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Que Dolor Me Da Quererte

Que Dolor Me Da Quererte

Status: Terminada
Genre:Venganza / Completas
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Bella campesina y rico citadino se aman contra la voluntad de él. Ella sufre humillación en la ciudad. Él cambia. Ella huye. Él la busca. Celos, maldad y un embarazo los unen para siempre.

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Capítulo 4: La sombra del pasado

Los días siguientes a la visita de Victoria Montenegro fueron tensos y silenciosos. Sebastián notó que Lucía había perdido parte de su alegría; sus sonrisas eran más escasas y sus miradas más profundas, como si cargara con un peso invisible. Él hacía todo lo posible por devolverle la luz, pero sabía que las palabras de su madre habían dejado una herida que no sanaría con besos y promesas.

Don Justo, por su parte, se volvió más severo que nunca. Ya no permitía que Sebastián y Lucía estuvieran solos ni un momento. Los mantenía ocupados con trabajos separados, él en el huerto, ella en la cocina o en el corral. La desconfianza del viejo campesino hacia los Montenegro había crecido después de ver a la mujer de ciudad con sus joyas y su desprecio.

—Te lo dije —gruñó don Justo una noche, mientras cenaban en silencio—. Esa familia no es para nosotros. No son de nuestra clase. Por más que te esfuerces, Sebastián, siempre serás un extraño aquí, y ellos siempre te verán como una amenaza.

—Yo no soy mi madre, señor Justo —respondió Sebastián, con la mirada fija en su plato—. Y no pienso permitir que sus prejuicios arruinen lo que tengo con Lucía.

—El amor no lo puede todo, muchacho —replicó don Justo—. A veces el amor duele más de lo que vale.

Lucía escuchó la conversación desde la cocina, donde lavaba los platos. Las palabras de su padre resonaron en su mente como un eco oscuro. ¿Sería cierto? ¿Acaso el amor que sentía por Sebastián terminaría destrozándola? Se secó las manos en el delantal y salió al patio, necesitando aire fresco.

La noche era clara, y la luna iluminaba el campo con su luz plateada. Lucía caminó hasta el viejo pozo y se sentó en el borde, mirando las estrellas. Recordó los días en que su madre aún vivía, cuando el campo era un lugar de felicidad y no de dudas. Su madre siempre le había dicho que el amor verdadero llegaría cuando menos lo esperara, y que valdría la pena esperarlo. ¿Pero qué pasaba cuando ese amor venía acompañado de tormentas?

—¿Estás bien? —la voz de Sebastián la sobresaltó.

Se había acercado sin hacer ruido y ahora estaba a su lado, con sus ojos grises brillando bajo la luna.

—No sé —admitió ella—. Todo esto es tan complicado, Sebastián. Tu madre me odia sin conocerme. Mi padre duda de ti. Parece que el mundo entero está en nuestra contra.

Sebastián se sentó a su lado y tomó su mano.

—El mundo entero puede estar en contra nuestra, pero mientras tú estés conmigo, yo puedo con todo. No me importa lo que diga mi madre, ni lo que piense tu padre. Lo único que me importa eres tú.

Lucía levantó la vista y lo miró a los ojos. En ellos no había duda, ni arrepentimiento, ni miedo. Solo amor, un amor tan puro que le dolía.

—Te creo —susurró, y se apoyó en su hombro.

Pasaron así un largo rato, en silencio, escuchando el rumor del viento entre los árboles. Fue un momento de paz, de esos que parecen durar para siempre. Pero el destino, siempre caprichoso, ya estaba tejiendo la siguiente tormenta.

A la mañana siguiente, mientras Sebastián ayudaba a don Justo a reparar la cerca del corral, un ruido de motor se escuchó en la distancia. No era un coche, sino una camioneta vieja, llena de bultos y maletas atadas con cuerdas. Dentro venían tres personas: un hombre mayor, una mujer de mediana edad y una joven de cabello rojizo que no dejaba de mirar por la ventana con una sonrisa burlona.

La camioneta se detuvo frente a la casa de don Justo, y el hombre mayor bajó con dificultad, ayudado por un bastón.

—¡Justo! —gritó con voz cascada—. ¡Hace años que no nos vemos!

Don Justo soltó la herramienta y corrió a abrazarlo.

—¡Pedro! ¡Tanto tiempo! ¿Qué te trae por aquí?

—Hemos vuelto al pueblo —dijo el hombre, señalando a la mujer y a la joven—. La ciudad no era para nosotros. Hemos decidido regresar a nuestras raíces.

Lucía salió de la casa al escuchar los gritos y, al ver a la joven de cabello rojizo, sintió que el corazón se le aceleraba. Reconoció ese rostro, esa sonrisa. Era Elena, su amiga de la infancia, la que se había ido a la ciudad años atrás prometiendo que volvería convertida en una gran señora.

—¿Elena? —preguntó Lucía, incrédula.

—¡Lucía! —gritó la joven, corriendo hacia ella y abrazándola con efusión—. ¡Cuánto he extrañado el campo! Y a ti, por supuesto.

Lucía devolvió el abrazo, pero algo en el fondo de su instinto le dijo que esa Elena no era la misma que se había ido. Sus ojos habían cambiado; ahora tenían un brillo astuto, calculador. Su sonrisa era demasiado amplia, como si ocultara algo detrás.

—¡Qué alegría verte! —dijo Lucía, sinceramente emocionada—. Cuéntame todo, ¿cómo te ha ido en la ciudad?

Elena soltó una risa que sonó como campanillas, pero que a Lucía le pareció falsa.

