Me vendí a un mafioso por un año para salvar la librería de mi madre, pero él decidió que si soy su esposa, soy suya para siempre.
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La Clase de Tiró
Elena nunca había tocado una pistola en su vida.
Había tocado libros de 500 años, había tocado gatos callejeros, había tocado la cicatriz del costado de Lorenzo 37 veces contándolas mientras él dormía, pero nunca una pistola.
Y ahora tenía una Glock 19 negra, cargada, fría, pesada, en sus manos temblorosas, en un sótano que no sabía que existía debajo de la mansión Volkov.
El sótano no era un sótano. Era un búnker. Paredes de hormigón de un metro de grosor, luces blancas, olor a pólvora y a limpio, y una pared entera llena de armas que parecían de película. Desde pistolas pequeñas hasta rifles que Elena solo había visto en Call of Duty cuando Sara jugaba en su laptop.
"¿Tienes un búnker con armas debajo de nuestra casa?", preguntó Elena, con la Glock agarrada como si fuera a morderla, con el abrigo camel todavía manchado de sangre seca del día anterior, porque se había negado a quitárselo. Decía que era su "prueba de que lo había cosido bien".
"Nuestra casa", repitió Lorenzo, detrás de ella, con una camiseta negra y con la herida del costado vendada de nuevo por Agata porque Elena se negó a volver a coserlo hasta que aprendiera a no abrirse los puntos peleando. "Me gusta cómo suena eso. Y sí, tengo un búnker. Todas las casas Volkov tienen búnker. Es la regla número... ¿qué número vamos?"
"Doce", dijo Viktor desde una esquina, donde estaba apoyado contra la pared con los brazos cruzados, haciendo de instructor de tiro porque Lorenzo no se fiaba de nadie más para enseñarle a su esposa a disparar sin que le temblara la mano.
"Regla número doce: toda casa Volkov tiene búnker, botiquín militar y vino caro. Por si hay guerra, herida o suegra."
"Tu madre no toma vino caro, toma sangre de vírgenes", murmuró Elena, todavía con la pistola agarrada con dos manos, apuntando al suelo.
Lorenzo se rio, pero se puso serio al instante y se acercó. Se puso detrás de ella, como la noche del vestido rojo, pero distinto. Sin seda. Con pólvora.
"Respira", dijo, con voz baja, en su oreja. "Una pistola no es un libro. No se rompe si la aprietas. De hecho, si no la aprietas, se te escapa y me disparas en el pie y me quedo cojo y ya no puedo llevarte en brazos. Y eso sí sería una tragedia."
"Qué romántico eres. Me estás motivando mucho."
"Soy muy motivador. Mira."
Le acomodó las manos. Grandes, calientes, firmes, sobre las suyas pequeñas, frías, temblorosas. Le subió los brazos. Le pegó la espalda contra su pecho para que sintiera su estabilidad.
"Piernas separadas. Como si estuvieras enojada conmigo. Así. Más. Perfecto. Ahora, hombros atrás. No cierres los ojos. Nunca cierres los ojos cuando disparas, Elena. Si cierras los ojos, no ves a quién le das. Y tú siempre tienes que ver a quién le das."
"¿A quién le voy a dar?"
"A nadie, si Dios quiere. Pero si alguien entra a nuestra librería otra vez y te toca, le das. Si Dmitri te manda otro sobre con MENTIRA escrita, le das. Si Kevin vuelve..."
"¿Le doy a Kevin?"
"A Kevin le doy yo. Tú solo apuntas."
Elena se rio, nerviosa. El cañón temblaba.
"¿Y ahora qué hago?"
"Ahora apuntas al centro del blanco. Ese muñeco de papel que parece Dmitri si Dmitri fuera feo."
A 10 metros había un blanco de papel con la silueta de un hombre.
"¿Y aprieto el gatillo?"
"Aprietas despacio. No lo jalas. Lo acaricias. Como si fuera..."
"¿Como si fuera qué?"
"Como si fuera yo. Con cariño pero con decisión."
"¡Lorenzo!"
"Es pedagogía Volkov. Muy efectiva."
Elena tomó aire. Apuntó. Cerró un ojo, a pesar de que le dijo que no cerrara los ojos. Y apretó.
¡BANG!
El sonido fue ensordecedor. Elena gritó, se echó para atrás contra Lorenzo, la pistola se le fue hacia arriba y el tiro dio en el techo, dejando un agujero negro en el hormigón.
Silencio. Olor a pólvora quemada.
Viktor se persignó en ruso.
Lorenzo la abrazó más fuerte, riéndose contra su pelo.
"Bueno... casi. Le diste al techo. El techo es muy malo. Se lo merecía. Otra vez. Esta vez sin cerrar los ojos y sin gritar como si vieras una araña."
"¡Me dijiste que no dolía!"
"No duele. Asusta. Es distinto. Otra vez."
Segunda bala. ¡BANG! Esta vez dio en la pared, a 2 metros del blanco.
