Alistair Vance, el temido Rey Vampiro, esperó más de trescientos años a la mujer destinada a su alma. Elena Rossi, una joven de curvas deslumbrantes y corazón cálido, ignora que el soberano de las sombras la ha protegido desde antes de nacer.
Cuando un encuentro inesperado durante una tormentosa gala nocturna los une, la atracción entre ellos es inmediata y peligrosa. Entre secretos del pasado, deseo ardiente y un destino imposible de escapar, Elena descubrirá que amar al Rey Vampiro puede ser tan adictivo como mortal.
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CAPÍTULO 5: El Beso Robado en las Sombras
El gesto de Elena al sujetar la solapa de su saco fue el detonante que destruyó la última barrera de contención en la mente de Alistair Vance.
Sin darle tiempo a procesar el impacto de su propia audacia, el rey la tomó con una firmeza irrefutable. Su mano izquierda, aún anclada en la curva de su cintura, la ciñó contra su torso con un impulso suave pero de una fuerza aplastante, mientras que su mano derecha ascendió desde su hombro hasta la nuca de la joven, enredando sus largos dedos fríos en la masa densa y sedosa de su cabello castaño.
Elena soltó un jadeo ante la velocidad del movimiento. Antes de que el aliento abandonara sus labios, Alistair giró sobre sus talones. Moviéndose con esa gracia fluida y fantasmal que desafiaba la percepción humana, la arrastró fuera del espacio abierto del balcón, adentrándolos en la penumbra de un nicho privado adyacente a la terraza, oculto tras unos cortinajes de terciopelo pesado y flanqueado por dos estatuas de mármol de deidades olvidadas.
Allí, donde la luz de los faroles de la ciudad no podía alcanzarlos y el murmullo de la gala se reducía a un susurro inexistente, la penumbra los envolvió por completo.
Alistair la presionó suavemente contra la pared de piedra tallada. La sombra de su cuerpo imponente la cubrió enteros, aislándola del resto del universo.
—Alistair... —alcanzó a susurrar Elena, con el pecho agitándose violentamente contra el del rey. Su corazón repicaba a un ritmo enloquecido, enviando oleadas de calor directo a sus mejillas y a la piel sensible de su escote.
—No hables —la voz de Alistair ya no era la de un noble aristócrata; era un murmullo grave, bajo, saturado de un hambre insostenible y un deseo tan denso que casi se podía palpar en el aire frío del nicho—. No digas una sola palabra, Elena. He esperado demasiado para escuchar tu voz racionar esto.
El monarca inclinó la cabeza. Su rostro quedó a una fracción de milímetro del de ella. Elena podía sentir la firmeza de su mandíbula, la calidez de su propia respiración rebotando en los pómulos esculpidos del vampiro y ese aroma embriagador a madera, ozono y especias raras que la estaba volviendo loca.
La explosión de la chispa
Alistair no besó sus labios de inmediato. La tortura de la espera requería un preludio de devoción.
Su boca se posó primero en la comisura de los labios de Elena, un roce húmedo, tibio y suave que hizo que la joven diera un brinco involuntario. Luego, desvió sus labios hacia la línea suave de su mejilla, trazando un camino de besos lentos y abrasadores hasta llegar al espacio justo debajo de su oreja.
Elena inclinó la cabeza hacia atrás, pegando la espalda a la piedra fría mientras un gemido bajo y tembloroso se le escapaba del fondo de la garganta.
—Ah... Alistair...
El sonido de su propio nombre pronunciado con esa nota de ruego y entrega pura fue la estocada final para el rey. El autocontrol de trescientos años se hizo añicos.
Alistair sujetó su nuca con una presión más posesiva, inclinó el rostro con el ángulo exacto y reclamó la boca de Elena en un beso brutalmente pasional, candente y desesperado.
El contacto inicial de sus labios fue una detonación.
Los labios de Alistair, fríos y perfectamente esculpidos al principio, se encendieron en un fuego abrasador al fusionarse con la calidez carnosa y apetitosa de los de Elena. No fue un beso tímido ni un roce de exploración educado; fue una toma de posesión en toda regla, un reclamo brutalmente pasional que llevaba acumulando la presión de veintidós años de deseo contenido.
