Antonia Valentini es una talentosa actriz de teatro que ha conquistado al público con su impecable interpretación de cada personaje. Su belleza, dulzura y noble corazón la convierten en una mujer admirada por todos los que la conocen. Lejos del brillo de los escenarios, dedica su vida a cuidar de su madre enferma y a apoyar a su hermano menor, Lorenzo Valentini, quien cursa su último año de instituto. El salario que recibe apenas alcanza para cubrir los medicamentos de su madre y los estudios de Lorenzo, pero jamás se ha rendido.
Su tranquila existencia cambia por completo cuando Aaron De Santis, el frío e implacable CEO de una de las corporaciones más poderosas del país, se convierte en el nuevo patrocinador del teatro donde ella trabaja.
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Capitulo 5
Antonia apenas logró cruzar la puerta del despacho antes de girarse bruscamente, con los puños cerrados y el rostro encendido por la rabia que le quemaba las venas.
—¡Le digo que no! —exclamó con voz firme, aunque le temblaban las manos—. ¡No acepto su trato! ¡Prefiero luchar con mis propias manos hasta que me quede sin fuerzas antes que venderme a usted!
Aarón no se inmutó. Se quedó quieto, con la mirada fija en ella, fría y afilada como una navaja, y alzó apenas la voz, cortante y tajante:
—¿Y qué crees que vas a hacer, Antonia? ¿Salir a la calle a pedir limosna? ¿Robar? ¿O esperar a que la muerte venga a buscar a tu madre mientras tú te llenas la boca de dignidad?
—¡Buscaré otro trabajo! ¡Hablaré con más gente! ¡Cualquier cosa antes que ser su juguete! —replicó ella, con lágrimas de impotencia brotando en sus ojos.
Él dio un paso hacia ella, y su sola presencia pareció llenar toda la habitación, asfixiándola.
—Escúchame bien, porque no me gustaría repetirlo —dijo, marcando cada sílaba con crueldad—. Yo soy dueño de los contratos de este teatro. Con una sola llamada, ordeno que te echen hoy mismo, y que ningún otro escenario de la ciudad te abra sus puertas jamás. ¿Entiendes? Nadie te contratará. Nadie se atreverá.
Antonia abrió la boca para responder, pero él no le dio tiempo:
—Y de tu hermano… —continuó con frialdad absoluta—. Conozco al director de su instituto. Mañana mismo le comunico que Lorenzo queda expulsado por “conducta inadecuada”, y me aseguro de que no lo admitan en ningún otro centro educativo del país. Su futuro se acaba hoy, si tú dices que no.
—¡No se atrevería! —gritó ella, con el corazón desgarrándosele.
—¿Ah no? —Aarón arqueó una ceja, con una sonrisa helada—. Y respecto a tu madre… tengo socios en todas las clínicas y hospitales importantes. Si tú rechazas mi ayuda, nadie le dará ni una pastilla. Nadie la recibirá. Ni siquiera en el centro más humilde de las afueras. Tienen miedo de mí, Antonia. Mucho miedo. ¿Crees que alguien se atrevería a desafiarme por ti?
El silencio cayó sobre ellos como una losa pesada. Antonia sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. Miró a ese hombre imponente, dueño de todo, capaz de destruirlos con un soplido, y comprendió de golpe la terrible verdad: no tenía escapatoria. Ninguna.
—Es… es una vileza —susurró ella, con la voz rota—. Usted no me ayuda, me amenaza. Me obliga a elegir entre mi libertad y los que amo.
—Yo solo te muestro la realidad —respondió él, sin un ápice de remordimiento—. Tú no tienes poder, yo sí. Y ahora dime: ¿sigues diciendo que no… o empiezas a entender que ya no eres dueña de tus decisiones?
Antonia retrocedió hasta chocar contra la pared, sollozando en silencio, sintiendo cómo los hilos invisibles se ceñían a su cuerpo, atándola sin posibilidad de liberarse. Por primera vez, supo que había caído en una trampa de la que nadie podría sacarla.
Antonia apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se clavaron en la palma de sus manos, intentando contener el temblor que recorría todo su cuerpo. Lo miró con ojos llenos de rabia y desesperación, buscando aunque fuera un rastro de humanidad en aquel rostro de piedra.
