Valentina Reyes es médica de urgencias en el Hospital Civil de Guadalajara. Trabaja turnos de cuarenta y ocho horas, mantiene sola a su madre en silla de ruedas y no tiene tiempo para el amor. Mucho menos para un hombre que llega a su sala de emergencias cubierto de sangre, con el cuerpo lleno de cicatrices y una mirada que dice: *yo te conozco*.
Santiago Montero no es quien aparenta ser. Para el mundo es el heredero del Grupo Montero, una de las familias más poderosas de Jalisco. Para el cártel Los Voraces, es "El Halcón", un sicario leal que lleva cinco años infiltrado entre asesinos y narcotraficantes. Para el ejército, es un capitán de fuerzas especiales dispuesto a sacrificarlo todo por destruir al capo más peligroso de Sinaloa.
Pero para Valentina... Santiago es el niño al que ella le regaló un dulce de tamarindo en una capilla destruida, hace veinte años. Ella lo salvó. Él nunca la olvidó. Ella, por el trauma, borró su rostro de la memoria.
Ahora Santiago ha vuelto. Y está dispuesto a esperar lo que haga falta.
Cien cartas escritas en secreto. Una medalla con la inicial "S" que ella lleva al cuello sin saber por qué. Un anillo de plata con turquesa que él juró ponerle en el dedo... aunque le cueste la mano entera.
Pero el pasado no perdona. El Tigre, líder de Los Voraces, tiene una deuda de sangre con la familia Reyes. Y cuando descubra que El Halcón tiene un punto débil llamado Valentina, la guerra dejará de ser solo entre cárteles.
Entre secuestros, tiroteos, secretos familiares y una boda en la misma capilla donde todo comenzó, Valentina y Santiago descubrirán que el destino los unió por una razón.
La pregunta es si sobrevivirán para demostrarlo.
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Capítulo 8
Capítulo 8
Fuego Cruzado
El miércoles a las seis de la mañana, el teléfono de Santiago vibró tres veces.
Mateo. Número seguro.
—Mi capitán, tenemos algo gordo. Interceptamos comunicación de Los Voraces. Un cargamento de El Tigre pasa esta noche por la carretera vieja, al sur de San Miguel. Coyote coordina desde Culiacán.
Santiago se sentó en el borde de la cama. Afuera, el cielo todavía estaba negro.
—¿Cuántos escoltas?
—Dos camionetas. Seis, tal vez ocho hombres. El producto viene en una ambulancia falsa.
El cargamento no le importaba. Lo que le importaba era la cadena de custodia: nombres, rutas, puntos de contacto.
—Necesito horarios exactos y coordenadas del intercambio. No vamos a interceptar. Vamos a documentar.
—Copiado.
Santiago colgó y se quedó mirando la pared. Desde el cuarto contiguo no llegaba ningún sonido. Valentina dormía. Anoche la había escuchado pronunciar su nombre entre sueños, y el recuerdo le quemaba como una brasa debajo de las costillas.
Se vistió en silencio. Camiseta negra, pantalón táctico, botas. Debajo, el collar de bala contra el esternón.
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Valentina salió de la clínica a las nueve con un maletín de suministros. Un ranchero diabético con una úlcera que no cerraba. Su esposa había caminado dos horas para pedir ayuda.
El camino era de terracería, flanqueado por mezquites secos. El conductor, un muchacho que todos llamaban El Pecas, manejaba con una mano en el volante.
Valentina iba a preguntarle algo cuando vio la camioneta.
Atravesada en mitad del camino. Negra, vidrios polarizados, sin placas. Dos hombres con rifles cruzados sobre el pecho. Un tercero fumando, pistola en la cintura.
El Pecas frenó de golpe.
—Chingada madre —susurró.
Antes de que pudieran dar vuelta, uno de los hombres ya estaba junto a la ventanilla. Golpeó el cristal con el cañón del rifle.
—Bájense. Manos donde las pueda ver.
Valentina bajó con el maletín. El hombre del rifle la miraba de arriba abajo. Tenía una cicatriz que le cruzaba el labio superior y una cadena gruesa con un dije de San Judas.
