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Amir El Guardián De Los Límites De Al-Jazair

Amir El Guardián De Los Límites De Al-Jazair

Status: En proceso
Genre:Poder equitativo / Pareja destinada
Popularitas:526
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Amir era el tercer hijo de Elena y Zayn, hermano de Karim, Layla y Sara. Y aunque todos lo respetaban, lo admiraban y lo querían como al hombre más noble y leal que existía, él cargaba con una soledad que nadie más podía comprender. Había nacido para proteger. Desde niño, mientras Karim aprendía a sentarse en un trono y dictar leyes, mientras Layla aprendía a blandir la espada y desafiar al mundo, Amir aprendía a vigilar, a esperar, a estar alerta. Se había convertido en el Capitán General de la Guardia Real y el Guardián de los Límites, el hombre que conocía cada sendero, cada bosque, cada escondite y cada peligro en los tres reinos de Al-Jazair, Velarion y Zoraya.

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EL FUEGO CONTENIDO.

Los días siguientes a ese primer encuentro en el Bosque de los Ecos se convirtieron para Amir en una dulce tortura, una espera eterna donde cada segundo se alargaba cargado de deseo, recuerdos y la imagen imborrable de Nalia grabada en su mente. No volvió a verla de inmediato, pero ella estaba en todas partes. Sentía su perfume dulce y embriagador flotando en los pasillos del palacio, veía el brillo de polvo luminoso entre los árboles del jardín, oía el eco de su voz susurrándole promesas al oído cuando estaba solo en sus aposentos. Y cada vez que cerraba los ojos, la veía: su cuerpo esbelto y curvo, la tela fina de su vestido insinuando todo sin mostrar nada, sus labios carnosos entreabiertos, y esos ojos verdes, profundos y burlones, que parecían reírse de su desesperación.

Amir intentaba mantener su rutina, cumplir con su deber como Guardián, vigilar los límites, entrenar a los soldados, pero todo le salía mal. Su mente estaba lejos, siempre en ese claro del bosque, siempre con ella. Y lo peor, lo que más le atormentaba, era ver a su familia, ver cómo el amor y la pasión estallaban por todos lados, recordándole lo que él quería y aún no tenía.

Esa tarde, caminaba distraído por los jardines reales, bajo la sombra de árboles frondosos y entre macizos de flores de todos los colores, cuando escuchó los sonidos que ya conocía bien: respiraciones agitadas, susurros roncos, el crujido suave de la tela al moverse. Se detuvo en seco, detrás de un seto alto de rosas trepadoras, y asomó la cabeza, sabiendo que no debía mirar, pero incapaz de irse, atraído por el fuego que siempre emanaba de esa pareja.

Allí estaban Karim y Amara, escondidos en un rincón apartado, junto a una fuente de agua cristalina. Y otra vez, como tantas otras, se estaban devorando vivos.

El Rey tenía a su esposa pegada contra el muro de piedra, sus cuerpos tan juntos que parecían uno solo. Las manos grandes y ásperas de Karim recorrían sin descanso el cuerpo de ella: una apretaba firmemente su cintura, marcando su piel a través de la fina seda de su vestido, mientras la otra subía y bajaba por su espalda, bajaba hasta sus caderas, apretaba sus nalgas y la levantaba un poco, obligándola a enroscar las piernas alrededor de su cintura. Amara, con la cabeza echada hacia atrás y la boca entreabierta en un gemido constante, tenía las manos enredadas en el cabello oscuro de su esposo, tirando de él con fuerza, mientras él le mordía y besaba con hambre desesperada el cuello, la garganta, el inicio de sus hombros.

Amir pudo ver cómo la túnica de Amara se había deslizado por su hombro, dejando al descubierto su piel blanca y suave, y cómo Karim besaba esa piel, dejando marcas rojas y húmedas, recorriendo con su lengua cada centímetro, bajando hacia el escote donde se adivinaba la forma redonda y firme de sus pech*s.

—Me vuelves loco, Amara —gruñó Karim contra su piel, con la voz rota por el dese*, empujando su cadera contra la de ella, haciéndole sentir la dureza inmensa que llevaba dentro de sus ropas, esa dureza que pedía entrada, que quería romper barreras—. No puedo estar cerca de ti sin querer desnud°rte, sin querer meterte en cualquier rincón y hacerte mía hasta que no puedas ni respirar. Eres una maldición... y eres mi paraíso.

Amara soltó una risa ronca, llena de placer y desafío, y bajó una mano entre los cuerpos de ambos, apretando con fuerza sobre esa dureza que él le ofrecía, haciéndolo arquear la espalda y soltar un gemido ahogado.

—Pues hazlo, mi Rey —le susurró ella al oído, con una voz que era pura seda y fuego—. Tómame aquí, contra esta piedra, donde cualquiera podría encontrarnos. Hazme tuya como la primera vez, sin prisas, pero sin descanso. Porque yo también te necesito. Necesito sentirte llenándome, golpeándome, haciéndome gritar tu nombre hasta que se me rompa la voz. Y no te preocupes... —y le mordió el lóbulo de la oreja con suavidad y crueldad a la vez— ...ya sabes que después de los niños, todo es más amplio, más suave... y mucho más hambriento de ti.

Karim no necesitó más invitación. Con movimientos rápidos y expertos\, levantó la falda larga de ella\, subiéndola hasta su cintura\, dejando al descubierto sus piernas largas y torneadas\, su piel blanca y perfecta\, y la intimidad oscura y húmeda que esperaba por él. Sin quitarse la ropa\, solo desabrochando lo necesario\, liberó su virilidad\, dura\, gruesa y brillante ya con el dese*\, y se col*có entre sus piernas. La miró a los ojos\, viendo la lujuria descarada y ardiente que brillaba en ellos\, y luego\, con un movimiento lento y profundo\, se hundió en ella hasta el fondo\, haciendo que ambos soltaran un gemido largo y desgarrado.

Amir tuvo que apoyarse contra el árbol, sintiendo cómo su propia sangre hervía, cómo su cuerpo reaccionaba de inmediato, poniéndose rígido y doloroso dentro de sus pantalones. Vio cómo su hermano comenzaba a moverse, con un ritmo feroz y constante, entrando y saliendo de esa mujer que era su vida, golpeando contra ella con fuerza, haciéndola subir y bajar, haciéndola arquear la espalda y buscar más, siempre más. Vio cómo Amara se retorcía, cómo sus uñas se clavaban en los hombros de él, cómo sus pech*s se movían libres y desnudos con cada embestida, brillando con el sudor de la pasión. Y escuchó lo que siempre escuchaba: el sonido húmedo y pegajoso de sus cuerpos chocando, los gemidos que no eran de dolor sino de placer infinito, las palabras sucias y ardientes que se decían al oído, prometiéndose amor y placer eterno.

«Así quiero yo», pensó Amir, apretando los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. «Así quiero yo hacerlo con Nalia. Así quiero que ella se retuerza, que me pida, que me tome y me devore».

Se alejó de allí antes de que lo vieran, con la mente llena de imágenes y el cuerpo ardiendo, necesitando desesperadamente una salida, necesitando verla a ella, necesitando que ella le diera alivio o tortura, lo que fuera, pero necesitaba estar cerca de ella. Y como si su deseo mismo la hubiera llamado, al dar la vuelta a un sendero de sauces llorones, la vio.

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Michel Yandi
está muy buena la historia 👏
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