—¿Cómo puede ser tan cruel? —le gritó, con la voz quebrada por el llanto—. ¿Cree que por tener dinero tiene derecho a destrozar tres vidas solo porque se le antoja? ¡Mi hermano no tiene culpa de nada! ¡Mi madre tampoco! ¿Por qué debe pagar ella por sus caprichos?
Aarón no se inmutó. Se limitó a observarla con esa indiferencia que dolía más que cualquier golpe, y se apoyó lentamente en el borde de su escritorio, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Tus quejas no me impresionan, Antonia. En este mundo, los débiles pagan el precio de su debilidad, y los fuertes tomamos lo que queremos. Tú tienes algo que yo deseo. Yo tengo lo que tú necesitas. Es un intercambio justo.
—¡No es justo! ¡Es una extorsión! —estalló ella, dando un paso hacia él sin darse cuenta—. ¡Usted me está apuntando con una pistola al pecho y me pide que le sonría!
—Yo no te pido que me sonrías —replicó él con frialdad, bajando la voz hasta volverla un susurro que heló la sangre de la joven—. Te pido que obedezcas. Y te recuerdo que esa pistola la estás sosteniendo tú misma contra la sien de tu madre. Porque si sales de aquí diciendo que no… tú serás quien la mate. No yo.
Esas palabras cayeron sobre ella como un balde de agua helada. Antonia dio un paso atrás, llevándose las manos al rostro, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones.
—Eso… eso es mentira —balbuceó, aunque en el fondo sabía que decía la verdad—. Yo buscaré ayuda en otro lado. Iré a las autoridades, hablaré con periodistas… ¡Alguien tendrá corazón para ayudarnos!
Una risa baja y burlona escapó de los labios de Aarón.
—¿Las autoridades? ¿Crees que alguno de ellos se atrevería a enfrentarme por una simple actriz sin respaldo? —negó lentamente, sacudiendo la cabeza—. Te lo ruego, Antonia, no seas tan ingenua. Conozco a todos los que tienen poder en esta ciudad. Compro sus silencios desde hace años. Si vas a gritar mis verdades a los cuatro vientos, te aseguro que nadie te escuchará. Y lo peor… es que antes de que pudieras terminar tu historia, ya habrían echado a tu madre a la calle.
Antonia sintió que las piernas le fallaban y tuvo que apoyarse en el respaldo de la silla para no caer. Miró la puerta, su única vía de escape, pero ahora le pareció más un abismo que una salida.
—¿No hay ninguna forma? —preguntó entonces, con un hilo de voz, bajando la guardia por completo—. ¿Ningún precio que no sea yo misma? Le pagaré el doble, el triple, trabajaré para usted toda mi vida sin descanso… pero no me pida esto. No me pida dejar de ser quien soy.
Aarón se levantó lentamente y caminó hacia ella, deteniéndose tan cerca que ella pudo sentir el calor que emanaba su cuerpo, aunque su mirada seguía siendo glacial.
—Precisamente eso es lo que quiero —le dijo, tomándola del mentón con dos dedos, obligándola a mirarlo a los ojos—. Quiero que dejes de ser quien eres para convertirte en lo que yo quiera que seas. Tu vida me pertenece desde el momento en que aceptaste que yo salve a tu familia. ¿Lo entiendes ya? No tienes escapatoria. No hay nadie que venga a salvarte. Solo yo.
Antonia cerró los ojos con fuerza, dejando caer las lágrimas que ya no podía contener. Comprendió entonces, con un dolor agudo que le atravesó el pecho, que no estaba ante un hombre, sino ante un muro impasible. Que su libertad, su orgullo, su propia identidad… todo pesaba menos que la vida de quienes amaba. Y que Aarón De Santis acababa de atar los hilos alrededor de su cuello, y ya jamás soltaría.
—¿Qué… qué debo hacer? —susurró finalmente, derrotada, abriendo los ojos para encontrarse con la victoria absoluta reflejada en la mirada del magnate.
Él soltó su mentón lentamente, como si ya la diera por suya.
—Ve a casa. Piensa bien lo que haces. Pero recuerda: el reloj ya empezó a correr. Mañana espero tu respuesta definitiva. Y espero que seas lo suficientemente sabia para no condenarlos a todos.
Antonia dio media vuelta y salió de allí sin decir una palabra, sintiendo que el alma se le quedaba atrapada entre aquellas cuatro paredes oscuras.