Luego de descubrir una cruel traición y caer en un profundo coma en su mundo, transmigró al cuerpo de una sirvienta en el reino del Rey Lycan.
Ella sólo quiere entender como ha llegado a ese lugar, y él no está dispuesto a dejarla ir.
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Capítulo 5
Alana se pegó contra la piedra fría de la columna, con las palmas de las manos sudorosas y el corazón latiéndole desbocado a la altura de la garganta. La mirada de aquel hombre no era la de un ser humano común; en sus ojos había algo salvaje, calculador y primario que parecía traspasar la penumbra y desnudar su alma por completo.
El Rey Alfa dio un paso en dirección al balcón, ignorando a los nobles y guerreros que mantenían la cabeza inclinada a su paso. El aire en el Gran Salón se volvió sofocante, cargado de una tensión invisible pero palpable que erizó el vello de todos los presentes. Un aroma penetrante a roble seco, tormenta y fuego envolvió la estancia, eclipsando cualquier otro olor.
—¿Majestad? —se atrevió a interrumpir uno de sus comandantes, un hombre de cicatriz profunda en la mejilla que dio un paso al frente con una mano apoyada en la empuñadura de su espada—. ¿Ocurre algo?
El Rey Alfa no respondió de inmediato. Sus ojos azules se fijaron en la sombra proyectada tras la columna donde se ocultaba Alana. Inspiró hondo una vez más, como si rastreara un perfume extraño, ajeno a ese mundo, una fragancia dulce y humana que desentonaba entre el olor a sangre, hierro y pino de su castillo.
—Hay una presencia extraña en este lugar —dijo el Rey con una voz grave, profunda y rasposa que retumbó en las paredes de piedra, haciendo que varios sirvientes se estremecieran.
—Hemos reforzado la guardia en todo el perímetro del bosque tras la cumbre —se apresuró a responder el comandante—. Nadie ha cruzado el límite sin autorización.
El Alfa apretó la mandíbula, y por un milisegundo, sus ojos azules destellaron con un brillo dorado intenso, revelando a la bestia que habitaba bajo su piel.
—Traigan a los nuevos sirvientes al centro del salón. Ahora.
Alana sintió un trago amargo en la garganta. Antes de que pudiera intentar retroceder por el pasillo a oscuras, una mano rígida la tomó fuertemente del hombro por la espalda. Era la ama de llaves, que la miraba con los ojos desorbitados por el pánico.
—Ni se te ocurra moverte —le siseó la mujer entre dientes, empujándola sin piedad hacia las escaleras que bajaban al salón principal—. Al Rey no se le hace esperar. Camina si aprecias tu vida.
Alana tropezó con los faldones de su pesado vestido negro, obligada a bajar los peldaños de piedra frente a la mirada atenta de decenas de guerreros e integrantes de la manada. Junto a ella, un grupo de cuatro sirvientes más formó una línea temblorosa en el centro del recinto.
El Rey Alfa caminó despacio hacia ellos. Cada uno de sus pasos resonaba con la fuerza de un veredicto sobre las losas del suelo. Se detuvo a escasos metros de la fila y comenzó a pasarte revista a cada uno, apenas dedicándoles un segundo antes de avanzar al siguiente.
Hasta que llegó frente a Alana.
El contraste era brutal. Ella, vestida con la burda camisa blanca y el vestido de sirvienta, se sentía diminuta ante la envergadura del Alfa. Él se inclinó levemente hacia adelante, reduciendo la distancia entre sus rostros. Alana contuvo el aliento, incapaz de apartar la vista de esos ojos helados que la examinaban con una intensidad abrasadora.
El Alfa entreabrió los labios y susurró una sola palabra que hizo estremecer los cimientos del castillo:
—Tú...
—¿De dónde eres? —dijo el Rey Alfa con frialdad, con la voz rasposa cargada de un desprecio evidente—. Tu olor es diferente... demasiado dulce, repugnante.
El aroma de Alana, limpio y ajeno a las marcas de las manadas de ese mundo, chocaba contra el instinto del Alfa. Los guerreros alrededor comenzaron a murmurar, apretando las empuñaduras de sus armas al notar la incomodidad de su líder.
Alana miró a su alrededor a toda prisa. Las miradas amenazantes y el ambiente hostil le dejaron claro que decir la verdad —que venía de otro mundo y que estaba en coma en un hospital— solo lograría que la juzgaran por loca o por espía. Tenía que inventarse algo creíble y rápido, adaptado a la estética y dureza de ese lugar.
Tragó saliva, intentando que la voz no le temblara, y clavó la vista en el suelo con falsa sumisión.
—Vengo... vengo de tierras muy lejanas, mi Lord —mintió Alana, apretando las manos contra la tela de su delantal—. Vengo de una familia humilde de campesinos. Mis padres murieron hace poco por la fiebre y no me quedó nadie... Solo buscaba trabajo para no morir de hambre en el camino.
El Alfa la escuchó sin hacer un solo gesto. Su rostro permaneció impasible como una máscara de piedra, y sus ojos azules ni siquiera parpadearon mientras la examinaba, analizando cada matiz de su voz en busca de una mentira.
Sin responderle a ella ni apartarle la mirada, el Rey alzó la mano y dio una orden seca a sus guardias:
—Llévenlos abajo al foso de los lobos. Hagan la prueba a los sirvientes; quiero ver cómo reaccionan mis lobos ante estos humanos.
Alana abrió los ojos de par en par, aterrada. *¿Foso? ¿Lobos? ¿Qué clase de prueba era esa?*
Los guardias avanzaron de inmediato y la tomaron del brazo sin contemplaciones, junto al resto de los sirvientes recién llegados, que comenzaron a sollozar de pánico. La prueba de lealtad e instinto estaba a punto de empezar, y Alana no tenía idea de cómo sobrevivir a criaturas que ni siquiera comprendía.