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Tras el divorcio, el millonario me eligió a mí

Tras el divorcio, el millonario me eligió a mí

Status: Terminada
Genre:Hijo/a genio / Traiciones y engaños / Casada con el millonario / Amante arrepentido / Venganza de la Esposa / Completas
Popularitas:7.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Durante siete años, Estela Ríos fue la esposa perfecta.
Renunció a una carrera prometedora, cuidó sola de su hijo y hasta quedó marcada por el accidente en el que salvó la vida de Adrián Valadez, su famoso marido. A cambio, recibió indiferencia, desprecio y un arete de perla que cayó del bolsillo de él la noche en que su amor de juventud regresó al país.
Entonces Estela vio el futuro.
Vio su propia muerte. Vio a Adrián casarse con otra mujer. Y vio a su pequeño Mateo crecer abandonado hasta convertirse en un hombre condenado a un final terrible.
Lo que Estela jamás imaginó fue que su hijo de cuatro años también recordaba aquella vida.
Esta vez, ella no permitirá que nadie escriba su destino. Pedirá el divorcio, luchará por la custodia de Mateo y recuperará la carrera que dejó enterrada durante años. Pero mientras intenta comenzar de nuevo, aparece Maximiliano Alarcón: el multimillonario más codiciado del país, un hombre frío ante el mundo y sorprendentemente dulce con ella y con su hijo.
Max conoce sus flores favoritas, recuerda sus pequeños hábitos y siempre aparece cuando más lo necesita. Estela no entiende por qué… hasta que descubre que él lleva quince años amándola en secreto.
Mientras Adrián comprende demasiado tarde a qué mujer dejó escapar, Estela deberá enfrentarse a una verdad aún más peligrosa: el futuro que vio no fue una casualidad, y alguien alteró su destino mucho antes de que ella pudiera elegir.
Una vez entregó su vida al hombre equivocado.
Esta vez, amará únicamente a quien ella decida.

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Capítulo 19

Capítulo 19: La noche después del divorcio

El beso no fue tímido.

Empezó suave, casi con miedo, como quien toca algo que se puede romper. Pero duró apenas un segundo así. Porque en cuanto los labios de Max se posaron sobre los suyos, quince años de silencio se les vinieron encima a los dos al mismo tiempo, y lo que había empezado con cuidado se volvió hondo, hambriento, largo. Estela se aferró a la camisa de él con las dos manos, lo atrajo, y se dejó besar como no la habían besado nunca: como si fuera el centro del mundo, como si él llevara media vida guardando ese beso y por fin pudiera darlo entero.

Cuando se separaron, apenas, para respirar, tenían la frente pegada y el aliento entrecortado. Max le sostenía la cara entre las manos como si temiera que se le fuera a deshacer.

—Estela —dijo, ronco—. Si subo contigo, no voy a querer irme.

Ella lo entendió perfecto. No era una insinuación. Era una advertencia honesta, y una pregunta debajo.

—El niño está con Fer hasta mañana —dijo Estela, con la voz baja y firme, sosteniéndole la mirada. Y luego, porque estaba cansada de vivir a medias, porque por una vez quería algo solo porque lo quería—: No quiero que te vayas.

Max cerró los ojos un instante. Después arrancó el coche.

No la llevó a su departamento. La llevó a un hotel, uno de esos edificios de piedra y luz tibia en el corazón de la ciudad, y a Estela no le importó, porque entendió el gesto: no quería que la primera vez fuera en el cuarto donde ella había llorado el divorcio, entre las cajas a medio desempacar y los papeles. Quería empezar en un lugar sin fantasmas.

La suite estaba en lo alto, con la ciudad entera desplegada tras el ventanal como un mantel de luces. Max cerró la puerta. Y por un momento se quedaron los dos parados, a un metro de distancia, mirándose, con la certeza de lo que iba a pasar temblando en el aire entre ellos.

Fue ella, otra vez, la que cruzó el metro que los separaba.

—Estela. —Max la detuvo con las manos en sus hombros, suave pero firme, buscándole los ojos en la penumbra—. Óyeme. No tenemos que hacer nada. Puedo dormir en el sillón. Puedo llevarte a tu casa ahora mismo. Acabas de salir de siete años horribles y yo no quiero ser una noche de la que te arrepientas mañana. —Tragó saliva—. Si estás aquí porque estás triste, o cansada, o sola, dímelo, y me quedo abrazándote y ya. No necesito nada más que eso.

A Estela se le apretó la garganta. Ningún hombre le había preguntado nunca así, con tanto cuidado, poniéndole la salida en la mano antes de nada.

