Irina Vólkov es la vergüenza de su familia. Omega sin loba, gorda y relegada a fregar platos mientras su hermana gemela Astrid brilla como la bendecida por la diosa luna. La noche de su cumpleaños 18, su padre la anuncia como ofrenda al Rey Theron Blackmoor — un alfa maldito del que nadie habla sin bajar la voz.
Lo que nadie sabe es que antes de esa noche, en un lago escondido entre las montañas, una bestia enorme la encontró desnuda bajo la luna. No la atacó. Solo la miró. Como si la estuviera esperando.
Ahora Irina está encerrada en un castillo oscuro con un rey que la desprecia de día y una bestia que duerme a sus pies de noche. Con una ceremonia que puede unirla a él para siempre — o matarla si la diosa luna decide que no es suficiente. Con una hermana dispuesta a todo por quitarle lo que tiene. Y con una loba despertando dentro de ella que le susurra lo que Irina se niega a aceptar:
Que la bestia la eligió primero.
NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 21 Fuego lento
El entrenamiento se volvió un problema.
No porque Irina no estuviera mejorando, que lo estaba. Kira era más rápida cada día, más fuerte, más coordinada. Las sesiones con Theron en el patio trasero del castillo la estaban convirtiendo en algo que nadie habría esperado de una omega que hace un mes no podía transformarse sin llorar de dolor.
El problema era otro.
El problema era que Theron le enseñaba a pelear cuerpo a cuerpo y eso implicaba contacto. Mucho contacto. Sus manos en sus hombros corrigiéndole la postura. Su pecho contra su espalda mostrándole cómo anclar el peso. Sus brazos alrededor de ella cuando la tumbaba y se quedaba un segundo de más antes de soltarla.
Un segundo de más que cada día se estiraba un poco.
—Estás distraída —dijo Theron después de tumbarla por tercera vez consecutiva.
Irina estaba de espaldas en el suelo con él encima, sujetándole las muñecas contra la tierra, con la cara a centímetros y la respiración pesada de los dos mezclándose en el espacio entre sus bocas.
—¿Cómo no voy a estar distraída si me tienes clavada al piso con todo tu peso encima?
—En una pelea real no puedes distraerte.
—En una pelea real no tendría al oponente mirándome los labios.
Theron bajó la vista. Efectivamente, le estaba mirando los labios. Soltó sus muñecas como si quemaran y se levantó de golpe.
—Otra vez —dijo, dándole la espalda para recomponerse.
Irina se quedó en el suelo un momento, mirando el cielo, sintiendo el calor de la tierra donde él había estado y el latido desbocado que no tenía nada que ver con el ejercicio.
Kira, esto es insoportable.
Lo sé. La bestia también lo siente. De noche me lo dice: que el hombre está volviéndose loco. Que cada vez le cuesta más controlarse. Que quiere...
No termines esa frase.
Solo digo que los dos están ardiendo y ninguno se atreve a encender el fósforo.
Se levantó. Se sacudió la tierra. Siguieron entrenando.
La siguiente hora fue una tortura disfrazada de clase. Theron le enseñó a esquivar ataques laterales, lo cual requería que él la embistiera y ella girara en el último segundo. Pero cada embestida terminaba con los dos demasiado cerca, respirando demasiado fuerte, con los ojos clavados en lugares que no tenían nada que ver con técnica de combate.
En un momento, Irina giró mal. O giró bien pero Theron no frenó a tiempo. Chocaron. Él la agarró de la cintura para que no cayera y ella le puso las manos en el pecho por instinto y se quedaron así, de pie, pegados, con las manos de él en su cintura y las de ella sobre su corazón desbocado.
—Esto no es entrenar —dijo Irina con la voz ronca.
—No.
—¿Qué es entonces?
—Un problema —dijo Theron, mirándola con esos ojos que ya no eran fríos ni indiferentes sino algo que derretía.
—¿Yo soy un problema?
—Eres el peor problema que he tenido. Peor que la maldición, peor que las brujas, peor que todo, porque a la maldición puedo odiarla y a ti no puedo.
—Qué romántico. Debería estar en una tarjeta de felicitación.
—Irina.
—¿Qué?
No respondió con palabras. Le apretó la cintura, la acercó, y la besó con una urgencia que no tenía nada que ver con los besos lentos de la mañana anterior. Este era hambre. Puro, sin filtro, sin la contención que mantenía durante el día como un dique a punto de reventar.
Irina le devolvió el beso con la misma intensidad. Le agarró la camisa con los puños y tiró de él hacia abajo mientras se ponía de puntillas porque maldita sea el hombre medía metro noventa y ella tenía que escalar para llegar a su boca.
