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LAS LINEAS RECTAS DE TU HISTORIA

LAS LINEAS RECTAS DE TU HISTORIA

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Apoyo mutuo / Amor de la infancia / Romance / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Tras la trágica muerte de sus padres, Tom llega destrozado al orfanato de Santa María. Allí encuentra una luz en la pequeña Alesandra. Unidos por la soledad, los niños se vuelven inseparables y sellan una promesa inquebrantable bajo el solsticio: un día se casarán. Sin embargo, las leyes separan sus caminos; él se marcha a los 18 años hacia la capital financiera y ella es adoptada por una familia en España.
Diez años después, Tom regresa convertido en el temido "especialista de los números" de Londres, un multimillonario implacable dispuesto a usar todo su poder para encontrarla. Cuando un peligroso sindicato criminal ataca a la familia de Alie en Madrid, los hilos del destino colisionan. En mitad de un peligro mortal y secretos de sangre, el hombre de piedra arriesgará su imperio para blindar la vida de su única constante. ¿Podrán los lienzos del pasado vencer las sombras del mañana?

NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 9. LOS VIENTOS DEL CAMBIO

Seis meses pasaron desde la marcha de Tom, y el orfanato de Santa María se sentía como un cascarón vacío para Alie. La muchacha, que ahora caminaba firmemente por los catorce años y medio, cumplía con sus rutinas de forma mecánica. Ayudaba a Sor Elena en la biblioteca, limpiaba los pasillos y devoraba cada libro de literatura clásica que caía en sus manos. Sin embargo, su verdadero refugio seguía siendo el viejo desván sobre las caballerizas. Allí, bajo la luz mortecina del tragaluz, Alie se sentaba en la manta descolorida, miraba el viejo reloj de cuero que Tom le había dejado y escribía. La escritura era su único puente con la capital, la única forma de no volverse loca ante la ausencia de los ojos verdes que solían vigilar sus trazos.

Tom cumplía su promesa de escribirle cartas cada mes, pero las estrictas normas de correspondencia del orfanato hacían que la información llegara a cuentagotas y censurada por la dirección. Alie sabía que él trabajaba sin descanso, que su mente superdotada estaba causando asombro en la firma financiera y que cada céntimo que ahorraba era un ladrillo para el futuro de ambos. Pero el destino, enrevesado y caprichoso, tenía guardado un giro de guion que ninguno de los dos pudo prever en sus cálculos numéricos ni en sus ficciones literarias.

A miles de kilómetros de allí, en España, un matrimonio cruzaba una crisis silenciosa pero profunda. Rodolfo y Lourdes eran una pareja acomodada de unos cincuenta años. Él era el director ejecutivo de un respetable periódico local que, aunque empezaba a sufrir los embates de la era digital, seguía siendo un referente de información en su provincia. Lourdes, una mujer de una bondad infinita pero de salud frágil, arrastraba desde hacía décadas el dolor de no haber podido concebir un hijo. Tras años de tratamientos médicos fallidos y la dolorosa certeza de la ausencia de sobrinos o herederos directos, el matrimonio tomó una decisión drástica: adoptar.

Sin embargo, las leyes de adopción en España eran sumamente estrictas con los límites de edad de los solicitantes. Al haber alcanzado los cincuenta, las agencias nacionales les cerraron las puertas para adoptar a un recién nacido. Desesperados pero decididos a no rendirse, Rodolfo y Lourdes acudieron a los programas internacionales de acogida y adopción tardía. Fue así como sus expedientes cruzaron fronteras y llegaron, por recomendación de una ONG internacional, a los archivos del orfanato de Santa María.

En un principio, el deseo de Rodolfo era adoptar a un varón. Pensaba en un heredero para el periódico, un muchacho a quien transmitirle su pasión por las rotativas, el olor a tinta y el rigor de la prensa local. Con esa idea en mente, el matrimonio español aterrizó en el país y se trasladó hasta el convento de Santa María una mañana diáfana de otoño.