—La ciudad es maravillosa, pero también muy dura. Aprendí muchas cosas, Lucía. Cosas que nunca imaginé. Pero ahora he vuelto, y estoy lista para empezar de nuevo.

Mientras hablaban, los ojos de Elena recorrieron el patio y se posaron en Sebastián. El joven estaba junto a la cerca, con el martillo en la mano y el sudor corriendo por su frente. Al verlo, Elena se quedó paralizada un instante. Su sonrisa se congeló, y sus ojos se abrieron ligeramente.

—¿Y ese es? —preguntó, señalando a Sebastián con un gesto disimulado.

—Es Sebastián —respondió Lucía, sonrojándose—. Mi... mi novio.

—¿Novio? —Elena alzó una ceja—. Vaya, Lucía, no sabía que tenías novio. Y menos uno tan... apuesto.

El tono de su voz, apenas un susurro, ocultaba una mezcla de sorpresa y envidia. Lucía no lo notó, pero Sebastián sí. Sus ojos de hombre de ciudad, acostumbrados a leer intenciones en las reuniones de negocios, captaron algo inquietante en la mirada de la recién llegada.

Esa noche, los Pedro y su familia se quedaron a cenar en casa de don Justo. La mesa se llenó de risas y recuerdos mientras los dos viejos amigos rememoraban su juventud. Pero Lucía notó que Elena no dejaba de mirar a Sebastián. Lo observaba mientras comía, mientras reía, mientras hablaba. Y aunque ella se esforzaba por ignorarlo, una punzada de celos comenzó a crecer en su pecho.

—¿Y tú qué haces aquí, Sebastián? —preguntó Elena, inclinándose sobre la mesa para que su escote fuera visible—. Un hombre tan bien parecido no parece hecho para el campo.

—El campo tiene su encanto —respondió Sebastián con cortesía, pero sin devolverle la mirada—. Y además, la persona que amo vive aquí.

—¿Ah, sí? —Elena sonrió, mostrando los dientes—. Qué suerte tiene Lucía. Una mujer de campo que conquista a un hombre de ciudad. Eso sí que es una historia de cuento.

El tono era amable, pero había un filo oculto en sus palabras. Lucía lo sintió, pero lo atribuyó a su imaginación. Después de todo, Elena era su amiga. No podría desearle mal.

Sin embargo, cuando terminó la cena y todos se retiraron a descansar, Lucía fue a la cocina a buscar agua y escuchó una conversación que la heló la sangre.

—Es un hombre impresionante, ¿verdad, papá? —era la voz de Elena, hablando con su padre—. Rico, apuesto, educado. No es para menos que Lucía esté tan feliz.

—Pero no es de su clase —respondió el padre de Elena—. Esa familia Montenegro es peligrosa. Yo he oído rumores en la ciudad de que son manipuladores, que usan su dinero para aplastar a quien se les oponga.

—¿Y qué importa eso? —replicó Elena, y su voz se volvió fría—. Si ese hombre es tan rico, quizá debería buscar una mujer que esté a su altura. Una mujer que conozca el mundo, que sepa moverse en sociedad. No una campesina que solo sabe ordeñar vacas.

Lucía sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Se llevó la mano a la boca para no gritar. Aquella no era su amiga. Aquella era una extraña que había vuelto con el veneno en los labios.

Al día siguiente, Lucía evitó a Elena. Pero la joven rojiza no se rindió. Aprovechó cualquier excusa para acercarse a la casa de don Justo, siempre con una sonrisa falsa y un cumplido fingido. Pero sus ojos solo seguían a Sebastián.

Una tarde, mientras Lucía lavaba ropa en el río, Elena se acercó y se sentó junto a ella.

—¿Sabes, Lucía? —dijo, jugando con el agua—. He estado pensando que quizá no deberías ilusionarte tanto con Sebastián.

Lucía levantó la vista, sorprendida.

—¿Por qué dices eso?

—Porque yo conozco a los hombres de ciudad. Son inconstantes. Un día te dicen que te aman y al siguiente se van con otra. Además —sonrió con malicia—, su familia nunca aceptará a alguien como tú. Es mejor que estés preparada para cuando te deje.

Lucía sintió que la ira y la tristeza se mezclaban en su pecho.

—¿Por qué dices eso, Elena? Eres mi amiga. Deberías apoyarme.

—Te estoy apoyando, tonta —respondió Elena, con un tono que pretendía ser cariñoso—. Te estoy diciendo la verdad para que no sufras. Pero si no quieres oírme, allá tú.

Elena se levantó y se fue, dejando a Lucía con una duda que comenzó a envenenar su corazón.

Esa noche, cuando Sebastián quiso besarla, Lucía se apartó.

—¿Qué te pasa? —preguntó él, preocupado.

—¿Tú me amas de verdad, Sebastián? —preguntó ella, con la voz quebrada—. ¿O solo soy un capricho para ti?

Sebastián la miró con incredulidad.

—¿De dónde sale eso? Claro que te amo.

—¿Y tu familia? ¿Qué pasará cuando ellos te exijan que me dejes?

Sebastián tomó su rostro entre las manos.

—Escúchame bien, Lucía. No importa lo que diga mi familia ni lo que diga nadie. Tú eres mi vida. Y nadie, absolutamente nadie, va a separarnos. ¿Entendido?

Lucía asintió, pero la semilla de la duda ya había sido plantada. Y Elena, desde las sombras, observaba con una sonrisa de triunfo.

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Monica Liliana Broudiscou
estuvo muy buena, me gustó mucho, muchas felicitaciones🥰👏👏👏👏👏
Lis
🐍
valeska garay campos
bella historia
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