La madre de Estefanía siempre fue “la otra”. La amante secreta de un hombre rico. Y ella… la hija ilegítima que la familia Rosales mantiene lejos en un convento.
Cuando el imperio de los Castellanos queda al borde de la quiebra, Alexander Castellanos, el CEO de la familia quien sufrió un accidente quedando discapacitado y necesita de un bastón para caminar, acepta casarse con la hija de la familia Rosales para salvar los negocios.
Pero la madrastra de Estefanía idea un engaño cruel: enviarla a ella como la hija legítima, aprovechando que nadie conoce la existencia de la bastarda.
Deseando por fin salir del lugar donde ha estado por años, Estefanía acepta convertirse en la esposa por contrato de Alexander.
Lo que comienza como un acuerdo frío pronto se vuelve peligroso. Porque vivir bajo el mismo techo despierta una tensión imposible de ignorar, mientras los secretos amenazan con destruirlo todo.
Y cuando la verdad salga a la luz, ninguno estará dispuesto a perder lo que considera suyo.
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Advertencias y amenazas.
En la mansión Castellanos, el ambiente era completamente distinto al caos que se vivía en la empresa.
La cocina estaba cálida.
Iluminada.
Con música suave sonando de fondo mientras Dana cocinaba.
El olor a mantequilla, canela y pan recién horneado llenaba el lugar.
Estefanía observaba fascinada cómo la mujer movía las ollas con rapidez.
Nunca había estado tanto tiempo en una cocina así.
En el convento todo era diferente.
Frío.
Silencioso.
Las comidas simples.
Exactas.
Sin sabor.
Sin cariño.
Pero ahí…
Hasta el postre olía a hogar.
—¿Así que siempre trabajó aquí? —preguntó Estefanía mientras lavaba unas fresas.
Dana sonrió apenas.
—Desde que el señor Alexander era un niño.
—¿Y él siempre ha sido tan serio?
Dana soltó una pequeña risa.
—Antes peor.
Estefanía abrió los ojos sorprendida.
—¿Peor?
—Mucho peor.
La joven sonrió divertida.
Y Dana la observó unos segundos.
Porque aquella niña parecía demasiado inocente para todo lo que la rodeaba.
Demasiado transparente.
Y eso preocupaba.
Más aún sabiendo la clase de familia con la que estaba relacionada ahora.
Sin imaginar que, mientras ella reía inocentemente en la cocina…
La esposa del señor Rosales y Victoria ya tenían un plan avanzando.
Un plan donde Estefanía quedaba completamente destruida.
Porque si algo tenían claro ambas mujeres…
No podían dejar cabos sueltos y Estefania era uno que debían quitar del camino.
En las oficinas del Grupo Castellanos el ambiente era sofocante.
La tensión entre Alexander y José podía sentirse incluso en silencio.
Los dos permanecían dentro de la oficina principal.
Alexander revisando documentos.
José recargado sobre uno de los sillones con un café en la mano.
Hasta que Alexander habló.
—¿A ti te gusta Estefanía?
—¿Qué?—José sonrió divertido.
Alexander cerró la carpeta de golpe.
—Te gustan las jovencitas.
El sonido seco resonó en toda la oficina.
—Si me gustan nunca lo he negado, y Estafania es una muy bonita......
—Cuida cómo hablas de mi esposa.
José levantó ambas cejas.
Y eso solo confirmó algo.
Alexander estaba reaccionando distinto.
Demasiado distinto.
—Solo digo que es una joven muy hermosa.
Alexander se levantó inmediatamente tomando el bastón.
Escuchar a José hablar así de Estefanía le tensaba algo dentro del pecho que ni él mismo entendía.
Y eso lo irritaba todavía más.
Porque apenas la conocía.
Apenas llevaban días casados.
Entonces, ¿por qué demonios le molestaba?
—¿Qué ocurre contigo? —preguntó José ahora más serio—. Tu fuiste quien pregunto.
Alexander tomó las llaves del escritorio.
—Es tarde.
—Eso no responde mi pregunta.
Alexander lo ignoró saliendo de la oficina.
Porque él tampoco tenía la respuesta.
Y eso era precisamente lo que más lo molestaba.
