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Turquesa Eterno: Memorias De Un Amor En Varadero.

Turquesa Eterno: Memorias De Un Amor En Varadero.

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor eterno
Popularitas:386
Nilai: 5
nombre de autor: piscis 1

Romance en Playa Varadero ( Cuba)

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La Habana.

El viaje a La Habana comenzó al amanecer, con el sol despuntando apenas sobre el horizonte mientras Marina y Álix subían al viejo Ford de Antonio. El abuelo había insistido en prestarles el coche, a pesar de los más de ciento cuarenta kilómetros que separaban Varadero de la capital.

—Ese cacharro necesita que lo saquen a pasear de vez en cuando —había dicho, entregándole las llaves a Marina con un guiño—. Y vosotros dos necesitáis tiempo a solas, sin trabajo ni arrecifes ni científicos entrometidos.

—Abuelo, vamos a la embajada, no de luna de miel.

—Lo uno no quita lo otro. La Habana es la ciudad más romántica del mundo. Ya lo verás.

El trayecto por la Vía Blanca transcurrió entre paisajes de campos de caña de azúcar y pequeños pueblos que parecían detenidos en el tiempo. Marina conducía con una mano en el volante y la otra entrelazada con la de Álix, canturreando viejas canciones de Silvio Rodríguez que él no conocía pero que empezaba a aprender de memoria.

—¿Qué voy a encontrarme en la embajada? —preguntó Álix, rompiendo el silencio musical.

—No lo sé. Pero sea lo que sea, lo enfrentaremos.

—¿Y si no puedo quedarme? ¿Y si me deniegan el visado?

Marina guardó silencio durante un momento. Sus ojos turquesa, fijos en la carretera, reflejaban una determinación tranquila.

—Entonces nos iremos a otro sitio. O volveremos a intentarlo. O montaremos un centro de conservación en Francia. No lo sé, Álix. Lo que sí sé es que no voy a perderte. Ya he vivido sin ti tres meses. No quiero volver a hacerlo.

Él le apretó la mano, agradecido. No necesitaba más.

Llegaron a La Habana a media mañana, cuando el sol ya calentaba con fuerza y las calles del Malecón empezaban a llenarse de vendedores ambulantes, músicos callejeros y enamorados que paseaban cogidos de la mano. La ciudad era un torbellino de colores, olores y sonidos: fachadas coloniales desconchadas pero hermosas, el aroma del café y del tabaco mezclándose en el aire, el son lejano de un tres cubano que alguien tocaba en un balcón.

—Es... abrumadora —dijo Álix, contemplando el espectáculo desde la ventanilla.

—Es La Habana —respondió Marina, con orgullo—. La ciudad más caótica y más bella del mundo.

La embajada de Francia estaba ubicada en un edificio moderno del barrio de Miramar, lejos del bullicio del centro histórico. Era una construcción funcional, de líneas rectas y cristales oscuros, que contrastaba con la arquitectura colonial del resto de la ciudad. En la entrada, dos guardias de seguridad revisaron sus documentos y les indicaron que esperaran en una sala de recepción decorada con fotografías de paisajes franceses.

—Qué irónico —murmuró Álix—. Fotografías de Francia en la embajada de Francia. Como si quisieran recordarnos lo que nos estamos perdiendo.

—¿Y tú te lo estás perdiendo? —preguntó Marina, con un deje de inseguridad.

—Yo no. Yo lo gané todo cuando te encontré a ti.

Pasaron más de una hora en la sala de espera, sentados en incómodas sillas de plástico, hojeando revistas atrasadas y sintiendo cómo la ansiedad crecía por momentos. Finalmente, una funcionaria de mediana edad, con el cabello recogido en un moño tirante y gafas de lectura colgadas al cuello, los llamó a su despacho.

—Señor Álix, siéntese, por favor. Y usted también, señorita...

—Marina. Marina González. Soy su pareja.

La funcionaria, que se presentó como Madame Dubois, los observó con una expresión neutra, casi indiferente, mientras abría una carpeta que contenía el expediente de Álix.

—Bien. He revisado su caso, señor Álix. El problema es el siguiente: su solicitud de residencia temporal fue aprobada inicialmente, pero hemos recibido una notificación desde París que cuestiona la validez de su contrato con el programa Vínculos Marinos.

—¿Quién ha enviado esa notificación?

—Esa información es confidencial. Pero puedo decirle que proviene de una institución académica con la que usted estuvo vinculado en el pasado.

Álix sintió un escalofrío. La Sorbona. Alguien en la Sorbona, o cercano a ella, había movido los hilos para obstaculizar su visado. Y solo conocía a una persona con los contactos suficientes para hacerlo.

—Madame Dubois, mi contrato es completamente legal. Tengo todos los documentos que lo avalan. La Universidad de La Habana, el Ministerio de Educación Superior de Cuba, el propio programa Vínculos Marinos. Todo está en regla.