Sor Elena los recibió en su despacho con una taza de té caliente y la calidez que la caracterizaba. Tras revisar los perfiles de varios muchachos del pabellón de varones, Rodolfo parecía no conectar del todo con ninguna de las opciones. Fue en ese momento cuando la puerta del despacho se abrió levemente. Alie entraba a dejar una pila de libros restaurados que Sor Elena le había encargado clasificar.

—Disculpe, Madre —dijo Alie en un hilo de voz, percatándose de la presencia de las visitas—. No sabía que estaba ocupada.

Lourdes se giró al escuchar la voz melódica de la muchacha. Cuando sus ojos se encontraron con la mirada azul inmenso de Alie, el tiempo pareció detenerse para la mujer española. Había una dulzura innegable en las facciones de la jovencita, pero también una madurez y una melancolía que traspasaron el corazón de Lourdes de inmediato. No vio a una huérfana común; vio a la hija que la vida le había negado durante veintidós años.

Rodolfo, al notar el impacto en el rostro de su esposa, desvió la vista hacia la muchacha. La inteligencia y la compostura con la que Alie sostenía la pila de libros llamaron su atención de inmediato. Dejó a un lado los expedientes de los niños varones y miró a Sor Elena.

—¿Quién es ella? —preguntó Rodolfo, con un hilo de curiosidad en la voz.

—Se llama Alesandra —respondió la religiosa, con una nota de orgullo y tristeza mezcladas en el pecho—. Llegó aquí siendo una bebé de pocos meses. Es... una niña extraordinaria. Extremadamente lista, le apasiona la literatura y tiene un corazón de oro. Pero ya tiene catorce años y medio. Por lo general, los matrimonios buscan niños más pequeños.

Lourdes se puso en pie, acercándose con suavidad a Alie, quien permanecía inmóvil junto a la puerta, sin comprender del todo la intensidad de la situación.

—Hola, Alesandra —dijo Lourdes, con una sonrisa trémula y los ojos empañados—. Venimos desde España. ¿Te gustaría hablar un momento con nosotros?

Alie miró a Sor Elena, quien le dedicó un asentimiento tranquilizador con la cabeza. La muchacha dejó los libros sobre una mesa auxiliar y se sentó frente al matrimonio español. A lo largo de la siguiente hora, Rodolfo y Lourdes quedaron completamente cautivados. Alie les habló de su amor por las historias de romance y aventuras, de cómo imaginaba mundos enteros a través de sus cuadernos y de su respeto por el trabajo periodístico de Rodolfo. Aunque en su interior el corazón de Alie latía con fuerza por el miedo, su educación y madurez brillaron con luz propia.

Al terminar la entrevista, mientras Alie esperaba fuera del despacho, Lourdes tomó la mano de su esposo con firmeza.

—Sé que buscabas un varón, Rodolfo —dijo su esposa en un susurro cargado de emoción—. Pero esa niña... esa niña es nuestra. Siento en el alma que el destino nos trajo hasta este lugar exacto solo para encontrarla a ella.

Rodolfo contempló a su esposa y vio una chispa de felicidad que hacía años no presenciaba en sus ojos. Él mismo se había sentido profundamente impresionado por la agudeza mental de Alesandra. El hecho de que le gustara escribir la convertía en la candidata perfecta para aprender los secretos de la redacción del periódico.

—De acuerdo, querida —consintió Rodolfo, sonriendo y apretándole la mano—. Será Alesandra. Iniciemos los trámites de inmediato.

Cuando Sor Elena llamó a Alie al despacho para comunicarle la decisión del matrimonio, la muchacha sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Tener una familia, unos padres que la amaran, un hogar estable fuera de los muros grises del orfanato era el sueño de cualquier menor institucionalizado. Sin embargo, saber que esa adopción implicaba cruzar el océano, mudarse a un país lejano como España y cortar de raíz la posibilidad de que Tom la encontrara los domingos en el locutorio, la destrozó por completo por dentro.

Aquella noche, Alie subió al desván por última vez. Se arrodilló sobre la alfombra vieja y lloró en silencio, apretando contra su pecho el reloj de cuero de Tom. El destino la alejaba de su brújula, de su especialista de los números, empujándola hacia un futuro brillante en España, pero dejándole el alma sumida en la incertidumbre de una promesa que la distancia física amenazaba con disolver.

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