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La Luz En La Tormenta Del Príncipe

La Luz En La Tormenta Del Príncipe

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Caitlyn llegó a la Mansión Blackwood siendo una niña traviesa que veía en Alexander al príncipe de sus cuentos. Años después, regresa convertida en una mujer fuerte y decidida, pero encuentra a Alexander consumido por el dolor tras la muerte de su esposa y distanciado incluso de su pequeña hija. Mientras cuida de la bebé, Caitlyn intentará devolver la luz al hombre que siempre amó en secreto. Un romance tierno y apasionado donde el amor verdadero puede sanar hasta el corazón más herido.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7: Las Sombras de la Bestia

El ala oeste de la Mansión Blackwood era un territorio donde el tiempo parecía haberse congelado el día de la tragedia. A medida que Caitlyn avanzaba por el pasillo que conectaba el cuerpo principal de la casa con los aposentos privados del amo, la temperatura descendía de manera perceptible. El aire aquí no olía a la cera de abejas ni a las flores frescas que ella intentaba esparcir por el ala de servicio; olía a encierro, a polvo acumulado, a ceniza fría y al rancio aroma del abandono. Las alfombras persas, que en su infancia amortiguaban sus pasos juguetones, estaban cubiertas por una fina capa de gris, y los candelabros de las paredes carecían de velas nuevas, mostrando únicamente los restos derretidos de antiguas noches de vigilia.

Caitlyn caminaba con paso firme, haciendo que el dobladillo de su vestido de lana verde oliva rozara el suelo con un sonido suave pero constante. Sus amplias caderas se movían con una seguridad que desafiaba la opresión del entorno. En sus manos sostenía una bandeja de plata pesada, sobre la cual descansaba un tazón de caldo caliente y una jarra de agua cristalina. Ninguna de las sirvientas se había atrevido a subir esa mañana; los gritos que habían resonado desde el ala oeste al amanecer habían sido suficientes para reclutar al personal en las cocinas subterráneas, temblando de miedo. Pero Caitlyn no era una sirvienta asustada. Era el torbellino que había regresado.

Llegó frente a las colosales puertas dobles de caoba que daban acceso al gran salón del ala oeste. No llamó. Sabía que un golpe en la madera solo recibiría una orden de alejamiento. Apoyó la cadera contra el borde de la madera y, utilizando la fuerza de su cuerpo, empujó una de las hojas. La puerta cedió con un quejido pesado, revelando la más absoluta oscuridad.

El salón era una caverna de sombras. Las inmensas cortinas de terciopelo granate estaban completamente echadas, abrochadas con cordones gruesos para impedir que el más mínimo rayo de sol de la mañana violara el luto del habitante. La única iluminación provenía de los restos de unos leños que agonizaban en la gigantesca chimenea de piedra, arrojando destellos anaranjados y caprichosos que dibujaban siluetas monstruosas en las paredes tapizadas. El suelo estaba sembrado de botellas de cristal vacías, papeles rotos y libros desencuadernados que yacían como bajas de una guerra invisible.

Caitlyn dio tres pasos hacia el interior, cuidando de no tropezar. Su silueta curvy, plena y llena de la vitalidad que la caracterizaba, contrastaba de manera casi violenta con la atmósfera mortecina del lugar. Dejó la bandeja de plata sobre una mesa auxiliar con un golpe seco, cuyo eco resonó en la inmensidad del cuarto.

—Deje la bandeja y lárguese —rugió una voz desde la penumbra más profunda, cerca del rincón de la chimenea.

La voz ya no era la melodía rica y pulcra que Caitlyn atesoraba en sus recuerdos infantiles. Era un sonido áspero, quebrado, un gruñido gutural cargado de un resentimiento salvaje que pretendía intimidar y apartar a cualquier ser humano que osara acercarse.

Caitlyn no se movió. En lugar de retroceder, cruzó los brazos bajo su busto firme, acentuando la curva decidida de su cintura, y clavó sus ojos oscuros en la esquina de donde provenía la voz.

—El almuerzo debe tomarse caliente, señor Alexander —respondió ella con una voz clara, modulada y carente de cualquier rastro de temor.

Un crujido de maderas rotas y el sonido de una pesada silla de cuero al ser empujada hacia atrás anunciaron el movimiento de la Bestia. De entre las sombras más densas, la silueta de Alexander Blackwood comenzó a materializarse a la luz agonizante del fuego.