—No estoy aquí por triste —dijo, y le puso la palma abierta sobre el pecho, sobre el corazón que le latía desbocado bajo la camisa—. Estoy aquí porque te quiero a ti. Porque llevo semanas queriéndote sin atreverme a decirlo. Porque por primera vez en mucho tiempo sé exactamente lo que quiero, y lo que quiero es esto. Contigo. Esta noche. —Le sostuvo la mirada, sin bajarla ni un instante—. ¿Está claro?

Algo se rompió en la cara de Max. Toda la contención de años, toda la paciencia terca del que espera desde la sombra, se le deshizo de golpe.

—Clarísimo —murmuró.

Y entonces sí la besó como quien deja por fin de contenerse.

La besó despacio y hondo, sosteniéndole la nuca con una mano, la cintura con la otra, caminándola hacia atrás sin prisa hasta que la espalda de ella tocó la pared fría del cuarto. Estela le desabotonó la camisa con dedos que temblaban un poco —de nervios y de ganas, no de miedo—, y cuando le apoyó las manos en el pecho desnudo lo sintió estremecerse entero bajo sus palmas, como si el solo hecho de que ella lo tocara fuera demasiado después de tanto tiempo.

—Con calma —le dijo él contra el cuello, y no era una orden sino una súplica, la de un hombre que llevaba quince años esperando y no quería que nada de esto se le fuera rápido—. Tenemos toda la noche. Déjame mirarte.

Y la miró. La fue descubriendo despacio, con las manos y con los ojos, con una reverencia que a Estela le puso los ojos calientes, porque en siete años nadie la había mirado así, como si fuera un milagro y no una costumbre. Cada vez que ella dudaba —por el cuerpo que había cargado un embarazo, por los años, por la cicatriz—, él le apartaba la duda con la boca, besándole el hombro, la clavícula, el brazo entero hasta la marca vieja del antebrazo derecho, esa cicatriz que ella siempre escondía y que él besó despacio, sin preguntar, como si fuera lo más hermoso de todo.

—No —murmuró ella, tapándosela por reflejo—. Esa está fea.

—Esa te salvó la vida a ti para que llegaras hasta aquí —dijo Max, y le retiró la mano con delicadeza y volvió a besarla—. No hay una sola parte de ti que yo no quiera.

Fueron a la cama enredados, y ahí el mundo se les redujo a la piel y al aliento. Estela dejó de pensar. Por primera vez en años dejó, de verdad, de vigilarse, de sostenerse, de aguantar entera para que nada se le notara. Se soltó. Se dejó querer. Y descubrió, con una especie de asombro, que su cuerpo sabía pedir, que podía guiar las manos de él y decirle qué quería y cómo, y que Max escuchaba cada señal como quien lee un idioma que estudió media vida.

Fue lento y fue ardiente a la vez, esa mezcla que solo saben tejer dos adultos que ya no tienen prisa por llegar a ningún lado. Hubo risas bajas cuando algo salió torpe, y silencios largos en que solo se miraban, y momentos en que a ella se le escapó el nombre de él como un suspiro y Max se detuvo apenas para verla a los ojos, para asegurarse, siempre para asegurarse.

—¿Estás bien? —le preguntó más de una vez, con la voz deshecha—. Dime si estás bien.

—Estoy mejor que bien —le respondía ella, atrayéndolo—. No pares.

Y en el punto más alto de todo, con la ciudad brillando muda tras el ventanal y el corazón latiéndole tan fuerte que lo sentía en la garganta, Estela tuvo una revelación tan clara que le cortó el aliento: no había ni rastro de esa oleada. Ninguna fuerza extraña empujándola. Ninguna cadena vieja. Ningún vértigo ajeno que la arrastrara hacia donde ella no quería ir. Con Adrián, en su momento, había sentido una corriente que la jalaba desde afuera, imperiosa, que no le pedía permiso. Con Max no había corriente. Había ella. Nada más que ella, entera, eligiendo, presente en cada centímetro de su propia piel. Por primera vez en su vida su deseo era completamente suyo.

Se quedó llorando un poco después, sin tristeza, con la cara contra el pecho de él, y Max no se asustó ni preguntó tonterías. La abrazó fuerte, le besó el pelo, y esperó.

—Perdón —dijo ella, riéndose entre las lágrimas—. No sé por qué lloro.

—Porque llevabas mucho aguantando sin soltar nada —dijo él, acariciándole la espalda con la palma abierta, despacio—. Suéltalo. Aquí no tienes que aguantar nada.

