Dante Lam era un fantasma.
Tres explosiones, veintisiete fragmentos de cristal extraídos de su cuerpo y una cirugía de reconstrucción facial después, el agente de élite de Interpol aceptó la misión más peligrosa de su carrera: asumir la identidad de Dean Yang, heredero de la Joyería Yang, e infiltrarse en el corazón del imperio criminal más poderoso del mundo.
El problema fue que Anderson Lorenzo ya lo estaba esperando.
Heredero de la dinastía militar-industrial Lorenzo, magnate de armas con contactos en cada gobierno del planeta, Anderson es un hombre que consigue todo lo que desea. Y desde el momento en que estrechó la mano de "Dean Yang", supo exactamente quién se escondía detrás de esa cara nueva. No dijo nada. No lo delató. En cambio, compró el edificio donde Dante vivía. Instaló cámaras en su departamento. Aprendió su sabor favorito de helado. Y cada noche, mientras Dante dormía inconsciente en un sótano del que no sabía que era prisionero, Anderson besaba su nuca sin que él lo supiera.
Obsesivo. Peligroso. Irresistible.
Pero Dante no es una presa fácil. Francotirador de élite, políglota, entrenado para resistir cualquier forma de tortura, tiene una regla inquebrantable: nunca mezclar la misión con los sentimientos. Y hay alguien más esperando su corazón——Leslie Avis, su compañero de armas en Interpol, el hombre que lo protege en silencio y jamás pide nada a cambio.
Entre un agente de la ley y un señor de las armas no debería existir nada. Pero cuando Dante descubre que Anderson recibió tres balazos por salvarlo y cruzó un puente en llamas cargándolo en su espalda, la línea entre el deber y el deseo se quiebra.
Y luego está Marlin——el joven vulnerable que Dante rescató de un casino, el amigo inocente que siempre sonríe con dulzura. Nadie sospecha lo que Marlin esconde. Ni siquiera Dante. Hasta que es demasiado tarde.
NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11
Capítulo 11: El beso en el avión
La coincidencia de que Anderson Lorenzo estuviera en el mismo vuelo a Johannesburgo no era coincidencia. Dante lo supo en cuanto vio el Bentley estacionado en la zona VIP del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, y lo confirmó cuando Anderson apareció en la puerta de primera clase con una sonrisa y dos copas de Château Latour 1988 que probablemente costaban más que el boleto.
—Dean —dijo Anderson, ofreciéndole una copa—. Qué agradable sorpresa.
—Lorenzo, nos vimos hace tres días. No es una sorpresa.
—Llamarme Anderson. Ya te lo dije. —Se sentó en el asiento contiguo al de Dante, a pesar de que su lugar reservado estaba cuatro filas atrás—. Prueba el vino. Es el último Latour 88 que le queda a mi bodega.
Dante tomó la copa. No bebió.
—¿Por qué estás en este vuelo?
—Negocios en Sudáfrica. Coincidimos en destino. —Anderson cruzó las piernas—. ¿O preferirías que admitiera que me cambié de vuelo cuando supe que estarías aquí?
Leila, dos filas más atrás, mantuvo la expresión neutra de una asistente personal aburrida. En el auricular, Leslie dijo:
—La copa. No la toques con los labios. Está buscando ADN.
Dante levantó la copa, la olió con la nariz rozando el borde — un gesto de catador —, y la dejó sobre la mesa sin beber.
—Espléndido —dijo—. Pero no bebo en vuelos.
Anderson lo miró con una expresión que decía "sé exactamente lo que acabas de hacer" y otra que decía "no me importa, porque el juego me gusta más que la respuesta." Tomó la copa de Dante con dos dedos y la dejó en el reposabrazos de su propio asiento.
El avión despegó a las nueve de la noche. A las nueve y cuarenta y siete, el capitán anunció por el intercomunicador que regresaban a Ciudad de México por "precaución operativa relacionada con el suministro de combustible." Su voz temblaba en la última sílaba.
Anderson dejó de sonreír.
—Mira a la sobrecargo de la tercera fila —le dijo a Dante, en voz baja—. La del pelo corto.
