Lucía Atelier, ejecutiva sofisticada pero ciega de amor, se entrega en secreto a Gabriel, un rudo piloto de pruebas. Ella cree vivir un romance salvaje, pero él la usa por ambición para robar los secretos industriales de su familia y arruinarla. Cuando Marcos, hermano de Lucía, descubre la relación e investiga al mecánico, lo acorrala. Desesperado, Gabriel secuestra a Lucía en una mansión aislada para exigir un rescate millonario. Al descubrir el chantaje, ella huye, pero Gabriel la atropella en la carretera y la deja por muerta. En la noche, Dante, el gélido y magnético líder del sindicato criminal más poderoso, la rescata y la cura en secreto. Lucía despierta con amnesia y surge entre ellos un tórrido y apasionado romance. Al recuperar la memoria y recordar la traición, Dante no solo la ayuda a regresar con su influyente familia, sino que la reclama como su mujer ante los Atelier. Con su poder letal, el mafioso removerá el cielo y la tierra para cazar a Gabriel y vengar a su reina
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CAPITULO 12. EL VEREDICTO DEL ABISMO
El pitido rítmico, acelerado y estridente de los monitores de soporte vital era el único sonido que rompía la atmósfera asfixiante de los laboratorios quirúrgicos de la clínica privada y clandestina de Dante. Habían pasado apenas seis horas desde que el sedán negro de gran lujo cruzara los portones de seguridad del centro de la ciudad, trasladando en absoluto secreto el cuerpo destrozado de Lucía Atelier. El olor a metal esterilizado y a fármacos de reanimación inundaba la suite médica de alta tecnología, donde los mejores especialistas quirúrgicos trabajaban sin descanso bajo una luz halógena potente que eliminaba cualquier rastro de penumbra.
Dante permanecía de pie detrás del gran ventanal acristalado de la sala de observación, con los brazos cruzados a la espalda y la mandíbula apretada con una rigidez de piedra. Vestía sus pantalones oscuros de sastre y una camisa negra de lino fino, pero sus facciones de piedra reflejaban una fijeza gélida y analítica que helaba el aliento. Sus ojos oscuros, fijos y profundos como los de un depredador al acecho, no se habían apartado ni un solo segundo de la silueta inmóvil de la joven.
La puerta corredera de cristal se abrió con un leve ceceo electrónico y el cirujano jefe de la clínica clandestina entró a la estancia, quitándose la mascarilla técnica con dedos visiblemente cansados. Su mirada reflejaba la gravedad del veredicto médico.
—Hemos conseguido estabilizar las hemorragias internas y fijar las fisuras óseas del hombro, director Dante —anunció el facultativo con una voz clara, nítida y segura, deteniéndose a escasos centímetros de la imponente presencia del líder criminal—. Pero el verdadero peligro no está en las fracturas físicas del impacto del parachoques. El fuerte traumatismo craneal que ha sufrido contra el asfalto agrietado de las afueras ha provocado una inflamación cerebral severa. Su cerebro está sumamente hinchado en este preciso instante.
Dante entornó sus ojos oscuros, y un impulso posesivo, territorial y ultraprotector le tensó los hombros anchos bajo su abrigo sastre.
—Habla claro. ¿Cuál es el procedimiento definitivo? —ordenó Dante con su profunda voz , un murmullo ronco, espeso y cargado de una seguridad aplastante que llenó la sala.
—Su estado será crítico durante las primeras cuarenta y ocho horas, señor. Para proteger sus funciones neurológicas y permitir que la inflamación disminuya, nos vemos en la obligación médica de inducirle un coma farmacológico de inmediato —explicó el cirujano jefe con una madurez aplastante—. Vamos a administrarle una sedación profunda y continuada de forma intravenosa. Hay que esperar a que su organismo resista el colapso del atropello. Ahora mismo está suspendida en el borde del abismo.
Dante asintió en absoluto silencio, asimilando la gravedad de la situación con una frialdad matemática. Se giró hacia el cristal, contemplando el rostro de Lucía, que aparecía conectado a los tubos de respiración asistida. No le importaba el tiempo que hiciera falta ni los millones del mercado clandestino que tuviera que invertir en sus tratamientos de lujo; desde el segundo en que la recogió rota entre la grava y el polvo del arcén, la había reclamado como su mujer en secreto y nadie se la iba a arrebatar.
Mientras el velo de la sedación profunda aislaba a Lucía del mundo real en los niveles subterráneos de la clínica, en la residencia familiar el descalabro emocional había alcanzado niveles de una devastación humana absoluta. La madrugada avanzaba con una pesadez plomiza que parecía aplastar los techos de la vivienda.
Marcos Atelier permanecía sentado frente a la mesa de nogal del despacho, con el rostro pálido como el mármol y los dedos entrelazados alrededor del bolso de mano de su hermana, que el detective García había encontrado al lado de la inmensa mancha de sangre seca de la carretera. La presencia ejecutiva imponente que solía dominar la planta de la fábrica se había desintegrado por completo en un segundo de pura impotencia humana.
A su lado, Brandon ocupaba el sillón de piel con una rigidez de piedra, con la mirada perdida en la nada. En la esquina del sofá, Monique se encontraba completamente rota, llorando sin consuelo con el rostro hundido en el pecho de Sara, quien la estrechaba contra sus músculos firmes con una ternura de lo más dulce, intentando contener los gemidos de puro pánico de una madre que sentía que le habían arrancado el corazón del pecho.
—El primo Alejandro ha movido todas las influencias legales y el detective García ha registrado los terminales de urgencias de cada hospital público y privado de la capital, papá —confesó Marcos con un hilo de voz pastoso, quebrado y de lo más ronco—. Las patrullas judiciales han peinado las salidas de las afueras y los registros de las ambulancias de guardia de las últimas seis horas. El nombre de Lucía no figura en ninguna camilla contable. No está en ningún hospital oficial de esta ciudad.
Monique soltó un grito ahogado de pura desesperación fraternal, aferrándose a la blusa de Sara mientras el llanto le cortaba la respiración de forma alarmante.
—¡No puede ser! ¡Mi pequeña está herida en alguna parte de esa carretera oscura, Brandon! ¡Esa mancha de sangre... Dios mío, esa mancha de sangre era suya! —sollozaba Monique de la forma más desgarradora.
Brandon Atelier apretó los puños con una fuerza tan descomunal que los nudillos le crujieron con un chasquido seco en mitad del silencio del despacho. El poder, el capital internacional y el apellido del clan de los Atelier no servían de nada en mitad de aquella absoluta ceguera legal. Estaban completamente rotos de desespero, atrapados en un laberinto de sombras sin sospechar que el traidor de Gabriel ya navegaba en un barco hacia aguas internacionales con los cien millones del botín, y que Lucia se debatía entre la vida y la muerte en un hospital clandestino perteneciente al jefe de la mafia de la ciudad.