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La Luz En La Tormenta Del Príncipe

La Luz En La Tormenta Del Príncipe

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Caitlyn llegó a la Mansión Blackwood siendo una niña traviesa que veía en Alexander al príncipe de sus cuentos. Años después, regresa convertida en una mujer fuerte y decidida, pero encuentra a Alexander consumido por el dolor tras la muerte de su esposa y distanciado incluso de su pequeña hija. Mientras cuida de la bebé, Caitlyn intentará devolver la luz al hombre que siempre amó en secreto. Un romance tierno y apasionado donde el amor verdadero puede sanar hasta el corazón más herido.

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Capítulo 6: El Despertar de una Mujer

El carruaje de línea que transportaba a Caitlyn de regreso a la provincia avanzaba con un traqueteo pesado sobre el camino de tierra desfondado por las últimas tormentas. Habían pasado ocho años desde el día en que cruzó esas mismas verjas de hierro forjado como una niña asustada, aprisionada en un rígido uniforme de colegiala azul marino y con el corazón quebrado por la despedida. Ahora, a sus veinte años, el mundo era un lugar muy diferente, y ella también lo era. El internado de la capital no había logrado apagar la chispa indomable de su espíritu; al contrario, la disciplina de las monjas y los años de estudio sociológico y literario habían canalizado esa energía salvaje, transformándola en una determinación inquebrantable y una madurez que se reflejaba en cada uno de sus gestos.

Caitlyn se acomodó en el asiento de terciopelo gastado del carruaje, mirando su reflejo difuso en el cristal de la ventanilla empañada. El tiempo había sido sumamente generoso con ella, moldeando su fisonomía de una manera que desafiaba los cánones de palidez y extrema delgadez que la alta sociedad de la capital intentaba imponer. Ya no quedaba rastro de la niña menuda y angulosa de diez años. Al madurar, su cuerpo había florecido en unas formas generosas, sensuales y rotundas que ella portaba con una seguridad imponente.

Su silueta era una celebración de líneas curvas y femeninas: poseía un busto firme y pleno que llenaba con elegancia el corsé suave de su vestido, una cintura bien definida que acentuaba el nacimiento de unas caderas amplias, seguras y rotundas, y unos muslos fuertes que daban paso a unas piernas largas. Vestía un traje de viaje de dos piezas de lana fina en un tono verde oliva que complementaba a la perfección el matiz cálido y tostado de su piel, todavía salpicada por las diminutas y encantadoras pecas de su infancia en la nariz respingona. El corte del vestido, con una falda que caía en pliegues pesados sobre sus caderas voluptuosas, se ceñía con delicadeza a su silueta, otorgándole un aire de majestad natural que atraía las miradas respetuosas de los demás pasajeros.

Su cabello, libre por fin de las trenzas apretadas que le imponía su abuela, era un torbellino abundante de rizos oscuros, espesos y brillantes que le caían en cascada por los hombros, enmarcando un rostro que desbordaba una vitalidad contagiosa. Sus ojos oscuros, grandes y expresivos, poseían ahora una profundidad nueva, una mezcla de inteligencia aguda y una audacia que no había perdido un ápice de su fuerza original. Sus labios, carnosos y de un rosa natural, permanecían esbozando una media sonrisa contenida mientras sus dedos, ahora largos y de uñas cuidadas, jugueteaban inconscientemente con el pequeño prendedor de plata en forma de mariposa con ojos de zafiro que llevaba prendido cerca del corazón. El regalo de su príncipe. La promesa de su infancia.

Sin embargo, a medida que el carruaje se detenía frente a las colosales puertas de entrada de la propiedad Blackwood, la sonrisa de Caitlyn se desvaneció por completo. Una opresión fría y repentina se asentó en su pecho.