Sus manos bajaron de su cintura a sus caderas. Las apretó. Irina sintió un sonido salirle de la garganta que no sabía que podía hacer y que la habría avergonzado si no estuviera tan ocupada mordiéndole el labio inferior.
Theron gruñó. No un gruñido humano. Algo más profundo, más animal, que le vibró en el pecho y le recorrió el cuerpo entero. La bestia empujando desde adentro. Los ojos le parpadearon dorado.
Se separó de golpe. Dio dos pasos atrás, respirando como si hubiera corrido un maratón, con las manos temblando y los ojos luchando entre el gris y el dorado.
—Tengo que parar —jadeó.
—¿Por qué?
—Porque si no paro ahora, no voy a parar. Y no quiero que nuestra primera vez sea en el patio de entrenamiento con los guardias mirando desde las ventanas.
Irina giró la cabeza. En las ventanas del segundo piso, tres guardias se apartaron de golpe intentando parecer que no estaban mirando. Uno tropezó con otro.
—Genial —dijo Irina—. Tenemos audiencia.
—Siempre tenemos audiencia. Es un castillo lleno de lobos con superaudición. Probablemente escucharon cada palabra y cada... sonido.
—¿El sonido que hice cuando me agarraste las caderas?
—Ese mismo.
—Fantástico. Para mañana lo sabe todo el pueblo.
—Para esta noche lo sabe todo el pueblo. Los lobos chismean más rápido que los humanos.
Se miraron. Despeinados, sudorosos, con la ropa arrugada y las caras rojas. Irina se empezó a reír. Theron aguantó tres segundos antes de que se le contagiara.
—Somos un desastre —dijo ella.
—Un desastre con audiencia.
—Tu madre nos va a matar.
—Mi madre probablemente tiene apuestas con Ezra sobre cuándo vamos a terminar de hacer el ridículo y pasar a las cosas serias.
—¿Cosas serias?
Theron la miró con una intensidad que le secó la boca.
—Cosas serias.
El aire entre ellos se cargó con algo que ya no era broma ni entrenamiento ni juego. Era una promesa. Algo que los dos sabían que iba a pasar y que los dos estaban decididos a que pasara bien, no en un patio de tierra sino como debía ser.
—Esta noche —dijo Irina, y no fue una pregunta.
Theron la miró. Le sostuvo la mirada.
—Esta noche la bestia no va a ir a tu habitación.
—¿Por qué no?
—Porque voy a ir yo.
KIRA, ¿ESCUCHASTE ESO?
Escuché. La bestia también escuchó. Estamos los cuatro de acuerdo por primera vez en la historia. ¿Puedo gritar? Necesito gritar.
No.
Solo un poquito.
NO.
Irina miró a Theron. Él la miraba a ella. El sol de la tarde les daba en la cara y por un momento todo lo demás desapareció: la maldición, la guerra que venía, Astrid, Dante, la profecía, las cicatrices de plata. Solo ellos dos y la certeza de que esta noche iba a cambiar algo que no se podía descambiar.
—No llegues tarde —dijo Irina.
—Nunca.
Se fue hacia el castillo. Espalda recta, mandíbula apretada, con las piernas todavía temblorosas y un incendio en el pecho que no iba a apagarse con una ducha fría ni con diez.
Catalina la interceptó en el pasillo.
—¿Cómo estuvo el entrenamiento? —preguntó con esa inocencia fabricada que no engañaba a nadie.
—Productivo.
—¿Ah, sí? Porque los guardias dicen que desde la ventana parecía más un combate de otra naturaleza.
—Los guardias deberían ocuparse de vigilar el perímetro y no las ventanas.
—Los guardias son lobos, querida. Les gusta el espectáculo. —Catalina la miró de reojo—. ¿Necesitas algo para esta noche?
—¿Cómo sabes que...?
—Soy la Reina Madre. Lo sé todo. También sé que la cocina tiene vino del bueno en la segunda alacena de la izquierda. Por si lo necesitas.
—No voy a necesitar vino.
—No, probablemente no. —Catalina sonrió. Una sonrisa real, cálida, de las que Irina le había visto exactamente tres veces desde que la conoció—. Pero come algo antes. Los nervios con el estómago vacío son peores.
Se fue por el pasillo dejando a Irina de pie con la cara roja y la certeza de que la mujer más aterradora del castillo acababa de darle su bendición para acostarse con su hijo.
Esta familia, pensó Irina.
Nuestra familia, corrigió Kira.
Cállate y déjame estar nerviosa en paz.
conchole que toda la energía negativa que carga el hijo de la bruja se le devuelva y nada arruine el ritual de la Luna Roja 🤞🏼🤞🏼🤞🏼🤞🏼
felicidades AUTORA