—¿Quién eres tú?
—Soy médica. Doctora Valentina Reyes. Clínica comunitaria de San Miguel.
—Ah, la doctorcita. —Escupió al suelo—. Justamente contigo queríamos hablar.
Le arrebataron el maletín. La empujaron hacia la camioneta negra. Al Pecas lo tiraron al suelo con una advertencia: si abría la boca, le cortaban la lengua.
Valentina no gritó. Apretó los puños y clavó la mirada en el hombre de la cicatriz.
"Respira. Piensa. No muestres miedo."
Veinte minutos después, una bodega abandonada. Bloques de cemento, techo de lámina. Olía a gasolina y a orines. La sentaron en una silla de plástico y le amarraron las manos con una brida. Cinco hombres alrededor.
—A ver, doctorcita. ¿Quién te mandó? ¿El gobierno? ¿La DEA?
—Nadie. Vine por un programa federal de brigadas médicas. Tengo documentos en el maletín.
—Muy bonitos tus documentos. —Sacó los papeles y los rompió en dos—. Cualquiera falsifica un oficio, bonita.
—Coyote dice que te vigilen —continuó—. Dice que una doctora que llega de la nada a un pueblo como este no viene a curar mocosos. Dice que eres ojos para alguien.
—Coyote se equivoca.
Le cruzó la cara con el dorso de la mano. El golpe le giró la cabeza. Le ardió la mejilla y le zumbó el oído. Valentina se enderezó despacio y lo miró directo a los ojos.
—Soy médica. Y si me tocan otra vez, no van a tener a nadie que les saque las balas cuando les disparen.
—Tiene huevos la doctorcita. —Se inclinó hasta que su aliento le dio en la cara—. Pero Coyote dio la orden: a todo personal sospechoso se le maneja. Y tú, bonita, eres muy sospechosa.
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Santiago recibió la llamada a las once y cuarto.
El Pecas, llorando, desde un teléfono prestado. Los Voraces. Camioneta negra. Rumbo al sur. Bodega vieja por el camino al río.
La sangre se le heló.
Marcó a Mateo.
—La tienen. Los Voraces interceptaron a Valentina.
Silencio. Luego:
—Mi capitán, no podemos movernos ahora. Si revela su identidad...
—No te estoy pidiendo permiso.
—Es una trampa potencial. Llévese al menos a Ramírez, no vaya solo...
—No hay tiempo. —Ya se ponía el chaleco antibalas debajo de una camisa de mezclilla. Beretta en la cintura, navaja en la bota, cargador extra en el bolsillo—. Las coordenadas, Mateo. Ya.
Colgó. Se miró en el espejo roto del baño. El hombre que le devolvía la mirada no era Santiago Montero. No era El Halcón. Era algo más viejo, más oscuro.
El Verdugo.
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La bodega estaba a tres kilómetros del pueblo. Santiago dejó la camioneta a doscientos metros y caminó el resto en silencio.
Una camioneta estacionada afuera. Un vigía fumando junto a la puerta, AK-47 al hombro. Adentro, cuatro siluetas más. Cinco contra uno.
Se acercó al vigía por el frente. Sin armas visibles. Manos abiertas.
—¡Alto ahí, cabrón! ¿Quién eres?
Levantó las manos. Cambió la voz. Más grave, más áspera, con el arrastre norteño de tres años de infiltración.
—Soy El Halcón. Vengo de parte de la gente de Durango. Esa doctora está conmigo.
El vigía entró a la bodega. Voces. Discusión. Treinta segundos después, el de la cicatriz salió con dos hombres detrás.
—Así que tú eres El Halcón. Coyote no nos dijo nada de ningún Halcón.
—Coyote no sabe todo.
—Coyote sabe lo suficiente. Y dice que a todo personal sospechoso se le maneja. Eso te incluye a ti, güey.
Los otros dos se separaron para flanquearlo. Izquierda, derecha. El vigía volvía a salir con el rifle listo. El quinto custodiaba a Valentina adentro.
Cinco contra uno. Ya no había espacio para negociar.
