Ella fue a la cárcel por un crimen que no cometió su marido la dejo sola, los 5 años que estuvo en prisión cuando salía la persona la juzgaba y decidió irse a otro país y cumplir sus sueños 6 años después regresa solo para visitar a su familia y por una promesa que le hizo a su madre muerta, allí se vuelve a encontrar con su marido.
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El abrazo que venció al tiempo: Parte III
Treinta minutos después, el automóvil abandonó la ciudad y tomó el camino que llevaba a la casa donde Victoria había crecido.
Ella permaneció en silencio durante todo el viaje.
Observaba el paisaje detrás de la ventanilla como si estuviera conociendo el mundo por primera vez. Cinco años podían cambiar demasiadas cosas. Los árboles habían crecido, algunos comercios ya no existían y otros nuevos ocupaban su lugar. Todo parecía diferente.
Todo... excepto el nudo que llevaba en el pecho.
Ana disminuyó la velocidad.
—Llegamos, Vito.
Victoria levantó lentamente la vista.
Frente a ella estaba su hogar.
Una hermosa casa de paredes blancas, con un pequeño jardín delantero lleno de flores que su padre siempre cuidaba con dedicación. A un costado del sendero se alzaba el enorme cerezo que había acompañado gran parte de su infancia. Allí había jugado con Lorenzo durante horas, trepando sus ramas y escondiéndose detrás de su tronco mientras imaginaban aventuras imposibles.
Una sonrisa nostálgica apareció en su rostro.
Cinco años...
Cinco años sin volver a verla.
El automóvil se detuvo.
Victoria permaneció inmóvil unos segundos. Le costaba bajar. Sentía una mezcla de felicidad, miedo y ansiedad que le oprimía el pecho.
Entonces ocurrió.
Detrás de una de las ventanas, una silueta se movió rápidamente.
Un adolescente de unos quince años apartó la cortina con desesperación.
Sus ojos se abrieron de par en par.
No podía creer lo que estaba viendo.
Sin pensarlo dos veces, salió corriendo de la casa.
Abrió la puerta de entrada de un golpe y atravesó el jardín bajo la lluvia sin importarle mojarse.
—¡Vito!
Su voz se quebró antes de terminar de pronunciar su nombre.
Victoria apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Lorenzo llegó hasta ella y la abrazó con todas sus fuerzas.
La estrechó contra su pecho como si temiera que volviera a desaparecer.
—Bienvenida a casa, hermana...
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por el rostro del muchacho.
—No sabés cuánto te extrañé.
Victoria sintió que el corazón se le rompía.
Lo abrazó con la misma intensidad.
Durante cinco años había imaginado ese momento una y otra vez.
Y ahora que finalmente estaba ocurriendo, parecía un sueño.
Apoyó una mano sobre el cabello de su hermano mientras intentaba contener el llanto.
—Mi pequeño...
Su voz salió apenas en un susurro.
—Mirá lo grande que estás...
Lorenzo soltó una pequeña risa entre lágrimas.
—Crecí... pero seguí necesitándote todos los días.
Aquellas palabras atravesaron el alma de Victoria.
Cinco años.
Cinco cumpleaños.
Cinco Navidades.
Incontrables abrazos que nunca pudieron darse.
Cinco años perdidos que jamás volverían.
Ella acarició su mejilla.
—Perdoname por no haber estado.
Lorenzo negó inmediatamente con la cabeza.
—No. No vuelvas a decir eso.
La miró directamente a los ojos.
—Vos no elegiste irte.
Elegiste sobrevivir.
Victoria ya no pudo contenerse.
Las lágrimas comenzaron a caer sin control.
Lorenzo tomó su mano con una enorme sonrisa.
—Vení.
Hay alguien adentro que hace cinco años espera este momento tanto como yo.
La condujo lentamente hacia la entrada de la casa.
Antes de cruzar la puerta respiró profundamente.
Todo seguía igual.
El mismo perfume a café recién hecho.
Las mismas fotografías familiares sobre los muebles.
Las mismas paredes que habían visto crecer a aquella familia.
Y, de pronto...
—¡Papá!
La voz de Lorenzo resonó por toda la casa.
—¡Papá... vení!
Un hombre de cabello completamente blanco apareció desde el pasillo.
Los años también habían dejado huellas en él.
Su espalda estaba un poco más encorvada.
Las arrugas marcaban su rostro.
Pero sus ojos seguían siendo exactamente los mismos.
Esos ojos llenos de amor con los que siempre había mirado a sus hijos.
Se quedó inmóvil.
Como si temiera que la imagen frente a él desapareciera.
Victoria tampoco pudo moverse.
Padre e hija se observaron durante unos largos segundos.
Cinco años resumidos en una sola mirada.
Fue él quien dio el primer paso.
Caminó lentamente hacia ella.
Las lágrimas ya caían por sus mejillas.
Cuando estuvo frente a su hija levantó una mano temblorosa y acarició su rostro.
Necesitaba comprobar que era real.
—Mi bebé...
Su voz se quebró por completo.
Victoria rompió en llanto.
Se lanzó a sus brazos como cuando era una niña.
Su padre la abrazó con todas las fuerzas que aún conservaba.
—Perdoname...
Susurró entre lágrimas.
—Perdoname por no haber podido sacarte antes de ese lugar.
Victoria negó una y otra vez.
—No, papá... no tenés que pedirme perdón.
Él apoyó un beso sobre su frente.
—Nunca dejé de buscar la verdad.
Nunca dejé de creer en vos.
Todos podían señalarte...
Pero yo conocía el corazón de mi hija.
Y sabía que eras inocente.
Victoria sintió que aquellas palabras terminaban de derrumbar el muro que había construido durante cinco años.
Lloró como no lo había hecho nunca.
Lloró por el tiempo perdido.
Por las noches de soledad.
Por las injusticias.
Por el hombre que la abandonó.
Pero, sobre todo, lloró porque volvía a sentirse hija.
Porque volvía a sentirse en casa.
Su padre volvió a besar su frente.
La observó con una sonrisa llena de lágrimas.
—Bienvenida a casa, mi pequeña.
Esta vez nadie volverá a separarnos.
Victoria cerró los ojos.
Por primera vez en cinco años sintió que el peso que llevaba sobre los hombros comenzaba, lentamente, a hacerse un poco más liviano.