Dante Valderrama lo tenía todo bajo control: su club de carreras, su lengua afilada y un corazón blindado contra cualquiera que intentara acercarse. Hasta que una noche, su peor enemigo de la prepa apareció en su puerta empapado de lluvia, sin un centavo y con la sonrisa más descarada del mundo.
Sebastián Montero estaba en la ruina. O eso decía.
"Te voy a mantener", le dijo Dante con una tarjeta negra en la mano y veneno en la voz. "Pero si me estorbas, te echo a la calle."
Lo que Dante no sabía era que el hombre al que le daba mesada llevaba años soñando con volver a estar a su lado. Lo que tampoco sabía era que Sebastián jamás estuvo quebrado.
Entre secretos de familia que apestan a sangre, una madre cuya muerte nadie investigó, y un hombre que lo mira como si fuera lo único real en su vida... Dante va a tener que decidir: ¿confiar duele más que amar, o es exactamente lo mismo?
NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 21
Cap 21: Corriente oculta
El silencio dentro del carro era peor que cualquier grito.
Dante apretaba la mandíbula con tanta fuerza que le dolían los dientes. Las luces de Reforma pasaban como manchas naranjas por la ventanilla, y cada semáforo en rojo se sentía como una eternidad. Sebastián conducía con la misma calma de siempre, las manos relajadas sobre el volante, como si no hubiera cargado a un hombre sobre el hombro y cruzado un bar entero hacía menos de una hora.
Eso era lo que más le encabronaba.
—¿Te divirtió? —soltó Dante sin mirarlo—. El numerito de héroe que te armaste allá adentro.
Sebastián no contestó. Dio vuelta en Álvaro Obregón sin poner direccional.
—Te estoy hablando, Montero.
—Te escucho.
—Entonces responde. —Dante se giró en el asiento—. ¿Qué querías demostrar? ¿Que sin ti no puedo ni salir de un pinche bar? ¿Que soy tan inútil que necesito que alguien me saque cargando como costal?
El carro se detuvo frente a la villa. Sebastián apagó el motor y se quedó mirando al frente.
—Puro show —continuó Dante, y la voz le salió más rota de lo que hubiera querido—. Eso es lo que eres. Cara bonita, buen cuerpo y nada más. Todo brillo y cero sustancia.
Sebastián se quitó el cinturón de seguridad. Abrió la puerta, bajó del carro y caminó hacia la calle sin decir una sola palabra.
Dante parpadeó. —¿Sebastián? ¡Oye!
La figura alta ya se alejaba por la banqueta, las manos metidas en los bolsillos del pantalón negro. No volteó.
—¡Carajo!
Dante se pasó al asiento del conductor, estacionó el carro dentro de la cochera y entró a la villa casi corriendo. Encontró a Sebastián en la cocina, sirviéndose un vaso de agua como si nada hubiera pasado.
—¿Vas a ignorarme toda la noche?
—No te estoy ignorando. —Sebastián bebió un trago largo—. Estoy esperando a que se te baje el coraje para poder hablar como gente.
Dante abrió la boca para contestar, pero su celular vibró en el bolsillo.
Era Valentina.
---
—¡Dante, contesta más rápido, por Dios! —La voz de Valentina llegó tan fuerte que Dante tuvo que alejar el teléfono de la oreja.
—¿Qué pasa?
—Lo del bar. No fue casualidad, Dante. Alguien contrató camarógrafos profesionales. Tenían posiciones fijas, ángulos preparados. El plan era filmarte drogado, todo pendejo, y subirlo a redes para hundirte.
Dante sintió que el estómago se le caía al piso. —¿De qué estás hablando?
—Mi contacto en la productora de eventos me mandó capturas. Hay un chat donde se coordinó todo. Gonzalo no actuó solo. Alguien le pagó para que te pusiera la droga en la copa, y los camarógrafos estaban listos para grabar tu peor momento. Si tu... amigo no hubiera intervenido, ese video ya estaría en todas partes.
Dante cerró los ojos. —¿Quién está detrás?
—Todavía no sé. Pero esto fue planeado, Dante. Ten cuidado.
Colgó. Se quedó con el celular pegado a la oreja unos segundos más, procesando.
Cuando levantó la vista, Sebastián lo observaba recargado en la barra de la cocina, con el vaso medio vacío entre los dedos.
—No salgas de la villa en los próximos días —dijo Dante, y su tono ya no tenía filo—. La gente de Gonzalo podría buscar problemas.
Sebastián arqueó una ceja. —¿Me estás protegiendo?
—Te estoy dando una instrucción.
—Está bien. —Sebastián dejó el vaso en la barra—. No me voy a esconder, pero si eso te deja dormir tranquilo, me quedo.
No era sumisión. Era condescendencia. Y Dante no tenía energía para discutir la diferencia.
---
Pasaban de las dos de la mañana cuando Dante salió al pasillo buscando agua y vio la puerta del balcón abierta.
Sebastián estaba afuera, de espaldas, con el celular contra la oreja. La luz de la luna le recortaba el perfil, y hablaba tan bajo que Dante tuvo que contener la respiración para escuchar.
—...mañana nos vemos.
Tres palabras. Sebastián colgó, se guardó el teléfono y se quedó mirando los árboles de la Condesa.
"¿Con quién hablas a las dos de la mañana?", pensó Dante. El pecho le ardía con algo que se negaba a nombrar. Dio un paso atrás y volvió al cuarto antes de que Sebastián lo descubriera.
Se metió a la cama y jaló las cobijas hasta el pecho. No iba a preguntar. No le importaba.
No le importaba.