Dante miró. La sobrecargo estaba de pie junto al carrito de bebidas, con las manos aferradas al borde y los nudillos blancos. No estaba nerviosa por la turbulencia. Estaba aterrorizada.
—Eso no es un problema de combustible —dijo Anderson.
—Lo sé —dijo Dante.
En el auricular, Leslie habló con la velocidad de una máquina:
—Estoy interceptando las comunicaciones de la torre de control. Hay un dispositivo explosivo en la bodega de carga. Sección B-7. Composición C-4 con detonador de altímetro — si el avión baja de tres mil metros, estalla. Les están ordenando mantener altitud mientras envían un equipo de desactivación al aeropuerto. Tiempo estimado de llegada: cuarenta minutos.
—No tenemos cuarenta minutos —susurró Dante.
—No —dijo Leslie—. No los tienen. El detonador tiene un temporizador secundario. Dieciséis minutos.
Dante se desabrochó el cinturón. Anderson se desabrochó el suyo.
—¿Adónde vas? —preguntó Anderson.
—A arreglar un problema de combustible.
—Yo también.
No hubo tiempo para discutir. Dante y Anderson bajaron a la bodega de carga por la escotilla de servicio, con Leila cubriendo la entrada y la sobrecargo llorando en silencio detrás de la cortina de primera clase. La bodega era un espacio estrecho, oscuro, con el rugido de los motores vibrandoles en los huesos. Olía a queroseno y a plástico caliente.
Leslie los guió por el auricular. Sección B-7. Detrás de tres maletas y una caja de cartón sellada que, cuando Anderson la abrió con una navaja, contenía dos kilos de heroína empaquetada en bolsas de vacío.
—Lippman —dijo Anderson, mirando la heroína con disgusto—. Carter Lippman y su heroína. Siempre tan predecible.
Detrás de la heroína, la bomba. C-4 moldeado alrededor de una estructura de aluminio, conectado a un detonador digital que mostraba números rojos decrecientes. Once minutos, cuarenta y dos segundos.
—¿Sabes desactivar esto? —preguntó Dante.
—Sé activarlo. Desactivarlo es problema tuyo. —Anderson se sentó sobre una maleta, cruzó los brazos y lo miró—. Pero tengo una condición.
—No es momento para condiciones.
—Siempre es momento para condiciones. —Anderson se inclinó hacia adelante—. Bésame.
El ruido de los motores llenó el silencio. Diez minutos, cincuenta y un segundos.
—¿Qué?
—Quiero que me beses. Voluntariamente. Sin que yo te agarre. Sin excusa de testigos. Un beso, Dean. Y después te ayudo con la bomba.
En el auricular, Leslie no dijo nada durante tres segundos. Luego:
—Hazlo. Necesitamos su conocimiento del detonador. No tenemos otra opción.
Dante miró a Anderson. Anderson lo miraba desde la maleta con la expresión de un hombre que sabe que tiene la mejor carta, la peor carta, y todas las cartas intermedias, y que ha decidido jugarlas todas al mismo tiempo.
Nueve minutos, treinta segundos.
Dante cruzó la distancia entre los dos en un paso. Le agarró la cara con ambas manos — sin ternura, sin seducción, con la eficiencia brutal de alguien cumpliendo una misión — y lo besó.
Fue un impacto. Labios contra labios, duro, seco, con la agresividad de un golpe disfrazado de beso. Dante tenía la intención de que durara un segundo. Dos como máximo.
Anderson le puso las manos en la cintura y lo acercó.
El beso cambió. No por Dante — Dante seguía rígido, funcional, en modo operativo —, sino porque los labios de Anderson se suavizaron contra los suyos de una forma que no correspondía al juego de poder. Anderson besaba como si reconociera algo. Como si la textura de esos labios le dijera algo que el ADN y las fotografías y las manos frías todavía no habían confirmado. Besaba con los ojos cerrados y las manos firmes y una concentración que Dante le había visto solo al examinar diamantes.
Dante se apartó. Anderson abrió los ojos despacio, como despertando.
Ocho minutos, cuatro segundos.
—Tu turno —dijo Dante.
