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UN TORBELLINO DE DOBLE LÍO

UN TORBELLINO DE DOBLE LÍO

Status: En proceso
Genre:Familia mágica
Popularitas:425
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

Tras la muerte de su esposa en un accidente automovilístico, Tomás Rojas, un padre trabajador de clase media, intenta sacar adelante a su única hija, Emma, de once años.
Su hogar nunca está en silencio.
Está lleno de perros, gatos, gallinas y, sobre todo, un gallo tan inteligente como problemático llamado Pelé, el verdadero cómplice de Emma.
Ninguna niñera soporta más de unos días.
Las travesuras de Emma y sus animales convierten la casa en un desastre constante.
Mientras Tomás trabaja durante largas jornadas para mantener el hogar, Emma esconde una enorme tristeza detrás de cada broma.
Todo cambia cuando llega Lucía, una joven huérfana que acepta ser su nueva niñera.
Lejos de regañarla, comprende el dolor que Emma lleva dentro y le enseña que sanar no significa olvidar.
Mientras tanto, Tomás conoce a Valeria, una mujer viuda con un hijo llamado Mateo, de nueve años.
Mateo y Emma conectan desde el primer instante como si siempre hubieran sido hermanos.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14: La guerra silenciosa de Emma.

Después de la llegada de Valeria y Mateo, la casa de los Rojas empezó a sentirse diferente.

No era un cambio enorme.

No era como esas historias donde de un día para otro todo se vuelve perfecto.

La vida real no funcionaba así.

Había días buenos.

Días difíciles.

Días donde Emma reía con Mateo mientras jugaban con los animales.

Y otros donde veía a Valeria hablando con su padre y sentía una pequeña presión en el pecho.

Porque aunque Emma estaba aprendiendo muchas cosas nuevas, todavía existía una pregunta que aparecía cada noche:

¿Y si mi papá quiere a Valeria más que a mamá?

Era una pregunta que no decía en voz alta.

Porque sabía que sonaba injusta.

Sabía que Valeria no había hecho nada malo.

Sabía que Tomás seguía amando a Mariana.

Pero el corazón de una niña no siempre entiende las explicaciones de los adultos.

A veces solo siente miedo.

Tomás comenzó a salir más seguido con Valeria.

No eran citas exageradas.

No había grandes regalos.

No había promesas.

Simplemente eran dos personas que comenzaban a conocerse.

Caminaban.

Conversaban.

Tomaban un café.

Hablaban de sus hijos.

De sus pérdidas.

De sus vidas antes del dolor.

Y aunque Tomás todavía tenía miedo de volver a amar, algo dentro de él comenzaba a despertar.

Valeria entendía cosas que pocas personas podían entender.

Ella sabía lo que significaba mirar una fotografía de alguien que ya no estaba.

Sabía lo que era escuchar una canción y sentir que el pasado regresaba por unos segundos.

Sabía lo difícil que era explicarle a un hijo que la vida podía continuar aunque alguien importante faltara.

Pero Emma veía todo desde otra perspectiva.

Para ella no era simplemente:

"Papá está conociendo a alguien".

Para ella era:

"Alguien está entrando al lugar donde antes estaba mamá".

Y eso era demasiado.

Una tarde, Emma estaba en su habitación.

Tenía varias hojas sobre la cama.

Lucía entró lentamente.

—¿Qué haces?

Emma rápidamente cubrió los papeles.

—Nada.

Lucía levantó una ceja.

—Emma.

La niña suspiró.

—Estoy pensando.

—Eso puede ser peligroso.

Emma soltó una pequeña sonrisa.

Pero después volvió a ponerse seria.

—Tengo que hacer algo.

Lucía se sentó junto a ella.

—¿Algo bueno?

Emma dudó.

—Depende.

—¿De qué?

—De si funciona.

Lucía miró las hojas.

—¿Puedo ver?

Emma no respondió.

Pero finalmente le entregó una.

Lucía leyó.

Y abrió mucho los ojos.

Era una lista.

Una lista de cosas.

Plan para que Valeria se vaya.

Lucía respiró profundamente.

No porque estuviera enojada.

Sino porque entendía.

Emma no estaba intentando ser mala.

Estaba intentando proteger algo.

—Emma.

—¿Sí?

—¿Quieres que Valeria se vaya?

La niña miró al suelo.

—No sé.

Era la respuesta más sincera.

Lucía continuó:

—Entonces quizás no quieres que ella se vaya.

Emma levantó la mirada.

—¿Entonces qué quiero?

Lucía sonrió suavemente.

—Quieres estar segura de que tu mamá sigue teniendo un lugar.

La niña quedó en silencio.

Porque esa era exactamente la verdad.

Pero aunque Lucía entendía el motivo...

Emma ya había preparado su plan.

Y tenía un aliado.

Pelé.

La reunión secreta ocurrió esa noche.

En el jardín.

Como siempre.

Emma llevaba una pequeña libreta.

Pelé estaba frente a ella.

Max movía la cola.

Las gallinas caminaban sin orden.

Los gatos observaban desde lejos.

—Necesitamos una estrategia.

Pelé levantó la cabeza.

—Quiquiriquí.

Emma asintió.

—Exacto.

Max ladró.

—No, Max.

El perro inclinó la cabeza.

—No podemos atacar.

El animal parecía decepcionado.

Emma continuó:

—Solo necesitamos demostrar que esta casa no está lista para alguien nuevo.

Pelé caminó lentamente.

Como si estuviera pensando.

Emma sonrió.

—Sabía que entenderías.

El primer intento ocurrió al día siguiente.

Valeria llegó con Mateo para pasar la tarde.

Emma decidió empezar con algo sencillo.

La prueba del caos.