—Lo sé. Y precisamente por eso su caso sigue abierto y no ha sido denegado. Pero necesitamos que la institución que presentó la objeción retire formalmente su queja. De lo contrario, el proceso podría prolongarse meses, incluso años.

—Eso no es justo —intervino Marina, con una vehemencia que sorprendió incluso a Álix—. Usted no puede retener el visado de una persona por una queja anónima sin fundamento.

—No es anónima, señorita. Y no carece de fundamento. Aunque debo admitir que los argumentos presentados son... endebles. Pero mientras el proceso siga abierto, el señor Álix no puede permanecer en Cuba. Deberá regresar a Francia y esperar allí la resolución definitiva.

La palabra "regresar" cayó entre ellos como una losa. Regresar. Volver a París. Separarse otra vez.

—¿Cuánto tiempo tengo? —preguntó Álix, con la voz ronca.

—Su visado actual expira en treinta días. Si para entonces no se ha resuelto la objeción, deberá abandonar el país.

Treinta días. Apenas un mes.

Salieron de la embajada con el corazón encogido y la sensación de haber recibido un golpe bajo. El sol del mediodía, implacable, contrastaba con la oscuridad que se había instalado en sus almas.

—Treinta días —repitió Marina, como si no acabara de creérselo.

—Treinta días. Pero no voy a irme, Marina. Encontraremos la manera.

—¿Y si no la encontramos?

—La encontraremos. Te lo prometo.

Pero ni siquiera él estaba convencido del todo.

 

Aquella tarde, decidieron quedarse en La Habana. La embajada les había dado cita para una segunda reunión al día siguiente, y no tenía sentido volver a Varadero para regresar a la mañana siguiente. Buscaron un alojamiento en el casco histórico, una pequeña casa de huéspedes regentada por una anciana llamada Celia que les alquiló una habitación con vistas a la Plaza Vieja.

—Es una habitación preciosa —dijo Marina, asomándose al balcón—. Lástima que no estemos de humor para disfrutarla.

—Quizás deberíamos estarlo.

—¿Cómo?

—Mira, Marina. Llevamos semanas luchando contra esto. Mi madre, Camille, la editorial, el visado. Todo son problemas, obstáculos, malas noticias. Pero hoy estamos en La Habana. Tú y yo. Juntos. Y mañana volveremos a la embajada y seguiremos luchando. Pero esta noche... esta noche solo quiero estar contigo.

Marina lo miró con esos ojos turquesa que a él tanto lo cautivaban, y por primera vez en todo el día, una sonrisa auténtica se dibujó en su rostro.

—Tienes razón. Vamos a salir. A pasear. A olvidarnos del mundo por unas horas.

Salieron a las calles de La Habana Vieja cuando el sol empezaba a declinar, tiñendo las fachadas coloniales de tonos dorados y anaranjados. Pasearon por la calle Obispo, esquivando a los turistas que se agolpaban frente a los bares y las galerías de arte. Visitaron la Catedral de San Cristóbal, con sus dos torres desiguales y su piedra coralina carcomida por los siglos. Se asomaron al Malecón y contemplaron el mar, ese mar que los había unido y que ahora parecía observarlos con la paciencia de un viejo amigo.

—Mi abuelo siempre dice que el mar lo cura todo —comentó Marina, apoyada en el pretil del Malecón.

—¿Tú lo crees?

—Sí. El mar me curó a mí cuando perdí a mi padre. Me dio un propósito, una razón para seguir viviendo. Y luego me trajo a ti.

—¿Qué le pedirías ahora al mar? Si pudieras pedirle un deseo.

—Que nos deje estar juntos. Sin obstáculos, sin burocracia, sin familias entrometidas. Solo tú y yo, en nuestra playa secreta, para siempre.

Álix la abrazó por detrás, rodeándole la cintura con sus brazos y apoyando la barbilla en su hombro. El sol se ponía lentamente sobre el horizonte, y el cielo se llenaba de tonos rosas y violetas que se reflejaban en el agua como una acuarela líquida.

—Lo conseguiremos —susurró él—. No sé cómo, pero lo conseguiremos.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

 

Cenaron en un pequeño paladar escondido en una callejuela de La Habana Vieja, un lugar que solo los locales conocían y que Marina había frecuentado durante sus años universitarios. El dueño, un mulato corpulento llamado Lázaro, los recibió con un abrazo y les preparó un banquete de ropa vieja, arroz congrí y plátanos maduros fritos.

—Hacía años que no venías por aquí, muchacha —dijo Lázaro, sirviéndoles dos mojitos bien cargados—. Y mira, ahora vuelves con un francés. Quién lo diría.

—La vida da muchas vueltas, Lázaro.

—Y las que le quedan. Pero me alegro de verte feliz. Se te nota en la cara.