Elena ahogó un grito contra su boca, pero no intentó alejarse. La fuerza del beso la envolvió como una ola gigantesca en mitad del océano. Las manos de la joven, que hasta ese momento descansaban en la solapa de su traje, subieron de instinto rodeando el cuello ancho y firme de Alistair, sepultando sus dedos en su cabello negro y denso para tirar de él hacia abajo, acortando cualquier milímetro sobrante entre sus cuerpos.
Alistair emitió un gruñido profundo desde el fondo de su pecho, un sonido animal y primitivo que resonó contra los dientes de Elena. Sintiendo la rendición y el ardor de su tuo cantante, el rey abrió sus labios y devoró la boca de la mujer con una voracidad sin límites. Su lengua se abrió paso con una dominación elegante pero despiadada, acariciando la de ella, saboreando la dulzura caliente de su boca, emborrachándose con la esencia pura de su vida.
La sinfonía de los sentidos
Para Elena, el mundo exterior desapareció por completo. No había museo, no había gala, no había historia del arte ni pasado. Solo existía la sensación abrumadora de los brazos de este hombre rodeándola, la firmeza de su cuerpo aplastando el suyo contra la pared y el sabor embriagador de su boca.
El beso se volvió más denso, más lento, más profundo. Cada movimiento de la lengua de Alistair enviaba descargas de electricidad pura directamente a la base de su vientre. Un calor líquido y sofocante se extendió por sus muslos y su cintura, haciendo que sus piernas amenazaran con ceder bajo el peso de tanta intensidad.
Alistair sintió que las rodillas de ella temblaban. Sin romper el beso, deslizó su mano izquierda desde la cintura hacia abajo, amoldando su gran palma a la curvatura exuberante de su cadera. Sus dedos se clavaron en el terciopelo pesado con una devoción feroz, elevándola ligeramente para ajustar las curvas de su cuerpo contra la dureza instintiva de sus caderas.
Elena jadeó dentro de su boca al sentir la presión directa del cuerpo de Alistair contra el suyo. La plenitud de sus senos se aplastaba contra el pecho de él con cada respiración agitada; el vestido de terciopelo parecía arder al contacto con las manos del rey.
El beso cambió de ritmo, volviéndose un tormento de succión lenta y besos húmedos que le robaban el oxígeno por completo. Alistair mordisqueó suavemente el labio inferior de Elena, tirando de él con una delicadeza perversa antes de volver a lamer la pequeña herida de placer con una ternura que la hizo gemir sin control.
—Mía... —murmuró Alistair contra sus labios, su voz reducida a un rasguño rasposo y ahogado por la necesidad—. Dioses... eres tan dulce, Elena... Eres fuego puro...
El rey descendió su boca hacia su barbilla, cubriendo la piel de su cuello con besos febriles, hambrientos y profundos. Cada vez que sus labios se posaban sobre la vena que latía en su garganta, los colmillos de Alistair rozaban la superficie de la piel con una presión milimétrica, una caricia de peligro absoluto que Elena no llegó a comprender, pero que encendió un escalofrío de éxtasis por toda su espina dorsal.
Elena echó la cabeza hacia atrás, expuesta completamente a la voracidad de la boca de Alistair. Sus manos apretaban los hombros anchos del hombre, aferrándose a él como su único ancla en mitad de la tormenta.
—Alistair... por favor... no puedo... no puedo respirar... —alcanzó a articular ella, con la voz entrecortada, saturada de un deseo que jamás había experimentado en su vida.
La pausa en la penumbra
Alistair se detuvo, pero no se alejó. Su boca permaneció pegada a la piel caliente de su cuello, respirando hondo el aroma de su piel para recuperar una migaja de cordura. La tentación de clavar sus colmillos allí mismo, de probar la primera gota de esa sangre sagrada y sellar su unión para siempre, era una voz atronadora en su cabeza.
Pero recordaba su promesa. Ella debía elegirlo. Debía desearlo con la misma conciencia con la que ahora se aferraba a su cuello.
Con una lentitud desgarradora, Alistair elevó el rostro.
Sus ojos ámbar brillaban en la penumbra del nicho con una luz dorada intensísima, las pupilas totalmente dilatadas por la pasión. Su cabello negro estaba ligeramente despeinado por los dedos de Elena, y sus labios carnosos luciendo un tono rojo encendido, húmedos por el intercambio febril que acababan de compartir.