José condujo el automóvil hasta la mansión Castellanos.
El trayecto fue incómodo.
Pesado.
Hasta que Alexander habló nuevamente.
—Tu que siempre andas en todos lados ........¿ya habías visto a Estefanía?
Alexander frunció el ceño.
—No entiendo tu pregunta.
Alexander tamborileó los dedos sobre el volante.
—Victoria dice que Estefanía amenazó con hacerse daño si no la dejaban casarse contigo.
Jose giró lentamente el rostro soltando a reir.
—¿Eso dijo?
—Sí.
José soltó una risa más fuerte incrédula.
—No me imagino a esa mujercita haciendo escándalos. Si hasta para pedir agua parece pedir permiso.
Alexander pasó ambas manos por el rostro.
El cansancio comenzaba a mezclarse con fastidio.
Y desde que conoció a Estefanía, las versiones sobre ella parecían completamente distintas entre sí.
Cuando llegaron a la mansión ya era noche cerrada.
La casa estaba casi a oscuras.
Solo algunas luces permanecían encendidas.
José bajó primero del auto.
Alexander ni siquiera le pidió que se fuera sabía que sería inútil.
Ambos caminaron hacia la entrada.
Y entonces escucharon música.
Suave.
Tranquila.
Venía desde la cocina.
José abrió apenas más los ojos divertido.
—No me digas que organizó una fiesta en tu ausencia.
Entraron.
Y la escena frente a ellos hizo que ambos se quedaran quietos unos segundos.
Estefanía giraba lentamente descalza en medio de la cocina mientras comía postre directamente con los dedos.
Tenía los ojos cerrados.
Y parecía completamente feliz.
—Dana… están muy sabrosos.
Su voz salió dulce.
Natural.
Tan diferente de la tensión que cargaba en las fiestas.
José observó la escena y soltó en voz baja:
—Pues tan loca no se ve.
Alexander lo miró mal inmediatamente.
Dana y Estefanía giraron al mismo tiempo al notar a los hombres.
Estefanía se quedó inmóvil.
Todavía con crema en la punta de los dedos.
La vergüenza apareció de inmediato en su rostro.
—Señor… ya está lista la cena.
Dana rompió el silencio rápidamente.
Alexander no respondió.
Solo caminó hacia el comedor.
José lo siguió intentando no reírse.
Minutos después, Estefanía tomó asiento frente a ellos.
La cena transcurrió en silencio.
Dana servía los platos mientras José observaba a Estefanía divertido.
—¿Así que estudiaras?
—Sí. Ya encontré una escuela.
Respondió ella bajando la mirada hacia su plato.
Alexander levantó la vista inmediatamente.
Pero no dijo nada.
José sí lo notó.
Y esa reacción le resultó todavía más interesante.
Porque Alexander parecía enterarse de cosas sobre su propia esposa al mismo tiempo que él.
Y claramente eso comenzaba a irritarlo.
La cena terminó rápido.
Alexander apenas probó la comida.
El estrés de la empresa le estaba quitando el apetito.
Se levantó primero de la mesa.
José se despidió de Estefanía con una sonrisa relajada.
—Buenas noches, primita política.
—Buenas noches.
Pero antes de salir, José volvió a mirar a Alexander.
Su primo estaba de peor humor que nunca.
Cuando José finalmente se marchó, Alexander cerró la puerta principal con seguro.
El sonido metálico resonó en toda la casa silenciosa.
Luego caminó directo hacia la habitación.
Y Estefanía tardó apenas segundos en seguirlo.
Ella acomodaba nerviosamente la almohada sobre la cama cuando sintió la presencia de Alexander demasiado cerca.
Levantó la vista.
Y lo encontró observándola fijamente.
Serio.
Demasiado serio.
Instintivamente retrocedió un paso.
Alexander lo notó.
—¿Por qué tanto miedo?
La voz grave hizo que Estefanía tragara saliva.
—Tu hermana me dijo algo interesante.
El corazón de Estefanía comenzó a latir más rápido.
Alexander avanzó lentamente hacia ella.
—Dice que amenazaste con hacerte daño si no te dejaban casarte conmigo.
Las palabras le cayeron encima como un balde de agua helada y que el sujete su cintura la pone peor.