---
Sebastián entró al cuarto diez minutos después. Dante fingió tener los ojos cerrados, pero lo escuchó todo: los pasos descalzos sobre la duela, el crujido del colchón cuando se sentó en su lado de la cama, el sonido de su playera al pasar por encima de su cabeza.
—Sé que estás despierto —dijo Sebastián en voz baja.
Dante no se movió.
—Tu respiración cambia cuando finges dormir. Respiras demasiado lento, como si estuvieras contando.
Dante abrió los ojos y miró al techo. —¿Qué quieres?
—Llevamos semanas compartiendo cama y un contrato que ninguno de los dos ha cumplido en su totalidad.
—El contrato dice muchas cosas.
—Dice cosas específicas. —Sebastián se recostó de lado, mirándolo—. Y llevamos evitándolas.
El aire en la habitación cambió. Dante sintió que la piel le hormigueaba donde la sábana lo rozaba.
—No estoy de humor.
—Nunca estás de humor. Y sin embargo...
La mano de Sebastián encontró la suya debajo de las cobijas. No la agarró. Solo la rozó, los nudillos contra los nudillos, un contacto tan ligero que podría haber sido accidental.
Dante no la retiró.
"Dile que no", pensó. "Dile que se vaya a la chingada."
Pero lo que hizo fue girar la palma hacia arriba, dejando que los dedos de Sebastián se deslizaran entre los suyos.
Eso fue suficiente.
Sebastián se movió sobre él con la misma certeza con la que hacía todo: sin prisa, sin pedir permiso dos veces. Le quitó la playera con manos que conocían la ruta, y Dante descubrió que su cuerpo recordaba cosas que su orgullo había intentado borrar — el peso de Sebastián encima, la presión de sus labios en el cuello, la forma en que el aire dejaba de alcanzarle cuando las caderas se encontraban.
No fue suave. Tampoco fue violento. Fue algo intermedio que no tenía nombre: urgente y lento al mismo tiempo, como una corriente que arrastra sin que notes cuándo dejaste de tocar el fondo.
Las horas se deshicieron. Dante perdió la cuenta de cuántas veces dijo que no con la boca y que sí con el cuerpo, cuántas veces se mordió el labio para no hacer ruido y falló, cuántas veces los dedos de Sebastián encontraron exactamente el punto donde toda resistencia se quebraba.
Cuando finalmente se quedaron quietos, la ventana ya mostraba el primer gris del amanecer. Tres horas. Tal vez más. La sábana estaba en el piso y ninguno de los dos tenía fuerza para recogerla.
---
Sebastián encendió un cigarro y le dio la primera calada antes de pasárselo a Dante. Estaban acostados boca arriba, hombro con hombro, el humo subiendo hasta perderse en la penumbra del techo.
—Valentina te llamó por lo de los camarógrafos —dijo Sebastián, como quien comenta el clima.
Dante giró la cabeza. —¿Cómo sabes que eran camarógrafos?
—Porque los vi cuando entramos al bar. Dos en la barra, uno cerca del baño. Lentes profesionales, mochilas con equipo. No estaban ahí para la fiesta.
Dante se incorporó sobre el codo. —¿Los viste y no me dijiste nada?
—Te dije que no bebieras nada que no abrieras tú mismo. No me hiciste caso. —Sebastián exhaló humo—. Lo de Gonzalo no fue improvisado. Alguien financió la operación completa: la droga, los camarógrafos, la distribución del video. Gonzalo era solo el ejecutor.
—Valentina no sabía eso todavía.
—Valentina no estaba en el bar.
Dante lo miró fijamente. Cada vez que creía tener una lectura clara de Sebastián Montero, el tipo sacaba otra capa, como esas muñecas rusas que nunca terminan.
—¿Qué más sabes que no me has dicho?
Sebastián sonrió de lado, le quitó el cigarro de los dedos y le dio una calada larga. —Muchas cosas. Pero esta noche ya hablamos suficiente.
Dante quiso insistir, pero el cansancio le pesaba en los párpados. Se dejó caer de nuevo sobre la almohada y cerró los ojos.
Entonces recordó algo.
—Tu Instagram —murmuró.
Sebastián no se movió. —¿Qué tiene?
—Coqueta. Pensé que era una vieja.
El silencio duró exactamente tres segundos antes de que Sebastián soltara una risa baja, genuina, de esas que Dante le había escuchado tal vez dos veces.
—Coqueta es mi perra. French Bulldog. Está con mi hermana en Monterrey.
—Ya lo sé.
—¿Porque revisaste mi Instagram hasta las fotos de hace dos años?
—¡No revisé nada! —Dante se giró dándole la espalda—. Salió en la sección de sugeridos. Fue un accidente.
—Ajá. Un accidente de dos años de scroll.
—Cállate, Montero.
Sebastián apagó el cigarro en el cenicero de la mesita de noche. Dante sintió los labios del otro rozarle la nuca, apenas un toque, y luego el peso del colchón cambió cuando Sebastián se levantó.
—Vuelvo ahorita —dijo, y salió al pasillo con el celular en la mano.
Dante se quedó inmóvil. Escuchó pasos, el clic de la puerta del balcón, el murmullo lejano de una voz que no alcanzaba a descifrar.
Otra llamada. A las cinco de la mañana.
Cerró los ojos con fuerza y se obligó a regular la respiración. Lento. Constante. Como si durmiera.
Cuando Sebastián volvió y se acostó a su lado, Dante no se movió. Mantuvo los ojos cerrados, la respiración medida, el cuerpo perfectamente quieto.
Pero el corazón le latía tan fuerte que estaba seguro de que Sebastián podía escucharlo.