Elena abrió los ojos despacio. Sus pupilas estaban borrosas por el éxtasis; sus mejillas lucían un rubor ardiente y carnoso, y sus labios, hinchados y entreabiertos, buscaban el aire con bocanadas rápidas que hacían subir y bajar su pecho de forma hipnótica.
Se miraron en el silencio de la penumbra durante varios segundos, escuchando únicamente el sonido de sus respiraciones agitadas y el latido desbocado del corazón de Elena.
Thump-thump. Thump-thump.
—¿Qué... qué fue eso? —consiguió formular Elena en un susurro tembloroso, tocándose los labios con las yemas de sus dedos. Sentía una vibración eléctrica recorriéndole el rostro, un cosquilleo caliente que se negaba a desaparecer.
Alistair esbozó una sonrisa lenta, un gesto cargado de una belleza peligrosa, posesiva y profundamente masculina. Con el pulgar de su mano derecha, acarició la mejilla sonrosada de la joven, limpiando una gota invisible de humedad de su labio inferior.
—Eso, mi dulce Elena —dijo él, con su voz de barítono resonando baja y seductora en el espacio estrecho—, fue apenas el principio de lo que somos cuando estamos juntos.
Elena sacudió la cabeza levemente, confundida por la abrumadora marea de emociones que amenazaba con ahogarla. Era una mujer independiente, segura, racional; no una jovencita que perdiera el juicio por un desconocido en una gala. Y sin embargo, bastó un solo beso de este hombre para que toda su lógica se desmoronara como un castillo de naipes.
—Yo... no sé quién es usted realmente —murmuró ella, intentando reunir las piezas de su compostura, aunque no hizo el menor intento de retirar sus manos del pecho de Alistair—. Apenas nos conocemos. Esto es una locura.
Alistair inclinó la cabeza, acercando nuevamente sus labios a la oreja de Elena.
—Tal vez creas que nos acabamos de conocer —susurró él, y por un segundo, Elena creyó detectar una nota de nostalgia infinita y dolorosa en su tono—. Pero te aseguro, Elena, que no hay nada en este mundo más real ni más antiguo que lo que acaba de suceder entre los dos. Tu cuerpo lo sabe. Tu sangre lo sabe.
Alistair dio un paso atrás, rompiendo la presión física sobre su cuerpo con una caballerosidad calculada que dejó a Elena sintiendo un frío repentino en la piel.
El rey le ofreció su mano para ayudarla a recomponerse, pero ella se mantuvo apoyada contra la pared por un segundo, esperando que el temblor de sus piernas cesara.
Alistair se ajustó la solapa del saco con una elegancia impecable, aunque sus ojos ámbar no abandonaron la figura de Elena ni un solo instante. Podía ver el desconcierto en su mirada avellana, la mezcla de fascinación, deseo y un incipiente temor a la intensidad de lo que acababa de vivir.
—Debe regresar al salón, señorita Rossi —dijo él, volviendo al tono de trato formal, aunque sus labios aún guardaban la curva satisfecho de quien ha probado el manjar más codiciado de la tierra—. La gala la requiere, y no me gustaría ser la causa de que pierda su impecable reputación en este museo.
Elena parpadeó, sorprendida por el cambio repentino de actitud, aunque vio la chispa de fuego burlón y ardiente que aún bailaba en los ojos del noble.
—Usted... ¿se va a quedar aquí? —preguntó ella, alisando con manos temblorosas la tela de terciopelo de su vestido sobre sus caderas.
—Tengo algunos asuntos de negocios que cerrar con la junta directiva antes de retirarme —respondió Alistair, dando un paso hacia la salida del nicho, pero deteniéndose justo al lado de ella. Se inclinó un milímetro, rozando con el aliento su mejilla—. Pero nos volveremos a ver muy pronto, Elena. Mucho antes de lo que te imaginas.
Sin esperar respuesta, Alistair atravesó los cortinajes y desapareció en la penumbra de la terraza, dejando tras de sí solo el aroma a lluvia, cuero y la estela helada de su presencia.
Elena se quedó sola en el nicho durante varios minutos, apoyando las manos en la piedra fría para sostener su peso. Tocó sus labios nuevamente, sintiendo el calor persistente de los de él, y escuchó el eco amortiguado de su propio corazón latiendo con la fuerza de un volcán a punto de hacer erupción.
Sabía, con una certeza aterradora y fascinante, que su vida tranquila y predecible había terminado esa misma noche.