Más tarde, cuando ella estaba floja y tibia y medio dormida, Max se levantó. Estela lo oyó abrir la llave de la tina en el baño, probar la temperatura del agua con la mano, y volver por ella. La cargó en brazos como si no pesara nada y la metió despacio en el agua caliente, y luego se sentó en el borde de la tina, se arremangó, y con una jarra le fue mojando el pelo y se lo lavó él mismo, con los dedos, sin prisa, masajeándole la cabeza hasta que ella soltó un suspiro largo de puro descanso animal.

—En siete años —murmuró Estela, con los ojos cerrados y la nuca apoyada en el borde— nadie me lavó el pelo.

Max no dijo nada. Solo siguió, con esa concentración callada que le ponía a todo lo que tenía que ver con ella, enjuagándole el jabón para que no le entrara en los ojos, con una ternura que le pesaba más que cualquier palabra.

La secó con una toalla enorme, la envolvió, la llevó de vuelta a la cama, le acercó un vaso de agua a los labios —"toma, tomaste poca agua"— y le secó el pelo con la toalla mechón por mechón, sentado detrás de ella, hasta que Estela se quedó recostada contra su pecho, entera, cuidada, más en paz de lo que recordaba haber estado nunca.

Y sin embargo, en el borde mismo del sueño, una hebra delgada de lucidez le cruzó la calma. Todo esto venía demasiado rápido. Demasiado perfecto. Un hombre que aparecía siempre a la hora exacta, que sabía las flores de su niñez, que le arreglaba locaciones y coches y vidas enteras desde la sombra, que la había querido en silencio quince años. ¿Quién era, de verdad, Maximiliano Alarcón? ¿Qué cargaba ese hombre callado que nunca preguntaba de más porque, quizá, era él quien tenía demasiado que callar?

Pero estaba tibia, y cuidada, y por primera vez en años no le dolía nada, así que dejó la pregunta para después y se durmió contra su pecho.

Despertó con la luz gris del amanecer entrando por el ventanal.

Max dormía a su lado, por fin sin la cara de piedra, con los rasgos aflojados como los de un hombre mucho más joven. Estela se quedó mirándolo, con una sonrisa boba, recorriéndole la línea del hombro con la vista.

Y ahí la vio.

Bajo la clavícula, del lado izquierdo, medio escondida por la sombra: una cicatriz vieja. Larga, marcada, no de una operación limpia sino de algo hecho de golpe, mucho tiempo atrás. Una herida que alguien le había dejado.

A Estela se le borró la sonrisa. Levantó la mano, despacio, y con la yema de un dedo rozó apenas el borde de la marca, sin despertarlo, con el corazón encogiéndosele de una manera que no supo explicar.

—¿Quién te hizo eso? —murmuró, para nadie, en la penumbra del amanecer.

1
Pany Rojas
tiene una Alma vieja.
Blanca Montero Angulo
Éste engendro si que es cínico de verdad. le monto cuernos y la minimizó. Y ahora viene a dársela de dignó 😡😡😡😡😡😡😡😡😡😡
Blanca Montero Angulo
Cuando llamaste a malaya,malaya esta largo 🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔😡😡😡😡😡😡😡😡
Flor María Rivas
Muchas gracias escritora por tan bella historia que trasnochada me di por terminarla ,la verdad tiene un hilo que te engancha no te suelta ,deja una gran enseñanza para todos casadas no casadas a luchar por los sueños que están suspendidos,por cada proyecto que dejamos en pausa . Bendiciones espero seguir encontrando obras tuyas tan majestuosas..
Blanca Montero Angulo
Insisto lo amooooooo. ojalá existiera un hombre así 😍😍😍😍😍😍😍💕💕💕💕💕💕💕
Blanca Montero Angulo
Maldito Adrian Valadez 😡😡😡😡😡😡😡😡😡.
Blanca Montero Angulo
Aaaaahhhgggg la beso 😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍💕💕💕💕💕💕
Blanca Montero Angulo
De por sí ni tomabas en cuenta al bebé. 😡😡😡😡😡😡😡😡😡
Blanca Montero Angulo
😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍💕💕💕💕💕💕💕💕
Blanca Montero Angulo
Que hermoso su hermanito 😭😭😭😭😍😍😍😍😍
Blanca Montero Angulo
Vieja decrépita desgraciada 😡😡😡😡😡😡😡😡
Blanca Montero Angulo
No preguntó, porque lo sabe todo imaginó 😂😂😂😂🤔🤔🤔🤔🤔🤔
Blanca Montero Angulo
Me encanta 💕💕💕💕💕
Blanca Montero Angulo
😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭
Blanca Montero Angulo
Cosito hermoso 😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭. si te tienen que proteger a tí 😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭
Blanca Montero Angulo
😭😭😭😭😭😭😭pobresita. ya yo me hubiera ido
Ivyta🇦🇷💙💛💙
me encanto! muchas gracias!!!
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