Valentina lo vio desde la silla. A contraluz, una silueta que reconoció por la forma de los hombros, por la manera de pararse.
"Santiago."
Entonces todo se rompió.
El de la cicatriz levantó la pistola. Santiago se movió.
Lo que pasó después duró menos de un minuto.
Santiago desvió la pistola con la mano izquierda. El disparo se fue al techo. Con la derecha le clavó el puño en la tráquea. El hombre se dobló. Santiago le arrancó la pistola antes de que tocara el suelo.
Dos disparos. El de la izquierda cayó con un balazo en el hombro. El de la derecha retrocedió detrás de un pilar.
El vigía abrió fuego con el AK-47. Ráfagas. Polvo y pedazos de cemento volando. Santiago rodó detrás de un barril metálico. Las balas golpeaban el metal como granizo sobre lámina: brutal, rítmico, inevitable.
Disparó dos veces. El vigía gritó y soltó el rifle.
El del pilar asomó el arma y disparó a ciegas. Una bala rebotó en el suelo a centímetros de Valentina. Ella gritó y se tiró de costado, todavía atada.
Santiago cruzó el espacio en tres zancadas. Golpe en la rodilla, otro en la sien. El tipo se desplomó.
Quedaba uno. El quinto.
La agarró del pelo y le puso la pistola en la sien.
—¡Un paso más y le vuelo la cabeza, Halcón!
Santiago se detuvo. Sangre en la cara. Beretta apuntando al centro de la frente del tipo. Tres metros.
—Suéltala. —La voz tranquila, casi suave. Pero los ojos eran otra cosa. Valentina nunca había visto una mirada así. No era furia. Era algo más frío, más absoluto—. Suéltala y sales caminando.
—¡Chinga tu madre! ¡Baja el arma!
—Tienes tres segundos. Uno.
—¡Te digo que la mato!
—Dos.
Valentina cerró los ojos.
—Tr...
El hombre la empujó y disparó. Santiago disparó al mismo tiempo.
La bala del sicario le pegó en el abdomen. El chaleco absorbió el impacto, pero la fuerza lo hizo retroceder y doblarse. Dolor caliente en las costillas.
La bala de Santiago le dio al sicario en el hombro y lo tiró al suelo.
Otra bala —del vigía que se había arrastrado hasta su rifle con la mano buena— cruzó el espacio y le rozó el brazo izquierdo a Valentina. Un corte limpio, superficial, una línea roja desde el codo hasta la mitad del antebrazo.
Valentina gritó.
Santiago se giró y le disparó al vigía en la pierna.
Silencio.
Un silencio tan repentino que los oídos zumbaban. El aire olía a pólvora, a sangre, a polvo de cemento. Cinco cuerpos en el suelo —vivos, heridos, neutralizados— y Santiago de pie en el centro con la pistola en la mano y la cara salpicada de sangre.
Valentina lo miró desde el suelo. El hombre que tenía delante no era el que le servía café por las mañanas. Este disparaba como si respirara. Había desarmado a cinco hombres en menos de un minuto.
Santiago soltó la pistola. Se arrodilló frente a ella.
Lo primero que hizo fue mirarle el brazo.
—¿Estás bien? —La voz le cambió. Toda la dureza se fue como si nunca hubiera existido. Quedó algo blando, algo roto—. Déjame ver tu brazo.
Le cortó la brida con la navaja de su bota. Le tomó el brazo con las dos manos, despacio, como si fuera de cristal.
—Es superficial —dijo ella, temblando—. Un roce. No tocó músculo.
—Santiago. —Le agarró las manos—. Estoy bien.
Él la miró. Polvo en el pelo, sangre en la mejilla, ojos enormes. Viva. Entera.
—¿Quién eres? —susurró.
No contestó. Se quitó la camisa de mezclilla y la presionó contra la herida de Valentina.
—Tenemos que irnos. Pueden venir más.
Le extendió la mano. Valentina se levantó, pero las piernas no le respondieron. La adrenalina se bajaba y el cuerpo cobraba la factura.
Dio dos pasos y se tambaleó. Santiago la atrapó.
—Puedo caminar.
