempo lo decía todo.

—¿Solo por eso te caíste?

Valentina apretó el paquete de galletas.

—Los escalones estaban mojados.

—Los escalones estaban mojados —repitió él, sin inflexión. Después se giró al frente—. Voy a mandar arreglar esos escalones.

No dijo nada más. Valentina se comió la quinta galleta y luego la sexta, mirando la nuca de Alejandro recortada contra el parabrisas. Se preguntó si Bruno le contaría a alguien lo que acababa de oír. Probablemente no. Bruno era el tipo de hombre que moriría con los secretos de su jefe cosidos a la lengua.

Cuando se detuvieron frente a la residencia casi dos horas después, Alejandro le abrió la puerta del auto, le tendió la mano y la ayudó a bajar con una firmeza que no le había mostrado antes.

A las diez de la noche, Valentina estaba en el cuarto de servicio, con el tobillo elevado sobre dos almohadas y el teléfono de "Mariana" en la mano. Le mandó a su hermana un resumen del almuerzo: Doña Carmen bien, Sofía presente, comida sin novedades, escalones resbalosos.

Se guardó lo de la caída y lo de las galletas. De Alejandro cargándola no dijo una palabra.

La columna derecha de su libreta ya ocupaba cuatro páginas.

A las once menos cuarto, el teléfono vibró.

"Sube."

Valentina se levantó. El tobillo protestó cuando apoyó el pie en el suelo, pero caminó despacio, agarrándose de la baranda. Subió las escaleras con cuidado y empujó la puerta del estudio.

Alejandro estaba sentado en la orilla del sillón, con la pomada de la farmacia abierta sobre la mesa de al lado. Se había quitado la chaqueta y arremangado las mangas de la camisa hasta los codos.

—Siéntate.

Valentina se sentó en la silla del arpa. Él señaló el sillón.

—Ahí no. Aquí.

Le indicó el espacio frente a él. Valentina caminó hasta allí y se sentó en el borde del sillón, con las rodillas casi tocándole las suyas.

Alejandro le tomó el pie izquierdo. Ella dio un tirón instintivo.

—Quédate quieta.

Le quitó el calcetín con cuidado. El tobillo estaba hinchado, con un moretón violeta que se extendía desde el hueso hasta la planta del pie. La piel alrededor tenía un color entre verde y azul que se oscurecía hacia el centro.

Alejandro apretó la pomada sobre los dedos. Olía a mentol y a eucalipto. La frotó entre las palmas para calentarla y empezó a untarla sobre la piel hinchada.

Valentina apretó los dientes. La pomada estaba fría a pesar del calentamiento, y los dedos de Alejandro eran firmes, precisos, como si supiera exactamente dónde presionar. Le rodeó el tobillo con las dos manos y masajeó en círculos lentos, subiendo por la pantorrilla.

No la miraba. Tenía los ojos fijos en el tobillo, en el moretón, en sus propios dedos moviéndose sobre la piel de ella. La concentración de su rostro era la misma que usaba para leer contratos.

El estudio estaba en silencio. Solo se oía el roce de las manos de él contra la piel de ella y el tic-tac de un reloj que Valentina nunca había notado. Los dedos de él le llegaban a la mitad de la pantorrilla y cada vez que subían un centímetro más, algo se le contraía en el vientre.

—¿Duele? —preguntó, sin levantar la vista.

—Un poco.

Mentira. Lo que sentía no se parecía al dolor.

Alejandro terminó de aplicar la pomada. Le envolvió el tobillo con la venda elástica, ajustándola con movimientos lentos. Cuando terminó, le sostuvo el pie un segundo de más antes de soltarlo.

—La próxima vez que te caigas —dijo, limpiándose las manos con un pañuelo—, asegúrate de que no sea en escalones de piedra.

Valentina le sostuvo la mirada. El olor a mentol flotaba entre los dos.

—La próxima vez no me caeré.

Lo había dicho como "Mariana", con ese tono juguetón que le salía cuando quería cerrar una conversación peligrosa. Pero la verdad debajo era otra: la próxima vez que otra mujer se acerque a ti, encontraré una forma menos dolorosa de interponerme.

Alejandro se reclinó en el sillón.

—Toca.

Valentina se levantó, caminó hasta el arpa, y se sentó. El tobillo vendado le pulsaba dentro de la venda, caliente por la pomada. Tocó la pieza de su madre: la primera que Aurora le enseñó, la que sonaba como una cuna que se mece despacio.

A los diez minutos, Alejandro tenía los ojos cerrados. A los quince, su respiración se volvió lenta y profunda. Pero su mano derecha, la que colgaba del brazo del sillón, todavía tenía restos de pomada entre los dedos.

Valentina terminó la pieza. Se quedó un momento mirándolo dormido. Después se levantó, le puso la manta del librero encima —como hacía cada noche—, y salió.

En el pasillo, se apoyó contra la pared y cerró los ojos.

"No quiero que cargues a otra mujer." Lo había dicho en voz alta. En el auto. Con Bruno de testigo. Y Alejandro, en lugar de preguntarle por qué, le había comprado pomada, galletas, y le había curado el tobillo con sus propias manos.

Valentina Reyes tenía un problema. Y el problema olía a mentol, tenía los nudillos anchos, y acababa de curarle el tobillo con más cuidado del que nadie le había dedicado en toda su vida.

1
Elizabeth Del Valle Romero
no me gustó el final 😔
Dorkis Huerta
Buenas noches.
neumidia ruiz
te felicito escritora me encantó la narración, la trama fue distinta a tantas otras que he leído, me fascinó los personajes de los protagonistas
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play