El paisaje que se extendía ante ella no era el reino dorado y perfecto de sus recuerdos. La opulencia radiante que una vez la maravilló parecía haber sido devorada por una enfermedad invisible. Las imponentes rejas de hierro forjado, que antes brillaban con un negro heráldico y orgulloso, estaban cubiertas por una pátina de óxido rojizo y enredaderas secas que se aferraban al metal como garras descoloridas. El guardia de la entrada, un hombre anciano que apenas levantó la vista, abrió las puertas con un chirrido que sonó a lamento fúnebre.

El carruaje avanzó por el camino principal. La gravilla blanca, que en su infancia parecía nieve resplandeciente bajo el sol, estaba ahora invadida por la maleza, el barro grisáceo y las hojas podridas de varios otoños no recogidos. Los jardines geométricos, orgullo de la comarca, lucían completamente descuidados; los arbustos habían perdido sus formas perfectas, creciendo de manera salvaje y desordenada, y las fuentes de piedra tallada estaban secas, con sus cuencas agrietadas y colonizadas por un musgo espeso y oscuro.

Cuando el vehículo finalmente se detuvo frente a la fachada principal, Caitlyn sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. La gran Mansión Blackwood se alzaba ante ella como un titán herido, sumergido en una atmósfera sombría, gris y fantasmal. Las piedras plateadas de los muros lucían opacas, manchadas por la humedad y el hollín del abandono. Enormes cortinas de terciopelo oscuro, densas y pesadas, cubrían por completo las altas ventanas de la planta noble, impidiendo que la luz del sol se filtrara al interior. La casa parecía estar de luto, respirando un silencio sepulcral que cortaba el aliento.

Caitlyn bajó del carruaje por sus propios medios, rechazando la mano del cochero con un movimiento grácil. Sus botas de cuero fino tocaron el suelo con un impacto firme. Sosteniendo su equipaje de mano, subió los escalones de mármol de la escalinata principal. Al llegar a la plataforma superior, no tuvo que empujar la puerta; la entrada lateral del servicio se abrió y la figura encorvada de su abuela Margaret apareció en el umbral.

Margaret había envejecido notablemente. Su traje gris de ama de llaves parecía quedarle grande ahora, y su rostro estaba surcado por profundas líneas de amargura y cansancio. Sin embargo, al ver a la hermosa mujer de curvas majestuosas y mirada viva que se plantaba ante ella, los ojos de la anciana se abrieron con una chispa de incredulidad y emoción contenida.

—¿Caitlyn?... ¿De verdad eres tú, mi niña? —susurró Margaret, con una voz que temblaba por los años.

—Sí, abuela. He regresado —respondió Caitlyn, dejando caer su bolso para envolver a la anciana en un abrazo cálido y protector. El aroma a lavanda y vejez de su abuela la conectó de inmediato con sus raíces, pero la rigidez del cuerpo de la anciana le confirmó que algo terrible flotaba en el aire de la mansión.

Minutos después, ambas se encontraban en la pequeña y austera sala de estar del ala de servicio. Margaret le sirvió una taza de té con manos temblorosas, mientras Caitlyn la observaba con atención, sentada con la espalda recta, sus amplias caderas acomodadas con naturalidad en la silla de madera rústica. La atmósfera en las dependencias del servicio era tan densa como en el resto de la casa; los criados hablaban en susurros y se movían como sombras.

—Abuela, por favor, dime qué ha pasado aquí —pidió Caitlyn, clavando sus ojos oscuros en los de la anciana—. Blackwood parece un cementerio. Las cortinas están cerradas, los jardines están muriendo... ¿Dónde está el señor Alexander? ¿Dónde está mi príncipe?

Margaret soltó un suspiro largo y doloroso, frotándose las manos nudosas sobre el regazo. Miró hacia la puerta de la habitación de forma paranoica, cerciorándose de que nadie escuchara, antes de inclinarse hacia su nieta.