Anderson se arrodilló junto a la bomba. Examinó el detonador con la atención de un cirujano. Señaló dos cables — uno rojo, uno azul — que salían de la placa base hacia el C-4.
—Uno desactiva. El otro acelera la detonación. —Anderson se giró hacia Dante—. Elige.
—¿No sabes cuál es cuál?
—Tengo una idea. Pero prefiero que tú tomes la decisión. Al fin y al cabo, tu vida también está en juego.
Siete minutos. Dante miró los cables. Leslie habló en el auricular:
—Azul. Los detonadores de altímetro estándar usan el rojo como circuito principal. Si cortas el azul, interrumpes la alimentación al temporizador.
Dante sacó la navaja que Anderson había usado para abrir la caja de heroína. Posicionó la hoja contra el cable azul. Tres segundos antes de cortar, Anderson le agarró la mano y la movió al cable rojo.
—Rojo —dijo Anderson—. Leslie se equivoca. Este no es un detonador estándar. Lo sé porque yo diseñé el modelo original.
Dante lo miró. Anderson lo miró. Seis minutos, doce segundos.
Cortó el rojo.
Los números se detuvieron en 06:09. El zumbido del detonador cesó. El silencio que siguió fue tan absoluto que Dante pudo oír el latido de su propio corazón — y el de Anderson, más lento, más tranquilo, como si acabara de resolver un crucigrama dominical en lugar de desactivar una bomba a diez mil metros de altura.
Dante se dejó caer contra la pared de la bodega. Anderson se sentó a su lado. Estaban cubiertos de sudor, polvo y el olor a plástico de la heroína. Los motores rugían encima de ellos.
Anderson le pasó el brazo por los hombros. Dante no se movió. No tenía energía para moverse. Anderson lo atrajo un centímetro más cerca, le inclinó la cabeza hacia el lado y le besó la oreja — el borde del lóbulo, la curva del cartílago — con una suavidad que no le había mostrado nunca.
—Bien hecho, Dean —susurró Anderson contra su oído.
Dante lo empujó. No con fuerza — no le quedaba fuerza —, pero con suficiente convicción para que Anderson entendiera el mensaje. Anderson se apartó sin resistencia, las manos levantadas, con esa sonrisa que significaba "voy a hacer exactamente esto mismo la próxima vez."
Dante le pegó un puñetazo. No fuerte, pero preciso — en la mandíbula, con los nudillos, el tipo de golpe que un francotirador de élite sabe dar y que un heredero de joyería no debería saber.
Anderson se tocó la mandíbula. Sonrió más.
—Tienes una derecha interesante para un joyero, Dean.
* * *
El avión aterrizó en Ciudad de México a la una de la madrugada. Leila y dos agentes de seguridad aeroportuaria se llevaron la heroína como evidencia. Anderson desapareció con Richard en el Bentley sin despedirse.
En el auricular, Leslie habló:
—La bomba. El detonador usa un modelo de Corporación Lorenzo, descontinuado hace cuatro años. Anderson tenía razón: él diseñó el original. Lo que significa que él sabía cuál cable cortar desde el principio.
—¿Estás diciendo que puso la bomba?
—Estoy diciendo que la bomba estaba en la misma sección que la heroína de Lippman, y que Anderson Lorenzo no es el tipo de persona que deja drogas en un avión donde él mismo viaja. Alguien puso la bomba para destruir la evidencia de Lippman. Y Anderson sabía que estaba ahí antes de que el capitán anunciara el regreso.
Dante se quedó en la terminal, con el labio inferior todavía tibio y los nudillos doloridos.
En el bolsillo de su saco, el teléfono vibró. Un mensaje de un número sin nombre: una invitación digital con letras doradas. "Eva Hofsky solicita el placer de su compañía en su celebración de cumpleaños. Valle de Bravo, sábado 15."
Debajo, otro mensaje. De Anderson: "Te recojo a las siete. Ponte algo bonito."
Dante guardó el teléfono. El primer arco de su vida como Dean Yang acababa de cerrarse con una bomba desactivada, un beso robado y un puñetazo que no había dolido lo suficiente.
El segundo arco estaba a punto de comenzar.