Tercera bala. ¡BANG! Dio en el borde del blanco, en la pierna del muñeco de papel.
"¡Le di! ¡Le di en la pierna!", gritó Elena, saltando, con la pistola todavía en la mano, apuntando a todos lados.
"¡Apunta al suelo! ¡Al suelo!", gritó Viktor, tirándose al suelo.
Lorenzo le bajó las manos, riéndose.
"Le diste en la pierna. Si fuera Dmitri, ahora estaría cojo y enojado. Buen inicio. Pero apuntemos al pecho la próxima. El corazón. Si vas a disparar, disparas para que no se levante. Es la regla número trece."
"¿Cuál es la regla número trece?"
"Si disparas, no disparas para asustar. Asustar es para los que no saben disparar. Tú vas a saber. Así que disparas para proteger lo tuyo. Y tú eres lo mío, así que te proteges."
Cuarta, quinta, sexta bala. Todas en el blanco. Una en el estómago, una en el hombro, una en el centro, a 3 centímetros del corazón.
A la décima bala, Elena ya no temblaba. Respiraba. Apuntaba. Acariciaba el gatillo.
¡BANG! Centro. Corazón.
Silencio.
Viktor silbó.
Lorenzo se quedó mirando el agujero perfecto en el corazón de papel.
"Joder", susurró.
Elena bajó la pistola, con las manos ahora firmes, con la cara roja, con los ojos brillando, con el olor a pólvora en su camiseta.
"¿Qué? ¿Qué joder? ¿Lo hice mal?"
"No. Lo hiciste perfecto. Me acabas de dar miedo. Y a mí no me da miedo nada desde los 14. Me das miedo, Elena Volkov. Miedo de que ahora que sabes disparar, me dispares a mí cuando te pones brava porque no bajé la tapa del baño."
"La bajas. Aprendiste. Porque te amenacé con no coserte."
"Ves. Ya me amenazas. Ya eres Volkov."
Le quitó la pistola con cuidado, la descargó, la puso sobre la mesa. Luego la tomó de la cara, con las dos manos, con esa intensidad que la hacía sentir que la iba a devorar.
"Elena, mírame."
Ella lo miró.
"Si algún día, por esos 67 millones, por Dmitri, por mi madre, por mi mundo de mierda, tienes que dispararme a mí para salvarte, ¿lo harías?"
Elena no dudó. Ni un segundo.
"No. Te dispararía en la pierna para que no me siguieras, pero no te mataría. Te necesito para que me lleves en brazos cuando me canso. Y para que me compres estanterías de roble."
Lorenzo se rio, con alivio, con amor, con esa risa que solo ella le sacaba, y la besó ahí, en el búnker, con olor a pólvora, con 10 agujeros en el blanco y uno en el techo que Agata le iba a cobrar.
"Te amo", dijo contra sus labios, sin pensarlo, sin planearlo, por primera vez.
Elena se quedó helada.
"¿Qué dijiste?"
Lorenzo se dio cuenta de lo que había dicho. Se puso rojo. Lorenzo Volkov, el mafioso que había matado a 7 hombres con sus manos, se puso rojo como un niño.
"Dije... dije que... que te amo. Que estoy enamorado de ti. Que te amo desde el día del cable pelado. Que te amo aunque me hagas coserte chueco. Que te amo aunque me hagas comprar 42 mil dólares de madera. Que te amo, joder, Elena. Te amo."
Elena lo miró, con lágrimas en los ojos, con pólvora en las manos, con el collar de diamantes y con el abrigo manchado de sangre.
"¿Sabes cuál es la regla número catorce?", preguntó ella, con voz temblorosa.
"¿Cuál?"
"Cuando un Volkov dice te amo en un búnker con olor a pólvora y con un agujero en el techo, su esposa tiene que decirle que también lo ama, aunque sea una Moretti terca que no sabe disparar bien."
"¿Y me amas?"
"Te amo, Lorenzo Volkov. Te amo desde que me ataste mal el vestido rojo y me lo ataste bien. Te amo aunque seas un mafioso con búnker y con 900 millones y con una madre que da miedo. Te amo."
Lorenzo la levantó en brazos, con pistola descargada en la mesa y con 10 tiros en el corazón de papel, y la besó como si acabara de ganar no solo una esposa, sino una guerra.
Arriba, Irina, que había bajado a ver qué tanto ruido hacían, oyó el "te amo" por el interfono del búnker que había dejado abierto a propósito, y sonrió, apagó el interfono, y le dijo a Agata:
"Prepárale a la señora un té con miel. Y a él, un whisky doble. Ya sabe disparar. Ya es Volkov."
Agata asintió.
"¿Y el agujero del techo, señora?"
"Que lo pague Lorenzo. Con sus 900 millones. Y que le compre otro abrigo a la niña, que ese ya está muy manchado de sangre."
Y subió, dejando a los dos en el búnker, besándose entre balas y amor, con 67 millones esperando en Suiza y con un imperio entero por pelear, pero con lo único que importaba ya ganado: el corazón el uno del otro.