Si Valeria no soportaba el caos de la casa, entonces entendería que ese lugar no era para ella.

Primero dejó que Max entrara con las patas llenas de tierra.

Después permitió que las gallinas caminaran libremente.

Finalmente dejó abierta la puerta del cuarto donde Pelé dormía.

Error.

Gran error.

Porque Pelé interpretó eso como una invitación.

Cuando Valeria entró a la sala, vio algo extraño.

El gallo caminaba por el pasillo.

Tomó una pequeña almohada.

La empujó.

Y siguió caminando.

Valeria miró sorprendida.

—¿Eso es normal?

Emma respondió rápidamente:

—No.

Tomás apareció.

—Sí.

Ambas respuestas se escucharon al mismo tiempo.

Valeria comenzó a reír.

Emma esperaba otra reacción.

Esperaba miedo.

Molestia.

Una queja.

Pero Valeria solo dijo:

—Creo que esta casa tiene mucha personalidad.

Emma quedó confundida.

Segundo intento.

La comida.

Emma sabía que Pelé siempre hacía problemas en la cocina.

Así que esperó el momento perfecto.

Valeria estaba preparando una torta con Mateo.

Emma observaba desde la puerta.

Pelé apareció.

Emma le hizo una señal.

El gallo caminó lentamente.

Se acercó.

Tomó una cucharada de harina.

Y salió corriendo.

La cocina quedó llena de polvo blanco.

Tomás entró justo en ese momento.

Se quedó mirando.

Silencio.

Luego miró a Pelé.

—¿Por qué?

El gallo no respondió.

Valeria comenzó a reír.

Mateo también.

Y unos segundos después...

Emma también.

Eso no estaba en el plan.

Emma no debía reír.

Ella debía demostrar que todo era imposible.

Pero estaba ocurriendo algo extraño.

Valeria no estaba intentando cambiar la casa.

No estaba intentando eliminar el caos.

Parecía aceptarlo.

Esa noche Emma estaba confundida.

—No funciona.

Pelé estaba sentado junto a ella.

—Quiquiriquí.

—Lo sé.

La niña suspiró.

—Ella no se enoja.

El gallo inclinó la cabeza.

—Eso es un problema.

Porque Emma había imaginado que Valeria sería una persona que intentaría cambiar todo.

Pero no era así.

Al día siguiente ocurrió algo que cambió un poco las cosas.

Emma estaba buscando un libro en la sala cuando escuchó a Valeria hablando con Tomás.

No estaban hablando de ella.

Hablaban de Mariana.

—A veces siento que nunca voy a ocupar un lugar importante —decía Valeria.

Tomás la miró sorprendido.

—¿Por qué?

Valeria sonrió con tristeza.

—Porque sé que ella fue alguien muy importante para ustedes.

Tomás guardó silencio.

—No quiero que Emma sienta que estoy intentando reemplazar a su mamá.

Emma se quedó escondida detrás de la puerta.

Escuchando.

Valeria continuó:

—Yo también perdí a alguien.

Hizo una pausa.

—Sé lo que significa amar a una persona que ya no está.

Las palabras llegaron hasta Emma.

Porque por primera vez escuchaba algo que nunca había imaginado:

Valeria también tenía miedo.

Esa noche Emma no pudo dormir.

Pensó en todo.

En su mamá.

En su papá.

En Valeria.

En Mateo.

En Lucía.

En Pelé.

Y entendió algo.

Quizás todos estaban intentando encontrar su lugar.

No solo ella.

Pero entonces ocurrió algo inesperado.

Porque justo cuando Emma comenzaba a cambiar de opinión...

Pelé decidió hacer algo por su cuenta.

Algo que nadie esperaba.

Algo que cambiaría completamente la situación.

La mañana siguiente comenzó con un grito.

—¡PELÉ!

Tomás salió corriendo.

Emma también.

Lucía apareció detrás.

Y todos quedaron sorprendidos.

El gallo estaba en la entrada de la casa.

Pero no estaba solo.

Había tomado una decisión.

Había encontrado una manera de unir a todos.

Aunque, como siempre...

Lo había hecho causando un desastre.

Pelé había escapado del patio.

Había recorrido todo el vecindario.

Y había regresado acompañado.

No con otro animal.

No con comida.

Sino con algo inesperado.

Un grupo de niños del barrio lo seguía.

Todos reían.

—¡Ese gallo es increíble!

Tomás se llevó una mano a la cara.

—No puedo creerlo.

Emma miró a Pelé.

—¿Qué hiciste?

El gallo levantó la cabeza orgulloso.

Mateo comenzó a reír.

—Creo que organizó una fiesta.

Y así fue.

Sin querer.

Pelé había convertido una tarde tranquila en una reunión improvisada.

Los niños jugaron.

Los animales estuvieron alrededor.

Tomás y Valeria conversaron.

Emma observó.

Y por primera vez...

No sintió miedo.

Solo observó.

Esa noche, Emma escribió en su cuaderno:

"Hoy pensé que alguien nuevo podía borrar mi familia."

Pausa.

"Pero creo que una familia no desaparece cuando llega alguien más."

Otra línea.

"Tal vez solo crece."

Cerró el cuaderno.

Miró a Pelé.

—Pero no significa que dejarás de hacer problemas.

El gallo respondió:

—Quiquiriquí.

Emma sonrió.

—Eso pensé.

Sin embargo, aunque Emma estaba empezando a aceptar a Valeria, todavía quedaba una prueba importante.

Porque una cosa era permitir que alguien visitara su casa.

Otra muy diferente era aceptar que esa persona pudiera quedarse.

Y pronto llegaría el momento donde Emma tendría que enfrentar la pregunta más difícil:

¿Puede amar a alguien nuevo sin dejar de amar a su mamá?

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