—Ay, Caitlyn... El mundo que dejaste ya no existe —comenzó la anciana, y una lágrima solitaria se abrió paso por sus arrugas—. Hace tres años, el viejo señor Blackwood obligó al señor Alexander a casarse con la hija de un acaudalado terrateniente de la capital. Una unión por conveniencia, pura política y dinero. El señor Alexander aceptó por deber, como siempre lo hacía. Ella era una mujer hermosa, pero débil de salud, fría como el mármol de este suelo.

Caitlyn sintió una punzada de dolor en el corazón, un eco de celos infantiles mezclado con una profunda empatía, pero guardó silencio, permitiendo que su abuela continuara.

—A pesar de no ser un matrimonio por amor, el señor Alexander la trataba con un respeto absoluto. Al poco tiempo, ella quedó encinta. Pero la tragedia se cebó con esta casa de una manera cruel, mi niña —la voz de Margaret se quebró, reduciéndose a un susurro casi inaudible—. Hace un año, durante el invierno más crudo que hemos tenido, llegó el momento del parto. Hubo complicaciones. Los médicos de la ciudad no pudieron hacer nada. La joven señora murió en esa gran cama del ala principal... pero logró dar a luz a una hermosa niña antes de que su corazón se detuviera.

Caitlyn se llevó una mano a la boca, con los ojos abiertos por el horror.

—¿Murió?... ¿Y el señor Alexander?

—La muerte de su esposa lo destruyó por completo, Caitlyn. Pero no fue solo el dolor de la pérdida, sino la culpa... la terrible culpa de no haberla amado como un esposo debe amar a su mujer. El príncipe bondadoso que tú recordabas murió esa misma noche en esa habitación —explicó Margaret, con el rostro ensombrecido por la tristeza—. Desde entonces, el señor Alexander se ha transformado en una criatura huraña, fría y despiadada. Una auténtica bestia que se ha recluido en la oscuridad absolutas del ala oeste de la mansión. No permite que nadie lo vea, ni que la luz del sol entre en sus habitaciones. Despidió a la mitad del personal, abandonó los negocios y los jardines... Ha dejado que Blackwood se pudra junto con su alma.

—¿Y la bebé? —preguntó Caitlyn, sintiendo que su instinto protector se encendía con una fuerza abrasadora.

—La pequeña lady Diana tiene casi un año —respondió la abuela con desesperación—. Está confinada en la guardería del piso superior. El señor Alexander no puede soportar verla; dice que los ojos de la niña le recuerdan constantemente a la tragedia y a su propia incapacidad para salvar a su esposa. La niña crece sin el calor de un padre, atendida por sirvientas asustadas que cambian cada mes porque no toleran los rugidos y el desprecio del amo. De hecho... por eso te pedí que regresaras, Caitlyn. Necesito a alguien de absoluta confianza que se haga cargo de la niña. Alguien que no le tenga miedo a las sombras que gobiernan esta casa.

Caitlyn se puso de pie. Su silueta curvy, llena de una vitalidad imponente, pareció llenar la pequeña habitación del servicio, desafiando la decadencia que la rodeaba. Su rostro, lejos de reflejar el miedo que su abuela describía, mostraba una resolución indomable. Su príncipe azul se había convertido en una bestia atrapada en su propio dolor, y la mansión que una vez fue su palacio de cuentos de hadas ahora era su prisión.

—No te preocupes, abuela —dijo Caitlyn, ajustándose el prendedor de mariposa en la solapa de su vestido verde oliva, mientras sus ojos oscuros brillaban con una determinación nítida—. He pasado ocho años preparándome para ser una dama digna de Blackwood. No voy a permitir que la oscuridad destruya al hombre que me enseñó a sonreír. Mañana mismo iré al ala oeste. Es hora de que el torbellino regrese a este castillo.

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Nancy Monterrosa
me encanta una historia distinta de amor y reencuentro
Nancy Monterrosa
es hermoso una historia fuera de la linea de hipocresías de envidia de una mujer con otra
Massiel Aguirre
Excelente Bendiciones
Saysa
Hermosa!!!
Yessica Yanina Carrasco Curay
🥰 muy buena la historia y corta
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