—No. No puedes.
La levantó en brazos. Un brazo debajo de sus rodillas, el otro en su espalda.
—Bájame. Estás herido.
—He tenido peores.
—Tienes un impacto en el abdomen.
—Valentina. —La miró—. Déjame sacarte de aquí.
Ella se calló. Le rodeó el cuello con el brazo bueno y recargó la cabeza contra su hombro. Sentía su latido a través de la camiseta, fuerte, constante, como si el hombre que acababa de derribar a cinco sicarios no tuviera ni un gramo de miedo.
Pero le temblaba la mano. La que le sostenía las rodillas. Un temblor apenas perceptible que Valentina sintió contra su piel.
No era del dolor. Era por ella.
Santiago caminó por las calles desoladas con Valentina en brazos. La luna casi llena les tiraba una luz blanca sobre el polvo del camino. No se cruzaron con nadie. El pueblo contenía la respiración detrás de puertas cerradas.
Cada paso le disparaba una punzada en las costillas. No aflojó los brazos. No la bajó.
Valentina le miraba el perfil recortado contra la luna. Y pensó: "No lo conozco. No sé quién es. Y acaba de arriesgar su vida por mí."
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Llegaron a la clínica. Santiago la depositó sobre la camilla con un cuidado que contrastaba con todo lo que ella había visto. Le acomodó el brazo herido y se apartó.
—Cúrate primero.
—No. —Valentina se sentó y lo señaló—. Siéntate.
—Valentina...
—He dicho que te sientes.
Santiago —El Halcón, El Verdugo, el hombre que no obedecía órdenes de nadie— se sentó.
Valentina se limpió las manos con solución antiséptica y abrió el gabinete de suministros.
—Quítate la camiseta.
Santiago dudó.
—Quítatela o te la corto con las tijeras.
Se la quitó despacio. Y Valentina se quedó inmóvil.
El torso de Santiago era un mapa de guerra. Cicatrices largas y finas como cuchilladas. Una marca redonda debajo de la clavícula izquierda que solo podía ser un balazo viejo. El hematoma de hoy, morado oscuro, del tamaño de un puño, sobre las costillas inferiores. Y el collar de bala colgando de una cadena de plata contra el esternón.
Palpó las costillas con dedos profesionales. Él se tensó pero no hizo ningún sonido. Verificó que no hubiera fractura, limpió los raspones, aplicó compresas frías.
—No hay fractura. Pero necesitas reposo absoluto tres días.
—No puedo.
—No te estoy preguntando.
Santiago casi sonrió. Casi.
Le limpió la sangre de la cara con una gasa húmeda. Le desinfectó un corte en la ceja. Trabajaba en silencio, con movimientos precisos, como si no tuviera su propia herida sangrando.
—Déjame ver el abdomen completo —dijo, y le pasó los dedos por encima del hematoma, siguiendo el borde hacia abajo.
Entonces lo vio.
Junto a una cicatriz antigua que le cruzaba el costado en diagonal, había dos letras tatuadas en tinta negra. Pequeñas, del tamaño de la uña de su meñique. Casi invisibles contra la piel morena. Puestas ahí a propósito, en un lugar que nadie vería a menos que estuviera exactamente donde Valentina estaba ahora: con las manos sobre su piel, curándolo.
V.R.
Los dedos de Valentina se detuvieron.
V.R.
Su corazón dejó de latir un segundo. Luego latió demasiado rápido.
"V.R. Valentina Reyes."
Levantó la vista. Santiago tenía los ojos cerrados y la mandíbula apretada. No podía mirarla. Porque si la miraba, ella vería lo que él llevaba tatuado no solo en la piel, sino en cada decisión desde que tenía dieciséis años y una niña de ojos oscuros le regaló un dulce de tamarindo en una capilla en ruinas.
—Santiago —susurró—. ¿Qué significa esto?
Él no abrió los ojos.
El silencio les pesó encima como un techo de plomo. Afuera, la luna seguía alumbrando las calles vacías, y en algún lugar de la sierra, los coyotes empezaron a aullar.
Esperaremos más historias 🙌