El impacto visual hizo que a Caitlyn se le encogiera el corazón, pero se obligó a mantener la barbilla en alto. El príncipe azul de sus cuentos de hadas había desaparecido, devorado por un monstruo de dolor. Alexander lucía imponente, pero de una manera terrorífica y descuidada. Su estatura, que siempre había sido majestuosa, parecía aún mayor debido a la delgadez que acusaba su cuerpo, aunque sus hombros seguían siendo amplios y peligrosos. Vestía una camisa de seda blanca que alguna vez había sido fina, ahora amarillenta, desabrochada hasta la mitad del pecho y con las mangas rasgadas y enrolladas toscamente hasta los codos. No llevaba chaleco ni levita; sus pantalones oscuros estaban manchados de ceniza y sus botas de cuero carecían por completo del brillo de antaño.

Pero lo más impactante era su rostro. La mandíbula pulcra y perfecta que Caitlyn recordaba estaba ahora oculta bajo una barba crecida, espesa y descuidada, de un castaño oscuro que le endurecía las facciones. Su cabello, antes peinado con esmero aristocrático, era un torbellino rebelde que le caía sobre los ojos y la frente. Y esos ojos... los ojos azul grisáceo que una vez habían brillado con benevolencia y limpieza, estaban ahora inyectados en sangre, rodeados de ojeras profundas y oscuras, reflejando un sufrimiento tan agudo y una furia tan salvaje que habrían hecho correr a cualquier hombre común.

Alexander avanzó tres pasos hacia ella, deteniéndose a escasa distancia. Su sola presencia física inundó el espacio, trayendo consigo un aroma a alcohol fuerte, humo de leña y la amargura del encierro, borrando por completo el olor a cítricos que ella recordaba.

—¿Es que estás sorda, mujer? —siseó él, inclinándose ligeramente hacia delante, mostrando los dientes con una mueca ruda y despiadada—. Dije que te largues. No quiero sirvientas husmeando en mis habitaciones. No quiero vuestra lástima ni vuestra incompetencia. Fuera de aquí antes de que te haga echar a patadas de la propiedad.

La rudeza de sus palabras fue como un golpe físico, pero Caitlyn no parpadeó. Sostuvo la mirada inyectada de dolor de Alexander con una valentía inquebrantable. Sus ojos oscuros se clavaron en los azules de él con una fijeza nítida, casi magnética. No había sumisión en su postura; sus caderas seguras y su postura firme demostraban que no se movería ni un milímetro por sus amenazas.

—No soy una sirvienta cualquiera, señor Alexander, y no le tengo miedo a sus rugidos —replicó ella, y por primera vez, una chispa de la antigua niña traviesa brilló en su rostro maduro—. Puede gritar todo lo que quiera, pero no me voy a ir. He regresado a Blackwood para cuidar de su hija, y si para eso tengo que soportar los malos humores del dueño de la casa, lo haré.

Alexander entornó los ojos, sorprendido por la audacia de la mujer que tenía enfrente. Estudió por primera vez sus facciones a la luz del fuego: las curvas voluptuosas que llenaban el vestido verde, el cabello abundante y oscuro que desbordaba vida, y esa mirada que no se quebraba ante su furia. Un destello sutil de reconocimiento pareció cruzar por el fondo de sus ojos heridos, pero la amargura volvió a cerrarse sobre él como una armadura.

—No me importa quién seas ni de dónde hayas salido —dijo él con una frialdad cortante, dando un paso más, intentando usar su imponente físico para amedrentarla—. En esta ala de la casa yo soy la única ley. Y mi ley es el silencio. Así que toma tu bandeja y vete al ala de servicio, antes de que decida que tu presencia es un insulto que no estoy dispuesto a tolerar.

Caitlyn dio un paso hacia delante, acortando la distancia que él usaba como barrera. El calor de sus cuerpos casi se rozó en la penumbra.

—El único insulto aquí, Alexander, es lo que está haciendo con su propia vida —dijo ella en un susurro valiente y nítido, usando su nombre de pila por primera vez, desafiando todas las reglas de la mansión.

La Bestia guardó silencio, impactada por la audacia de la hermosa mujer de formas rotundas que rehusaba temblar ante sus sombras, comenzando una guerra silenciosa de voluntades bajo los techos oscuros de Blackwood.

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Nancy Monterrosa
me encanta una historia distinta de amor y reencuentro
Nancy Monterrosa
es hermoso una historia fuera de la linea de hipocresías de envidia de una mujer con otra
Massiel Aguirre
Excelente Bendiciones
Saysa
Hermosa!!!
Yessica Yanina Carrasco Curay
🥰 muy buena la historia y corta
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