Después de la cena, paseando por la Plaza de Armas, se encontraron con un grupo de músicos que tocaban boleros bajo la luz de un farol. Sin pensarlo, Marina arrastró a Álix al centro de la plaza y se puso a bailar con él, un baile lento y sensual que atrajo las miradas de los transeúntes.

—No sé bailar boleros —protestó él, torpe y avergonzado.

—Pues vas a aprender. Porque en Cuba, el que no baila boleros no conquista a la mujer.

—Pero si ya te he conquistado.

—Pues para mantenerme conquistada. ¿O crees que esto es fácil?

Bailaron durante tres canciones, olvidándose del mundo, de la embajada, de los treinta días. Solo existían ellos dos, sus cuerpos entrelazados, sus miradas cómplices, sus corazones latiendo al unísono.

—Te quiero, Marina —dijo Álix, besándole la frente.

—Te quiero, Álix.

Aquella noche, en la habitación de la casa de huéspedes, hicieron el amor con la ventana abierta, dejando que la brisa marina y el sonido lejano de los músicos callejeros invadieran la estancia. No fue un encuentro apresurado ni desesperado, como a veces ocurría cuando el miedo a la separación los atenazaba. Fue un encuentro lento, profundo, lleno de significado. Cada caricia era un "me quedo". Cada beso, un "no me voy". Cada suspiro, una promesa de futuro.

Después, tumbados entre las sábanas revueltas, con el ventilador del techo girando perezosamente sobre sus cabezas, Marina apoyó la cabeza en el pecho de Álix y escuchó los latidos de su corazón.

—Mañana tenemos la segunda reunión en la embajada —dijo, con un hilo de voz.

—Lo sé.

—¿Tienes miedo?

—Un poco. Pero también tengo esperanza. Porque algo me dice que esto va a salir bien.

—A mí también. Pero es un presentimiento raro. Como si...

—¿Como si qué?

—Como si el mar estuviera de nuestro lado.

Álix sonrió en la oscuridad, acariciando el cabello de Marina.

—Tu abuelo diría que Yemayá nos está protegiendo.

—Mi abuelo siempre tiene razón.

Se durmieron abrazados, envueltos en el calor de La Habana y en la certeza de que, pasara lo que pasara al día siguiente, su amor era más fuerte que cualquier obstáculo. Más fuerte que la distancia, que la burocracia, que las familias desaprobadoras. Más fuerte, incluso, que el miedo.

Porque el amor, cuando es verdadero, siempre encuentra su camino.

 

A la mañana siguiente, se presentaron en la embajada con energías renovadas. La noche anterior les había servido para recargar las pilas, para recordar por qué luchaban, para reafirmar su compromiso mutuo. Madame Dubois los recibió con la misma expresión neutra del día anterior, pero esta vez, había algo diferente en su actitud. Algo que Álix no supo identificar hasta que ella habló.

—Señor Álix, tengo buenas noticias.

El corazón de Álix dio un vuelco. Marina le apretó la mano con fuerza.

—Hemos recibido una notificación esta mañana. La institución que presentó la objeción ha retirado su queja. Aparentemente, se trató de un error administrativo. Su visado ha sido aprobado definitivamente.

El silencio que siguió a aquellas palabras fue tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Luego, Marina soltó un grito de alegría y se abrazó a Álix con tanta fuerza que casi lo tira al suelo.

—¡Lo hemos conseguido! ¡Lo hemos conseguido!

—Lo hemos conseguido —repitió él, incrédulo, con lágrimas asomándole a los ojos.

—Felicidades, señor Álix —dijo Madame Dubois, esbozando por primera vez una sonrisa—. Puede permanecer en Cuba legalmente durante los próximos dos años. Después, ya veremos.

Salieron de la embajada flotando, abrazados, riendo como niños. La Habana, que el día anterior les había parecido amenazante y hostil, se les antojaba ahora un paraíso luminoso lleno de posibilidades.

—Dos años —dijo Marina, eufórica—. Dos años enteros.

—Y después, más. Porque pienso quedarme para siempre.

—¿Para siempre? ¿Estás seguro?

—Nunca he estado más seguro de nada en mi vida.

Caminaron por el Malecón, con el mar turquesa brillando a su izquierda y la ciudad despertando a su derecha. Se besaron bajo el sol del mediodía, sin importarles las miradas curiosas de los transeúntes, y sellaron con aquel beso la promesa de un futuro juntos.

—Tenemos que celebrarlo —dijo Marina—. Como es debido.

—¿Qué propones?

—Conozco un lugar. Un sitio especial, cerca de aquí. Pero es una sorpresa.

—Me encantan las sorpresas.

—Pues sígueme, francés. Que esto no ha hecho más que empezar.

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Norys Alvarez Alfonso
❤️❤️❤️
Norys Alvarez Alfonso
Bravo 👌
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