Scarlett Harrington lleva tres años casada con Ethan Collins. Durante todo ese tiempo creyó tener el matrimonio perfecto, construyendo un hogar junto al hombre que amaba y en quien confiaba plenamente.
Sin embargo, todo cambia el día que regresa antes de lo previsto de un viaje de negocios para sorprender a su esposo. La sorpresa termina siendo para ella cuando encuentra a Ethan en la cama con su propia mejor amiga. En un solo instante, el amor, la confianza y los sueños que había construido se hacen pedazos.
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Capitulo 17
Una tarde, mientras veían caer la lluvia suavemente sobre los viñedos desde el porche, Scarlett se quedó observando a Alessandro sin darse cuenta. Él leía en silencio, con la luz grisácea iluminando su perfil sereno, y de repente ella sintió que el corazón le latía distinto: no con la angustia del pasado, ni con la euforia de la ilusión, sino con una calma profunda que le llenaba el pecho.
Cuando él levantó la vista y se encontró con su mirada, no apartó los ojos, sino que le dedicó esa media sonrisa que solo ella parecía provocar.
—¿En qué piensa? —preguntó con voz baja.
Scarlett tardó en responder, buscando las palabras con cuidado.
—En que siempre creí saber qué era el amor —empezó despacio—. Creí que eran las promesas bonitas, los planes a futuro, las palabras dulces. Pero ahora… ahora veo que tal vez no era eso.
—¿Y qué cree que es ahora? —preguntó él, dejando el libro a un lado, dándole toda su atención.
—Es respeto —dijo ella mirándolo a los ojos—. Es saber que no te van a mentir, que te dejan ser tú misma, que te cuidan sin pedirte nada a cambio. Es sentir que puedes respirar, sin miedo a que el suelo se mueva bajo tus pies. Y eso… eso es lo que tú me haces sentir.
Alessandro se inclinó un poco hacia adelante, con una ternura que nunca antes había mostrado tan claramente.
—Yo no intento reemplazar nada —dijo con sinceridad—. Solo quiero que sepa que usted merece ser tratada como lo que es: una mujer valiosa, leal y fuerte. Y si en el camino nace algo más… yo no lo voy a detener. Pero tampoco la voy a apurar.
—Me da miedo —admitió ella con voz temblorosa—. Me da miedo volver a entregarme y volver a perderlo todo. Me da miedo equivocarme otra vez.
—El miedo es normal —respondió él suavemente—. Pero no deje que le robe la oportunidad de ser feliz de nuevo. No hay prisa. Vamos paso a paso. Si algún día decide dar un paso más, yo estaré aquí esperándola. Si no, también estaré aquí, como su amigo.
Scarlett sintió que las lágrimas le llenaban los ojos, pero eran lágrimas de esperanza.
—¿Cómo sabes siempre qué decir?
—Porque no digo nada que no sienta —aseguró él—. Y porque usted se lo merece todo.
En ese instante, Scarlett comprendió que lo que sentía ya no era solo gratitud por su refugio: había nacido algo nuevo, una conexión profunda y sincera que le hacía preguntarse si lo que había vivido antes no había sido más que una sombra de lo que el amor realmente podía ser.
Scarlett apretó las manos sobre su regazo, luchando contra el torbellino de sentimientos que se había desatado en su interior, y lo miró con una mezcla de asombro y temor.
—Es tan extraño —susurró—. Creí que mi corazón estaba cerrado para siempre, que nadie más podría entrar. Y sin embargo, cada día que pasa, tú estás ahí, suavemente, sin forzar nada… y siento que me voy abriendo de nuevo, casi sin darme cuenta.
—Porque las puertas se abren cuando se sienten seguras —respondió él con voz profunda y serena—. Yo no he venido a derribar muros, Scarlett. Solo he venido a esperar a que tú decidas abrirlos desde dentro.
—¿Y si me equivoco? —preguntó ella con un hilo de voz—. ¿Y si al final solo es la gratitud por haberme acogido cuando más perdida estaba? ¿Y si confundo una cosa con la otra?
—No hay prisa por ponerle nombre a nada —dijo Alessandro con calma infinita—. El tiempo se encarga de mostrar lo que es verdadero y lo que no. Lo único que sé es que verte sonreír, aunque sea poquito, ya es suficiente para mí. No necesito que sea amor de golpe. Solo necesito que estés bien.
Scarlett sintió que el corazón se le henchía de una emoción tan pura que le costaba contenerla. Nadie le había dicho nunca algo así. Nadie le había demostrado que quererla no significaba exigirle nada a cambio.
—¿Sabes? —dijo ella con una pequeña sonrisa entre lágrimas—. Con él siempre tenía que demostrar algo: que era la esposa perfecta, que lo apoyaba en todo, que nunca dudaba. Contigo… contigo solo tengo que ser yo. Con mis heridas, con mis miedos, con todo lo que soy.
—Eso es lo único que necesito —aseguró él, extendiendo la mano despacio hasta rozar apenas sus dedos—. Tú entera. Con luces y sombras.
Y al sentir ese contacto suave, respetuoso y sincero, Scarlett supo que ya no podía engañarse a sí misma: lo que empezaba a nacer entre ellos era algo real, sólido, tan distinto a lo que había conocido que casi le daba vértigo… pero por primera vez, ese vértigo no era de caída, sino de vuelo.