"Nadie sabe que detrás de esta mujer que plancha camisas y hornea galletas, hay otra que a las diez de la noche se convierte en alguien irreconocible.Y lo peor es que ya no sé cuál de las dos soy yo".¿Podrá Valeria continuar con su doble vida antes de que se derrumbe todo su mundo?
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El informe médico.
Viernes – 09:00 – Consultorio del Doctor Márquez.
Valeria había pedido un turno de urgencia para hablar a solas con el oncólogo. Necesitaba saber la verdad, por más dura que fuera. El tratamiento de su madre había comenzado hacía casi dos meses y los resultados eran inciertos. Elena estaba más delgada, más débil, más pálida. A veces, cuando Valeria la visitaba en el hospital, le costaba reconocer a la mujer fuerte y vital que la había criado, la que le enseñó a andar en bicicleta y a no rendirse nunca.
—Señora Gutiérrez, los análisis más recientes muestran una reducción significativa del tumor primario. Es una buena noticia, no me malinterprete —dijo el doctor Márquez, señalando las nuevas radiografías colgadas en el panel iluminado.
—¿Y la mala noticia? Porque sé que hay una mala noticia. Siempre la hay en estos casos.
—Hay metástasis en los ganglios linfáticos. Es pequeña, apenas detectable, pero está ahí. Vamos a necesitar radioterapia adicional, además de la quimioterapia que ya está recibiendo.
—¿Cuánto cuesta esa radioterapia adicional?
—Con la medicación nueva y las sesiones de radiación, estamos hablando de aproximadamente quinientos mil pesos mensuales adicionales, durante al menos tres meses más.
—Quinientos mil más... —repitió Valeria, sintiendo que las cifras la aplastaban como una prensa hidráulica.
—Sí. Lo lamento, señora Gutiérrez. Sé que la parte económica es difícil para cualquier familia. Pero su madre está respondiendo bien al tratamiento. Si podemos mantenerlo completo, las probabilidades de remisión son altas.
—¿Qué tan altas?
—Setenta por ciento. Quizás más, si responde bien a la radioterapia y no hay complicaciones adicionales.
—¿Y si no hacemos la radioterapia? ¿Qué pasaría?
—El tumor primario podría seguir reduciéndose, pero las células en los ganglios continuarían expandiéndose por el sistema linfático. En seis meses, podríamos estar hablando de una situación terminal. No quiero ser alarmista, pero es mi deber informarle.
—Entonces no hay opción. Hay que hacer la radioterapia.
—Señora Gutiérrez, entiendo la carga que esto representa. Hay fundaciones, programas de ayuda estatal, listas de espera...
—Las listas de espera son de ocho meses, doctor. Mi madre no tiene ocho meses. Ya lo averigüé. Así que voy a conseguir la plata. No sé cómo, pero la voy a conseguir.
—¿Está segura? Puedo ponerla en contacto con una asistente social del hospital que maneja estos casos.
—No, doctor. Gracias, pero yo me encargo. Siempre me encargué de mi familia.
Valeria salió del consultorio con la nueva carpeta de análisis bajo el brazo y una determinación férrea en el pecho. Setenta por ciento de probabilidades de remisión. Su madre tenía un setenta por ciento de posibilidades de vivir. No podía rendirse ahora. No cuando estaban tan cerca de lograrlo.
Pero quinientos mil pesos mensuales adicionales era más de lo que ganaba en el club. Mucho más. Incluso con el aumento que le había prometido Dante y los eventos privados de Carlos, las cuentas no cerraban. Necesitaba otro ingreso. Otra fuente de dinero. O un milagro.
Esa tarde, mientras los chicos estaban en el colegio y la casa permanecía en silencio, Valeria se sentó en la cocina con una calculadora, un lápiz y un block de hojas. Hizo cuentas durante dos horas. Sumó, restó, multiplicó, proyectó escenarios posibles. El resultado era siempre el mismo: no alcanzaba. Por más horas extra que hiciera en el club, por más privados que aceptara, por más eventos que le ofreciera Carlos, el dinero no era suficiente para cubrir el tratamiento completo.
Entonces recordó la tarjeta que le había dado Verónica, la empresaria textil que la había visto bailar en el primer evento de Carlos. "Si alguna vez necesitás un trabajo diurno, legal, bien pago, llamame", le había dicho aquella mujer. Valeria buscó la tarjeta en el fondo del bolso, entre recibos viejos, caramelos derretidos y un llavero sin llaves. La encontró arrugada pero legible. La sostuvo entre los dedos durante un largo rato, sopesando la decisión.
Finalmente, marcó el número. El tono de llamada sonó tres veces antes de que atendieran.
—¿Verónica? Hola, soy Luna. Bueno, Valeria. La bailarina del evento de Carlos en el Golf Club. No sé si me recuerda.
—¡Valeria! Claro que te recuerdo. Estaba esperando tu llamada. ¿Aceptaste mi propuesta?
—Todavía no. Pero necesito hablar con usted. Es urgente.
—Mañana a las diez en mi showroom de Palermo. Te espero con café caliente y una propuesta que te va a cambiar la vida.
Valeria colgó el teléfono y se quedó mirando la calculadora. Acababa de dar el primer paso hacia una posible salida. Pero todavía faltaba lo más difícil: contarle a Andrés la verdad sobre su doble vida. Y eso era una montaña que no sabía si tendría fuerzas para escalar.